El director y artista visual Javier Olivera volvió a la Argentina y al BAFICI para presentar La piel, largometraje realizado en España -donde vive actualmente-, en el que revisa sus vínculos familiares y más precisamente, el vínculo con su padre, el histórico director y productor cinematográfico Héctor Olivera.
Javier Olivera, ahora padre e hijo a la vez, se pregunta si fue justo traer a alguien (su hijo) a un mundo violento mientras confronta con los claroscuros de su relación con su propio padre.
Con producción de Rafael Alvarez y Javier Olivera a través de MGC Marketing Producción y Gestión Cultural SL; El Médano Producciones y Línea de Tiempo SL, La piel es una carta cinematográfica dirigida al hijo del director, con la intención de que la vea dentro de 20 años para comprenderla. Las circunstancias en las que nació y vivió sus primeros cinco años. La piel, que aun no se estrenó comercialmente en España, es también una película sobre cómo el cine y la vida se entrelazan.
-Participaste en la primera edición del BAFICI con tu ópera prima, la ficción El visitante. Y regresaste en el 2015 con La sombra. ¿Qué te impulsó a volver a presentar una producción tuya?
Tengo dos respuestas. Una tiene que ver con mi propia relación con el Bafici, como un festival que ha sido muy fundamental, no solamente por poder mostrar mis películas (particularmente en el primer Bafici del año 99, mi primer largometraje), sino todos los años siguientes como cinéfilo. Para mí el festival fue una escuela de cine, particularmente en esos primeros 10 años. La otra razón de peso es que en 2015 presenté La sombra, que es la primera de una trilogía que cierra con La piel. La segunda película es La extraña, que aunque se estrenó en el Doc Buenos Aires, después no se volvió a exhibir en la Argentina.
La trilogía se completa con un corto que se llama Una habitación en Bangkok, que pude estrenar en abril en el festival de la Cinemateca en Uruguay. Conforman un cuerpo de obra, una especie de trilogía con un pequeño bonus track, que son películas documentales, ensayísticas, cine en primera persona, en donde la voz que relata es mi voz en off. Son películas que lidian sobre la identidad, la memoria, los autoexilios y la figura del padre, cuatro temas que nuclean estos trabajos muy personales, muy confesionales. Y por suerte he comprobado una vez más que siempre el miedo de hacer este tipo de películas es que la historia personal sirva como un disparador o como un espejo hacia el público, y que la película trascienda el cuentito personal. Y que más bien la historia personal, las preocupaciones o los conflictos que desarrollan estas películas tengan una resonancia en el público y las hagan propias, que resuenen.
De este subgénero del cine en primera persona, que es tan íntimo y tan autorreferencial, siempre el gran reto es lograr ese puente sin caer en narcisismos o en miradas de ombligo.
-Te iniciaste en 1999 como director de ficción. ¿Qué te motivó a ir hacia el documental?
Es una buena pregunta porque hay un interés por la forma, pero también hay una cuestión más personal. Creo que el género documental, y particularmente este tipo de subgéneros del cine en primera persona y el cine ensayo en particular, tiene grandes ventajas a nivel formal y a nivel del trabajo con el sonido, el montaje y el archivo. Trabajo mucho con archivos y no solamente en el cine, porque en mi otro lado de la producción, que tiene que ver con las artes visuales, hago videoinstalaciones, libros de artista, trabajo con fotografía y también trabajo mucho la reformulación del archivo. No el archivo como un elemento para ilustrar un texto, sino más bien para encontrarle nuevos sentidos a esas imágenes que fueron utilizadas por otros motivos. Allí aparece esa idea de exiliar ese material, de quitarlo de ese contexto y llevarlo a otro, y a través del montaje, del reencuadre y de la manipulación de la cámara lenta, llevarlo a nuevos sentidos y significados.
Yo también tengo dos lados: hago estas películas muy personales y muy de art house, pero también tengo un entrenamiento en lo industrial y voy haciendo en paralelo trabajos de series documentales o series de ficción más mainstream, más en la industria. Entonces, el interés por el documental es esta libertad que tiene, mucha más que la ficción. En este mundo hay mucha más libertad para trabajar, para encontrar nuevos lenguajes y empujar los límites del lenguaje y no estar tan atado a un guion y a un sistema de producción que tiene que garantizar eso que se preaprueba a través del guion y de los pitches. La otra razón, que es más personal, de por qué dejé de hacer ficción y me pasé al documental, tiene que ver con mi historia personal. El visitante fue producida por Aries y por mi padre y me generó cierta crisis de identidad. Porque en el primer Bafici, que fue el lanzamiento un poco del Nuevo Cine Argentino, me pasó que por generación yo tenía más que ver, o estaba en la línea generacional de Lucrecia Martel, de (Daniel) Burman, de (Pablo) Trapero y demás; de hecho, todos presentamos películas ese año. A mí se me puso un poco del lado de la industria por obvios motivos, por estar producido por mi padre. Y eso a mí me causó una crisis de identidad. Decir: «Bueno, me siento perteneciente a este grupo del Nuevo Cine Argentino, pero por otro lado fui producido, tengo el apellido y vengo de este linaje». Entonces, hice algunas cosas de ficción, pero más para la industria: hice una serie en Estados Unidos de ficción, otra en España, cosas más comerciales, pero no tan personales, un poco para distanciarme y dentro del cine encontrar mi propio lenguaje y mi propia identidad.
-¿Qué encontraste de vos mismo, tanto de tus vínculos como de tus motivaciones como artista, en el camino de la construcción de La piel?
Lo primero es que estas películas parten como de una sospecha sin saber, y pasan años hasta que uno decide que acá hay una película. Las tres fueron construidas muy a fuego lento. Con La sombra tardé 10 años y con las otras dos pasaron más o menos 6 años. Son procesos que van muy despacio, muy a contracorriente de un sistema industrial en donde uno presenta un proyecto que está todo escrito, pensado, guionado y se financia. Yo también utilizo ese sistema para otro tipo de proyectos, pero en estos que son tan personales, tan de búsqueda, de prueba y error, también me permito trabajar solo. Ruedo yo, monto yo y pienso mucho. Es un proceso de muchos años de montaje y de prueba y error, y también de proponer un principio de un diseño sonoro, si bien luego viene un diseñador sonoro y lo construye, lo completa. Lo que encontré fue una manera de producir ultraindependiente, sin deberle nada a nadie, sin tener que pedir permisos para encontrar un lenguaje propio a partir de ciertos intereses. Trabajar con archivos, trabajar la memoria en un ida y vuelta entre el presente y el pasado y también el cruce de lenguajes. Vengo de las artes plásticas, pero después me dediqué mucho al videoarte y la videoinstalación. Entonces, por ejemplo, La extraña, que es la segunda película, surge de unos trabajos de videoarte que había hecho y que son parte de esas piezas dentro de la película. Y eso luego me condicionó a trabajar el documental llevado a un lenguaje más cercano al videoarte. Esos cruces de lenguajes me interesan mucho.
-Los campos que abre el documental son infinitos.
Este tipo de cine es un campo experimental para poder explorar formas y posibilidades a partir del montaje, a partir del cruce de lenguajes y a través del trabajo audiovisual. Insisto con que esto que hacemos es audiovisual. Y el audio es tan importante como lo visual. Por una cuestión histórica, la imagen siempre ha ganado terreno y el sonido ha quedado un poco relegado, pero el sonido me importa mucho. Lo trabajo desde el montaje y luego siempre incorporo a un sonidista. En general no me interesa demasiado la música incidental, porque me parece que es demasiado conductiva, que señala demasiado la emoción que hay que sentir. Suelo trabajar con músicos que vienen más del ruido y más de otro tipo de abordaje. Últimamente estoy trabajando con Alberto Carlassare, que es un diseñador sonoro italiano que vive en España. Ya ha hecho La sombra, el corto y La piel. Hay un entendimiento y un ida y vuelta. No es que yo cierro la imagen y luego le pone sonidos y musiquita, sino que más bien hay todo un diálogo y estamos años trabajando juntos, en donde hay momentos donde el sonido tiene que tener más relevancia que la imagen. Entonces vuelvo a montar o estiro los planos y trabajo en función de que ese sonido se exprese y acompañe o vaya en contra. Porque el contraste y el choque me interesan también como expresión.
–Hablabas de que en aquella primera película El visitante buscaste escapar de un linaje, de la historia familiar. Pero en ésta volvés sobre tu padre y también trazás o hablás de un legado al hablarle a tu hijo. ¿Lo tenías previsto así?
Eso sucedió. Yo partí del registro del nacimiento y crecimiento de mi hijo, jugando al registro de cualquier padre que hace lo mismo con su móvil. De hecho, la mitad de la película está hecha con móviles, un poco a propósito. Obviamente tengo un ojo y un entrenamiento puesto en la composición, pero no quise profesionalizar esa mirada sino tener esa inmediatez del registro directo. Juego con eso. Pero la aparición de mi padre en la película sucedió porque él vino a visitarnos. Yo vivo en un pueblo de la provincia de Cuenca a dos horas y media de Madrid, y se dio que en un viaje se quedó un mes viviendo en casa. Fue muy fuerte como experiencia. Primero porque hacía años que no lo veía y de pronto me descubrí, él y yo como mayores. El primer impacto en la convivencia fue ver que a este señor, que fue mi gran sombra, a esta figura imponente y el prócer del cine argentino, lo descubro como un anciano frágil, como una figura que se está apagando. Y por otro lado también lo descubro como un abuelo, que es algo nuevo, porque este es mi único hijo. Ese descubrimiento de este señor como abuelo y yo como padre se introdujo muy fluidamente en la película. Esto dispara esta carta filmada al hijo donde le cuento estos años convulsos de pandemia, del auge de la ultraderecha, de un futuro muy incierto y la pregunta de todo padre, en la que me preocupo por su futuro y en qué mundo va a vivir. Esa primera parte de la película dio paso a esta llegada de mi padre y el cuestionamiento de los roles y este linaje. Y ahí voy a lo del linaje: esta idea de «yo soy padre de este niño, pero no dejo de ser hijo de este señor que ahora es abuelo de mi hijo». A través de ese cambio de roles también tuvimos un reencuentro nosotros, incluso fuera del cine. Lo cual es una novedad, porque nuestra relación y nuestra vida estuvo muy atravesada siempre por el cine.
-Un tema central es la pregunta sobre si es justo traer a alguien a un mundo violento. ¿Encontraste alguna respuesta durante el rodaje o la película prefiere dejar esa herida abierta?
Yo me planteo estas películas como preguntas a enunciar y que de alguna manera las respuestas suelen ser muy íntimas y muy personales. Es difícil, y mucho menos pontificar sobre «lo que hay que hacer es esto», «la respuesta es esto», porque por supuesto no me siento con ninguna autoridad para estar diciendo qué hay que hacer. La respuesta es no. No sé en qué mundo va a vivir. Me asusta mucho. Me asusta mucho por nosotros también, porque antes que a mi hijo, a nosotros ya nos van a tocar unas consecuencias que, evidentemente, van a ser muy difíciles para toda la vida. Pero ante la pregunta sin respuesta, o la dificultad de encontrar una respuesta que calme las angustias, la apuesta de la película es aferrarse a los afectos. Al final lo que queda es el afecto. Y en eso sí creo, y casi te diría que lo milito y la película tiene un gesto político en ese sentido. Frente a este mundo que tal vez se derrumbe, que está cambiando, en donde uno maneja valores que tienen que ver con la igualdad, con la fraternidad, con una equidad real y social… más que nunca hay que apostar por la empatía, por mirar al otro y por defender lo profundamente humano, que para mí tiene que ver con la empatía principalmente. Uno podría pensar que se vincula con la doctrina de Jesús, por ejemplo, porque estamos yendo a algo muy esencial. No es nada nuevo, ni nada new age ni nada por el estilo, simplemente es algo sensato frente a un mundo que se deshumaniza, que se vuelve más individualista y violento, donde un sistema económico además apoya esta competencia feroz y a pisar la cabeza del otro por ganar más dinero. No comulgo con este sistema. Mi sistema de creencias es otro y tiene que ver con una empatía, con una generosidad, con mirar al otro, con una preocupación social, con lo colectivo. Que también es una experiencia que estamos viviendo en este pueblo donde vivimos, que es un pueblito de 200 habitantes. Entonces, en esa pequeñísima comunidad y todos criando a nuestros hijos, se da un sentido de comunidad muy lindo, muy valioso, de compartir la educación de los chicos. Hasta los vecinos que tienen huertos nos traen tomates y pepinos, productos de sus huertos, y uno va y ayuda a la señora que no puede hacer tal cosa. Para mí son valores súper importantes en este momento, porque todo el afuera nos está diciendo lo contrario, se está fomentando todo lo contrario. Entonces, ese es un poco el gesto político de la película en ese sentido.
–La piel se estrenó en el BAFICI, así como pocos días antes el corto Una habitación en Bangkok se estrenó mundialmente en Montevideo. ¿Coincide con algún momento en que estés planificando volver?
No, no creo. No, porque ya me he mudado muchas veces. Eso lo cuento en La extraña. He tenido una vida de mucho nomadismo. He vivido dos veces en Estados Unidos, ahora tres veces en España, he vivido en Uruguay cinco años, en otros lados… Y ahora, teniendo un hijo, y también por un tema de edad, siento que ya es tiempo de anclar, de quedarse ahí y desde ahí trabajar. Sí me interesa estar más vinculado, seguir en contacto con Argentina y con Uruguay. Tengo un proyecto de ficción en Uruguay que ojalá lo pueda hacer. Estoy volviendo a la ficción. Ahora cierro todo este universo de estas películas y me estoy volcando a la ficción: tengo una película que espero que empiece a estar en desarrollo este año en España. Es una película 100% española. Pero también tengo una película en Uruguay que también hace años que estoy queriendo levantar. No es fácil. Pero estamos dando lucha.
–¿El camino de La piel incluye un estreno argentino?
-Espero que sí. Apareció una distribuidora que mostró interés. Veremos cómo planeamos el futuro con Rafael Álvarez, el productor español. Pero por supuesto que me interesa mucho estrenar acá.
-¿Tu papá vio la película?
La vio y quedó muy conmovido. Le cuesta ver: tiene un problema de vista del que se habla en la película. Creo que la ha escuchado más que haberla visto. También me pasó algo un poco triste: fuimos a comer al otro día. Quise comentar algo y bueno… tiene 95 años y eso pesa en la memoria inmediata. Es increíble, porque si habla del pasado se acuerda de todo. Puede presentar películas y su discurso es impecable. Pero en lo más cercano le cuesta mucho retener. Pero lo vi muy conmovido.
Julia Montesoro


