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Nicolás Herzog estrena «La sombra del gallo»: «A través del protagonista pude exorcizar mis fantasmas»

El jueves 12 de marzo se estrena La sombra del gallo, primera ficción del director Nicolás Herzog (Orquesta Roja, Vuelo Nocturno) que protagonizan Lautaro Delgado Tymruk, Claudio Rissi y Rita Pauls

Se trata de un thriller en el que un expolicía sale de la cárcel con libertad transitoria por la muerte de su padre, un excomisario de la Policía Federal. El regreso a su pueblo coincide con la desaparición reciente de una adolescente, que reaviva los fantasmas de su pasado. Necesita desenterrar (simbólica y literalmente) ese pasado tenebroso del que quiere liberarse, relacionado con la prostitución y la trata. No será fácil: la misma institución policial que lo encubre, también lo espía. Y no parece dispuesta a revisar conductas vinculadas a una cultura patriarcal.

Nicolás Herzog dialogó con GPS audiovisual acerca de La sombra del gallo.

-¿Cuál fue el punto de partida del proyecto, teniendo en cuenta que no deja de ser una mirada anticipatoria sobre un tema que ahora está en la agenda como la violencia de género?

Cuando estrené Orquesta roja me hicieron la misma pregunta. Era 2009 y estaba en la agenda el tema de los medios. Sin embargo, veníamos con el proyecto desde cuatro años antes. Cuando empecé a pensar la película, los medios todavía no hablaban de los medios. En ese entonces era estudiante de comunicación, y la Ley de Medios era un proyecto que veníamos trabajando en la carrera. El tema de los medios como actores políticos, de la construcción de la noticia, me venía acompañando desde muchos años antes. Cuando la película se estrenó, el hecho de que los medios tuvieran en la agenda a los propios medios ya no era una novedad.

Cuando los temas llegan a la agenda no se puede decir que recién surgen: están desde antes, en el intersticio de lo cultural. Con La sombra del gallo pasa lo mismo: aunque la violencia de género esté en la agenda de los medios en los últimos tiempos, el tema en sí viene desde antes.

-¿Hubo algún elemento personal o autorreferencial que te llevó por este camino?

En lo personal, los casos de Eva Flores y de Fernanda Aguirre (NR. De 9 y 13 años respectivamente, desaparecieron en 2004 y jamás fueron halladas) me acompañaron en mi adolescencia en Entre Ríos. El proceso tuvo que ver con haberme criado en Entre Ríos, en una ciudad como Concordia que tiene muchos rasgos misóginos, donde lo patriarcal sigue estando en plena vigencia. Igual que en otros lugares del país. Con haber tenido una familia donde la imagen patriarcal nos acompañaba. Con ser muchos hermanos varones y que el varón siempre tenga culturalmente mayores privilegios. Y eso que éramos de clase media y con ciertas intenciones progresistas. Pero eso igualmente estuvo. Y también fue importante haber sido padre de una niña que hoy tiene 8 años, y que me demandó a retrabajarme en mi rol como padre.

-El proyecto tuvo su razón de ser cuando nació tu hija, entonces.

Sí, aproximadamente. Cuando nació ella comencé a trabajar fuertemente en dos proyectos simultáneos. Uno fue Vuelo nocturno, que se estrenó en 2017 y otra fue La sombra del gallo. Las dos fueron filmadas en Concordia y tienen que ver con temas importantes de la ciudad, aunque una sea luminosa y la otra oscura. Avanzaron en forma paralela hasta un punto. Después, por los distintos diseños de producción, se estrenó antes una de las dos.

-¿Siempre la pensaste como ficción?

Sí, siempre: una ficción pura y dura. Quería exponerme y sacarme el gusto de hacer una ficción en todas sus líneas. Nunca fue algo ajeno: tanto en Orquesta roja como en Vuelo nocturno había elementos de ficción. Pero esta vez tenía ganas de enfrentarme al desafío de trabajar con actores, de pensar un diseño de producción de ficción, con todos los riesgos que implica.

-¿Documental o ficción?

Nunca me lo planteé como una disyuntiva. Hago películas, y si entré por el lado del documental es porque tuve la posibilidad de acceder rápidamente a poder producir mis películas. El documental me dio la posibilidad de salir rápidamente a la cancha, de tomar el rodaje como un proceso de escritura, con una estructura de trabajo chica, amigable, algo que la ficción por su dinámica no permite. Pero nunca tuve el mote encima ni ahora me lo estoy sacando.

La sombra del gallo se filmó en solamente cuatro semanas. ¿Qué se fue modificando en el camino por necesidades de producción?

Con Gaby Bonillo hicimos un gran trabajo en los últimos dos meses previos al rodaje para afilar el guion. En ese momento el asistente de dirección, Mariano Biasín, me dijo: “esta película en cuatro semanas no la metemos. O te ponés a trabajar fuerte o conseguís más plata”. Esa presión me ayudó a limpiar escenas que eran prescindibles. Por falta de tiempo y de recursos quedaron sin filmar tres o cuatro escenas que eran parte del proceso alucinatorio de Román (Lautaro Delgado Tymruk). Cuando empezamos a montar me di cuenta de que era prescindible. La película terminó funcionando sin esas escenas.

Todo lo contrario de lo que estoy haciendo ahora: estoy filmando una película prácticamente sin guion, solo una hoja de ruta. Con un equipo de ocho personas. Necesitaba esa libertad de acción. A veces los condicionantes están buenos: aprendí un montón.

-¿Cómo apareció Lautaro Delgado Tymruk, con esa composición tan minuciosa del protagonista?

Es una pregunta central, porque el protagonista es la película. A través de él tenía que exorcizar todas mis obsesiones y mis demonios. Cuando empecé a pensar en la película yo tenía 30 años y el protagonista, 60. ¡Teníamos treinta años de diferencia! Yo estaba pensando en mi viejo. Cinco años después, el guion empezó a avanzar. Yo ya tenía 35 años. Imaginé al personaje con 50. Ahí lo convoqué a Germán Palacios. Trabajamos casi dos años. Leyó varias versiones del guion. La otra protagonista era Pilar Gamboa. Por problemas míos, de salud, y problemas de producción, el rodaje se postergó un año. A Germán se le complicó la agenda. El protagonista definía el resto del elenco, ya que tenía que haber una paleta. ¡Chan! Fue muy fuerte. Era diciembre de 2018 –a cinco meses del rodaje- y había que barajar y dar de nuevo. Me senté y me dije “esto es hacer cine”.

A principios de enero almorzando con un amigo, Juan Baldana (había dirigido a Lautaro en Los del suelo), surgió su nombre. Primero pensé que no, porque era muy joven. Pero luego entendí que el director y el actor podían tener la misma edad. Lo convoqué, le encanto el guion de entrada y se puso a trabajar. A partir de él se terminó de armar el elenco.

-La película tiene zonas oscuras que remiten a un cine que tenía que ver con estructuras -parapoliciales o paramilitares- relacionadas con la dictadura.

Hubo un momento –en las primeras versiones del guion- que queríamos que la historia fuese hasta los 70. Se iba a dar naturalmente, porque pensábamos que esa estructura parapolicial o paraoficial seguramente venía desde la dictadura -o apenas algunos años después-, y no nos parecía descolgado. Pero después sentí que el relato del desaparecido entraba de una forma forzada y que me estaba haciendo trampa. Si podemos trabajar con la agenda de las desaparecidas mujeres víctimas de la trata, no necesariamente debíamos meternos en otro tema complejo que son los 70.

-Cuestionar las instituciones, aun desde la ficción, implica meterse con temas de la comunidad a la que pertenecés. ¿Lo pensaste como un riesgo personal?

La ficción disfraza y protege. Sucedieron casos en Entre Ríos, sí, y hay líneas de investigación que vincula a la trata con la policía en connivencia con el poder político. Pero no quise poner la lupa sobre casos específicos sino tratar de abrir la luz sobre temas más complejos, que pueden ocurrir en Concordia o en cualquier otra región.

Norberto Chab

Norberto Chab

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