Agostina Di Luciano codirigió con Leon Schwitter el documental híbrido El mundo al revés, con producción de Sabotage Filmkollektiv GmbH, que se estrena el jueves 6 de agosto en la sala Leopoldo Lugones. Filmado en Villa Giardino -un pueblo rural cordobés- retrata a sus habitantes (personas reales, en su vida cotidiana), pero de a poco introduce una capa ficcional que se entrelaza con lo real, disolviendo el límite entre documental y ficción. Un misterio ligado a una bola de luz, la mística campesina y lo cotidiano se vuelven atajos hacia lo inexplicable. La película tuvo su premiere mundial en Visions du Réel 2025, en la competencia Burning Lights y a partir de allí tuvo un recorrido intenso por festivales internacionales.
–El mundo al revés nace a partir de tu vínculo con Villa Giardino, una localidad serrana a la que ibas de chica a pasar los veranos. ¿Cómo fue la transición de ese vínculo a decir «acá hay una película»?
Con Leon estudiamos en la Universidad de Artes en Zurich. Y una de nuestras coincidencias en el cine es que a veces no hace falta buscar tanto afuera, sino plantearse qué cosas uno tiene adentro, incorporadas a su biografía y que le interesan. En ese sentido, Villa Giardino siempre se me presentó como un lugar extraño. Fui durante muchos veranos con mis abuelos. Iba como turista y tenía una mirada omnipresente. Y me llamaba la atención que percibía un paso del tiempo mucho más lento. Una cualidad que en el cine puede ser muy interesante. Estando en Suiza, lejos de casa, esas imágenes se me empezaron a presentar cada vez más. Hasta que se lo propuse a Leon: «Che, mirá, está este lugar, quiero que lo conozcas». Ahí empezamos con esta aventura.
En ese tiempo conocimos a un gran cineasta experimental alemán, Heinz Emigholz, que nos dijo una cosa fundamental para cineastas jóvenes y que nos ayudó mucho: «Hagan algo, no esperen a la enorme burocracia ni a que pase tanto el tiempo. En el hacer también se aprende». Fue como el impulso definitivo para decir: «No importa que no tengamos mucho presupuesto ni que todavía la idea en sí no esté tan afirmada; vayamos y empecemos a investigar ahí».
-En ese animarse e investigar en el lugar, ¿cómo integraron a los protagonistas para que participen y además, para que revelen sus propias historias?
Todo pasó por la confianza. Fue un camino difícil y más de uno se preguntó cómo hicimos. Pero detrás de la película hay un montón de horas juntos con todas estas personas, que van más allá de un rodaje. De sentarnos con ellos, escucharlos y también que nos escuchen. Fuimos entablando un vínculo en el que establecimos que no entraríamos a los espacios donde no querían que entráramos. Acompañamos mucho a la gente tomando mate, jugando a las cartas, pasando el tiempo. Ayudó mucho al proceso.
Dana -la mamá de Noah, el nene-, es una amiga mía que conocí desde que éramos muy chiquitas. Ella fue mamá muy joven y recordaba que nosotras criamos al nene cuando teníamos 16, 17 años. Esa amistad de verano con el tiempo fue creciendo. Ro y Lily, que son las protagonistas de la casa que se ve en uno de los capítulos (donde vivió mi abuela), limpiaban esa casa. Cuando vimos con Leon cómo limpiaban, cómo se reían, cómo hacían todo con tantas ganas nos dijimos que estaría bueno también contar esa historia de una casa que casi nunca está habitada, con gente que la ocupa porque trabaja allí. Cuando las chicas entendieron ese proceso dijimos: «Bueno, filmemos una película».
–El mundo al revés plantea diversos roles de mujeres: la que no se casó, la que fue madre joven, las que salen a trabajar. Hay una mirada de perspectiva de género también. ¿Fue buscado o surgió del mismo proceso de rodaje?
El tema nos interesaba mucho. Intentamos hacer como una especie de sketch de qué significa ese lugar, cómo se representa ese lugar. Por ejemplo, con el tema de que hay muchas mujeres que son madres muy jóvenes, desde la cuestión de la pertenencia. Me acuerdo que en ese entonces tenía amigas que si no tenían un bebé, no podían pertenecer a su círculo. Había una presión social para tener un hijo muy joven y seguir estando en su círculo social con amigues. Lo hablamos mucho con León para introducir el tema: ¿qué son estas mujeres jóvenes? ¿Qué lugar tienen en ese pueblo? Por eso nos pareció importante poner a Dana en su capítulo como una mamá joven que quiere salir de fiesta, pero también tiene su hijo al que ama y que está ahí; ella tiene su trabajo pero tiene 27 años y los quiere disfrutar, ¿no? Nos pareció importante poner eso.
En ese sentido, Ro y Lily son mujeres muy empoderadas, más allá de que hacen trabajos que muchas veces socialmente están muy discriminados. Para nosotras son como dos superheroínas que se empoderan: hacen, se ríen, tienen presencia. Nos interesó eso y no entrar en el cliché de que son personas que limpian. Eso fue una decisión conciente. A lo largo del proceso cada vez se vio de una forma más concreta. Y creo que representa mucho al pueblo.
-Otro elemento muy atractivo y que lleva a preguntar cuánto hay de ficción y cuánto de realidad es lo sobrenatural. ¿Estaba en el lugar, lo buscaron ustedes, es una reinterpretación de los mitos del campo?
Hay una historia que en verdad la debería contar Leon. Él tuvo una experiencia poco habitual con su abuelita. Ella estaba a punto de morir y contó que le había salido una luz de la boca, que la vio flotando. Esa historia nos llamó la atención. Cuando empezamos a investigar sobre el significado de las luces, notamos que es un tema universal. En Argentina está el relato de la luz mala. Y más puntualmente en la zona del cerro Uritorco siempre se ven luces. Nos empezamos a preguntar qué es lo real de todo. ¿Es lo que uno ve o es lo que uno siente? ¿Es la mirada más estricta de los científicos o una creencia? Hay como un permitirse creer y nos interesó eso: que dependiendo la perspectiva con que uno lo vea, puede ser real o no. En el cine se puede jugar mucho con eso: como una historia que se cuenta y que escuchamos. Y que se puede recrear y hacer de una manera abstracta.
-Este conjunto de situaciones y de elementos que pusieron en juego al hacer El mundo al revés, ¿estaban plasmados en un guion o fueron incorporándose a medida que ustedes investigaban? ¿Cuánto tuvieron que pactar entre lo escrito y lo no escrito?
No trabajamos con guion. ¡Fue un quilombo! Lo importante fue decidir con qué anteojos vimos lo que queríamos buscar. Sabíamos que nos interesaban ciertas mitologías o ciertas cosas de la creencia, de lo absurdo en lo cotidiano. Esa línea nos interesaba. Así como nos interesaba ver cómo vive la gente y nos interesaba hacer un retrato de ese lugar. Con esos anteojos fuimos en la búsqueda de lo que después fue la película. Confiamos mucho en el día a día y también fuimos muy receptivos con las personas. En vez de escribir un papel lo que nos parecía nos dimos más el lugar de espectador de la realidad. Nos preguntamos qué nos interesaba en el momento. A partir de eso decidimos que nos interesaban estas dos mujeres y lo tomamos. Fuimos como medio entretejiendo entre todos ese juego entre ficción y realidad. También editamos mucho durante el proceso. Fue importante para darnos cuenta cuando faltaba algo o veníamos que algo no se entendía.
-¿Es una elección impuesta por el bajo presupuesto filmar así, tenían ganas de hacerlo de esa manera, es una decisión estética, es todo al mismo tiempo?
Hubo dos cuestiones fundamentales. Una, que teníamos un presupuesto muy bajo. La película empezó con cinco mil francos suizos, que son más o menos cinco mil dólares. Hasta para una película independiente es muy poquito. Entonces nos dijimos: «Con parte de esos presupuestos alquilamos equipos, con el resto le pagamos a los actores y actrices lo que podemos y todo lo otro lo hacemos nosotros». En cierto punto fue muy liberador, porque no tuvimos que pasar por esa catástrofe burocrática de años buscando y buscando para que te financien. También fue una liberación no escribir algo que lleve mucho tiempo.
Al mismo tiempo, yo vengo del teatro -tengo una carrera que se llama Pedagogía Teatral- y allí se trabaja mucho con las cosas que uno tiene. En una semana hay que armar un proyecto (digamos, con nenes) y hay que ver cuáles son los intereses, y a partir de ahí, con esos intereses, ir buscando hasta crear algo. Nos interesó entremezclar, en tanto Leon viniendo del cine, del audiovisual. Y además de ese cine que tiene un schedule, en el que hay que respetar ciertas líneas y los movimientos de los personajes. Combinamos eso con una forma más lúdica de trabajar. Y nos sorprendió a los dos: aprendimos mucho.
-Otra rareza propia de El mundo al revés: un niño jugando con animalitos, hoy que está todo invadido por lo digital, por lo electrónico.
¡Totalmente! Eso también era lo que nos asombraba de estas personas. Ahí le intentábamos decir a Omar, al abuelo, que cuente la historia de cómo se había quemado su burra. A Omar le costaba mucho: es un hombre muy observador, pero que tiene pocas palabras. La escena no salía. Luisina, una amiga que nos ayudó a veces a hacer cámara, había visto que Noah jugaba con sus animalitos contando historias y trajo la idea de probar que el nene cuente la historia. Ese es un momento clave para entender cómo estar despierto a cosas que están pasando y que a veces, cuando uno está en una vía muy fija, se pierden. Creo que pudimos encontrar muy bien algo que no salía de otra forma.
-Cuando vieron la película terminada por primera vez, ¿sintieron que estaba ahí lo que querían contar?
Al no saber dónde íbamos a terminar, lo más loco fue sentarnos y dejarnos sorprender. La conclusión fue: «Wow, lo hicimos, lo logramos de alguna manera en este caos». Lo bueno es que fue una búsqueda muy intuitiva en el sentido de ir buscando lo que a uno realmente le interesaba. A veces discutíamos mucho con León, porque él tenía una idea fija, y cuando uno tiene una idea tan fija pierde cosas que van pasando en el momento. Pero en este proceso pudimos soltar un poco los dos.
Julia Montesoro


