Leon Schwitter estrena en salas argentinas El mundo al revés, un documental híbrido dirigido junto a Agostina Di Luciano, que tuvo su premier internacional en el festival Visions du Réel 2025, que sitúa su relato en las sierras de Córdoba, entrelazando de forma libre y experimental el realismo mágico con la mística del campo, la vida diaria de actores no profesionales y lo metafísico.
La historia se ambienta en un pueblo rural de Córdoba (Villa Giardino) donde la cotidianidad se altera cuando Omar, un anciano granjero, vive una aparente revelación mística tras encontrarse con una extraña luz. El suceso lo lleva a emprender un viaje de búsqueda junto a su nieto Noah.
Nacido en Lenzburg, Suiza, en 1994, Schwitter es director, productor, guionista y montajista. Es miembro fundador de la productora independiente Sabotage Filmkollektiv. Su primer largometraje de ficción, Réduit (2022), obtuvo un notable reconocimiento en el circuito de festivales europeos e internacionales.
El mundo al revés se proyectará en la Sala Leopoldo Lugones desde el jueves 6, en el cine Gaumont desde el sábado 14 y en el Centro Cultural Borges desde el domingo 15, además de contar con funciones programadas en Rosario, Córdoba y Santa Fe.

-¿Cómo se dio tu llegada a la provincia de Córdoba y en particular, a ese entorno rural de Villa Giardino, que es donde ocurre El mundo al revés, para plantear este proyecto?
El proyecto empezó así: Agostina y yo, en el año 2023, estuvimos en un festival de cine en México y ahí conocimos a un director de cine experimental que tiene más de 75 años, Heinz Emigholz. Él nos contó que cada año hace tres películas y para mí fue una locura. Yo tenía mi primer largometraje en ese año, Réduit, que se presentó en Mar del Plata. Me reflasheó que alguien pudiera hacer tres largometrajes por año. ¡Y él ya hizo más de 50 películas. Nos dijo algo que nos quedó hasta ahora, que creo que es lo más importante. Siempre cuando conocés a otros directores y cuando salís de la escuela de cine, tenés la pregunta de qué tenés que hacer para entrar en el mundo del cine. Él nos dijo justo eso: que tenemos que practicar. «Hagan cine y no importa tanto si el producto al final sale muy bien o no, es más la práctica, es repetir el acto de filmar». Lo que creo que en el cine es muy difícil porque muchas veces es un arte bastante caro.
-¿Qué los llevó a ejercer esa práctica en Argentina?
Agostina y yo fuimos a Buenos Aires y allí me dijo que me quería mostrar una zona -las Sierras de Córdoba-, donde hay muchas historias interesantes. Empezamos a investigar. Al principio la historia era otra: giraba en torno de su familia, que desde hace varias generaciones tiene una casa en Villa Giardino. Yo nunca había ido, pero ella lo conoce bastante bien y lo que más le interesaba es que las personas tienen un estilo de vida que parece ser el mismo siempre. Van a la misma tienda, se toman el mate abajo del árbol, tienen la práctica de juntarse y de contarse historias. Viéndolo desde la ciudad, es un estilo de vida que nosotros no tenemos. Ahí empezó nuestra búsqueda de historias de la zona.
También fue muy importante estar abiertos siempre, no venir con un guion o con una visión preconcebida, con la que ya te cerrás a muchas cosas. Ahí empezó nuestra búsqueda de historias. Agostina conocía a la familia Escalante, que es esa familia gauchesca que aparece en la película. La película tiene dos episodios: uno son los Escalante y el otro son Rosana y Lili, que son dos mujeres que limpian casas de personas que casi nunca están ahí. Fue, más que nada, una búsqueda de historias y desde allí, hacer un retrato de esa zona.
-La película se filmó y se rodó en exteriores prácticamente y sin un guion estructurado de antemano. ¿Cómo se gestiona el rodaje de una docuficción cuando el guion se va escribiendo sobre la marcha y con los propios protagonistas del pueblo?
Antes, nunca hubiese hecho una película así. Los cineastas siempre tienen un poquito de miedo de hacer un proyecto en donde no tenés el fin todavía, no sabés a dónde va. Pero tengo que admitir que nos permitió la libertad total. En el acto solo estuvimos nosotros con un equipo chiquito: una cámara, sin luces, un micrófono. Y ahí fuimos descubriendo cosas. Yo, que estudié guion en la universidad, sentí que fue más que nada romper todo lo que aprendí para buscar algo nuevo. La vida en sí ya es bastante interesante y uno no tiene solo que inventar cosas nuevas. Para generar la estructura solo tuvimos en cuenta la práctica de observar y charlar con las personas: te tomás veinte mil mates abajo de un árbol y vas observando. Observamos que hay muchas mujeres jóvenes que tienen hijos, y pensamos que eso tenía que aparecer en la película. También observamos que hay historias sobre luces o que hay pictografías de los comechingones, de los cuales casi no hay archivos sobre la gente originaria de esa zona. Fue más que nada observar cosas y escribir ideas sobre cómo podríamos crear escenas con ese material.
-¿Cómo fue apareciendo el registro documental?
Hubo escenas en las que acompañábamos a nuestros protagonistas en su vida real. La cámara solo estaba ahí. Como Noah, cuando jugaba con los animales. Después, cuando tuvimos esas escenas, también fue importante no tener diálogos escritos, porque trabajar con actores no profesionales en la práctica del cine ya es bastante extraño. No es natural para nosotros repetir cosas o ponernos en lugares en los que normalmente uno no está. A veces había que decir un diálogo en una posición de la casa en la que no solés estar, solo porque es el lugar mejor iluminado y justo te da la luz. Hay un montón de cosas que no son naturales en la práctica de hacer cine. Pero en la búsqueda es muy importante darles a los protagonistas el espacio más cómodo posible para obtener un resultado lo más natural posible.
-El mundo al revés juega mucho con el cruce entre lo real y lo fantástico. Qué los llevó a decidirse por ese registro?
Creo que para ellos (o para lo que yo vi en esa zona) hay cosas son muy normales y que a nosotros nos parecen fantásticas. Omar nació en el campo. Allí todavía no hay electricidad. Y nos dijo que si te quedás de noche en la naturaleza, empezás a escuchar y ver cosas que tal vez para las personas de la ciudad son medio extrañas. Yo vengo de Suiza, un país donde todo se razona a través de la ciencia y si no es científico, no es real. Eso abre una puerta bastante grande a una discusión sobre qué es la verdad y qué no lo es. Y por qué los humanos siempre necesitamos una prueba.
Por ejemplo, mi abuela me contó una historia unos dos días antes de morir. Ella estaba en un asilo. La fui a visitar y me dijo: «Me pasó algo bastante raro hace dos días. No sé qué podría ser». Me contó que de noche tenía un dolor en la zona del corazón. Y esa se despertó con ese dolor, le subió una presión de la garganta y le salió una bola de luz.
-En la película hay una situación donde uno de los personajes dice esto y sus familiares lo miran con escepticismo.
Claro. Y yo también lo hice. Pero para ella fue absolutamente real. Después empezamos a investigar y vimos que hay una psicóloga suiza, Elisabeth Kübler-Ross, que en los años 60 o 70 escribió sobre ese tema. Hizo un montón de entrevistas con personas mayores que tuvieron algunos de estos episodios antes de morirse, como si fuera un reflejo premortal. Muchas cuentan historias sobre luces. Para nosotros fue preguntarnos por qué hay historias que los humanos se cuentan desde hace miles de años, por qué las seguimos contando, y cuál es la importancia de eso. Lo importante es la historia en sí y no tanto qué pasó. Omar, ¿qué hace con ese episodio? Eso es la narración oral: algo que necesitamos para avanzar. Aunque nunca vayamos a poder comprender el mundo por completo, necesitamos historias, necesitamos un intercambio que cree comunidad.
-Después de esta incursión en la docuficción, en el híbrido documental, que es como definen a El mundo al revés, ¿pensás seguir por ese camino?
Creo que sí. Allí hay muy importante en el cine, y es representar a personas que uno no ve mucho en la pantalla. Trabajar con personas reales o hacer una mezcla entre actores profesionales y no profesionales es muy interesante porque es un aprendizaje y un intercambio entre dos mundos. El mundo del cine normalmente es una ficción, una construcción en la que uno quiere recrear el mundo real escribiéndolo, con diseño de arte y con todo. Pero ya hay un mundo real y lo podemos usar también para el cine, para contar historias. Para mí, no hay tanta frontera entre el documental y la ficción. Creo que es un juego, un intercambio. Obviamente, uno tiene que admitir que eso no fue real, más que nada hoy en día que tenemos inteligencia artificial e imágenes de las que ya no se sabe si son reales o no, pero la práctica en sí me parece muy valiosa. Creo que vamos a continuar un poquito con esta mezcla. Tal vez con un equipo de dos personas…
-Probar distintas formas de narrar lo cotidiano, transformándolo en algo extraordinario.
Sí. Y también creo que lo lindo es que el proyecto, el proceso en sí, lo social, tiene ese lado en el que vas aprendiendo de otras personas y ellas también van aprendiendo del proceso: compartís la experiencia. De ahí surgen cosas hermosas. Como que Noah, el niño, hoy quiere ser actor o cineasta. A él se le abrió un mundo en el que tal vez antes no hubiese pensado que existía. Ahí hay algo muy importante: el cine o el arte no solo es el resultado, sino también el proceso.
Julia Montesoro


