Mercedes Morán estrenó «Mis muertos tristes» en el Festival de San Sebastián: «Busco papeles que vengan con un riesgo»

Mercedes Morán regresó al Festival de San Sebastián con Mis muertos tristes, coproducción chileno-argentina estrenada mundialmente en la Sección Oficial en formato de largometraje, antes de su presentación como serie, con dirección de Pablo Larraín y basado en relatos de Mariana Enriquez.

En un descomunal rol protagónico, Morán interpreta a Ema, una médica recién jubilada que puede ver a los muertos y que intenta procesar la muerte de su madre mientras una serie de acontecimientos altera el vínculo entre vivos y muertos.

-Mis muertos tristes llegó a San Sebastián como largometraje, aunque se estrenará como serie. ¿Qué te genera ver tu trabajo en este formato?

Siempre me ocurre que no me resulta muy relajado ver mi trabajo hasta después de un tiempo, cuando puedo olvidarme de lo que me había propuesto y lo que conseguí… Necesito ver las películas un par de veces y después dejarlas descansar. En este caso, vi una privada junto al equipo antes de viajar al festival. Fue muy impactante, porque estoy muy familiarizada con los cuentos de Mariana Enríquez: he sido lectora suya desde hace muchos años. Estos cuentos los había leído antes de saber que el destino los iba a convertir en film y que yo iba a participar. Por eso cuando me convocaron dije que sí antes de leer ningún guion, porque tanto Pablo como Mariana son garantía de calidad artística y de gente a la que quiero y admiro muchísimo.

-¿Cómo fue el trabajo tuyo con Ema, tu personaje, esta mujer que tiene un don a pesar suyo?

Es algo que la acompañó desde niña, el motivo por el que ha sido discriminada, castigada, tratada de loca, a pesar de que siguió una carrera científica, ya que es médica. Cuando comienza la película, Ema está haciendo el duelo por la muerte de su madre y trasladándose a su casa, situada en un barrio un poco alejado en la capital de Buenos Aires, Piedrabuena. Mientras hace ese duelo convive con el fantasma de su madre, a la que ella, al revés de todo el mundo, puede ver. Ese es un privilegio y al mismo tiempo una condena. Esta condición atravesó su carácter de una manera importante: todos sus vínculos también estén atravesados por eso. Es una mujer que aparentemente no se apasiona por nada. Cuando algo le provoca enojo o malesta, tiene un humor irónico con el que se expresa.

-¿Cuáles fueron tus miedos en el momento de componer este rol?

Que se viera una actriz desafectada, no un personaje con estas características. Pero sabía que la cámara -el ojo- de Pablo podía ver los pensamientos. Tuvimos de una manera distinta de trabajar que con Neruda, mi anterior película con él: acá cocreamos un lenguaje para contar esta ficción que no se puede adentrar en un solo género, porque hay algo fantástico en la literatura de Mariana y por otro lado una mirada social anclada en un realismo muy verdadero.

Una de las características es que ella, en el vínculo con su hija -papel que interpreta Dolores Fonzi-, es una madre para nada sobreprotectora. Yo tengo tres hijas y me considero una madre que ha trabajado mucho para no sobreproteger; mi tendencia es esa. Fue más difícil sumarle verdad a ese vínculo que la relación familiar que tiene Ema con los muertos: ella se vincula más fácilmente con los muertos que con los vivos, lo cual es toda una metáfora en sí misma.

-¿Qué matices buscaron resaltar en este trabajo de cocreación de Larrain?

Buscamos juntos ponerle mucha verdad al personaje. En un ámbito completamente fantástico quisimos alejarnos del canon del género. Nos propusimos crear una familiaridad con estos fantasmas, humanizar el carácter de Ema a través del humor -que no es una característica de las películas que manejan el género fantástico o de terror-. Es una creación absolutamente del director. Con él fuimos encontrando el personaje de Ema.

-¿Cómo fue evolucionando tu relación con Larrain entre Neruda y Mis muertos tristes?

A él lo conocí a partir de Neruda. Allí, mi personaje era La Hormiga, una argentina que era una de las mujeres de Neruda. El grado de vinculación con Pablo no fue tan estrecho como esta vez, pero a partir de terminar la película quedamos los dos con muchas ganas de repetir. En pandemia hicimos algo de aquellas cosas que se hacían por video en la casa, un proyecto entretenido que tuvo. En esta ocasión nos unió el conocimiento previo, la experiencia de haber compartido una película antes, que además nos dio la oportunidad de compartir mucho viaje, mucho festival y muchos premios.

Pero además, con Neruda empecé a conocer bastante del mundo artístico de Chile, que a pesar de ser un país limítrofe y tan cercano, como pasa con casi todos los países latinoamericanos, no nos llegan las películas. Poder conocer la dramaturgia y los actores chilenos multiplicó mi conexión con Chile y con su mundo artístico. Hoy esa relación es muy profunda y muy afectuosa y en este proyecto me sentí parte de la familia chilena.

-¿Qué significado tiene estrenar en San Sebastián?

Es un festival al que quiero particularmente. Aquí estuve con Los Marziano y también inauguramos una edición con El amor menos pensado, el año que también se presentaron Sueño Florianopolis, Familia sumergida y El ángel. Esta es una edición muy especial, además, porque es la última de la gestión de José Luis Rebordinos, que ha mantenido durante 17 años este festival por lo alto. no solo por la calidad artística, sino también con por su calidad humana y su cariño, afecto y reconocimiento por el cine latino y argentino en particular. Tengo un vínculo de mucho cariño con él y lamento que lo deje, pero sé que va a continuar relacionado con nuestro cine. Seguiremos teniendo ese privilegio.

-San Sebastián también te permitió la experiencia de integrar el jurado de la Sección Oficial. ¿Qué significó ese cambio de rol, visto a la distancia?

Como jurada tuve una responsabilidad enorme. Los jurados de este festival son internacionales.Hubo que compatibilizar con ellos, ver una o dos películas por día, entablar debates donde cada cual planteaba su visión de las películas, votar, otorgar un reconocimiento… Es una experiencia muy diferente a venir a presentar una película en competencia. La emoción de confrontar una película, ver qué le va a pasar a la crítica más allá de las premiaciones (o no) que pueda recibir es muy diferente. El hecho de estar convocada para la competencia oficial es un reconocimiento enorme. Muy especialmente en este momento en que en nuestro país el reconocimiento por el cine y la cultura en general es tan deficitario. Estamos tan maltratados que es bonito recibir reconocimiento y afecto. Uno siempre quiere recibirlo en su casa, con su familia, pero este tipo de reconocimientos es lo que nos ayuda a resistir este momento.

-En los últimos años trabajaste en películas como Elena sabe, Norma, Empieza el baile y La búsqueda de Martina. ¿Cómo fue cambiando su manera de elegir los trabajos y qué buscás hoy en un personaje?

Busco que siempre que venga con un riesgo. Que sea algo nuevo, que no haya sido probado, que me requiera afinar mi instrumento. Que no se parezca a lo anterior y que el deseo me abra la imaginación para cada uno de los personajes. Estando en París con Lucrecia Martel, en unas charlas magistrales que estuvimos dando en el Pompidou, ella decía que tanto en la literatura como en el cine teníamos que imaginar un futuro que nos gustara, un futuro que pudiéramos esperar con felicidad y esperar que se cumpliera esta autoprofecía. Eso es lo que quiero para mis personajes.

Este momento horrible que está viviendo el mundo de alguna manera fue contado con películas. Creo mucho en eso. Me parece importante generar empatía, unión, solidaridad. No porque lo que contemos deba tener una cosa pedagógica, sino porque la cultura es política. Me gustaría como actriz colaborar en los sueños de las directoras o los directores que me convocan. Y que esos sueños sean alentadores. O al menos, que sirvan como advertencia para poder estar mejor preparados para el futuro que nos espera.

Julia Montesoro / Desde el Festival de San Sebastián

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