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Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Por primera vez en España habrá un ciclo retrospectivo dedicado a Leonardo Favio, programado por Filmoteca Española, a partir del martes 7

El cine de Leonardo Favio será revisitado en España a través del ciclo retrospectivo Leonardo Favio – Testimoniar el llanto, que integra la programación de la Filmoteca Española durante julio. «Por primera vez en España, el cine de Leonardo Favio, clásico de la cultura argentina (cineasta, cantautor, político y militante), obtiene la atención que merece. En su obra se funden el melodrama, el mito popular y la tragedia sentimental», expresó una comunicación de la Filmoteca Española.

De acuerdo a la programación presentada por el organismo español, se presentarán cinco películas en el cine Doré de Madrid, a partir del martes 7: ese mismo día se exhibirá Juan Moreira (1973). Luego se presentarán Gatica, el mono (1993), el martes 11; Nazareno Cruz y el lobo (1975), el domingo 19; El romance del Aniceto y la Francisca (1966), el jueves 23 y Aniceto (2008), el martes 28.

«Testimoniar el llanto» hace referencia a la famosa frase acuñada por el popular cineasta y cantautor: «Ese es nuestro oficio: testimoniar el llanto, testimoniar la historia, ser memoria», definió alguna vez Favio, resumiendo su visión del arte y el cine como herramientas fundamentales para capturar el dolor humano, la identidad popular y la memoria colectiva.

Acerca del cine de Leonardo Favio, el programa de la Filmoteca Española, bajo el título «Leonardo Favio, la mirada sensible», publica una nota de Carolina Monti y Marcos Migliavacca (programadores del Festival de Cine Independiente de La Plata FestiFreak):

“Hacer cine es un problema de sentimiento. Yo no me formé en una escuela, sino observando, y a partir de allí no hice mucho análisis de situación, sino de sensación. La cámara tiene que estar ahí porque yo siento que debe estar ahí. El cine no es fácil ni difícil, es. No hay ningún misterio. Todo es cuestión de amor”.

En esta declaración de principios radica el germen inasible de la filmografía de Leonardo Favio, una de las expresiones más originales y significativas en la historia del cine latinoamericano, extraordinariamente rica en términos estéticos, narrativos y culturales.

En el Olimpo de la cinematografía argentina, la figura de Favio es única e inimitable, con una sensibilidad fuera de lo común que atraviesa el corazón colectivo para captar la vibración de todo un pueblo. A lo largo de sus nueve largometrajes realizados entre 1964 y 2008, construyó una obra auténtica, profundamente humana, con genuino arraigo a la identidad argentina. Según la última Encuesta sobre el Cine Argentino (2022) realizada por revistas especializadas, seis de sus películas se destacaron entre las mejores veinticinco de todos los tiempos. Un logro que pocos autores pueden ostentar.

CAROLINA MONTI Y MARCOS MIGLIAVACCA
PROGRAMADORES
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El romance del Aniceto y la Francisca (1966)

«Hacer cine es un problema de sentimiento. Yo no me formé en una escuela, sino observando, y a partir de allí no hice mucho análisis de situación, sino de sensación. La cámara tiene que estar ahí porque yo siento que debe estar ahí. El cine no es fácil ni difícil, es. No hay ningún misterio. Todo es cuestión de amor».

En esta declaración de principios radica el germen inasible de la filmografía de Leonardo Favio, una de las expresiones más originales y significativas en la historia del cine latinoamericano, extraordinariamente rica en términos estéticos, narrativos y culturales.

En el Olimpo de la cinematografía argentina, la figura de Favio es única e inimitable, con una sensibilidad fuera de lo común que atraviesa el corazón colectivo para captar la vibración de todo un pueblo. A lo largo de sus nueve largometrajes realizados entre 1964 y 2008, construyó una obra auténtica, profundamente humana, con genuino arraigo a la identidad argentina. Según la última Encuesta sobre el Cine Argentino (2022) realizada por revistas especializadas, seis de sus películas se destacaron entre las mejores veinticinco de todos los tiempos. Un logro que pocos autores pueden ostentar.

Con influencia artística de su madre dramaturga y una fascinación por los márgenes heredada de su padre, la figura de Favio comprende muchas historias en una: el niño con gracia y ojos despiertos que creció feliz deambulando por internados de menores; el devenir en marino y delincuente de poca monta; su breve paso por la prisión y un cruce fortuito con el director Leopoldo Torre Nilsson -Babsy, su mentor- que da un giro a su destino y lo reconvierte en actor en películas de realizadores de la talla de Fernando Ayala, José Antonio Martínez Suárez, René Mugica y Daniel Tinayre. Poco después se consagrará como director de cine venerado por críticos y cinéfilos, y un cantautor exitoso reconocido en toda América.

En el cine de Favio, un canto al corazón de los predestinados, su intuición y pensamiento posaron el ojo sobre los marginados. El héroe trágico, los humildes y los vulnerables encontraron eco en su experiencia personal, marcada por una infancia difícil, que alimentó una sensibilidad artística excepcional para la representación del universo popular. Sus personajes pertenecen generalmente a sectores sociales postergados: niños abandonados, empleados solitarios, gauchos perseguidos, boxeadores o artistas ambulantes. Lejos de presentar una mirada paternalista, Favio no abordó el cine de manera espontánea, sino que elaboró una estrategia discursiva de gran complejidad de forma deliberada. Les otorgó una dimensión épica y poética, generando representaciones más profundas del imaginario popular argentino.
Su sensibilidad tan única como director lo convirtió en una figura incómoda e inclasificable, que no cuadraba ni en el cine militante de la época ni en el Nuevo Cine Argentino de la generación del ’60. «Mi cine es idéntico a mí… Yo no tengo nada que ver con la nouvelle vague argentina. Ni en lo intelectual ni en lo sentimental ni en lo económico. Conscientes de eso, teníamos que hacer un cine que nos expresara en el mundo. Yo entendía el cine nacional con acercamiento a lo popular. Siempre decía que teníamos que hacer como Kurosawa: contar nuestra historia», declaró en una oportunidad.

Sus películas pueden agruparse en distintas etapas que, si bien tienen diferencias formales y temáticas, son guiadas por una serie de ejes comunes. Su primera trilogía en blanco y negro –Crónica de un niño solo (1965), El romance del Aniceto y la Francisca (1966) y El dependiente (1969)- comprende un cine íntimo e intelectual influenciado por el neorrealismo italiano y centrado en personajes humildes, aislados o marginados. Las películas nos relatan pequeñas historias de los sectores populares pero incorporando una dimensión poética y contemplativa de la imagen que adquiere tanta importancia como la acción narrativa. En esta etapa aparecen temas que acompañarán toda su obra: la soledad, el amor imposible, la búsqueda de libertad y dignidad.

Juan Moreira (1973) y Nazareno Cruz y el lobo (1975), sus primeras películas en color, representan una segunda etapa caracterizada por una gran ambición visual y una fuerte sintonía con las tradiciones culturales argentinas. El foco pasa de historias individuales a figuras míticas y relatos de la memoria popular: héroes trágicos que luchan contra fuerzas superiores (sociales o sobrenaturales). Aquí se incorporan elementos épicos, folclóricos y melodramáticos, que emocionaron al gran público sin dejar de lado su profundidad estética. Esta etapa constituyó un éxito masivo sin precedentes, convirtiendo a ambos films en los más taquilleros de la historia de la cinematografía argentina.

Soñar, soñar (1976), la gema oculta de su filmografía, representa una transición hacia un tono más intimista previo a lo que acabaría siendo un período de ostracismo en su actividad cinematográfica. Durante el rodaje de esta película estalló en Argentina el último golpe militar, y Favio describiría esta película como un canto de amor en medio del clima de extrema violencia de la época. Exiliado primero en México y luego en Colombia, en esos años se dedicaría a su carrera musical con la que alcanzaría la popularidad internacional.
Recién en la década del 90 regresa al cine, en una tercera etapa donde la reflexión histórica tomó un espacio protagónico. Dedicadas a dos figuras de su admiración, Gatica, el mono (1993), y Perón, sinfonía del sentimiento (1999) reafirman la dimensión política como un aspecto central de su filmografía. En sus propias palabras: «Yo no soy un director peronista, pero soy un peronista que hace cine y eso en algún momento se nota. En ningún momento planifico bajar línea a través de mi arte, porque tengo miedo de que se me escape la poesía».

Con su film-epílogo, Aniceto (2008), Favio reinterpreta nuevamente el cuento El cenizo, escrito por su hermano Jorge Zuhair Jury, y en el que ya se había basado en la película casi homónima de 1966. Mediante una propuesta visual estilizada y coreográfica que combina la danza y el cine, reafirma su interés por la apuesta formal y la innovación estética.

La trayectoria de Leonardo Favio nos lleva por un recorrido que va del realismo poético al mito popular y de allí a la reflexión histórica. A través de toda su filmografía mantuvo una mirada inconfundible, profundamente argentina y que a la vez alcanzó una dimensión universal mediante emociones compartidas por cualquier espectador. Esta retrospectiva es una forma de comprobar que sus obras siguen vigentes, que viven y crecen en el tiempo, y al mismo tiempo es una oportunidad de descubrir (o de reencontrarse) con un director ineludible del cine iberoamericano. (Re)visitar a Favio es una forma de gratitud a su legado. En ese mismo acto sus películas nos devuelven una experiencia única y nos honran nuevamente con su mirada.

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