Celina Murga pasó por el Foro de Coproducción Europa-América Latina del Festival de San Sebastián participando con su proyecto Los ensayos. Se trata de un drama familiar que sigue a Eva, una adulta de 48 años que acompaña a su madre Emilia (médica retirada de 80) en la evolución del Alzheimer, en una casa donde conviven además dos cuidadoras, el hijo adolescente de Eva y su hermana menor, mientras una misteriosa presencia de toros ronda la vivienda. Para la realizadora e impulsora del proyecto fueron tres jornadas de trabajo, encuentros y reuniones con posibles coproductores.

–Los ensayos combina realismo con cierto toque fantástico, un elemento poco usual en tu obra. ¿Qué encontraste allí para elaborar tu relato?
El fantástico es algo poco usual, pero que a la vez me interpela y me seduce mucho. Y me entusiasma justamente como un elemento narrativo nuevo. La idea de este proyecto surgió a partir del encuentro con la obra de Alejandra Kamiya, una escritora argentino-japonesa que básicamente se enfoca en cuentos: publicó tres libros. Fue justamente ella quien me trajo, en su forma de construir el mundo, lo fantástico. Ella trabaja mucho con temas que me interpelan, que tienen que ver con el material con el que ya venía trabajando: el vínculo con la naturaleza, el paso del tiempo, los ciclos de la vida. En el cuento que tomé como estructura principal del guion, que se llama Los ensayos, se narra la relación entre una una hija que está acompañando a su madre en un proceso de una enfermedad neurodegenerativa. En ese proceso empiezan a aparecer, por ejemplo, unos toros que empiezan a rodear la casa. Al principio pueden parecer parte del escenario habitual de un campo, pero empiezan a aparecer en lugares más extraños, como la cocina. O a través de una ventana, donde se ve un toro observando al personaje con una mirada casi humana. Es un fantástico que a la vez está muy cerca de la realidad, en tanto puede resultar un poco confuso en el sentido de no saber bien qué se ve. De esa manera siento que me habilita a darle una subjetividad y una entidad fuerte para lo que implica una persona que está transitando una enfermedad neurodegenerativa, como por ejemplo el Alzheimer; esta idea de que no está en la realidad, pero a la vez está en algún lugar. Me interesa generar lo fantástico a través del punto de vista del personaje de Emilia, la mujer de 80 años.
-La película explora la fragilidad y la posibilidad de encontrar amor y vitalidad en el hecho de estar al servicio de otro. ¿De dónde surgió esta búsqueda?
De una experiencia muy personal, que estoy transitando en mi familia. Fue muy llamativo cómo a pesar de lo dramático y de lo doloroso que puede ser transitar una enfermedad terminal con alguien que uno quiere mucho, también hay algo del momento presente que se vuelve absolutamente clarificador. En ese sentido, encontré un vínculo con la vida de una urgencia y una inmediatez muy concreta. La enfermedad es algo muy específico, pero todos vivimos corriendo detrás de espejitos de colores, un poco fingiendo demencia -como digo yo-, en el sentido de que no nos hacemos mucho cargo de la finitud de la vida. Aprender a convivir un poco más de cerca y más luminosamente con esa finitud puede hacernos la vida un poco mejor. Obviamente la enfermedad no la deseo a nadie, pero a la vez a todos nos va a pasar. Más temprano que tarde, antes o después, de una manera o de otra; todos vamos a atravesar esas circunstancias con familiares, con personas queridas, con quienes sean. Me parece muy importante -o al menos, me urge en este momento- poner sobre la mesa ese tema y hacernos la pregunta de por qué negar tanto la finitud: ¿por qué vivir como si eso no fuera a suceder?
-En un tiempo donde la imagen parece dominarlo todo, ¿no?
Exacto. La imagen, los cuerpos; determinados cuerpos, determinados movimientos. Me encontré al servicio de alguien que tenía una manera de moverse diferente, con otra temporalidad. Allí hay algo que no encaja, como si algo que está corrido del mundo pareciera no encajar. Es importante hacerle lugar a esos puntos de vista que también son el mundo.
-¿Hay allí hay una mirada o una reflexión sobre la vejez y sobre cómo la sociedad trata la vejez?
Sí, totalmente. Eva es esta hija de 48 años… También está el personaje de su hermana, un hijo adolescente y un grupo de cuidadoras que empiezan a volverse muy necesarias, frente a la vulnerabilidad creciente de la madre. Y es interesante ver cómo esta madre, que al principio conserva su autonomía y tiene cierta dureza en su forma de comportarse o de manifestar el afecto hacia sus hijas, empieza a aceptar a estos otros y a darse cuenta de que los necesita -que las necesita- y empiezan a darse vínculos que quizás diez años antes hubieran sido absolutamente inesperados. Vínculos de afecto, lúdicos, donde ponerse a cantar una canción puede ser parte de una escena que antes era imposible de imaginar. Busqué visibilizar ese momento de la vida donde uno dice: «una persona con Alzheimer, pobre, sí, bueno, está bien, nadie lo desea». Pero también es una etapa totalmente digna de transitarla con el mayor amor, cuidado y respeto posible. Son temas de los que no se habla.
-Traés al presente un tema del que no se habla en el cine argentino…
Entre los europeos con quienes estoy hablando tampoco. Porque además, con la sociedad del bienestar en la que viven, hay algo de esto de fingir demencia que lo hace todavía más evidente. Nosotros estamos más acostumbrados a cuidar; al hecho de cuidar a nuestros padres, madres, familiares. Por un lado tiene una cosa que puede ser pesada en cuanto a carga en la vida de un adulto, también es una manera de devolver amor y de alguna manera reconciliarse o encontrar formas de transmitir amor y afecto que quizás antes no eran posibles. Hay algo muy lindo en la posibilidad de despedirse desde esos lugares.
-¿Cómo conformaste el elenco?
Es muy coral y hay muchas mujeres. Preguntémonos por qué. ¿Será porque somos las que más cuidamos? (Risas). Y también está el hijo adolescente que va a traer algo distinto respecto a cómo se vincula con esa abuela.
-Tu película anterior, El aroma del pasto recién cortado, te permitió compartir la película con distintos públicos y distintas miradas. ¿Eso cambió tu manera de concebir una historia, de filmarla?
Me parece difícil pensar en el público como entidad abstracta. Es algo muy dinámico, que va cambiando permanentemente. Lo más importante es tratar de ser honesta con el tema que voy a trabajar. Es tanto el tiempo que una le dedica a un proyecto que te tiene que importar mucho. Y a la vez, confiar en que estás abordando un tema absolutamente universal; por ejemplo, la relación entre la vida y la muerte.
En las reuniones con los posibles coproductores me pasaron cosas muy locas: de golpe muchos se pusieron a llorar, conectando con vivencias similares en sus familias. Hay algo de esto que es importante poner sobre la mesa. Después, cada película tiene su momento y su recorrido. Yo trato de confiar en que cuanto más me interpelen a mí y a las personas con las que estoy trabajando el tema que me ocupa, sin duda va a encontrar un público.
-¿Cuál es el plan de rodaje?
Es una coproducción entre Uruguay y Argentina, por ahora mayoritariamente uruguaya. Actualmente hay muchas películas argentinas, pero con participación mayoritaria de otros países; como el caso de Glaxo. Esto es un hecho y sabemos todos por qué está pasando esto ahora. Yo la imaginé en Entre Ríos. Confiamos en que también vamos a tener el apoyo del Fondo de Fomento Entrerriano. Uruguay y Entre Ríos son dos tierras absolutamente hermanadas, literalmente no divididas por el río Uruguay. Y, además, acá todo el tiempo hacemos la aclaración: si vos ves a un entrerriano y a un uruguayo, son más parecidos que un entrerriano y un mendocino.
La productora uruguaya es Alterna Media una productora que tiene dos años en el mercado. Una de sus socias productoras es María Laura Berch, con quien vengo trabajando desde hace más de 20 años. Es una gran directora de casting y coach de actores. Y en el último tiempo decidió dar el paso a la producción. Nos conocemos mucho, nos queremos mucho, nos valoramos mucho. Además, es una película que va a depender también mucho del casting. Este personaje de Emilia para mí tiene que ser una mujer que realmente de alguna manera esté cercana al personaje. No me imagino una actriz más joven llevada a esa edad. El casting va a ser desafiante, pero confío en armar en el rodaje ese clima de familia que la película propone.
Julia Montesoro / Desde San Sebastián


