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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Víctor Cruz estrena «¡Que vivas 100 años!»: «Con el documental descubrí que no hay edad para cumplir los sueños»

Víctor Cruz propone un documental (aunque no lo sea del todo) atípico: se trata de gente que busca cumplir sus sueños. En distintos lugares del mundo. Sin tener ninguna aptitud sobrenatural. Los une una misma condición: son quienes en las sociedades modernas se les llama “adultos mayores” y se les restringe la facultad de acceder a nuevos estímulos y desafíos.

En ¡Que vivas 100 años! esos estímulos y desafíos son el motor del relato. Sus protagonistas integran un grupo de centenarios que tienen sueños por cumplir y compartir, así sea en la selva de Costa Rica, Cerdeña o una escuela de danza en Okinawa.

¡Que vivas 100 años! se estrena en Cont.ar el jueves 1 de octubre.

-¿Qué te impulsó a orientar tu búsqueda hacia lugares tan distantes como Costa Rica, Italia y Japón para encontrar a los protagonistas?

Nicoya, Cerdeña y Okinawa son famosos por tener una expectativa de vida mayor al resto del mundo. Eso lo descubrí durante mi primer viaje a Costa Rica, cuando fui invitado por la Universidad Nacional para realizar un documental sobre ambiente. Mientras lo realizaba fui conociendo a mucha gente; entre ellos, a Panchita (de 109 años) y a algunos de los que luego serían los protagonistas del documental.

Había algo muy asombroso: muchas personas mayores no aparentaban la edad que tenían, todos eran muy activos, llenos de energia y felices. Además eran muy cálidos y hospitalarios. Conecté muy rápido con el lugar y su gente.

Me dio mucha curiosidad saber cómo eran los otros dos lugares donde se daba el mismo fenómeno y convencí a Fito Pochat para que me acompañe como productor en el desarrollo de un posible documental.

Así fue como viajamos a Cerdeña, donde también logramos relacionarnos y conectar muy bien. Recorrimos gran parte de la isla, pueblo por pueblo, charlando con los adultos mayores y sus familias, con investigadores sobre la longevidad y tratando de sentir cuáles eran las historias que más nos emocionaban.

Cuando pienso en un documental, pienso en la historia que puedo contar, quiénes son los protagonistas de esa historia y si puedo vincularme con ellos como para que se produzca un encuentro que merezca ser filmado.

El rodaje principal del documental se realizó a lo largo de tres años: en 2015 filmamos en Nicoya, 2016 el Cerdeña y 2017 en Okinawa. Antes de cada uno de los viajes tuvimos por lo menos un viaje de preproducción y en cada lugar estuvimos alrededor de un mes filmando, menos en Okinawa donde estuvimos bastante menos. Todo ese tiempo nos permitió establecer un vínculo muy fuerte con los protagonistas.

-Además de la edad, ¿qué características en común tenían ellos que los hicieran protagonistas? ¿Por qué creés que aceptaron participar?

Creo que gran parte de la suerte de un documental se juega durante la elección de sus protagonistas, por eso elijo protagonistas que deseen y que accionen para lograr lo que desean. Creo que la acción es el gran motor dramático que hace avanzar la historia

El documental se estructura como un tríptico en el que se desarrollan una serie de “cuentos documentales”, narraciones breves protagonizadas por personas reales, que existen fuera del film, antes y después del film, pero que se transforman en personajes dentro del mismo.

Me gusta creer que los protagonistas aceptaron participar porque ambos elegimos escucharnos en un sentido profundo, compartir tiempo, ideas, sentimientos; porque pudimos construir un vínculo afectivo y de confianza. No puedo estar seguro si esas son sus razones, pero sí son las que me motivan a filmarlos.

-¿Qué documental tenías en tu cabeza con ellos? ¿Cuál era el propósito inicial y de qué manera se fue reconvirtiendo?

Por lo general me encuentro con la historia muy rápido, y no filmo mucho material, sino que dedico gran parte del tiempo a construir la relación con los protagonistas, como te contaba anteriormente.

En esta ocasión fue distinto porque todo lo que tenía que ver con la longevidad -y las razones por las que se alcanza esa longevidad- son tan fascinantes y diversas que en la etapa inicial sentí que de algún modo debían ser parte del documental. Pero si iba en esa dirección creía que ponía en riesgo el potencial dramático de la película. A medida que avanzó el proyecto se hizo claro que lo que más me interesaba contar tenía que ver con los vinculos afectivos, familiares y sociales de los protagonistas.

-¿Hubo locaciones o personajes que quedaron descartados?

No hubo locaciones que quedaran fuera de la película, pero sí un par de historias que que no terminaron de alcanzar el desarrollo dramático del resto y no encontraron su lugar en la totalidad.

-¿Había un eje narrativo? ¿Se modificó con la evolución del rodaje?

Comenzamos a rodar el documental desde una estrategia observacional, pero luego de unas jornadas me dí cuenta que había muchas cosas que yo ya conocía de mis protagonistas y que la cámara no estaba pudiendo capturar. No alcanzaba con la observación, tampoco se trataba de realizar entrevistas o de que participara delante de cámara, sino que simplemente la película no estaba dando cuenta de un aspecto central y constituyente de los protagonistas: sus sueños. Así fue como comenzamos a construir las historias a partir de lo real, de sus deseos y de sus sueños. Creo que lo más fuerte del trabajo documental se trató de eso, de conocer sus deseos y sus sueños.

¡Que vivas 100 años! hizo un importante recorrido por festivales antes del estreno. ¿Cuál es la devolución que te hace el público (antes de la pandemia, claro)? ¿Cuáles son los comentarios o las reflexiones comunes?

En todas las proyecciones nos pasó que el público conecta fuertemente desde las emociones. Algunos espectadores se emocionan hasta las lágrimas, otros comienzan a hablarme de sus padres o sus abuelos. Hay una sensación general de alegría, felicidad y ternura.

-¿Los protagonistas tuvieron la oportunidad de ver la película? ¿Qué devolución tuviste de ellos?

Los protagonistas que pudieron ver la película se divirtieron mucho, como si estuvieran viendo un álbum de fotos familiares y recordando los buenos momentos pasados. Una anécdota muy bella es que Don Pachito (quien ahora tiene 103 años) se transformó en una celebridad en Nicoya. Incluso ilustró los billetes de lotería. Por eso siempre me recuerda que nosotros “lo descubrimos” y “lo hicimos famoso”.

Continúo en contacto con muchos de ellos y me llena de alegría decir que son mis amigos mayores.

-¿Qué “enseñanzas de vida” te dejaron los protagonistas que aplicás a partir de haberlos conocido?

Justamente una charla con Don Pachito Villegas fue reveladora. Una vez que tuve la confianza suficiente le pregunté si pensaba en la muerte. Me miró de reojo, frunció el ceño y me dijo: “No, no, no ¿porque debería pensar en la muerte? ¿Porque tengo 98 años? Nadie sabe cuándo va a morir, usted podría morirse antes que yo. Yo sueño todas las noches y me levanto todas las mañanas tratando de cumplir esos sueños”.

Me sentí muy tonto de haberle hecho esa pregunta, me pareció una obviedad que una persona que había llegado hasta a los 98 años, lo había hecho pensando en la vida y no en la muerte, teniendo proyectos, teniendo sueños.

Y quizás ese es el mayor descubrimiento que hice: que no hay edad para soñar, que no hay edad para cumplir los sueños.

Norberto Chab

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