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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Gabriel Szollosy estrena «Los versos salvados»: «El documental busca encontrar el punto medio entre realidad e imaginación»

El jueves 18 de junio se estrena en Cine.ar TV el documental Los versos salvados, una coproducción con Uruguay y Colombia escrita y dirigida por Gabriel Szollosy, que gira en torno del vínculo entre una madre y su hija, sobrevivientes de la dictadura argentina, y la lucha por vencer la culpa de seguir con vida.

Con casi 80 años, Celina habita una zona rural uruguaya y se dedica al trabajo con el vellón de lana. Tiene una vocación sanadora y salvadora: la literatura. En sus escritos –de los cuales se ocupa de depurar y corregir con la intención de editarlos y que presenta en reuniones de escritores noveles como ella- encuentra una motivación esencial para sobrellevar el horror al que fue sometida. Una vez por año, recorre con su auto la distancia que la separa de La Pampa, donde vive la menor de sus siete hijas, Fernanda. Ella nació en cautiverio. Los diálogos entre ellas reflejan la cotidianidad de dos mujeres sencillas. Y también lo no dicho: esa zona oscura en la que ambas, necesariamente, deben saldar sus tragedias.

Gabriel Szollosy dialogó con GPS audiovisual para referirse a Los versos salvados.

-¿Por qué creés que Celina decidió dejar su testimonio en una película, cuando por lo que se percibe, es una mujer que no expresa sus dolores más íntimos?

Creo que todo es una cuestión de lenguaje. Incluso tu propia pregunta, al asegurar que se percibe que Celina no expresa tal o cual cosa, se está refiriendo al lenguaje, a la expresión, a la comunicación, de una u otra forma. En la película se recurre muchas veces a la palabra, se lo pregunto directamente. Resulta muy difícil para quien incursiona en la poesía, cargar con una obligación ética como la que Celina decidió –o el destino le obligó– tomar. “Dar testimonio” queda muy lejos del vuelo poético. Pensá nomás en las toneladas de testimonios que se hallan en expedientes de los juzgados, incluyendo las palabras de Celina. Están ahí, cumpliendo una función jurídica, obteniendo resultados jurídicos, pero estando muy lejos de otro tipo de comunicación más vivencial. Y para quien carga con tan tremendo fardo sobre sus hombros, pienso yo, resulta casi una traición a sí mismo poetizar con ciertas cosas. Creo que esa es la razón principal por la que Celina aceptó participar en Los versos salvados. Desde que comencé el proyecto busqué una frase a la que apegarme (siempre lo hago así). Esa frase es de John Cage, y dice algo como: “las palabras solamente pueden expresar aquello para lo que las palabras fueron hechas”. El testimonio siempre se va a quedar corto, pero la urgencia es impostergable. ¿Cómo encontrar el punto medio entre la realidad y la imaginación? Esa es la búsqueda del cine documental, la poética de la realidad, al menos del tipo de documental que yo incursiono. Por supuesto, como lenguaje, también el documental acaba quedando corto. Pero da un pasito más.

-¿Qué partes de la vida de Celina decidiste abordar; y por el contrario, cuáles fueron los aspectos que no se tocaron?

Claro que nunca se puede abordar todo. Si lo hiciéramos acabaríamos siendo la propia vida. Hay que tener en cuenta, además, aquello de que “el que mucho abarca poco aprieta”. Pero, uniendo con la pregunta anterior, lo que sí decidí dejar afuera son los versos de Celina referidos al parto en la clandestinidad. Hay unos versos hermosísimos, que le escribió hace poco a su hija. Cuando los leí me quebré. No los pude poner. Es algo demasiado de ellas.

-¿Qué circunstancia te motivó la decisión de hacer un documental? ¿Cómo fue tu primer acercamiento a Celina?

A Celina me la presentó un amigo en común. Vino a mi casa a tomar café. Vivimos muy cerca, ella en el campo y yo en la playa. La forma de vida que ambos llevamos es, en muchos puntos, muy similar. Tenemos tiempo para pensar y ver la vida pasar. Por supuesto, cada cual desde su perspectiva. Celina, que ya contaba con muchos años escribiendo, veía cada vez más cercana la posibilidad de que en algún momento la vida dijera basta. Conversamos mucho sobre esto, que, por otro lado, es en torno a lo que giran las conversaciones entre artistas o entre dos almas que se desnudan. Recuerdo una frase de ese primer encuentro: “tanta vida para acabar en nada”. Esa vez Celina no me contó nada de la historia del nacimiento de Fernanda. Se llevó algunas de mis películas. Cuando nos vimos la segunda vez fue en su casa. Me felicitó por las películas, sobre todo por una, El destello. Este documental cuenta la historia de un militar. Me guardo los elogios de Celina hacia la película, pero dejo ver que, al igual que uno toma de entrada cierta postura al oír “la historia de un militar”, intuyo que Celina también tomó la suya. Y en ese sentido se sorprendió de la historia que yo contaba. Vio que podía haber otra forma de contar las cosas. Fue ella quien confió en el cine. Ahí me contó su historia.

-¿Cómo fue mutando ese documental a medida que fue avanzando? ¿Qué elementos que no estaban originalmente se agregaron?

Fue un proceso que duró unos 5 o 6 años. Necesariamente las cosas van cambiando. En mi vida personal sucedieron algunas determinantes: un infarto que casi me lleva y la muerte de mis padres. Además, para alguien que vive del cine como yo, el día a día representa ya una gran aventura. Como director me caracterizo por utilizar el “guion de hierro”. Eso significa que desarrollo y escribo mucho; luego, cuando filmo, lo hago apegándome al máximo a lo que está escrito. Es un tipo de trabajo muy cercano a la ficción, previendo lo más posible y minimizando las sorpresas. Pero con Los versos salvados, al ser un proceso tan largo, fue difícil mantenerse sobre lo planeado. Por ejemplo, los cambios de gobiernos en los tres países coproductores, que implicaba estiramientos interminables en la adjudicación de fondos. En el caso de Argentina, donde fue la última parte del rodaje, esta demora me ocasionó una gran incertidumbre. Yo tenía el guion de hierro que, como tal, debe permanecer allí, casi como una biblia. Pero la ansiedad me llevó a releerlo y a volver sobre ciertos puntos que yo no había investigado. Y ahí descubrí una nueva historia. O, mejor, la misma historia, pero con un nuevo giro.

-¿En qué te cambió haberte acercado al mundo de una mujer que sobrevivió a situaciones tan extremas? ¿Qué viste de vos mismo al ver la película terminada?

En realidad, insisto, todo se trata de un relato. Y de nuevo la imposibilidad de las palabras de trasmitir lo que es vida. Celina es mi amiga y, sea lo que sea que haya sucedido en su vida, a mí lo único que me va a llegar, ineludiblemente, es un relato.

Cuando nos visitamos no hablamos de lo que le pasó, o de lo que me pasó a mí. En todo caso, hablamos de las cosas cotidianas que nos sucedieron en los últimos días: que la huerta, que la tormenta, que qué cocinamos, o de cómo está tal o cual persona. Al ver la película terminada, lo que veo es de nuevo un relato. Resulta extraño, pero logro verlo justamente como aquello de lo que no hablamos cuando nos vemos con Celina, como amigos que se visitan. Me pone muy bien pues veo que, al menos conmigo, el documental cumple su cometido. Hace unos años hice un documental sobre Julio Sosa, producido por un gran amigo argentino. Hablando sobre esto en un boliche del balneario, un vecino me dijo: “¿Te das cuenta?, ahora Julio Sosa va a formar parte de tu vida y, sobre todo, vos vas a formar parte de la vida de él”. Así es como se ensancha la vida de los documentalistas.

Norberto Chab

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