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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Darío Grandinetti presenta en teatro «El escritor de todas las cosas»: «Vale la pena hablar de la palabra en momentos en que está desvalorizada»

El consagrado actor rosarino Darío Grandinetti, celebra un hito fundamental en su trayectoria: cumple 50 años desde su debut en las tablas. En este marco tan especial, regresa al teatro con El escritor de todas las cosas, unipersonal que nace de una profunda necesidad personal de autogestión y de contar una historia que lo represente en este momento de su vida. La obra está escrita y dirigida por el reconocido Javier Daulte y el estreno oficial se lleva a cabo el viernes 7 en su ciudad natal, en el teatro La Comedia de Rosario. Después de este debut, la obra va a iniciar una gira nacional.

-El escritor de todas las cosas nace de un impulso y una decisión completamente personal. ¿Qué necesidad interna o artística te llevó a buscar o a proponer este espectáculo?

La necesidad de hacer teatro en este momento en el que está tan vituperada -por decirlo de alguna manera-, la actividad cultural y artística en general en nuestro país. Hay un lugar de resistencia que es el teatro, que siempre lo fue; de resistencia de los actores y de los teatristas. Además, siempre me gustó hacer gira de teatro. Y desde hace más de un año, haciendo teatro en España, empecé a pensar que probablemente fuera el momento para hacer este viejo proyecto con el que veníamos hablando con Javier. Por H o por B no lo podíamos hacer, pero hablábamos de la posibilidad de hacer una obra para sacar de gira, que sea fácil de mover, para poder programar también temporadas cortas y no perjudicar a nadie.

-La presentación de El escritor de todas las cosas coincide con el medio siglo de presencia tuya en los escenarios. ¿Fue deliberado o casual?

El año pasado sentí que era el momento, que tenía muchas ganas, muchos deseos de contar una historia que me guste. Iba a ser más fácil que la gestionáramos nosotros con Javier a esperar que alguien me llame. Nadie me iba a buscar para hacer una gira con un monólogo contando una historia linda, atractiva, con un director con el que me llevo muy bien, en el que confío y que confía en mí. Cuando empecé a armar todo, con la idea de estrenarlo en Rosario y luego salir de gira, me di cuenta de que más o menos para la fecha del estreno se cumplían 50 años desde que empecé a estudiar y hacer teatro en Rosario. No es casual entonces; por algo las cosas pasan cuando pasan y no antes o después.

Y lo encaramos con un entusiasmo muy grande, muy contentos con lo que estamos haciendo. Estoy muy feliz con que Javier me haya dicho que sí, con que se haya puesto a escribir, que se haya entusiasmado. Recuerdo que después de aquella primera reunión yo me fui a España de nuevo porque tenía que terminar un trabajo allí. Los mensajes que nos mandamos enseguida fueron: «¡Qué bueno verte tan entusiasmado!». Los dos nos dijimos lo mismo. A partir de ahí el proyecto avanzó y no había manera de que no se concretase.

-Y jugando de local, además.

En el Teatro La Comedia, en el que nunca trabajé. Sí, porque estuvo mucho tiempo cerrado. La municipalidad lo recuperó. Y a la celebración del estreno (con una obra nacional, además), festejo 50 años.

-Para ir a El escritor de todas las cosas: el protagonista es un hombre que se gana la vida redactando textos cotidianos, desde carteles de aeropuertos hasta etiquetas de vinos o sobrecitos de azúcar. ¿Quién es este personaje y de qué manera su oficio desmitifica esa figura solemne o elitista que solemos tener del escritor, de un escritor?

De una sola manera: desde el lugar del laburante. Del mismo modo que la mayoría de las actrices y los actores intentamos hacerle entender a la sociedad y a todos que nosotros somos unos trabajadores de esto, que nos ganamos la vida laburando con esto que elegimos, que nos gusta, que nos apasiona tanto que a veces lo hacemos y no nos da para vivir. Somos muchos los actores y las actrices que pasamos por momentos de no tener trabajo. Y aun así, seguimos intentándolo y dándole para adelante. Yo me incluyo porque hubo varias etapas de mi vida en las que no tuve trabajo. Lo que pasa es que la gente te ve, te vuelve a ver, a lo mejor en cosas que hiciste hace dos o tres años, o a lo mejor se estrenan dos o tres cosas juntas, pero justo en ese momento estás sin laburo desde hace cinco meses. Entonces, todos aquellos que realizamos un oficio por el mero hecho de que nos gusta, de que nos apasiona, queremos ganarnos la vida haciendo eso.

Este no es un escritor consagrado, a pesar de que tiene pretensiones de literatura mayor y la va ejerciendo. Pero con eso no le alcanza. En esas historias más pretenciosas, cuenta un hecho significativo en su vida que ocurrió en su infancia cuando escribió por primera vez un texto en el colegio. A partir de ahí, esa historia que lo marcó y marcó a mucha gente de su entorno, lo persigue hasta hoy. Mientras tanto, se ha ganado la vida escribiendo sobrecitos de azúcar, etiquetas, todas esas cosas que nosotros leemos y que pareciera que damos por sentado que aparecen solas escritas. No nos imaginamos a un tipo sentado frente a una máquina de escribir escribiendo las reglas de tránsito o las señales viales. Bueno, este tipo se gana la vida así y cuenta esta historia mientras espera algo que está esperando —que no voy a deschavar— en un pasillo de un teatro en el que está transcurriendo una obra que él escribió también hace muchísimos años. Mientras transcurre esa obra y él espera eso que está esperando, le va contando al espectador todas estas cosas que tienen que ver con su vida, con la escritura, con el valor de la palabra y cómo esto afecta en su entorno ser un escritor. Cómo el que está al lado ve eso, cómo mira eso. Si es un oficio, si es rentable, si sirve, si es útil, si le sirve a alguien.

-¿Te preguntás a quién le sirve?

Eso también está planteado. Claro, todos sabemos que es más útil un médico, un científico, un maestro. Pero hay oficios y cosas que se hacen y que de alguna manera son útiles para quien los recibe. No somos concientes de eso ni de si son útiles o no. Al menos yo, no me la paso pensando «esto le va a servir a alguien», «¿a quién ayudaré con esto?», «¿a quién, lejos de ayudarlo, lo molestaré un poco?». Todos los oficios que se exponen tienen una consecuencia y no siempre somos concientes de esa consecuencia. Para bien y para mal. La palabra salva o te hunde. No solo la escrita: también la palabra expresada oralmente.

-En ese contexto, contás que este hombre está en el pasillo de un teatro y mientras sucede algo, transcurre en escena una obra que fue escrita por él. ¿Cómo juegan en esa interrelación con el espectáculo momentos como la memoria, los vínculos familiares y el miedo al paso del tiempo ?

Influyen por esto que te decía antes: un escritor famoso dijo que cuando hay un escritor en una familia, esa familia está en peligro (NR: Czeslaw Milosz). Porque se hace referencia a cosas personales también y a lo mejor algún familiar o persona cercana se ve involucrada en alguna historia que cuenta este escritor. También influye el paso del tiempo. Como cuando empecé a hacer teatro,. Te decían: «Ah, ¿vas a ser actor? ¿Y de qué vivís?». Eso también es aplicable para el periodismo, para un fotógrafo o -yo qué sé-, para mucha otra gente. «¡Ay! ¿De qué vas a vivir? ¿Vas a tocar la guitarrita?». Todo eso influye porque para un escritor (en este caso), pero también para un actor, un músico o un pintor, esa pasión lo atraviesa a uno.

Aun cuando cree, como en mi caso, que la paso bien sin actuar. Digo que no la paso mal, no sufro si no actúo. No sufro de manera espiritual, emocional, si no actúo. Pero aun así es una necesidad que está dentro de uno. Por eso uno no puede plantearse a quién le va a servir esto; no, a mí me sirve. Primero tengo que sentir que me sirve a mí y después veremos, ¿no? Después veremos qué pasa cuando se produce el hecho teatral, cuando vienen uno, dos, diez, o la cantidad de espectadores que sean y con uno arma ese espectáculo. Aademás, a ver qué nos pasa a los dos. Porque a mí no me pasa lo mismo con determinado público que con otro. Y no hablo de cantidad, sino de que el público del viernes será uno y el del sábado será otro, y ahí yo estaré distinto, ellos son otros, la función será distinta. En todo eso se enmarca también el efecto de lo que uno hace. Qué consecuencia tiene para uno, para su entorno, para el otro, para el que viene a escucharte. Porque dos personas pueden estar sentadas una al lado de la otra y no pasarles lo mismo.

-Convivimos con las palabras, pero no siempre pensamos en el sentido y en el peso que tienen. ¿Qué valor le das hoy, tanto en tu vida como arriba del escenario, a la palabra escrita y a la palabra hablada?

Siempre intenté cuidarlas. Por eso soy de hablar poco. A veces me reprochan: «No hablás, no contás». Porque soy bastante cuidadoso y porque sé cómo influye en mí la palabra. En este momento, si uno traza paralelos en la utilización de la palabra en la vida social, pública, política, es para asustarse, ¿no? Porque se valoran palabras agresivas, dolorosas, crueles; está permitido eso. Y otras que son de uso normal, social, que tienen que ver con ver la realidad y que no son agresivas hacia nadie -sino nada más que sirven para señalar lo que uno ve- están acusadas de ser producidas por intereses políticos. Como si eso ya fuera malo.

-Como si fuera malo tener su propio pensamiento, ¿no? Ni qué hablar de lo político.

Se ha deformado tanto el vocabulario en algún punto que ya la palabra «política» es una mala palabra. “Ah, no, yo de política no, yo no soy político». «Ah, no, los políticos son una casta». «Ah, no, no cuelgues el cartel de las Malvinas porque eso es político». «Ah, no, no digas, che, no les alcanza a los jubilados… no te metas en política». ¡Pero entonces no puedo hablar! Pedir que los jubilados ganen mejor, que los maestros ganen mejor, que no se recorte en ciencia, en educación, en salud, es meterte en política y como soy actor no lo puedo hacer. Pero en cambio sí está valorizada la de «kukas corran». Se puede decir ladrón, impostor, chorra, yegua… Todo eso está bien dicho y no pasa nada. Se puede. Pero si hablás de lo otro es: «¿Qué te metés en política?».  No está buscado, ¿sabés? Yo tampoco quiero hacer una obra de teatro, una película o un programa de televisión político: no se trata de eso. Pero quiero opinar sobre política. Lo hago porque puedo y quiero y lo voy a seguir haciendo.

-El escritor de todas las cosas se define como un viaje poético e íntimo. Aun con esto, el acto de poner palabras en circulación y reflexionar sobre la falta de empatía es inevitablemente social también.

Aunque El escritor de todas las cosas no va por el lado de lo político, desde otro lugar seguramente estará alguien sentado y pensará: «Ah, mirá qué bien hablar de la palabra en este momento que está en algunos ámbitos tan desvalorizada». Esto que te estoy contando, lo pensé cuando lo leí. Pero se acabó allí. Después cada uno trazará un paralelo o no, le gustará o no, ¿yo qué sé? Ese es el grado de exposición que nosotros tenemos y tomamos en nuestro oficio. Tirarse a la pileta sin saber si hay agua o no, una frase que nunca se dijo (Risas).

-¿El contenido dialoga con la coyuntura actual?

No especialmente. Más allá de lo que acabamos de hablar del valor de la palabra y que eso puede en cualquier momento ser tomado como una reflexión necesaria… No estoy señalando nada puntual de este momento político. Esto lo hago yo desde mi rol de ciudadano. Pero prefiero poner por delante la necesidad de contar una historia que me gusta, en la que creo, con la libertad de que después alguien sentado ahí pueda hacer su asociación libre. Y en este caso no faltará quien la haga en favor de eso de valorizar las palabras agresivas (Risas). Porque en nombre de la libertad de expresión y de la libertad de opinar, se dice cualquier cosa. Días atrás escuchaba eso, que está bien tener la libertad de opinar. Pero ninguna opinión está salvada en nombre de la libertad de expresión. No. Vos no podés injuriar a nadie, decir algo que no es cierto o que no podés demostrar. Eso es un horror y ocurre mucho en nombre de que «es mi opinión».

-¿Será un signo de los tiempos?

Sí…sí. Porque ahora, como el escritor de la obra, cualquiera escribe. Una de las cosas que dice el personaje es que el celular nos convirtió a todos en escritores más que en conversadores, porque todo el mundo manda mensajes de texto. Hoy todos son escritores y escriben cualquier mamarracho en las redes. Con un fierrito en la boca dicen cosas peligrosas, agresivas, que no le hacen bien a nadie. Por ejemplo, todavía hay gente que sigue machacando con que el cine no se tiene que hacer y está bien que no se haga porque hay cosas más importantes que hacer. Como si el dinero del cine saliera del presupuesto nacional. Y casi todo el mundo sabe que no es verdad. Sobre todo los que tienen un micrófono y lo dicen: ellos saben que están mintiendo, saben que no es verdad; y si no lo saben, están haciendo muy mal su trabajo. Deberían saberlo. Deberían saber que no es verdad. Porque en eso consiste su trabajo, en decir la verdad, no en desinformar. Toda la gente de derecha y quienes viven de los sobres de la gente de derecha están en esto, pero saben que es mentira. Saben que es mentira y es una vergüenza que digan ese tipo de cosas sabiendo que no es así.

-Está claro que la cultura no cumple el mismo rol que la ciencia, la educación o la tecnología. Pero también forma parte de nuestra identidad, de lo que somos. Y de lo que podríamos dejar de ser.

De lo que fuimos y de lo que podemos llegar a ser. Porque el arte se ha ocupado siempre de ser el guardián de la memoria de los pueblos a lo largo de la historia de la Humanidad. Porque se resaltan los hechos históricos y sociales que han modificado y que han traído cosas buenas y malas a la civilización. Y claro, todas las derechas del mundo están en contra del arte. Porque los señala, los identifica, los señala y los acusa de lo que los tiene que acusar, de los desastres que han hecho a lo largo de la historia. No hay grandes obras de arte universal que resalten los fascismos. No tienen tampoco grandes representantes del arte universal. Entonces, claro, hay que eliminar todo.

Elegiste Rosario, tu ciudad natal, para abrir esta propuesta que se propone ser federal y a la vez es una invitación a formar parte de una ceremonia compartida.

Sí, claro. Es básicamente eso: salir a compartir el oficio. Por eso se llama así, oficio, porque se oficia algo ahí en el escenario. Es de las cosas que más me gusta de esto de ser actor: recorrer ciudades, pueblos, haciendo mi trabajo. Es una de las bases de este oficio: contarle la historia a alguien. Se dice mucho y no por eso se puede repetir: el hecho teatral se convierte en tal con una o varias personas arriba del escenario y tan solo una en la platea. En la platea o en la plaza de un pueblo, donde llegaban los juglares y contaban una historia que acababan de vivir o de inventar. Eso es un hecho teatral.

Yo decía el otro día: si Alfredo Alcón se hubiese parado en una esquina de la calle Corrientes recitando la guía telefónica hubiese sido un hecho teatral. Con cualquier viandante que pasara por allí. No hacen falta muchas más cosas para eso. El teatro es, después de la música, la primera expresión artística. Se supone que el primer actor reconocido como tal es Tespis, del siglo VI antes de Cristo en la Grecia antigua. Desde ese entonces, ese hombre que andaba con su carro porque ¡oh, casualidad!, lo expulsaron de su pueblo —como ves, ya jodíamos desde hace mucho tiempo, le rompemos los carozos a los muchachos-, lo llenó de disfraces, de máscaras y recorría aquella Grecia por los pueblos, por los caminos polvorientos, contando historias. Y muchos años después, ahora agarro el auto yo, con mis compañeros, para contar historias. Esperando que no me expulsen, como a Tespis.

Julia Montesoro

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