Javier Van de Couter, creador de «Moria»: «Ella siempre fue inclasificable y tratarla como personaje de ficción resultó un alivio»

Javier Van de Couter es el showrunner, creador y director de Moria, la serie estrenada en una plataforma de streaming el 14 de agosto y que rápidamente se convirtió en suceso. Protagonizada por Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani, Cecilia Roth y la propia Moria Casán, recorre las etapas de la vida de una de las grandes divas de la cultura popular contemporánea, abordado desde sus inicios en el teatro de revista hasta su consolidación en la televisión y el cine. A través de la ficción y con recursos teatrales tales como maquetas, la trama indaga en los límites entre la mujer y el personaje público, centrándose en sus vínculos familiares, su carrera y su relación con la cultura.

El guion de la serie estuvo a cargo de un equipo liderado por el propio creador del proyecto, Javier Van de Couter. Los escritores principales que desarrollaron los libretos de los ocho episodios son Javier Van de Couter, Martín Vatenberg, Donna Tefa Sanguinetti y Jacques Bonnavent.

-¿Qué te motivó a involucrarte en el proyecto?

Sin dudas, la figura de un ícono de nuestra cultura popular -entre otras cosas-, que es Moria Casán. Y por otro lado, también la libertad que desde About Entertainment (productora de Armando Bo, Mercedes Reincke y Natacha Cervi), me dieron al pensar la propuesta y cómo la contaría. Eso fue muy valioso: es muy seductor también para para un director, tener un personaje como Moria y al mismo tiempo poder pensar libremente cómo contar la historia.

Por otro lado, también fue importante saber que Erika Halvorsen, que es gerente de contenido de Netflix, estaba detrás de esta historia también. Eso me dio la seguridad de que el sueño había empezado ahí. A veces hay proyectos que uno milita desde el vamos, a partir del momento en que decide contar una historia o adaptar una novela. Acá sucedió lo que muchas veces ocurre, que se aborda un personaje por encargo. Pero me habilitaron la posibilidad de poder explorar las formas de contarlo.

-¿Cómo fue el proceso de armado de un guion que combina hechos reales con elementos surrealistas y mitológicos?

El faro siempre fue Moria. Ella siempre fue inclasificable y tratarla como personaje de ficción fue un alivio. Porque fue pensarla como un personaje ficcionado, con todas las libertades que tiene la ficción. Ahí empezó el trabajo de construirla. Ella es como un avatar, como una queen kong, como decíamos con Martín Vatenberg, el coguionista. Y empezar a escuchar cómo habla, las frases que dice (muchas de ellas se viralizan y son como síntesis de respuestas que atraviesan generaciones y a la vez son tomadas como conceptos) fue muy importante para contar la biopic. Como dice ella: «Soy titiritera de mi propia historia».

Había que estar atento y sensible a eso y después trasladarlo al aspecto visual: ¿cómo construimos un mundo de maquetas? ¿se podrá? ¿habrá presupuesto? ¿será el diseño que quieren? Allí también estaban los fantasmas: tenía esas ideas, pero debía quedar bien porque cuando uno se corre del realismo también estético hay un riesgo siempre. El armado tuvo que ver con eso y con contar una vida que estuvo siempre muy expuesta -o que creemos que estuvo siempre muy expuesta-. Allí había otra clave que era esto del escenario de la vida: ¿dónde termina la realidad de Moria o la verdad de Moria y dónde empieza la ficción? Ese es un tema que siempre me apasionó.

-No es la primera vez que ponés en tensión los dos mundos, ficción y realidad.

En Implosión, mi película, salvando las enormes distancias y con otra temática, Pablo y Rodrigo eran los protagonistas reales de una tragedia escolar de allá de mi pueblo, de Carmen de Patagones. Pero para la película estaban involucrados en un mecanismo de ficción que escribimos con Anahí Berneri. Hay algo ahí que me interesaba contar: cuando me ofrecieron hacer la serie y me plantearon cómo hacerla, me fui por el lado de la actuación. Porque los personajes reales estén mezclados en la ficción para construir esos híbridos. Después, obviamente, había que generar un relato también atractivo, porque eso no está fuera de cuando estás creando. Creo que tuvo que ver con eso: con ese híbrido que me interesa tanto entre lo que es real, verdad, dato científico-quirúrgico que lo vas a encontrar y que es así. Además, la investigación pura y dura. Y por otro lado, la fantasía. Algo que Moria habilita siempre. Muchas veces, incluso cuando habla Moria, vos decís «¿será verdad?», ya sea porque es un exceso o porque hay una frase que te suena impune. Por muchas razones te preguntás si esto que pasó es verdad. Con enormes dudas a veces. Jugar con esa pregunta nos fue marcando el tono de la serie.

-¿Qué buscaste al determinar la elección de Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth para personificar a las Morias?

Vengo del lenguaje del teatro, de la actuación: ese fue mi primer amor. Y siento que cuando un director tiene una idea -incluso en la forma de contar una película-, la actuación es fundamental. En mi abordaje, el actor o la actriz se vuelve una de las personas que más sabe de ese personaje que va a interpretar y le aporta, además de la emocionalidad, de lo físico y demás, un punto de vista a esa interpretación. Yo tenía tres bloques diferenciados, porque para mí, Moria siempre fue mutando a lo largo de su vida. Había un arco que se cuenta casi de ochenta años y de sesenta años de carrera.

Es interesante el punto de vista de Sofía Gala, que además me parece una superdotada. En cuanto a Griselda, ni qué hablar: conoce el cuerpo, la danza, lo físico, la canción, el decir, lo performático, con una profundidad italiana. En Cecilia me parece que está esa jerarquía actoral y esa intimidad que quería para la antesala, antes de que entre Moria -la Moria real- al final de la serie. Sentí que podía jugar y habitar una Moria en el silencio, en el pensamiento, en la reflexión, en lo introspectivo. Y además me pareció un privilegio para los espectadores poder ver una interpretación de Cecilia Roth en la piel de Moria.

Era un desafío. Y cuando veo el arco de las tres actrices, veo la Moria que construyeron ellas más allá de mi trabajo: una sola Moria entre las tres. Tengo muy estudiado el proceso de la serie, del armado, de la creación. Y me gustó ver a grandes actrices con una opinión también en su interpretación sobre el personaje a realizar.

-Con una vida tan larga y tan pública como la de Moria, ¿cómo se hace la curaduría de qué queda adentro de ocho capítulos y qué queda afuera?

Obviamente, hay muchas situaciones, anécdotas y hechos que quedaron afuera y me hubiera encantado que entren. Pero también hay un formato que es media hora, que lejos de que te atrape, si lo sabés usar es suficiente para darle valor a las escenas y darle un tiempo dramático a las escenas. Tenés que saber dónde apretar el acelerador y dónde detenerte. La curaduría tiene que ver con el momento en que descubrimos cuál era la historia: una historia vincular más allá de la estelaridad de Moria, que contaba la relación de una madre y una hija. Moria estuvo muchos años arriba de un escenario más que en el living de la casa, pero me interesaba más el living de la casa, el conflicto con su hija: una hija que le reclama la exposición a la que la exhibe. Para mí, tenía más valor en el tiempo que tenía contar eso que mostrar a gente con la que había trabajado profesionalmente. Eso estaba más en la primera parte del relato, que era también lo que menos conocía yo de Moria: la revista. Eso me permitió jugar con los colores, con la moda, con lo coreográfico, con esa chica que empezaba a ganar dinero, que entraba en el jet set, que se empezaba a codear. A medida que va avanzando la historia, nos quedamos con una Moria quizá más despojada. También es cierto que hay un único punto de vista: si no está Moria, no hay escenas. Eso deja fuera un montón de posibilidades de contar otras cosas.

Creo que tuvo que ver con un aspecto queer que también queríamos trabajar. En A la cama con Moria estuvieron políticos, artistas consagrados, figuras internacionales internacionales. Pero a mí me interesaba que estuviese Batato Barea. También ahí hay una elección: ese personaje también la cuenta a Moria. No es solamente la posibilidad de verlo a él, sino también entender que Moria eligió que esté en ese momento, en ese programa. Eso cuenta un contexto también de lo que estaba pasando con lo queer y con muchas cosas que se dicen en la escena. Fuimos por ahí, y lamentablemente, eso implicó que quedaran muchas cosas afuera que nos hubiesen encantado.

-La serie caló hondo como un refugio queer. ¿Te sorprendió la resignificación que el público hizo de la serie o estaba previsto?

Nunca me pasó como ahora. Pero todavía sigo recibiendo devoluciones, miradas. Tengo cuatro películas, y por ahí en Historia de un clan, serie que escribí y que dirigió Luis Ortega, vi lo que se había generado a través de una ficción. Ahora nosotros no lo premeditamos. Sí puedo decir que supimos cómo tratar esa figura y qué aspectos contar. Fue una elección nuestra: desde la producción, desde mí, desde Vatenberg y Donna Tefa, los que escribimos. No es que Moria nos dijo: «esto que quede afuera, esto no me interesa, me siento expuesta en tal lugar, entonces no lo cuenten». Al contrario, me dijo: «no romanticen la historia, la más expuesta tengo que ser yo». En el sentido de «si van a hablar de alguien, mirá que yo estuve ahí». Después, el personaje se empieza a delinear en la edición, cuando decís «voy por acá y siento que esto va a generar empatía» y hacés un recorte poético de un personaje. Tampoco es toda la vida de Moria.

-Sí, pero es un aspecto importante de su vida, ¿no?

Sí. Siento que también en esa mutación de caracterización, de ir de la revista a la televisión, hay algo de su ideología que fue mutando, fue cambiando. Apoyándose en una filosofía casanesca, una manera de pensar. Estudiándola, fui advirtiendo esos cambios y en el momento de contarla sentí que era por donde pude contarla.

-¿Cómo se gestionó el rodaje de las secuencias en las que intervino Sofía Gala interpretando a su madre y qué impacto generó la presencia de Moria en el set?

El trabajo de Sofía, más allá de la fantástica interpretación de su mamá, estuvo muy conectada con la imagen de Mario Castiglione. Creo que lo trabajó (es una opinión mía más allá de haberlo hablado con Sofi) desde la memoria, desde algo que extraña, casi como si fuese un recuerdo. Y eso fue muy potente para la actuación de Sofi. Cuando están las escenas con Mario Castiglione, nos trajo a un Mario que tiene que ver con su mirada de cómo ella veía a ese padre al que extraña y al que sigue amando. Marco Caponi, que es el actor que lo interpreta, tiene una humanidad para abrazar a esa otra actriz que está en carne viva. Porque era así, Julia: Sofi iba a las escenas con el corazón en la mano. Dejó todo ahí. El ejercicio era entrar y salir, como lo sabe hacer cualquier actriz, pero algo fue quedando y de algo se iban impregnando las escenas.

Después charlábamos sobre anécdotas. Por ejemplo, me contaba que en la casa encontró un titular de una revista sobre Mario Castiglione, que decía: «¿qué le vio Moria Casán a Castiglione? Si es petiso, esto, lo otro». Algo en relación a la ideología también de su papá, a lo que sabía su papá de música (algo que Sofía añora) estaba en el aire en el momento de construir su Moria.

Moria fue poco al set, salvo cuando tuvo que filmar. Pero fue en la escena de la disco Áfrika, que es cuando recibe la trompada de Rubén (su novio, interpretado por Francisco Bertín). Ahí es donde decimos que muere Ana María Casanova y nace Moria: el último día de Ana María y el primero de Moria Casán, también basado en una frase de Moria, que es «me caigo en la cloaca, me levanto y huelo a rosas», con esta idea de sobreponerse y de volverse poderosa a partir de un hecho traumático, como que te peguen una trompada. Cosa que ocurrió, además.

-¿Fue real?

Sí, sí. El efecto de que le voló la peluca es real. Obviamente, la secuencia la elipsamos, nos vamos al teatro y a ella ya empezando a hacer sus monólogos y demás. Pero la escena fue así y en público.

Moria fue ese día al rodaje. Ni Sofía ni yo sabíamos que estaba en el set. Me enteré antes porque Sofi todavía estaba en el set, la saludo y veo la cara de Moria cuando la ve a Sofía acercarse. Le dijo: «Cuando venías caminando me quedé helada porque me vi». Algo de esa transparencia que es tan difícil de lograr para los actores y las actrices, como que se borra Sofía y estaba Moria ahí. Cuando uno juega con estos mecanismos -si querés llamarlos psicomágicos, si querés llamarlos que exceden algo del territorio del realismo- de cómo se encara una escena, pasan estas cosas, se alinean ciertas cosas.

-Adquiere una dimensión más poderosa todavía la situación que estás jugando, ¿no?

Sí, sí, sí. Me acuerdo que en Implosión había una escena que no estaba en el guion. Y los chicos dijeron: «Lo vamos a decir nosotros, vamos a contar nosotros desde nuestro punto de vista qué es lo que vivimos». Es una escena en donde uno de ellos termina diciendo: «No hay culpables, no hay…». Hay algo ahí en donde el arte, la realidad, el dolor, el trauma, la memoria y el recuerdo van girando y es inmanejable. Después sí está la edición, por supuesto, donde uno puede manipular un montón de cosas. Pero las actrices que estaban ahí, Julieta Zapiola y Nina Suárez, estaban recibiendo eso y vos decís: «¿eso es actoral o no es actoral?». En Moria todo el tiempo estaba esa energía en el aire. Sí, es la historia de Moria Casán. Pero también es la historia de una persona a la que le pasaron estas cosas y que estaba ahí dando vueltas.

-¿Cambió tu mirada sobre Moria Casán después de este año y medio de trabajo con ella?

Sí, sí. No porque yo haya tenido una mirada muy de manual sobre Moria, más que lo que todos conocemos y que puede ser un video que se viralizó, que lo podés ver y te podés reír. Pero me encontré con una Moria que fue muy copada conmigo y muy materia dispuesta al trabajo, al ida y vuelta, incansable. Para conocernos y para acercarnos, le pedí filmarla el último día de Brujas en Mar del Plata. Previo a la preproducción, previo a todo, pedimos un poco de plata y con un equipo muy reducido fuimos a hacer un experimento, que es lo que finalmente está en el último episodio. Filmé con ella desde las 8 de la mañana hasta que terminó Brujas, que hizo dos funciones. Todo un día juntos, hasta las 2 de la mañana, ¡hasta en el Trencito de la Alegría! Durante ese fin de semana vi una gran capacidad de trabajo y también de emocionarse mucho por terminar ese recorrido de 34 años con esas actrices, mujeres que también la habían acompañado (y se habían acompañado) criando a sus hijos y a sus nietos. Siento que me encontré con una Moria a punto caramelo en relación a querer abrirse, y de una generosidad, una apertura y una libertad que me generó mucha responsabilidad, pero también mucha confianza. Porque vi a una persona que se levanta para filmar sin maquillaje, que se permite desnudar, tan gánica. Todas las veces que la llamé por teléfono para conversar, para hablar, que le mandaba las escenas y ella me las mandaba corregidas por audios.

Pensá que la conocí a Moria en Semana Santa del año pasado, no hace tanto tiempo. Y fue para escribir ocho libros, para generar la preproducción de esta serie. A diez días del estreno, todavía estoy muy totalizado por Moria. Pero conocí una persona fantástica. Es una manera de estar en el mundo y tiene una energía muy poderosa que puede ayudarte mucho, según el momento de tu vida: a empoderarte, a animarte a un montón de cosas, a ser auténtico. Cosas de las que incluso el cine se cuida. Como cuando estamos creando y decimos: «no, esto es muy melodramático, me voy a cuidar con esta forma». Hay algo del «más es más» de Moria. Cuando hacemos cine pensamos que «menos es más», pero hay algo del «más es más» que (por lo menos para este proyecto) ella me enseñó y me transmitió. Y eso me lo llevo para mí. Así que sí, hay otra Moria.

-¿Hay una temporada más?

Para mí la temporada es redonda. Soy totalmente honesto: nadie me habló de una segunda temporada. No está en mis planes. Uno quiere que haya inspiración y trabajo. Todas mis películas las hice a través del INCAA. Esas películas posibilitaron que llegara a hacer una experiencia como esta. Ahí es donde en realidad uno empieza a trabajar con su identidad, encuentra su identidad como creador argentino. Tengo ganas de volver a un relato cinematográfico. A juntarme con Laura Huberman a trabajar. Y mientras tanto, todo lo que vaya surgiendo, le digo que sí.

Pero todavía no nos pudimos ni juntar a brindar, porque esto nos sorprendió a todos. Y sabemos que este es un hecho extraordinario porque hay una plataforma y una productora. Además, si se piensa en la vida de Moria, tiene para hacer cuatro o cinco temporadas. ¡Da para una enciclopedia!

Julia Montesoro

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