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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Alfred Oliveri, premiado en Málaga por «Purity»: «Es la película menos gastronómica que hice»

Purity, el tercer largometraje de Alfred Oliveri, ganó la Biznaga de Plata Premio del Público en Cinema Cocina, la sección de cine gastronómico del Festival de Málaga, que concluye el domingo 30 de agosto.

Oliveri es el realizador argentino que a través de su obra (las películas anteriores fueron Tegui: un asunto de familia y La leyenda de Don Julio: corazón y hueso, ambas estrenadas en el Festival de San Sebastián) impuso el concepto de cine gourmet.

Purity se introduce en el mundo de un joven cocinero (Juan Peralta Ramos), que decide dejar atrás la ciudad para vivir según sus propias reglas, en contacto con la naturaleza y aportando a su gastronomía su vinculación con otras disciplinas. Rinde homenaje a la herencia de productores y artesanos, dándole un tratamiento puro, casi místico, a los productos de la tierra y del mar.

-¿Cómo surgió la posibilidad de hacer documentales gastronómicos, cómo advertiste que ese era un camino a seguir?

Debo confesarte que no es que haya visto un camino a seguir. Por un lado, venía trabajando en el mundo de la gastronomía a partir de haber hecho una serie en el canal El Gourmet con Déborah de Corral. Fue la primera vinculación directa con un tema de gastronomía y los lineamientos narrativos en los que creía en ese momento, en los que mi idea era sacar la cocina de los sets de televisión primero y vincularlos a la vida. Hicimos una temporada que fue el final de una época para el Gourmet, que luego se vendió. En ese momento soñé con la posibilidad de formar una plataforma que albergara historias alrededor del mundo de la cocina. Así nació House of Chef. A partir de ahí empezamos a ahondar en lo que eran esas historias alrededor del mundo de la cocina, con un punto de vista mucho más orgánico, incluyendo todo lo que pasaba alrededor de esa cocina, con una mirada mucho más humana, personal, familiar, ligada al territorio. Así llegué al mundo del cine: fue una suerte de “sueño del pibe”, de pensar que lo que habíamos hecho con Tegui en Mendoza podía convertirse en una película y podía llegar a un festival. Para mí era algo inalcanzable. Pero hice la película (Tegui: un asunto de familia) y finalmente inauguró la sección Culinary Zinema de San Sebastián de 2018. 

-En el caso de Purity, que obtuvo el Premio del Público en la sección Cocina Cinema del Festival de Málaga, ¿cómo fue el proceso de rodaje?

Fue el más atípico de todos. Tegui nació con la idea de hacerse película para llegar al festival. Y Don Julio fue nuestra película con mayor proyección, planteo, preparación. Lo de Purity fue muy espontáneo y muy orgánico. Venía teniendo charlas con Juan Peralta Ramos desde distintos lugares. Yo estaba empezando una gira por Europa que incluía la presentación de Don Julio en San Sebastían. Luego empecé un rodaje sobre el mundo del vino por Francia, Italia y España. Ibamos teniendo tertulias telefónicas, mientras él estaba haciendo workshops de fuegos en Australia. Nos hicimos amigos a la distancia. Un día me dijo “¿por qué no te venís a visitarme a mi casa de Uruguay? Porque para hacer algo nos tenemos que conocer”. Acepté y pasé un montón de días sin ninguna idea de filmar, porque venía muy llevado por el entusiasmo, y quería que el próximo proyecto fuese tranquilo, pensado, pausado.

La cuestión es que finalmente, de una forma totalmente natural, terminamos esbozando un guión muy basado en lo que habíamos hablado durante toda esa temporada, lo que habíamos vivido, compartido y convivido. Me convertí en un testigo privilegiado de ese mundo en el cual transcurre Juan, y a partir de eso solo hubo que desandar el camino. Se hizo en dos jornadas intensísimas, con un equipo muy reducido. Iba a ser un corto, pero cuando hice el primer corte supe que tenía un largometraje. Tenía ganas de presentar algo en Málaga: llamé y ofrecí la película.

Purity tiene la particularidad de que convergen cine y gastronomía pero con una mirada minimalista y despojada. Es una obra de muy pocas palabras, escenas subrayadas por la música, un seguimiento del protagonista a su universo cotidiano y la cocina como parte de un ritual, sensual y sutil. ¿Estás defraudando al que va a buscar milanesa con papafritas en plano corto?

Sí, si iba a buscar milanesas con papas fritas en plano corto, definitivamente sí (ríe). Me encanta la milanesa con papas fritas y hay un contexto para hacerlo: si fuera en el universo de los bodegones sería otra historia. En este caso, Purity es la película menos gastronómica o si se quiere de culinary que hemos hecho. Es la que toma más riesgos, la más artística, la más de autor. Muestra, justamente, cómo este personaje que es un cocinero off-road, sin chaqueta, que tiene un restaurante de una sola mesa en su casa, se vincula directamente con los productores, con el producto, con el mar, que recoge los hongos en el cerro después de la lluvia. Incluye a la gastronomía como un elemento más, como una disciplina más que podría ser un vestuario, o la arquitectura, porque de hecho él construyó su propia casa en Uruguay. Entonces tiene que ver con este tema de las artesanías, y ahí entra. Y también como un arte, porque cuando lo ves preparando una corvina entera en su horno de barro hay algo del ritual que lo vuelve tremendamente artístico.

-No muchos saben que cuando eras muy chico trabajaste en películas de Leopoldo Torre Nilsson. ¿Cuándo entendiste que ese mundo del cine podía ser tu mundo también?

Me dedico al mundo del espectáculo desde que tengo uso de razón. La anécdota de Torre Nilsson es una de esas. Eso fue cuando tenía 7 años. Fui a una audición de un señor en silla de ruedas, con unos anteojos de botella, para hacer un comercial. ¡Y era Torre Nilsson! El estaba en sus últimos días y yo era muy niño. De ahí para acá transité prácticamente todo: la producción de teatro, televisión, radio, contenidos audiovisuales. Pero la entrada al mundo del cine, teniendo la posibilidad de ver tu película en una pantalla grande -en el caso mío, en el Kursaal de San Sebastían-, me cambió para siempre. La posibilidad de asistir a una función de estreno, con un público que no te conoce y que va a ver la obra, y que cuando termina te puede aplaudir o no, es una sensación que guardás en el corazón para siempre. Esto no me tocó de chico, pero tengo el entusiasmo intacto para desarrollarlo plenamente. Estoy muy enamorado del mundo del cine y de las vinculaciones que tiene este mundo, como el hecho de todo lo que tiene que ver con series que están dentro del universo cinematográfico y no como lo antes conocido, acotado al mundo televisivo. Y que te da la posibilidad de filmar, dirigir y contar historias.

-Estás identificado con los cambios de paradigma de la televisión de los años 90: la aparición de El Rayo, los primeros años de CQC, desacartonando y reformulando el medio. ¿Cuándo entendiste que ese medio ya no te representaba?

Diría que cuando se terminó El Rayo. Yo ya estaba viviendo en España, había hecho El Rayo allá también, y me tomé prácticamente dos años sin hacer nada. Me dediqué a poner música en bares de jazz. Cuando volví a trabajar y a producir, empecé a producir seriamente -porque antes producía, pero básicamente estaba delante de cámara-, y produje lo que yo quería ver, los proyectos que quería que tuvieran luz.

En ese momento comenzó a aparecer un criterio narrativo distinto, antagónico a lo que nosotros habíamos marcado como un sello, que tenía que ver con una velocidad, con un movimiento de cámara, con un tipo de edición, con un tipo de humor. Yo quería aplicar ese criterio, de acciones fueran lentas, cámaras pausadas, que fuera orgánico. Al poco tiempo los cambios tecnológicos me permitieron trabajar con un criterio cinematográfico. Y todo se encaminó.

-¿Había un director de cine sin la gastronomía en el medio?

Creo que son como puentes. En general, doy demasiadas vueltas para llegar a los lugares. En este caso, creo que la gastronomía es un camino de vinculación con la ficción. El camino conduce hacia ahí. Así como la televisión me llevó al cine, el cine documental me va a llevar al cine ficción. Me parece que ahí es hacia donde apunta todo, porque la realidad es que desde que hacía televisión -después de El Rayo-, cuando empecé a hacer mis propias producciones –El Show de Débora, o programas con Julieta Ortega-, el criterio era trabajar con personas reales pero con un criterio de personajes, y generar paradigmas de ficción dentro de un programa de no ficción. Hacia allá voy.

Justamente, a veces los problemas que me encontré es que yo empujo los límites mucho más allá de lo que los mismos protagonistas quieren. En el caso de Don Julio, me decían “pero yo no soy un actor, no quiero exponerme porque estás hablando de mi vida como si fuera un hecho literario, y es mi vida”. Yo entendí que iba a tener que cruzar esa línea. Y si te fijás, Purity prácticamente puede ser una ficción.

Julia Montesoro

La entrevista completa con Alfred Oliveri puede escucharse en GPS audiovisual radio.

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