Tamae Garateguy se convirtió a lo largo de estos años en una referente indispensable del cine nacional, abordando géneros tan diversos como el thriller psicológico, el relato erótico, el terror, el western urbano, el policial y, en una exploración colectiva, también el humor y la sátira.
Durante junio, Tamae Garateguy es homenajeada con la primera retrospectiva dedicada a su obra en el Centro Cultural Borges, con entrada libre y gratuita. La programación puede consultarse en este enlace.
-Llega el momento de tu retrospectiva y volvés 15 años atrás cuando presentaste Pompeya, tu primera película. ¿Qué ves a lo largo de este tiempo?
Una retrospectiva es como un hito en el camino de cualquier persona que se dedica a algo artístico. Es un momento donde te detenés en tu camino de seguir expresándote o contando historias y mirás hacia atrás. Donde se hace más conciente la trayectoria, lo cual es muy impactante e impresionante. Porque acá estamos les dires, queriendo siempre contar nuestras historias y expresarnos. ¡Qué momento!
-¿Cuál fue tu reflexión sobre esta propuesta?
Fue un momento de caer en la cuenta del camino recorrido, tomar conciencia de cómo fueron cambiando las cosas: fue cambiando el mundo, la Argentina, el cine y el escenario para las directoras mujeres. Fue cambiando lo que se llamaba cine de género. Ahora se volvió algo mucho más en boga y legitimado, que cuando yo empecé no era tanto. Pasaron muchísimas cosas que me hicieron reflexionar sobre la propuesta del Centro Cultural Borges sobre las trayectorias, los caminos, los recorridos y mostrar un corpus de seis películas, sobre ocho largometrajes que tengo en solitario.
-Hablás como si fuera de otra cineasta, pero es tu camino y tu trayectoria.
Calculo que las retrospectivas para todos son eso: una especie de relación que uno empieza a tener con el camino, la obra y las propias películas. De un camino ya recorrido. Y es impactante, de verdad.
-A propósito de Pompeya, tu ópera prima, ¿cómo manejaste en ese momento las expectativas de la industria con una película tan rupturista y violenta, algo que no se esperaba de una mujer? ¿Cómo manejaste todo eso?
En aquel entonces, las mujeres no hacían este tipo de cine acá en Argentina ni tampoco tanto en el mundo. Fue un shock. Lo hice sin pensarlo tanto, dejando salir esta afinidad que tenía por el cine de mafias y el cine japonés; un poco por mi origen, ya que soy un cuarto japonesa. No pensé mucho qué estaba pasando en el cine, en el mundo o qué se esperaba. Seguí mis instintos, mis gustos y mis afinidades. Cuando muestro la película me encuentro con esto que vos decís: no se espera de una mujer que haga esto. No es algo que me invento yo. Eran las preguntas que me hacían a propósito de mi película, especialmente porque ganó el Festival de Mar del Plata en la competencia argentina. Se decía que no se supone que una mujer haga este tipo de películas o pueda representar la violencia de esa manera. En ese momento había géneros cinematográficos que no se suponía que las mujeres pudieran visitar. Eso cambió bastante. Y cambiaron también las entrevistas (Risas).
-En un punto dejaron de preguntarte.
Creo que también con los colegas, que éramos varios, queríamos acceder a una legitimación por parte de los festivales de cine considerados más prestigiosos en ese momento, como el BAFICI o Mar del Plata. Nuestras películas, tal vez como eran de terror, de acción o de zombis —como los chicos de Farsa—, eran consideradas de un estatus menor, de clase B. Nosotros queríamos hacer cine de género de calidad que pudiera acceder a nuestros festivales más importantes.
-Vos decías que cambiaron las entrevistas también. Supongo entonces que con el paso del tiempo y de tus películas dejaron de preguntarte: «¿Por qué hacés esto siendo mujer?»
¡Totalmente! Dejaron de preguntarme dónde estaban mis hijos, si sabían lo que yo hacía o cómo podía hacer algo tan violento teniendo hijos. Por qué contaba esas historias de violencia siendo mujer. «No se supone que las mujeres hagan esto, es un cine visceral». Yo digo: no sé si a Takashi Miike le preguntan si su cine es visceral. Se dedica al género extralimitado, visita la ultraviolencia como asunto. A los varones no se les pregunta, los tienen habilitados, es como universal. Siempre pongo el ejemplo de Diego Lerman, un colega que admiro mucho y que me parece un gran feminista. Nadie se le ocurría preguntarle: «Vos siendo varón, ¿qué pensás contando esta historia?». No le hacían esas preguntas porque se da por sentado que un varón puede visitar cualquier asunto y género. Ahora cambiaron las entrevistas y eso es muy agradable.
-¿Antes cómo lo asimilabas?
Me resultaba gracioso. Siempre me lo tomé con humor. Fui muy conciente de que cuando hay una directora mujer haciendo lo que no se supone, genera dispositivos que provocan preguntas o conversación. Inclusive a riesgo de equivocarnos, las mujeres siendo machistas una vez me dijeron: «¿Pero no pensás que esta película es machista?». Y yo decía: «Me van a decir de todo siempre por ser mujer». Inclusive en esos casos se hace más evidente el machismo o las narrativas opresivas, porque los hombres son los que más señalan que te equivocaste o fuiste machista. En vez de decírselo a tantos colegas que siguen acompañando las mismas narrativas, siendo mujer provoca mucho más ver el error.
-Incursionaste en el terror, en el suspenso y desde el lugar fantástico también. Ahí pateaste el tablero. Pienso en Mujer Lobo, por ejemplo, esa asesina de los subtes.
En la retrospectiva es interesante ver lo que es pre y el post del Ni Una Menos. Mujer Lobo es previo: la rebeldía consistía en representar un personaje donde, en la narrativa, los monstruos y asesinos siempre son varones fríos y calculadores. Con Diego Fleischer quisimos contar un cuentito, una historia donde hubiera una asesina serial que fuera como un lobo en la ciudad buscando Caperucitos. Nos parecía divertido hacer ese flip. Creo que es una de mis películas más estalladas, especialmente porque el casting entró en una sinergia loca siguiendo mi mente y mi expresividad de ese momento, que estaba enardecida, y sucedió algo explosivo. Quedó como una película que es un cuentito que no se parece a nada.
-No se parece a nada, pero era una osadía que una directora se permitiera hacer estas vueltas eróticas con una mujer lobo asesina. ¿Cómo reaccionabas frente a los comentarios?
Me divertía la exigencia de que todo tenía que ser verosímil. Exigencias que trascendían mi figura y tenían que ver con que, si el personaje es mujer —una asesina serial o un monstruo—, debía haber una justificación. ¿Por qué lo está haciendo? ¿Por qué la película no lo explica? ¿Por qué esta mujer sale y mata a los hombres por la calle? Yo decía: «Chicos, en las películas de asesinos seriales de las que soy muy fan, nadie te explica por qué Hannibal Lecter se come a la gente, ¿o no?». Sin embargo, hay una exigencia sobre el personaje de la mujer monstruo de saber de dónde viene. Con Diego Fleischer tenemos muy claro el motivo: la figura de la mujer monstruo que ataca es muy inquietante simbólicamente, porque las mujeres somos las que recibimos toda la violencia de la sociedad. Los ejemplos están a la vista. Y se supone que tenemos que devolver algo bueno, hablar correctamente, estar tranquilas y explicar llorosamente qué nos pasó. Esto de decir que nos atacan o somos malas es lo que inquieta, y tenemos que explicar por qué y tener razones. Ahora, ¿qué pasa si no hay explicación? Eso inquieta porque simbólicamente la mujer es la que recibe la violencia y la que tiene que transmutarla y convertirla en explicaciones, en buenas maneras, en amor, comprensión y cariño.
Esa es mi rebeldía tal vez: poder mostrar a una mujer que da miedo. Justamente era la idea de Mujer Lobo. La película no te explica por qué, o quizás hay un par de planos que lo explicarían hipotéticamente. Mi misión con esa película era intranquilizar. ¿Qué pasa si nos salimos de ese lugar de recepción y de tener que tranquilizar al espectador?
-¿Alguna de las películas de la retrospectiva está entre tus favoritas?
En Hasta que me desates fui a una profundidad muy difícil. Había visto un corto que me inquietó mucho sobre una mujer que pedía eutanasia. Y la eutanasia es un tema muy difícil de pensar. Creo que en la sociedad todavía se debe mucha conversación al respecto. Fue un desafío porque moralmente te hace preguntas: ¿qué pensás vos? ¿qué pasaría si estuvieras en esa situación? Además, es un tema que no es muy agradable de tocar. Ese tabú me parecía interesante. También el tabú de la necrofilia, que es terrible pero existe en el mundo. Me extralimité y puse esas dos cuestiones juntas, pero creo que esa película está muy bien. Fue pequeña y tal vez no se le dio tanta importancia porque es difícil transitar esos dos temas.
Además, fue un ejercicio de precisión, porque como directora creo que tengo una búsqueda un poco más desenfrenada, exagerada y exacerbada, no sutil. Una vez en Corea me preguntaron: «¿Por qué no sos más sutil?» y yo pensaba: «Mirá lo que hice, vos decís que busco la sutileza y yo ni la quiero». Pero en esa película hice un ejercicio de precisión, armando escenas más delicadas estéticamente desde el montaje y los encuadres para permitirme profundizar en este tema tan tabú como la eutanasia.
-Además de que te lo preguntan, ¿te preguntás por qué te interesan esos temas?
Porque hay que ir hasta ahí. Hay que llegar a los bordes siempre. Para ver qué hay.
Julia Montesoro


