Agustina Llambí Campbell es productora y cofundadora de La Unión de los Ríos, que desde hacemás de una década desembarcó en el Festival de San Sebastián para presentar La patota, de Santiago Mitre, con la que ganó el premio Horizontes y 27 noches, de Daniel Hendler, que inauguró el festival del año pasado.
-¿Como te tomó esta designación?
Presidir el jurado de Horizontes Latinos es especial por muchos motivos. Primero porque hace más de una década ganamos esta sección con La patota (que en el exterior se llamó Paulina), la segunda película de Santiago (Mitre) y ese fue el debut de La Unión de los Ríos en San Sebastián. Ese jurado que le otorgó el premio estaba integrado por dos personas muy queridas que murieron demasiado jóvenes: Agustina Chiarino, una colega uruguaya, amiga muy querida y Fran Gayo, un crítico y programador apasionado del cine.
Además es el último festival de José Luis Rebordinos, bajo cuya dirección tuvimos momentos lindos en San Sebastián, una serie de eventos y de mojones en la historia nuestra: La patota, 27 noches (que inauguró el festival el año pasado); Argentina, 1985 (que estuvo en Perlak); Blondi, la ópera prima de Dolores Fonzi (en Horizontes Latinos). También le dieron el premio Donostia a Ricardo Darín y la película que se proyectó fue La cordillera.
-Horizontes es una sección que conocés muy bien como productora. ¿Qué implica para vos pasar del lugar de quien presenta una película al de quien debe evaluar las películas de otros?
Yo me considero… sé que no lo soy, pero me considero una espectadora fresca. No me siento en una sala de cine a detectar los problemas. En principio, cada vez que me siento en una sala de cine —y debo confesar con vergüenza que, como la mayor parte de la humanidad, lo hago cada vez menos—, ir a un festival es algo que de por sí es especial. Ver dos o tres películas por día ya es algo que no hago hace mucho tiempo y es una maravilla. No sé muy bien qué es lo que uno evalúa como jurado. En principio es bastante menos estresante ir de jurado que ir a presentar una película. Es una experiencia más relajada. Cuando uno va a presentar películas, la parte que la mayoría de las personas ve es la foto, una conferencia de prensa, aplausos en el mejor de los casos. Y lo cierto es que uno llega con la lengua afuera a esas instancias, con una crisis de nervios, con mil millones de cosas sin resolver. Probablemente no tuvo el tiempo de llegar al festival como a uno le hubiera gustado, desde la película hasta la pilcha.
-Para los periodistas también es 99 por ciento de corridas y 1 por ciento de relajarse.
Presentar una película es una experiencia hermosísima. En general, es el momento más importante de la vida de una película, porque es la primera vez en festivales como estos que encuentran una audiencia. Pero también tiene su cuota de estrés enfrentarse ante una audiencia o a la crítica por primera vez. Yo espero que resulte una linda experiencia y no tener grandes rispideces con mis colegas en el jurado.
-¿Qué tipo de encuentros y diálogos imaginás?
Quisiera que el diálogo fluya. Y si no fluye, si no estamos en sintonía, si nos gustan cosas distintas, aunque la conversación pueda ser un poco más áspera, que sea siempre con buena onda. Me da una alegría ver una selección latinoamericana. Sabemos que es una gran deuda la circulación de películas de la región. A pesar de las coproducciones y de los incentivos, cuesta mucho llegar a una selección. Ahora cada vez hay menos incentivos en Argentina, además.
Pero cuesta mucho ver películas latinoamericanas. Vengo de Lima, de ser jurado en el Festival de Lima, que también es una competencia latinoamericana y me dio una gran alegría ver la vitalidad del cine en nuestra región. En Lima tuve una competencia donde había muchísimas óperas primas y debo decir que casi todas las películas que vimos eran buenas y muchas de las que premiamos eran óperas primas. Eso ya de por sí es algo alentador: que jóvenes cineastas en la región estén haciendo buenas películas sobre temas que importan en el mundo de hoy con todas las complejidades que tiene. Espero eso: encontrarme con películas buenas, tener buenos debates.
-¿Qué criterios pensás que van a ser centrales a la hora de decidir el Premio Horizontes? ¿Qué tendría que tener para vos una película para convencerte de que merece ganar el Premio Horizontes?
En principio uno busca una buena película en términos cinematográficos, una narrativa -innovadora o no-, que tenga cierta solvencia. Contamos con que en un festival como San Sebastián la selección se ocupa de esa solvencia. Antes de llegar no vi muchas de las películas, así que no quiero anticipar qué estoy buscando para premiar. En términos de gustos, me interesan las películas que van directo a las cuestiones identitarias de Latinoamérica. Y a las cuestiones del mundo actual. O sea, cualquier película que hable de la situación que estamos viviendo con las ultraderechas en el mundo me parece de por sí interesante. En definitiva, creo que es el destino del cine latinoamericano. Hablar de nosotros mismos y reflexionar desde una perspectiva latinoamericana del mundo en el que vivimos. Creo que lo ha hecho siempre el cine argentino también. De repente hay películas que son ficciones que no tienen nada que ver con los temas del hoy, que no tienen nada que ver con la realidad de hoy, pero que de alguna manera por su mirada nos permiten reflexionar sobre esos temas. Tangencialmente si se quiere, pero desde otra perspectiva.
-¿Qué transformaciones advertís en las películas argentinas que llegan actualmente a los festivales internacionales?
Que llegan lo que pudo lograr hacerse. En Horizontes Latinos hay dos películas argentinas y tiempo atrás había cinco o seis. En la sección oficial hay dos en competencia que tienen participación argentina: Glaxo, de Benjamín Naishtat, producción brasileña y Mis muertos tristes, producción chilena. Pedro en el país de María Alché y Benjamín Naishtat está en Zabaltegi -Tabakalera. También está El fantasma, de Ignacio Masllorens y David Lamela, que entiendo son películas pequeñas. En Venecia se exhibieron dos películas de El Pampero Cine, que son los maestros de la resistencia: si pudieron hacer 30 películas sin el INCAA, ahora no tienen problema en seguir, por más que se enfrentan a un contexto difícil. En Lima vi la cordobesa La noche está marchándose ya, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, película exquisita que tuvo un recorrido bárbaro y que entiendo es una producción muy pequeña.
En principio diría —no tengo acceso a las competencias o a la programación de todos los festivales del mundo—, que el cine argentino con mucho esfuerzo llega. Se ve el recorte: se siente que el cine argentino, que hace dos años tenía una presencia impresionante en todos los festivales del mundo, cada vez tiene menos presencia. Aunque también veo muchas películas de plataformas en los grandes festivales del mundo. Salvo Cannes, obviamente: Francia siempre fue, a nivel de exhibición y de política de defender las salas de cine, una especie de oasis en medio del mundo.
-¿Las plataformas cambiaron la mirada sobre qué es el cine?
Nosotros también estamos haciendo películas con plataformas. Me cuesta decirlo, pero siento que el cine no está teniendo la riqueza de antaño en general. Hoy por hoy, cuando uno quiere ver cine… no sé, yo tengo seis plataformas, pago seis plataformas y algunas que me prestan y me cuesta mucho encontrar cine que me interese ver. En cuanto a las salas ni hablar, así que siento que no es un gran momento. Pero esto que evidentemente nos está pasando en Argentina pasa en otros lados también. El mundo está teniendo otras prioridades. Incluso en países que tienen una gran tradición cinematográfica, como Italia, Francia o España, los recursos no abundan. A los autores se les está haciendo muy difícil financiar películas justamente autorales, y estamos entrando en una lógica de mercado como industria un poco desoladora.
No quiero decir que no haya películas buenas. De hecho, en la competencia que acabo de juzgar en Lima, tal como lo dije, la mayoría eran películas buenas, pero sí siento que estamos en un momento bastante crítico y que todos los que estamos en el mundo del cine estamos tratando de remar, como decíamos antes de empezar la entrevista. Y seguiremos remando, pero hemos perdido gente en el camino y eso no se recupera tan fácil. Hemos perdido talentos, directores, directoras, técnicos, escritores. Gente que se está yendo de la Argentina y que están inaugurando productoras en otros países.
-Frente a este escenario, ¿cuál es tu perspectiva?
Siempre trato de pensar mi presente no en relación a otros colegas o a otros países, sino a quién era yo cuando empecé a hacer películas. Quiénes éramos nosotros y cuál era el contexto cuando arrancamos con La Unión de los Ríos. Era un contexto infinitamente mejor al que hay ahora para jóvenes realizadores. Ya no soy tan joven y los directores y directoras con los que trabajo ya no somos tan jóvenes. O sea, no me considero la norma. Soy una privilegiada: estamos pudiendo hacer películas en la Argentina en buenas condiciones, películas que nos gustan, con plataformas, pero no tuve que cerrar mi productora; los directores con los que trabajo no tuvieron que irse a filmar afuera.
Cuando nosotros arrancamos el mundo era completamente distinto. Había una sinergia, un hambre de los fondos… la sensación era que los fondos tenían hambre de conseguir buenas películas de jóvenes realizadores de este lugar del mundo para financiar. Ahora la sensación es que los grandes autores del mundo compiten entre sí por unas migajas en las pocas fuentes de financiación que aún quedan. Y hay muchos realizadores muy buenos que uno los ve perder identidad en el mundo de las plataformas. Desde esa perspectiva, el escenario es deprimente, absolutamente deprimente. Pero bueno.
-En este contexto, llega esta gran oportunidad en San Sebastián. ¿Qué lugar ocupa en el mapa de los festivales internacionales para el cine latinoamericano?
Me parece que el más importante: José Luis Rebordinos ha tenido un papel decisivo en fomentar la exhibición del cine latinoamericano y del argentino específicamente. Esperemos que continúe esa línea la siguiente gestión.
Julia Montesoro


