Valentina Bassi volvió al escenario para reestrenar Salvajada, que se presenta en el teatro Astros los martes a las 20 hs. y simultáneamente protagoniza el biodrama documental Presente continuo, dirigido por Ulises Rosell y protagonizado por el hijo de ambos, Lisandro.
Salvajada es una adaptación teatral de Juan Darién, cuento de Horacio Quiroga que narra la historia de un cachorro de tigre que una mujer, tras perder a su propio hijo, cría y transforma en niño mediante la intervención de una serpiente. El niño crece entre los humanos siendo bueno y noble, pero termina siendo perseguido y maltratado por su origen distinto, hasta que su naturaleza salvaje reaparece. La versión teatral fue escrita por Mauricio Kartun, por encargo de la compañía de titiriteros del Teatro San Martín, y estrenada originalmente en 2015 con dirección de Tito Loréfice. Las entradas online se venden a través de la ticketera Entrada Uno.
Presente continuo es un biodrama documental de 2025, escrito, dirigido y producido por Ulises Rosell, protagonizado por su propio hijo, Lisandro Rosell, un adolescente de 16 años dentro del espectro autista, junto a Valentina Bassi (madre de Lisandro en la vida real). Criado entre backstages de filmaciones y camarines de teatro, en el juego permanente entre lo real y lo representado, la película nace con la idea de poner al espectador en ese mismo lugar de ambigüedad sobre si Lisandro diferencia entre realidad y ficción. Ganó el premio del público en el festival de cine independiente BAFICI, además de una mención especial del jurado y está disponible en HBO Max.
-Salvajada se estrenó en el teatro Cervantes en 2023. ¿Qué te impulsó a volver sobre esta obra?
El deseo. La urgencia de seguir contando esta historia. En estos momentos tan crueles, tan perversamente crueles, sentíamos la necesidad de volver a encontrarnos para contar esta historia. Salvajada es la adaptación de Juan Darién, un cuento de Horacio Quiroga, en versión de Mauricio Kartun. Es un clásico: se escribió en 1920. Pero se resignifica mucho en estos momentos. Después del Cervantes la presentamos en el Metropolitan. Y quisimos seguir con la obra el año pasado, pero no fue posible porque no enganchamos las agendas. ¡Somos muchísimos actores! Para pasar del Cervantes y del Metropolitan al Astros había que hacer una adaptación bastante importante. Se necesitaba mucho tiempo de ensayos y congeniar agendas. Estamos muy felices de haberle encontrado la vuelta para reencontrarnos. El martes pasado fue el reestreno y el abrazo con la gente fue superemocionante. Encontramos mucha gente que la había visto y quería ver la adaptación, porque en este escenario es mucho más íntimo todo, más cercano. Entonces es diferente la recepción y fue una fiesta, la verdad que estamos muy felices. Es una obra que conmueve hasta los huesos.
-La obra habla de la diversidad y de los conflictos que se generan en una sociedad. Justamente mencionás al público, ¿qué reacciones percibís en el público?
Quedé muy conmovida por los abrazos del reestreno. Siento que no tuve el tiempo suficiente de hablar con cada uno porque en mi caso, como también se me emparenta con la lucha por los derechos de las personas con discapacidad, van muchas mamás de hijos neurodivergentes, de hijos diferentes; así como es Juan Darién, el personaje de Salvajada que hace Pablo Mariuzzi. El martes vino una familia de Pergamino especialmente para ver la obra. Me contó que tenía un hijo con autismo, que se sentía muy identificada con la obra. Me quedaron ganas de seguir hablando.
Siento que a cada espectador lo atraviesa, lo conmueve de una forma diferente. Si tenés un hijo diferente es tremenda. Es tremenda porque sentís que están contando tu historia, como yo siento que están contando mi historia. Y si no, también, porque es una obra que interpela por todos lados, por cómo somos nosotros como sociedad, hasta qué punto nosotros no somos quienes linchamos a una persona o a alguien porque nos da miedo por su diferencia. Hasta qué punto otorgamos, callamos. Hasta qué punto somos Juan Darién, somos los diferentes y sentimos que no encajamos. Y hasta qué punto somos esa sociedad que lincha o baja la cabeza y calla. Interpela mucho y además lo hace desde el humor, con canciones, con magia. Luis Rivera López, el director, armó un espectáculo lleno de objetos, con la compañía de títeres de Libertablas. Esto la convierte en una obra que además de emocionarte es muy entretenida. Una obra para ser vista a partir de los 10 años.
-La pregunta que sobrevuela la obra es: ¿sabemos realmente lo que somos? Pregunta que adquiere una dimensión muy particular, en este contexto.
Aunque está escrita hace más de un siglo, cada texto se resignifica. Son momentos muy delicados, muy crueles: con los frágiles, con los viejos, con los diferentes, con los enfermos, con los niños. A mí me encanta que el arte encuentre la metáfora. Poder contar un cuento que te haga reír y al mismo tiempo te clave un puñal. Esta no es una obra naturalista: es una fábula con personajes, no es naturalista la obra. Entonces vas entrando en el cuento, mientras te están contando una historia de fantasía y eso te hace reír. Pero te baja las defensas y cuando tenés las defensas bien bajas, te agarra desprevenido, te clava un puñal y te permite la reflexión. El arte entra por la emoción. Cuando estás emocionado estás más frágil, más perceptivo, y entonces empatizás más, abrís los ojos. O te cuestionás simplemente qué lugar estás ocupando. Muchas veces a la persona diferente se le teme por falta de información. Y el miedo está muy cerquita de la crueldad, aunque no sea más que miedo.
-En esta tercera temporada y en este contexto, ¿adquiere otro significado subirse al escenario para hacer esta obra?
Sin lugar a dudas. Por eso teníamos tantas ganas de reunirnos. Fue una epopeya lograr juntarnos para ensayar. Ensayábamos tres de cuatro, en horarios insólitos, no coincidíamos nunca. Pero sentíamos la necesidad de volver a transitar la obra. Los clásicos por algo son clásicos: no mueren nunca. Se escribió en 1920 y tiene una vigencia y una contundencia que parece haber sido escrita hoy. Horacio Quiroga es un genio. Claro, es un clásico porque es humano, porque esos personajes somos nosotros. El teatro logra eso: es un espejo. Todo aquel que ve la obra se reconoce. Se reconoce en Juan Darién y reconoce esta sociedad. Eso es lo maravilloso del teatro. Por eso nunca va a morir.
-¿Creés que el cine atraviesa la misma crisis que el teatro?
Está más complicado. Culturalmente estamos pasando un momento desastroso como hace mucho no sucedía, con un INCAA prácticamente cerrado, sin poder hacer, sin poder contar nuestras historias. Casi todos nos estamos volcando mucho al teatro por la falta de audiovisual. Es muy importante contar lo que nos está pasando, nuestras historias. Tenemos un cine y un teatro hermoso. Es una pena que se vaya desintegrando. Esta obra también es una trinchera: habernos juntado, hacer estas ocho funciones como podemos, en el tiempo que podemos, forma parte de «che, no lo vamos a dejar caer nosotros a esto». Es nuestra cultura, es nuestra identidad, son nuestras historias, puramente nuestras, y a la gente le encanta verla. Es mentira que la gente no va: a la gente le encanta verlo, así que forma parte también de una especie de resistencia.
-Y le encanta acompañar a sus actores y a sus actrices.
Sí, es así. Y le encanta saludarnos después. El ritual del teatro es maravilloso.
–Más allá del teatro, en plataformas se puede ver el biodrama documental Presente continuo, protagonizado por tu hijo Lisandro y drigido por su padre, Ulises Rosell. ¿Cómo fue la transición de sentir que filmar con tu hijo podía ser una locura a que se convirtiera en el protagonista?
Es una mezcla rara de ficción con realidad. Nosotros le decimos biodrama, término que le robamos a Vivi Tellas del teatro. En cine se dice docuficción, un nombre que me suena muy feo. Se llegó a realizar por la locura del director, que casualmente es el padre de Lisandro y que está muy acostumbrado a filmar mezclando ficción con realidad. Cuando me dijo «quiero filmar a Lisandro», yo dije «bueno, vamos». Yo solo dije «vamos», pero no sabíamos muy bien qué iba a quedar y si iba a ser algo para nosotros. Porque fue hecha con escarbadientes y palitos: Ulises hizo la cámara, la luz, el vestuario, el guion, la producción. El equipo técnico era él. Y los actores éramos un amigo suyo, Jeff Zorrilla -un actor de Estados Unidos que hace un personaje divino-, la abuela -que era la mamá de Ulises-, yo y Lisandro. Y después, la gente que se va cruzando. Y superó todo lo que pensábamos. Contar la vida… para mí fue hermoso. Me gusta mucho mi trabajo y me lo tomo con mucha libertad. Y cuando estás haciendo una película donde no tenés que responderle absolutamente a nadie, porque es completamente tuya -no tenés que responderle ni al INCAA porque la hicimos con nuestra plata-, contamos lo que quisimos, como queríamos, como podíamos, siguiéndolo a Lisandro. Fue un espacio de mucha libertad (como me tomo siempre la ficción), nunca queriendo ser políticamente correcta: nunca pensé en ser la gran madraza sino en «vamos a por lo que vaya saliendo». El miedo apareció recién cuando se estrenó, porque nunca tomé dimensión de lo que hacía y de la recepción que tendría en mucha gente.
-¿Encontrás puntos en común entre Salvajada y Presente continuo?
Son lo mismo. Porque se trata de encontrar la metáfora desde el arte para contar lo que a uno le está pasando. Hasta en los abrazos se parece, porque se estrenó en el Malba y en el Cacodelphia y fuimos a todas las funciones los tres. Y la película se completaba cuando nosotros salíamos. Lisandro salía con los saltitos de siempre y encontraba gente que sentía que lo conocía. Y cada tanto agarraba el micrófono y se hacía cargo del debate. Pasaban cosas muy bizarras porque Lisandro es un surrealista; hace lo que quiere, lo que se le canta. A veces agarraba a alguien del público, lo llevaba al frente y yo decía: «Bueno, lo siento mucho, quiere que hables». Era muy divertido y a la vez muy conmovedor encontrarnos con historias parecidas. En esos momentos siempre siento que me falta el tiempo, porque me dan ganas de seguir hablando, pero los debates son de 20 minutos nomás. Muchas historias se revelaban parecidas a la de Lisandro -aunque diferentes- y me daban ganas de seguir compartiendo esos encuentros.
-Al principio pensaste que era solo para ustedes, como registro familiar. Luego tuviste miedo a la recepción del público. Pero Presente continuo creció. ¿Lo imaginabas?
Nunca pensábamos en esta recepción. Fuimos paso a paso. Primero ganó el premio del público del BAFICI y dijimos «ah, logramos esto, capaz que se estrena en alguna sala». Cuando tenés un premio de un festival tan importante, es probable que las salas se interesen. Y después cuando se interesó HBO por tenerla en su plataforma fue «ah, entonces sí, a la gente le importa, a la gente le interesa». Es verdad que le interesa y que le gusta escuchar historias nuestras. Eso fue muy revelador, porque es una peli de muy bajo presupuesto y está en una plataforma súper grosa. La conclusión es la misma: a la gente le gusta escuchar y ver nuestras historias.
Julia Montesoro


