La directora y productora Julia Solomonoff obtuvo como productora el Leopardo de Oro en la sección Cineastas del Presente del Festival de Locarno por La ilusión de un verano sin fin, documental dirigido por Alessandra Sanguinetti que registra la vida de dos mujeres en La Pampa durante 25 años. Por otra parte tiene en desarrollo como directora su proyecto Deriva, largometraje de ficción por la que en agosto ganó el Concurso de Desarrollo de Proyecto de Largometraje de Ficción, Animación o Documental 2025 organizado por el INCAA.
–Venís de recibir el premio en Locarno como productora con La ilusión de un verano sin fin. ¿Con qué película se encontró el jurado?
Con una película muy inusual porque es un documental y es bastante inusual que un documental gane. Eso es muy agradable, porque hay ciertos festivales, como Locarno, en los que no diferencian entre documental y ficción. En el concurso Cineastas del Presente éramos dos en competencia. Es una película muy especial. Yo sabía que era una joya. Lo vengo sabiendo desde hace diez años, desde que trabajo en esta película. Lo que no sabía era que iba a generar una respuesta tan emocional en el público. La gente reía, lloraba o se emocionaba. Y muchos me dijeron que ese nivel de conmoción en el aplauso no sucede seguido en Locarno.
Acompañamos a dos primas, Guillermina y Belinda, en su crecimiento en el campo desde que tienen 9 años hasta que son madres de niñas que ya pasaron esos 9 años. Son 25 años en la vida de dos mujeres que, a primera vista, no tendrían nada excepcional. Lo que las hace excepcionales es que se entregan de una manera muy honesta, muy vulnerable y también muy lúdica a la cámara de Alessandra. Y Alessandra realmente tiene una mirada muy afectuosa, respetuosa e íntima. El espectador se siente testigo del paso del tiempo y más allá de las vidas de Guille y Belinda, nos lleva a reflexionar sobre nuestras propias infancias, adolescencias y nuestro crecimiento. Muchos nos comentaron que le encontraban parecidos con Boyhood, la película de Richard Linklater, que si bien es una ficción, también es sobre el paso del tiempo. Esta tiene la ventaja de ser un documental y además tiene una mirada femenina.
-¿Cómo estableciste los criterios de producción de una historia a lo largo de 25 años? Teniendo en cuenta que Alessandra es fotógrafa, además.
Alessandra es una gran fotógrafa. De hecho, la conocí porque sus fotografías fueron como una referencia para El último verano de la Boyita. Cuando la conocí, hablamos bastante de cómo ella había conseguido esa intimidad, ese nivel de juego y de libertad con Guillermina y Belinda. Y me contó que mientras ella hacía esas fotos, que además están en los museos más importantes del mundo (como el MoMA, el Getty o la Fundación Cartier-Bresson). Fotos tomadas con una Hasselblad, una cámara 6×6, de un formato medio muy profesional con un color excelente y un cuadro perfecto. Ella, para poder liberar a las chicas de la presión de esa cámara, les había puesto una cámara pequeña de video, como para hacerlas jugar. Cuando empezó era Hi8, después fue MiniDV y después fue evolucionando -como fue evolucionando la tecnología en los últimos 25 años-. Entonces, las chicas actuaban sus fantasías, sus programas de televisión, sus Mirtha Legrand, sus Natalia Oreiro, sus Soledad Pastorutti, a esa camarita chiquita, muy íntima. Y de ahí salía un juego. Cuando ella me contó que tenía más de diez o quince años de material, le comenté que allí había una película. La verdad es que le dije: «Si alguna vez querés que alguien la produzca, estoy segura de que me va a interesar». Ella, de una manera muy tímida y también muy protectora del material, sonrió. Con una sonrisa que yo ahora le conozco mucho porque ya llevamos 10 años trabajando juntas. Entonces me metí un poco más: «Si querés, empecemos por digitalizar el material, hacer un back-up, hacer las copias y empezar a buscar fondos. De a poquito, sin presión, como un proyecto que tampoco teníamos muy claro cómo terminaría, fuimos presentándonos a algunos fondos.
-¿Cómo se hace para presentar un proyecto que tiene diez años de registro sin saber cómo terminaría?
Algunos nos recibieron y otros menos. Y otros directamente no, porque pasa mucho en el mundo documental, y en el mundo documental en Estados Unidos también (yo estoy ahora en Nueva York, donde doy clases), es que se ve que no hay nada urgente en este documental. Ni urgente, ni impresionante ni de noticias. Es una película sobre el paso del tiempo, sobre la infancia, sobre la juventud y sobre ser mujer en un mundo más bien masculino, en donde hay mucho más lugar para los gauchos que para las mujeres del campo en cuanto a la mitología argentina. No queríamos caer en ningún momento en una narrativa típica de los países del norte, en donde había que contar una historia de explotación de las mujeres para conseguir los fondos. Queríamos hacer una película que mantuviera muy clara la dignidad del juego y la autonomía, la agencia, la capacidad de decidir de nuestros personajes.
Tuvimos suerte de que más o menos al tercer intento, cuando uno va afilando el lápiz y aprendiendo cómo hablar del proyecto, le interesó al Sundance Edit Lab, a los talleres de Sundance. Conseguimos un dinero de Sundance de desarrollo hace cuatro años. Gracias a Sundance también le interesó a MUBI como posible distribuidor. Entonces empezaron a sumarse algunos apoyos que eran cruciales. Y después entró Impact Partners, que se dedican a documentales en Estados Unidos. Lo bueno es que fueron socios muy respetuosos de todo el proceso, y también como es un documental muy chiquito en cuanto a su presupuesto para los estándares de MUBI o de Impact Partners, pudimos mantener una cierta libertad en la manera en la que lo hicimos con un equipo argentino completo. De ellos, el más importante es Andrés Tambornino, el editor que realmente nos ayudó a encontrar la forma, porque había un gran riesgo al hacer una película que cubre 25 años.
-¿Qué película tenían in mente cuando tuvieron todo el material sobre la mesa?
Alexandra quiso hacer una película que fuera muy accesible al público, no quería hacer una película solo para el circuito de arte. Ella ha estado mucho tiempo en el circuito de arte, en los museos. Ella quiere que la vea cualquier persona de todo el país, o de cualquier país. Y nos encontramos con que la película tiene muy buena respuesta en circuitos que no nos imaginábamos. Recibe invitaciones de muchos lugares inesperados. Eso nos alegra y nos sorprende. Estamos muy orgullosas de que es una película de 92 minutos que no se extiende, que no decae.
-Y al mismo tiempo estás trabajando en un proyecto propio como directora, Deriva. ¿En qué estado se encuentra?
Ahora tengo un poco más de tiempo para mis proyectos, pero estuve durante cuatro años como directora de la maestría en New York University, que es considerada la escuela número uno en Estados Unidos, y eso tomó mucha de mi energía. No me arrepiento porque he trabajado con cineastas jóvenes y muy talentosos de todo el mundo, pero eso ha hecho que mi proceso creativo haya estado un poco relegado. Estoy muy contenta de que quedo como profesora de dirección y a cargo del área de dirección, pero no ya con el nivel de exigencia en el que estaba hasta el año pasado. Gracias a eso pudimos terminar el documental de Alessandra y ahora puedo poner toda la energía en Deriva. Es un proyecto muy conectado con el río Paraná. Yo nací en Paraná y crecí en Rosario: las dos orillas de ese río. Y me di cuenta hace muy poco, escribiendo los materiales para esta película totalmente de ficción, cuánto tiene de una investigación documental que hice en el 2010 (o sea, hace 16 años), en la que tuve la enorme suerte de estar en Canal Encuentro y hacer una travesía por el río Paraná desde el Delta hasta Asunción. Fue un mes entero en un barco que se llamó “Paraná Ra’anga”, una expedición hermosa en donde fueron científicos, antropólogos, geólogos, poetas, dibujantes y fotógrafos. Era una especie de estudio sobre el estado del río Paraná, porque empezaba a vislumbrarse el efecto que iba a tener la hidrovía en la cultura, en la ecología y en la economía de la zona. Quince años más tarde es muy fuerte ver los efectos que tienen que ver desde la expansión de la frontera de la soja en todo el litoral hasta, obviamente, las crecidas. Cualquiera que sea de la zona de Rosario, sabemos lo que ha pasado con las quemas intencionales, que han sido tremendas.
-¿Cuál es la ficción que describe Deriva?
Si bien no es una película de denuncia, de alguna manera es lo que le da fuerza al recorrido de este personaje, del que alguna vez ya hemos hablado, Julia, porque vos estás siempre muy atenta (Risas). Es Rafa Ferro,que está a cargo de un camión y hace como una especie de road movie, de viaje por el litoral argentino hacia el norte, hacia Misiones. En ese viaje se encuentra con fantasmas propios, con realidades. Es un viaje que en realidad es la búsqueda de un hijo, de un niño que él perdió y que se considera que se ahogó en el río Paraná, pero la película hace un giro sobre esa idea y trabaja la idea de los remolinos como portales hacia otros mundos. Con eso conté bastante (Risas).
Lo estoy escribiendo y produciendo con Laura Huberman, con quien, la verdad, estoy muy contenta. Tenemos una manera muy cercana de pensar el cine, la producción y las relaciones entre el mundo y el arte. Aparte del premio de desarrollo del INCAA, ganamos también el premio de Ibermedia. Tenemos como socia en Brasil a Julia Murat, con quien hice Pendular, Historias que solo existen cuando son recordadas y fue parte del equipo de Nadie nos mira. Y en Colombia tenemos una gran productora que se llama Diana Bustamante, que es la productora de Apichatpong Weerasethakul, entre otros.
-¿Cómo vas a organizar tus tiempos para seguir avanzando?
Si todo sale bien, me tomo mi sabático el año que viene: me voy a vivir a Argentina desde diciembre prácticamente todo el año, para que esta película pueda ser realizada con el tiempo necesario para la investigación y el rodaje.
Julia Montesoro


