Sol Iglesias SK estrenó mundialmente su primer largometraje, Los nadadores, en la competencia oficial Zonazine del Festival de Málaga, donde GPS Audiovisual es el único medio argentino acreditado
Después de Kim es una fábula distópica en la que después de 368 días de verano, entre el calor extremo, los cortes de luz y el éxodo masivo al exterior, un grupo de amigos decide empezar a meterse en las mansiones de un vecindario vacío y probar así todas las piletas que puedan.
-¿Cuál fue el origen de Los nadadores y en qué momento sentiste que tenías una historia que podía ser un largometraje?
Lo primero es el impulso: hacer varios cortos, ir dándole vueltas y de repente haber encontrado un equipo con el que estaba bueno trabajar. Los Nadadores Cine somos un colectivo, un grupo de amigos que nos conocimos en la Universidad del Cine y empezamos a filmar juntos cortos de muy bajo presupuesto. Y al tener un equipo fuerte, se te abren las puertas para hacer cualquier cosa. Entonces les dije: «Bueno, vamos a hacer una película». Y ellos me respondieron: «Dale, vamos para adelante». A partir de ese impulso había un germen como punto de partida: una idea de chicos atravesando una pileta y otra pileta y otra. Luego fue ver que eso tal vez podía llegar a ser una película.
-¿Había en la historia alguna referencia cinéfila previa, una fuente de inspiración?
No queríamos que la historia fuera simplemente realista, sino llevarla de a poco y muy sensorialmente hacia algo fantástico. Que empezara a trabajar con la sensorialidad, con las texturas de la imagen, del sonido. Todo esto hacía que funcionara muchísimo más. El fantástico también se planteó en el sentido de pensar en el Apocalipsis, en un fin del mundo, algo medio de la ciencia ficción. A la vez, la película se fue descubriendo en el camino: se había pensado un poco texturalmente desde la preproducción, pero después, con el montaje, con la posproducción de sonido, empezó a tomar mucho más tinte fantástico. Tiene cierta conexión con la literatura de los 60.
-Esa conexión con lo apocalíptico y con cierta realidad por la que estamos atravesando en el mundo en general, pero en Argentina en particular, ¿no?
Hubo algo muy loco cuando la estaba escribiendo. Era a fines de 2022 y estaba pensada como «imaginemos un Apocalipsis» . De repente, cuando se fue acercando el rodaje, la actualidad se fue colando inevitablemente y empezó a perder un poco este tinte de lo imaginado y ser algo mucho más cercano. A fines de 2023, llegábamos al rodaje, prendíamos la tele y estaban reprimiendo en el Congreso. Recién había asumido Javier Milei y se empezó a sentir muchísimo más esta cuestión apocalíptica, que después a lo largo de 2024 se volvió más intensa, y en 2025 todavía más.
Fue como una carrera de ver si la fantasía supera la realidad o si la realidad supera la fantasía. Por ese lado, fue muy loco ir encontrando el tono del relato. Casi se sintió como ir escribiendo la historia un poco a la par de la realidad; era como «bueno, esto ya no se siente tan lejano, estamos un poco más cerca de todo». Por ejemplo, el cambio climático, todo lo que está pasando en términos ambientales también es muy terrible y tiene mucho que ver con esta cuestión de un verano eterno que se plantea en la película.
-El estreno mundial de Los nadadores fue en Málaga, y por primera vez, con público. ¿Qué descubriste después de esa función que no habías advertido antes respecto de la película?
Entendí que la película ya tiene vida propia, que ahora es de la gente y que el público inevitablemente va a ser interpelado de una forma o de otra. Y que finalmente uno hace todo ese recorrido también para llegar a otro. Y llegar a un otro es algo gigante, es: «hola, vengo a darte este mensaje, ¿qué sentís al respecto?». Tener un público que va, se sienta en un cine a ver la película, opina, siente cosas, le presta atención es formidable. Además, el cine es el espacio fundamental para las películas; un lugar en el que estás a oscuras, que se escucha bien, que se ve bien en grandes dimensiones, con otros, estás rodeado de otras personas que también lo están percibiendo. Charlar con la gente, que la gente salga del cine y se quede charlando y pensándola. Es un espacio fundamental para que existan las películas.
-Mencionaste ciertos vínculos narrativos con la literatura de los 60, ¿cuáles fueron esas referencias?
La literatura argentina del 60 me parece fantástica. Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo tienen algo del extrañamiento a partir de las texturas, de la percepción del tiempo y de los espacios, queme fascina. De la misma forma, el cine argentino de los 60, como por ejemplo Invasión, de Hugo Santiago (1969), también fue una referencia a la hora de recrear una ciudad medio irreal, extraña, que parece deshabitada.
-En Los nadadores también se plantea una reflexión hacia la indiferencia, pero haciendo hincapié sobre todo en lo generacional y en una generación que, además, es la tuya. ¿Por qué pusiste ahí el foco?
En primer lugar, porque cuando una es joven, puede hablarle principalmente a la gente de su misma edad. Tengas la edad que tengas, siento que hay un entendimiento de «OK, estamos todos en la misma, crecimos todos más o menos en el mismo espacio-tiempo». Por ende, todos juntos vamos llegando a la vez. A todos nos tocó llegar en el momento de la digitalización, del post mundo, de la post posverdad. Son cosas que pienso mucho, me dan vueltas en la cabeza. Y creo que la gente de mi edad también las debe tener. Y esta cuestión de ser muy indiferentes con lo que pasa… Algo que me llama mucho la atención es que somos como la primera generación que no es revolucionaria, cuando la juventud se caracterizó históricamente por encabezar las revoluciones, querer cambiar al mundo, querer hacer algo por el mundo, pensarlo. O sea, sos joven y tenés hambre de mundo. Me pasa que generacionalmente —no en las personas individualmente, porque desde ya existen muchísimos artistas de mi edad que tienen mucha fuerza—, siento que falta fuerza. Es como si faltase un sentido de colectividad, de que uno no se puede pensar siendo uno con el otro. Es como indiferencia, un desgaste de ver cómo está el mundo, que te canse y darle la espalda. Me parece que eso nos daña mucho. De algún modo, creo que también hice la película buscando que todos nos preguntemos «che, ¿por qué somos tan indiferentes?
Julia Montesoro / Desde el Festival de Málaga


