Darío Grandinetti protagoniza Después de Kim, película española dirigida por Ángeles González-Sinde y coprotagonizada por Adriana Ozores, que se estrenó mundialmente en la Competencia Oficial del Festival de Málaga.
GPS Audiovisual es el único medio argentino acreditado en este Festival.
Después de Kim narra el reencuentro de Juan y Gloria, divorciados y distanciados desde hace veinte años, que viajan de Argentina a España cuando se enteran de que su hija, con la que no tienen contacto, ha aparecido muerta. A su llegada descubren que tienen un nieto que está en paradero desconocido. Deciden quedarse hasta encontrarlo. Hacer ese camino juntos sin caer en los enfrentamientos del pasado será su desafío.

-¿Qué te interpeló del guion de Después de Kim y qué te impulsó a decidir aceptar este papel?
Primero, intentar entender cómo una persona podía sobreponerse a una tragedia tal, buscando descubrir la verdad y poniendo en marcha algo vital después de una muerte trágica. Eso está muy lejos de un primer entendimiento para nosotros. Pero esta historia está basada en una novela que escribió la misma Ángeles (González-Sinde, la directora). Allí hay un montón de información que en la peli no está, pero que nosotros teníamos para entender cómo se ponía en marcha esa búsqueda. Además, entre un matrimonio que llevaba más de 20 años divorciado y con una mala relación. Tenían que hacer ese viaje y esa movida juntos.
-El argumento agrega un episodio dramático: ese viaje juntos lo deben hacer en busca de una hija a la que prácticamente no conocían.
Claro. Se trata de intentar entender quién la mató y por qué, pero también quién es la chica, descubriéndola a través de los testimonios de las personas a las que ellos interrogan. La película también habla de los preconceptos. A estos dos personajes se les van derrumbando los prejuicios todo el tiempo a medida que van recorriendo Benidorm, que es un lugar muy particular, además, que contrasta muchísimo con la tragedia que estamos contando.
Benidorm está llena de extranjeros: la mayoría van a divertirse y hay algunos jubilados que han decidido retirarse allí. Son todos extranjeros; incluso los pocos españoles que viven en Benidorm son extranjeros. De eso también hablaba la película. Y eso también me llamó la atención. Por eso me quise meter en este viaje.
-Hay un arco dramático que transcurre entre la llegada de tu personaje de Buenos Aires hacia Benidorm. Y hasta la decisión de encontrar al responsable del crimen de su hija. ¿Cómo describís esa evolución de tu personaje? Él está muy enojado siempre.
Sí. Es un hombre a quien si no le hubiera pasado esto, se hubiese dejado estar. Podemos pensar que estaba en Buenos Aires esperando… nada para morir. Es un hombre físico, que le dedicó su vida al conocimiento, al estudio y no a su hija. Ese es un problema para él. Y es terrible también tratar de descubrir entre estos dos personajes, algo que no se descula en toda la película: por qué pasó esto, por qué ella se fue, por qué tanto tiempo sin saber nada de ella. Pensando que era de determinada manera, descubren que no la conocían. Había un prejuicio montado frente a aquel que no ha estudiado. Yo creo que es un dolor. Él lo dice en un momento, él es un hombre que viene de una familia pobre. Sus padres no pudieron estudiar porque tuvieron que trabajar. Y él estudió y se recibió.
-La primera generación de universitarios.
Se recibió en la universidad pública. Y que su hija no haya querido recorrer el camino del conocimiento le pegó de una manera muy dura. Por supuesto que no es ese el único motivo, pero a lo largo de la película vamos viendo eso y cómo se vuelve también a reconstruir la relación entre este matrimonio, ¿no? Que eso también es muy atractivo.

-¿Qué nuevos matices descubriste que no habías transitado en otros personajes con esa evolución emocional que hace?
No sé si es un descubrimiento, pero sí una reconfirmación de que no siempre hay que saberlo todo. Hay muchas cosas que ocurren simplemente. Y los actores, estando abiertos a la historia, nos dejamos invadir por algunas cosas que no manejamos, rompiendo el preconcepto. Por ejemplo, cómo un hombre con una tragedia así se va a sobreponer y va a aparecer algo vital de eso. ¿Cómo? A mí me costaba desde acá, y lo hablaba mucho con la directora. Pero de golpe ocurren las cosas, le ponés el cuerpo al personaje, empezás a transitar esa búsqueda. Además lo hice con Adriana Ozores, una actriz maravillosa que me hizo todo bastante fácil. No nos conocíamos de nada. Esto que te preguntan: ¿cómo crearon el vínculo? El vínculo se creó actuando, juntándonos, hablándonos y entendiendo la historia, porque Adriana tampoco es muy intelectual, digamos, a la hora de afrontar el personaje; es más intuitiva y corporal.
-¿Cuál fue la escena o la situación en el rodaje más desafiante emocionalmente?
Hay un par. Hay un momento en el que a un personaje, con quien también tenía sus prejuicios, termina confesándole algo que no le cuenta ni a su mujer. Como suele ocurrir a veces, a un desconocido le contás cosas. En ese momento, él explica la frustración que significó para él que su hija no hubiera querido estudiar. Ese es un momento. Y el otro, cuando entra a la morgue. Ahí había muchas cosas para hacer, digo, para actuar. Es difícil porque se te ocurren un montón de cosas: el dolor se puede expresar de distintas maneras Ahí el personaje está parado frente al cadáver de su hija… ¿La toca, no la toca? ¿La besa, no la besa? ¿Llora, no llora? ¿Soporta mirarla, no soporta mirarla? ¿Se quiebra, no se quiebra?
-¿Fuiste por donde te indicaba tu intuición o la directora te propuso?
Busqué entrar en la situación en la que él está. Él decide entrar a ver a su hija y luego sale y le propone a la mujer que lo haga, y la mujer decide no hacerlo. Estoy seguro de que ahí se pone en marcha el personaje: aparece el signo, la cosa vital, frente a su hija muerta.
–En Después de Kim tenés un rol poco o nada transitado en tu trayectoria: ser abuelo, ¿cómo fue interactuar -y hasta cantar- con ese niño?
Fue fantástico. El pibe es una luz. Yo ya había hecho de abuelo en una peli de Beda Docampo (Quiéreme, 2007), una coproducción rodada en Argentina y España en la que mi hija era Kira Miró.
Pero este chico es chiquito, un nene. Con las dificultades propias de trabajar con un chico, porque no pueden trabajar tantas horas, hay que terminar las secuencias del día y se le da prioridad al niño. El niño entró en el juego de una manera fantástica, porque en un momento parecía que no sabías si te estaba hablando él o el personaje. Entendía todo lo que estaba pasando. Hay una anécdota en el momento de la persecución: cuando dicen «corten», el niño mira hacia para los costados, me mira y me dice: «¿Y los malos?». Estaba esperando que entraran. Nunca supe si el chico estaba señalando un supuesto error de que no habían entrado los personajes malos (que en alguna toma entraban) y en esa no, o si hacía el personaje. Lo preguntó el niño solo. Quedó en la peli la pregunta, pero no estaba en el guion. Lo dijo el chico.
En cuanto a La reina Batata, de María Elena Walsh, fue elegida por la directora. Estaba previsto que fuera una canción argentina y de María Elena. Y transitar nuevamente a ella es sanador.

–Después de Kim forma parte de tu filmografía española, además de tu participación en series, como Honor. ¿Hay más trabajo en España?
Para mí, sí. Tengo más trabajo en España que en Argentina, aunque vengo de filmar una peli con Érica Rivas. Llevaba mucho tiempo sin filmar. Como muchos. No me estoy victimizando particularmente. Es una situación que estamos atravesando todos: las actrices y los actores. Y no solo nosotros: los técnicos, los escenógrafos, los vestuaristas. Porque a estos impresentables siempre se les ocurre decir «las actrices y los actores filman con la nuestra». Y ni siquiera es «la de ellos»: el dinero del cine no salía del presupuesto nacional. Nosotros lo damos por comprendido, pero hay mucha gente que todavía lo cree porque les dicen que con ese dinero van a hacer jardines de infantes.
-Aquella frase tan poco feliz de que con los fondos del cine se le podía dar de comer a los chicos pobres del Chaco.
Exactamente. El cine se hace con dinero del cine. Entonces, como ahora no lo están poniendo en el cine, me gustaría saber qué están haciendo con ese dinero que se recauda de las salas.
-Pregunta que nos hacemos muchos.
Encima tenés que bancarte al presidente del INCAA decir «el cine se va a morir». Es como poner al frente de un hospital a un tipo que diga: «No hay cura para nada».
Un impresentable que cree que viendo TikTok cinco minutos sabe lo que es una película. No quiero ser agresivo, pero solo un tarambana puede decir una cosa así.
-¿Sentís cuando venís a trabajar a España que de alguna manera te reencontrás con el medio que conociste?
El cine genera dinero. No es un gasto; en el peor de los casos es una inversión, pero de una industria que genera dinero. Nuestro cine, además, nos representa de una manera única en el mundo. El cine argentino siempre ha sido muy respetado, no es de ahora. Y entonces aquí te encontrás con gente que se agarra la cabeza y dice: «¿Cómo no hay cine argentino?». Gente que quiere ver cine argentino, a la que le gusta nuestras películas, nuestras actrices, nuestros actores, nuestros directores, nuestras historias en el mundo.
Pero el arte no habla bien de los fachos, por eso lo odian. Por ningún otro motivo lo odian, porque no es casual. Los fachos de allá, los de acá, los del mundo entero, odian la cultura, odian el arte. El Guernica de Pablo Picasso se pintó en contra de los bombardeos y estos defienden los bombardeos. Siempre están en contra de los estudiantes, los científicos, los educadores o los artistas. Siempre.
Julia Montesoro / Desde el Festival de Málaga


