Marcelo Subiotto es el actor argentino con más presencia en esta edición del Festival de San Sebastián, que finaliza el sábado 26: protagoniza Glaxo, de Benjamín Naishtat, que compite en la Sección Oficial e integra el elenco de Los justos, producción española de Jorge A. Lara y Fer Pérez, que integra Made in Spain. Por otro lado protagoniza los proyectos independientes Viajes y placeres, de Mariano Luque y La cuestión criminal, de Matías Scarvaci, que fueron presentados en WIP Latam.

-Pasaron tres años de haber recibido la Concha de Plata por Puan. Y esta edición te encuentra con cuatro proyectos de características muy diferentes. ¿Qué significado le das a este regreso y qué puertas te abrió San Sebastián a partir de aquel premio?
San Sebastián es un festival muy importante, con una visibilidad muy grande. El premio que gané por Puan me permitió tener un acceso o unas miradas mucho más amplias de las que tenía hasta ese momento. Me di cuenta cuando recibí el premio en ese momento, por la cantidad de mensajes que tuve a lo largo de un mes con saludos y felicitaciones. Abrió la puerta también aquí en España, una visibilidad que me permitió venir a trabajar. Y a filmar la película Los justos, que se presenta en esta misma edición del festival. Creo que eso es producto de ese premio.
-Este regreso a San Sebastián es con Benjamín Naishtat, el mismo director de Puan. ¿Cómo fue evolucionando el vínculo hasta llegar a Glaxo?
Puan fue un proyecto muy grande en el que todos tuvimos mucho compromiso y mucho cariño hacia él desde el comienzo, desde que llegaron las primeras lecturas del guion hasta el proceso de ensayos. Eso también fue conformando una amistad y una afectividad muy grande, tanto con él como con María (Alché). Cuando volvés a trabajar con un mismo director, como en el caso de Benjamín con Glaxo, si la experiencia fue buena ya hay algo de comprensión y eso hace que el proceso nuevo sea mucho más rico, mucho más rápido. Empezás a jugar como esos jugadores que se pasan la pelota sin mirar. Y no solo se disfruta muchísimo el proceso: también disfruto el cine de Benjamín como espectador. Y como actor.
-¿Por qué?
Porque tiene una forma de encarar su cine donde hay muchos planos de lo cinematográfico puestos al máximo. Algo que tiene que ver con la formalidad del lenguaje cinematográfico que está a full en sus películas. Pero eso no deja en un costado el valor que le da la actuación. El cine son varias piezas que se unen el día del montaje y la actuación es una de esas piezas. Algunas estéticas necesitan más o menos de la construcción actoral que otras. Benjamín usa todas al máximo.
-En el caso de Glaxo, componés un personaje muy oscuro, muy sinuoso. ¿Desde dónde lo trabajaste?
Hay un punto de partida que tiene que ver con Operación Masacre. Eso nos dio el contexto y la forma de lo que iba a ser ese personaje. También vi algo de cine negro, tal como me había planteado Benjamín para trabajar. Y además, tratamos de encontrar la humanidad en eso que tiene el Mal. Iba a decir la humanidad que tiene el Demonio, pero ése no la tiene. Buscamos lograr un lugar de humanidad en este personaje, aunque pueda estar al servicio de algo tan nefasto. No quisimos hacer una caricatura que distancie al espectador, que pueda decir: «Yo no tengo nada que ver con eso», sino hacer un personaje que puede llegar a seducir o a atraer. Es raro, ¿no? Algo así como el Guasón: aunque te encante, no deja de ser el Mal. Y esa dualidad es interesante para trabajar, porque te hace pensar que eso no está tan lejos de uno, que hay que estar atento.
-¿Cómo se siente estar en cuatro propuestas en San Sebastián, con realidades y personajes tan distintos, en un momento tan particular además para el cine argentino?
Tener esta presencia en San Sebastián me genera una gran alegría. No que uno se lo propone y sale. Lo que destaco es que hay un abanico relacionado con las formas de producción del cine que me gusta transitar. En este abanico de cuatro proyectos están desde los más grandes (o los más relacionados con la industria) hasta los proyectos más independientes. Son lugares donde trato de seguir estando en la medida en que se puede. Cada vez se están haciendo más difíciles esos proyectos de formato independiente y de autor, pero hay que tratar de no abandonarlos y ponerles el cuerpo. Tener la posibilidad de estar trabajando en la industria como para organizar el sueldo o la entrada, permite emplear el resto del tiempo para esos proyectos que requieren mucho esfuerzo y menos remuneración. Me gusta trabajar en todos esos espacios porque —parece una cosa de casete esto que digo— sí tiene que ver con el oficio y con seguir trabajando el instrumento.
-Glaxo es un proyecto más industrial, pero propone otra mirada de las lógicas del algoritmo que imponen los grandes jugadores del mercado.
Si bien hasta el momento no se hicieron acuerdos con alguna plataforma, es cierto que detrás de la producción está Rodrigo Teixeira, de Brasil: él nos permitió desarrollar esta película. Compleja porque son muchos actores y transita diferentes épocas. Esto tiene mucho que ver con los diversos rubros: maquillaje, peinados, vestuario. Pero la esencia del director y autor —porque si bien está inspirada en una novela, Benjamín Naishtat hace la adaptación— sigue estando. No importa cuál sea la forma de producción. Al margen, vale la pena pensar en formas de producción desde los lugares más independientes. Porque de esa manera vamos a enriquecer las posibilidades de producciones más grandes. Porque se irán formando actores, directores, técnicos: sin eso, se irá reduciendo.
-Tus dos películas en competencia no fueron rodaas en Argentina: Glaxo se filmó en Brasil y Los justos es una producción española. ¿Hay diferencia en los modos de trabajo según el lugar del rodaje?
El cine esencialmente es el mismo en todos lados. Tal vez haya formas diferentes de abordar algunos aspectos técnicos, donde en algunos lados se le da más o se pone más intensidad que en otros. En lo que a mí me toca, cuando se prende la cámara y toca actuar, no importa la nacionalidad de esa lente. Hay algunas diferencias en las dinámicas, pero esencialmente todos hacemos cine.
-¿Cómo fue la experiencia de rodar en España?
Muy rica. Los justos, que se presenta en San Sebastián, fue rodada el año pasado. En la primera mitad de este año filmé otra, también protagonizada por Carmen Machi. Hay una profesionalidad en la actuación, en el oficio, muy interesante. Como si estuvieran muy afilados. Debe ser porque hay una industria más grande también. Entonces tienen una posibilidad de estar más en movimiento. Además, me sentí muy bien recibido por los equipos técnicos, los productores y sobre todo por los elencos con los que me tocó trabajar.
-Es un panorama laboral inmejorable en un momento de una retracción muy fuerte, donde casi no hay rodajes.
Uno se siente un privilegiado por la posibilidad que tiene. Más allá de los momentos de más o menos crisis, ser actor siempre es un trabajo en crisis en general. Que uno tenga la posibilidad de tener trabajo… uno siente ese privilegio. Por eso me parece que está bueno también ir a las formas de producción más independientes, no perder contacto con eso, seguir tratando de apoyar y producir esas narrativas que están por ahí en ese cine y no en otro.
-¿Qué escenario vislumbrás para el cine argentino?
Tiene que haber una salida, porque no nos podemos quedar de brazos cruzados y dejar que el cine muera así porque sí. Hay una tradición y una historia muy fuerte. Debe haber sí o sí un cambio de mirada sobre las políticas de gobierno sobre el cine. Es un momento un poco plano y chato en las discusiones políticas, en la idea de cómo se mira una gestión de gobierno o políticas de gobierno con respecto a la cultura. Una época de eslóganes tontos, de asociar un proyecto de cultura del Estado con alguien que roba. Por eso creo que no va a durar mucho tiempo más, porque la industria cultural es una industria que da muchísimo trabajo, que hace entrar dinero a las arcas del Estado. Y dudo que algún Estado no quiera recibirlo. Pero además representa el acervo cultural de un lugar. Y eso es importantísimo. Porque te contás vos o te cuentan de afuera. Y me parece que cualquier país quiere contarse a sí mismo.
Julia Montesoro / Desde el Festival de San Sebastián


