Mis muertos tristes, la miniserie dirigida por Pablo Larraín y basada en cuentos de Mariana Enríquez, tuvo su estreno mundial en la Sección Oficial del 74º Festival de San Sebastián, donde fue presentada en formato de largometraje de 187 minutos. Producida por la compañía chilena Fábula, la ficción llegará a la plataforma desglosada en su formato original de cuatro episodios.
El producto fue presentado por parte del elenco, encabezado por Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez, además del propio Larraín y de Mariana Enríquez, coguionista y productora ejecutiva de la producción.

El director explicó en rueda de prensa el trasfondo del rodaje, llevado a cabo en el barrio Piedrabuena de la ciudad de Buenos Aires: describió esos barrios de viviendas sociales como lugares que «lentamente fueron abandonados, fueron dejados en el patio de atrás» y que hoy están atravesados por cierta forma de violencia. El director también reflexionó sobre el género fantástico como una vía privilegiada para mirar lo social, una lectura que compartió Enríquez, sentada a su lado, quien remarcó la buena sintonía de trabajo que tuvieron durante la adaptación de sus cuentos.
La conferencia derivó además en un fuerte tono político: tanto Larraín como parte del elenco aprovecharon el espacio para cuestionar el trato hacia la cultura en sus respectivos países. Larraín sostuvo que «la cultura es la memoria, es la identidad de los pueblos» y apuntó contra el gobierno chileno de José Antonio Kast por no haber reconocido oficialmente la muerte del documentalista Patricio Guzmán, ocurrida días antes.
Fonzi, por su parte, calificó con una sola palabra la situación del financiamiento cultural en Argentina —»pésima»— y explicó que «dependemos de las plataformas totalmente, porque ni siquiera se puede gestionar este tipo de coproducciones», además de señalar el debilitamiento del INCAA como una de las causas de esa parálisis. Cerró su intervención acusando a «gente desalmada gobernando» de intentar apagar lo poco de vitalidad cultural que queda.
Articulada como largometraje, Mis muertos tristes deja una sensación ambivalente como obra. La decisión de proyectar en San Sebastián los cuatro episodios seguidos, como si fueran una sola película, expone uno de sus problemas centrales: la historia se estira mucho más de lo que necesita para sostener su premisa, y ese metraje extendido termina jugando en contra de la tensión que el relato busca construir.
Ese problema de ritmo se profundiza con un uso de la música que, en lugar de generar el efecto perturbador propio del cine de género, termina por cansar: los mismos recursos sonoros se repiten una y otra vez hasta que, más que inquietar, exasperan. Algo similar ocurre con la puesta en escena de los muertos, que la película insiste en mostrar en bucle y desde múltiples ángulos. La joven (cuya historia se revela como traumática) que se arroja al fondo de un tanque de agua; las preadolescentes fusiladas en un baldío; el ladrón que cae sobre una reja terminada en puntas: cada muerto se exhibe en loop, a la manera de un VAR pornográficamente morboso y desnaturaliza el sentido del terror para dar paso a la crónica policial. Pero sin placas rojas.
La manera en que Mercedes Morán se vincula con el mundo exterior (el barrio) que la acongoja establece un módulo casi único, que se presenta cronológicamente una y otra vez -con alguna que otra leve variante- de esta forma: registro de una muerte-aullidos de dolor desgarradores que atraviesan el barrio-pedido de auxlio desesperado a «la doctora»-aparición del muerto como fantasma-palabras sanadoras de «la doctora» para darle paz al muerto.
A esas decisiones formales se suma un tratamiento del barrio y la marginalidad que busca en ciertos lugares comunes (los fisuras que merodean las calles sucias, el sentimiento facho que campea en una reunión barrial, el bolichero de sentimientos nobles que representa la memoria viva del barrio) su propia mirada sobre la pobreza, la violencia y los habitantes cautivos de un esquema donde no dejan de ser muertos en vida. Tal vez esta sea una clave para entender el clima de pesadumbre que atraviesa el producto, a partir del constante trasvasamiento entre muertos que quieren retornar al mundo de los vivos y vivos que deambulan fantasmagóricamente.
En ese contexto, el trabajo de Mercedes Morán destaca como el gran sostén de la propuesta. Su composición de Ema le da al relato un resto de humanidad que el resto de la película no requiere. Larrain encuentra en sus ojos exánimes y su gestualidad apagada la tristeza que aflora en el relato. Sin embargo, ni siquiera esa actuación descomunal alcanza para salvar un producto que insiste en subrayar cada emoción y cada giro de la trama, como si desconfiara de la capacidad del espectador para completar sentidos por sí mismo. Ese exceso de explicación, sumado a la extensión (puede que el formato serie sea más amable) y a la repetición de sus recursos, termina por convertir a Mis muertos tristes en una obra fallida a pesar de sus ambiciones.
Julia Montesoro – Norberto Chab / Desde el Festival de San Sebastián


