Iair Said estrena «Flora no es un canto a la vida»: «Me interesa el mundo de los ancianos, la soledad y la muerte»

El viernes 8 se estrena en el Malba el documental Flora no es un canto a la vida, primer largometraje de Iair Said. Inicialmente, se exhibirá los viernes 8, 15 y 22 de febrero y 1 de marzo a las 19. La película aborda el retrato familiar de Flora Schvartzman, una mujer soltera de noventa años que manifiesta el deseo de morir desde que nació. Al contactarse con su familia después de un desencuentro de doce años, sus conversaciones giran en torno a organizar su propia muerte. Director y coprotagonista, Said -su sobrino nieto- tiene un particular interés por ella y por su mundo, que a su vez lo acerca al suyo. Su acercamiento es perturbador: ese mundo de Flora lo confronta con sus propias raíces familiares, sus miserias y la idea del paso del tiempo como una tragedia inexorable.

Iair Said dialogó con GPS audiovisual acerca de su ópera prima.

-La primera escena es una advertencia: la película fue realizada sin el consentimiento de la protagonista.

El cartel del comienzo cumple la función de trascender el dilema ético del espectador. No me interesaba el debate sobre si ella sabía que estaba siendo filmada o no, sino el contenido de la historia. La primera pregunta está respondida desde el principio: no, no sabía que estaba siendo filmada. A partir de allí, veamos de qué se trata la película. Y se trata de que me interesa más analizar la ética del personaje que la del cineasta (que en definitiva es como endogámico, porque el personaje es el mismo cineasta). Como artista buscaba que la película genere controversia: bienvenido sea si te genera algo como espectador.

-¿Qué querías filmar? ¿Qué película tenías en tu cabeza?

No lo sé. Sé que quería tener un registro de ella. Pero nunca tuve una cámara en mi casa: de hecho, la que usé me la prestó un amigo, Javier Braier, y todavía la conservo. Había visto Papirosen –de Gastón Solnicki- poco tiempo antes y me había resultado inspiradora. Y acababa de ganar un premio en Abu Dhabi por mi primer cortometraje, 9 Vacunas. La noche de la premiación todos me preguntaban con qué proyecto iba a seguir, qué tenía en mi mente. Ahí pensé en mi tía, que había reaparecido hacía pocos días en mi vida. Cuando volví, pedí la cámara prestada. Al principio pensé en hacer un corto que tenía que ver con sus regalos y sus vestidos. Allí, yo prácticamente no aparecía. Pero en el montaje, con Flor Efron (N.R.: productora y editora), nos dimos cuenta de la profundidad de la relación que teníamos y la personalidad de Flora: las capas que tenía, su oscuridad. Entonces cambió el plan inicial.

-¿Cuánto tiempo pasó entre la idea y la filmación? ¿Cómo fue cambiando esa idea a través del tiempo?

Se empezó a filmar en 2012. Y terminé prácticamente en 2019: ¡hasta este año estuve cambiándole cosas! Empezó como algo más liviano, más pintoresco, casi como un chiste: era reírse de ella y de sus excentricidades. Pero la película se convirtió en un vínculo profundo y familiar: habla de la vejez, de la soledad, de los lazos familiares, de las miserias de cada uno, de las ambiciones. Aparte de la ambición del personaje de conseguir el departamento está la ambición como realizador de terminar de filmar esta película, hacerla a toda costa. A lo largo del montaje fuimos encontrando capas, que superaron las hipótesis que tenía sobre lo que quería tratar en la película. No estaba pensado, por ejemplo, el momento en que me cuenta que se cayó, cuando empieza su decadencia. Desde el vamos no pensaba que iba a estar internada en el geriátrico. Eso fue gracias al tiempo que pasó y que dejamos entrar en el proceso creativo.

-Si bien tenías la idea inicial de hacer la película, ¿qué final esperabas contar?

Mi idea siempre fue que el personaje de Flora muriera en algún momento de la película, y no necesariamente en el final. El paso del tiempo hizo que las cosas cambiaran y se incorporaran cosas reales sin la necesidad de falsear su muerte. Que los años corrieran fue fundamental para el desarrollo de la película.

-¿Qué verdad buscabas en las respuestas de Flora? ¿Qué verdad encontraste que no esperabas o no sabías?

Siempre me interesó el mundo de los ancianos, de la soledad y la muerte. Los tres temas juntos y por separado. Me desespera la idea de que la gente se olvide de uno y que los ancianos se conviertan en entes que no sirven para la sociedad. Eso me liquida, tanto como pensar a qué edad dejamos de estar vivos, y qué pasa con los que no somos importantes para nadie. Flora no tenía familia, amigos o nadie que la reclamara: iba a ser una olvidada más en este mundo, como tantas personas que no tienen gente cercana que la llore.

No me interesan tanto los documentales de gente que marcó hitos en la sociedad. El desafío esta en encontrar la particularidad de cada persona en el mundo, no de la gente que uno ya sabe que fue particular. La idea era inmortalizarla, hacer una película sobre alguien que no descubrió la vacuna contra ninguna enfermedad terminal, que no hizo nada fundamental para la sociedad, pero que fue muy importante para mí. Por más que ella pensara que tenía su muerte controlada, no pudo controlar el permanecer a través de una película. Ahora es más eterna de lo que hubiera querido, porque vive en los corazones de cada persona que la ve, que son más de lo que ella hubiera imaginado.

-El vínculo tuyo con ella oscila entre la codicia y la ternura. ¿Qué porcentaje hay de real y de artificio?

Siempre sentí ternura hacia ella. El sentimiento de codicia es algo que exacerbé un poco y que acepté en mí. Siento que no es fácil aceptar esa miseria que uno trae, pero sentí que exteriorizándola iba a diluirse un poco y transformarse en algo constructivo, como terminó siendo la película. Cuando uno acepta sus miserias puede llegar más lejos y generar más empatía que si las tapa. Me siento más afín con el débil que con quien no muestra fisuras en su personalidad.

-El tercer personaje de la película es tu mamá. ¿Cómo fue la experiencia de dirigirla? ¿Cómo fue pedirle actuar y que a la vez te reproche cosas o se enoje con vos?

Me dio y me da mucho pudor exponerla. En principio tuve pudor de exponerme a mí. Mi idea inicial no era aparecer. A mi mamá se lo tuve que rogar, porque aunque no lo quisiera, formaba parte de la historia, porque es el nexo entre mi tía y yo. Ella no quería saber nada con Flora ni con nada que tuviera que ver con ella: ya se estaba encargando de su vida real, en temas como conseguir a alguien que la cuide o hacer trámites por ella. Pero en algún momento entendió que transformar esa bronca que le tenía desde siempre en algo más lindo y constructivo podía ser bueno.

Dirigirla fue más duro, porque no tenía paciencia para repetir ni hacer las cosas que le pedía más de una vez. Es algo que veo como director de casting de películas que pasa muchas veces con los no actores. Cuando les pedís ficcionalizar algo, o creen que deberían estar haciendo algo más de lo que tienen que hacer. No quería que mi mama actuara, sino que repitiera algo tal como lo había hecho. Y siempre la repetición sale más exagerada o más actuada.

-Con la película terminada, ¿sentiste la responsabilidad de exponer a tu familia? ¿Tuviste momentos de desear no haberla hecho?

Soy muy pudoroso con mi vida íntima: en las redes sociales no uso fotos de mi familia ni de mi casa. Y con el tiempo me fui haciendo más pudoroso. No entiendo a la gente que comparte fotos en facebook. Pero con la película tuve que romper esa barrera de prejuicio de intimidad para mostrar a mi madre. Intenté cuidarla lo más que pude y exigirla lo menos posible.

Hubiese preferido que ninguno apareciera en la película. Con el diario del lunes, agradezco poder tener la voz de mi papá registrada en una película. También tengo imágenes de mi papa. Y eso es gracias a que me animé a exponerlos.

-La película está dedicada a tu papá. Desde su ausencia, ¿en qué influyó para la realización de la película?

Mi papa murió casi dos meses antes de que estrenara la película en el BAFICI. No influyó directamente en su realización porque ya estaba hecha. Pero estuvo enfermo durante los siete años en que la filmé. Mi conexión con la relación que tenía Flora con la muerte estaba muy ligada a mi relación con la inminente muerte de mi papá. Yo necesitaba hablar de la muerte con la cotidianidad con la que lo hacía Flora. Para ella era un trámite, y así necesitaba verla yo, por el miedo que me daba la pérdida de mi papa. Hacer la película me sirvió para entender la muerte desde un lugar más amoroso e inevitable y no como un fantasma, un monstruo. Casualmente, en la semana del estreno se cumple un año de la muerte de mi papá.

-Entre la proyección en el BAFICI y el estreno comercial pasó casi un año. ¿Qué nuevos significados le encontraste a la película?

Se resignifican varias cosas. Reafirmo la decisión de haber dejado decantar tanto tiempo el material, y que haya durado lo necesario hasta su estreno, como reafirmo eso de confiar en el tiempo  y no apurar los procesos. Si el proceso duró siete años, por algo fue. Por otro, confirmo que la película que hice fue una manera de que me sea más leve ir despidiéndome de mi papá: su enfermedad y el tiempo de realización duraron prácticamente lo mismo. Y no me parece una casualidad.

Norberto Chab

Foto principal: captura de directoresav.com.ar

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