Lucía Puenzo -junto con su hermano Nicolás- rodó en México la serie Futuro desierto, drama que ocurre en un mañana cercano y que explora los vínculos entre humanos y androides, poniendo el foco en las emociones, el duelo y las decisiones éticas que surgen cuando la tecnología se cruza con la vida personal.
Futuro desierto, que consta de seis episodios, se estrena mundialmente el viernes 22 a través de Netflix.
-Hace cuatro años empezaste a interesarte por la inteligencia artificial y por los debates en torno a ella y te lo planteaste en términos de una producción audiovisual. El resultado es Futuro desierto. ¿Es cierto que en principio casi no pudo ser porque había productoras que no veían con buenos ojos o no estaban interesadas en estos debates y en algo que estuviera basado en la inteligencia artificial?
Es cierto. Más que en estos debates, es difícil hacer ciencia ficción en Latinoamérica: no es sencillo encontrar apoyo. Y a nosotros, los que estamos detrás de Futuro desierto -Leonel D’Agostino y César Sodero, que me acercaron estos primeros cuentos y Nico Puenzo-, nos gusta mucho la ciencia ficción. En realidad nos gusta más decir que esta serie es futurismo realista y no ciencia ficción, porque cuatro años después casi estamos viviendo lo que cuenta. Pero sí es real que hace cuatro años, cuando empezamos, la escribimos para filmarla en la Patagonia argentina; no en México, en Chiapas, en el sur de México. Estuvimos dos años peleándola para filmarla acá. Cuando recibimos la propuesta de hacerla en México llegamos al punto de pensar qué hacíamos. Y decidimos aceptar y reescribirla, porque habíamos agotado las instancias de hacer ciencia ficción en Argentina y la pudimos filmar en Chiapas. Primero entró Gaumont, después un estudio y otros, hasta que finalmente la compró Netflix y se estrena en esa plataforma. Pero fue un largo camino.
-¿Qué fuentes utilizaron, en qué se inspiraron?
Cuando empezamos a escribirla hace cuatro años, lo primero que hicimos fue conectarnos con un equipo de asesores del MIT Media Lab -ingenieros, técnicos, psicólogos-, que estaban estudiando qué iba a pasar a futuro en cinco años en el futuro (o sea, nuestro presente, porque tardamos cuatro años en hacerla). Y lo que estaban estudiando, hace cuatro años, era justamente lo que pasó, porque en ese momento Alexa, Gemini o DeepSeek no eran parte de nuestra vida. ChatGPT no existía como hoy. Pero esos técnicos, ingenieros y psicólogos ya estaban observando a las high-tech de Silicon Valley y viendo cómo casi sin ningún tipo de regulación, con costos ilimitados, porque sabemos que esas high-tech son de magnates millonarios —uno lo tenemos instalado viviendo hoy acá, Peter Thiel, la cabeza de Palantir—, estaban estudiando en realidad lo que ellos llaman experimento fuera del radar, que es sin nadie mirando donde pueden hacer cualquier cosa, experimentos entre humanos y máquinas. Es decir, qué iba a pasar cuando ya la inteligencia artificial no fuera solo una voz en un teléfono, en una computadora, sino que viniera en un envase humano, en un envase antropomórfico. Ginoide y androides antropomórficos que no solo nos igualaban o superaban en inteligencia, sino que aprendían, no a sentir (eso sería un montón), pero sí a emular, a copiar emociones humanas. Y qué empezaba a pasar ahí. Esa es la serie que vamos a estrenar.
-¿La serie está centrada en una familia?
La serie está centrada en un psicólogo que trabaja para una de estas gigantes de Silicon Valley, que empiezan a hacer experimentos en lugares remotos. Uno de esos lugares es el sur de México. Lo mandan a vivir ahí con sus dos hijos. La madre de esos chicos era una ingeniera que era parte de estas empresas de Silicon Valley y que había cargado información en una ginoides, es decir, en una inteligencia artificial en envase humano, de ella: su voz, sus recuerdos y demás, para que críe a sus hijos de chiquitos. Ellos conviven con un androide y van al sur de México a hacer experimentos en diferentes grupos familiares y demás.
-Decías que es difícil hacer ciencia ficción latinoamericana. Al mismo tiempo, ¿cómo escapar del modelo hegemónico del género?
Hasta ahora la gran mayoría de series, películas o libros que abordan el tema de la inteligencia artificial en envases humanos hace el subgénero humanos versus androides. Pone al humano de un lado y a la máquina del otro, como Terminator. A nosotros no nos interesaba eso, nada más lejos de eso. No iba por ahí la serie. Justamente era todo lo contrario: era no poner al androide del otro lado y mirar más bien qué nos pasa a los humanos con ese otro, porque en ese otro están todas las minorías del mundo en realidad. También, qué pasa con ese entramado que es político y de marco regulatorio sobre lo que están haciendo los gigantes de Silicon Valley con nuestra información. Esto es, ante todo, una guerra de información, una guerra no regulada en la cual el saqueo es total y esas batallas se están dando en un mundo todavía intangible porque es el mundo de Internet, pero ya muy real. Entonces ese era el espacio que tomamos y la serie también va politizando qué está pasando hoy con la inteligencia artificial, desde el punto de vista de que aparecen activistas del open source, todo tipo de cosas. No voy a spoilear, pero por ahí va la mano. Qué pasa con la inteligencia artificial en ese espacio.
-¿Cuál sería el rasgo distintivo que la hace latinoamericana?
Por un lado nos gustaba mucho esto de que, por más que fuera de androides y ginoides y maquinarias, ocurre en el medio de la selva y en pueblos chicos del sur de México. Entonces, todo lo que aparece son historias humanas. Pero más allá de que la temática es androides y ginoides, la serie es absolutamente moderna, actual, política de lo que pasa en nuestra mitad del mundo, y nos gustaba eso. Queríamos hacer una serie que entendiera la ciencia ficción como algo íntimamente ligado con nuestra vida cotidiana, con la crianza de nuestros hijos, con el cupo humano, con lo que pasa en la habitación cuando cerramos la puerta. Acá va a haber vínculos muy íntimos a todo nivel.
–Vos ya te habías planteado estos universos distópicos y cuestiones de género en anteriores producciones tuyas, ¿Qué te lleva a ver lo que no ven otros?
Es interesante lo que decís, porque en XXY se planteaba qué es normal y qué no es en lo binario. Y en Wakolda estaba Mengele diseccionando cuerpos y la genética. Así podríamos ir con otras cosas que hice. Acá, con respecto al cuerpo del androide, estuvimos meses estudiando qué están haciendo con las pieles para que parezcan pieles humanas, qué pasa en el interior del androide. Acá el cuerpo de esa inteligencia artificial, que ahora viene en envase humano, también empieza a ser un cuerpo politizado, que trae un montón de información. Lo complejo acá es que estos cuerpos, con los que uno empieza a tener vínculos cada vez más íntimos —en la serie verán a alguien que está enamorado de una ginoides, alguien que convive con una hija que murió y ahora viene en un envase ginoide —, estos cuerpos que parecen humanos, que nos provocan sentimientos humanos y que parecen copiar emociones humanas, están comandados por una multinacional de Silicon Valley que está juntando información. Entonces, la complejidad ahí es que también es un cuerpo político. Y eso es muy potente y habla de nuestro presente.
Hoy las guerras, las revoluciones, los saqueos también van a venir desde ese lado. Entonces, hay que estar astutamente mirando por dónde viene ahora. Y en ese sentido, creo que en relación a lo que hablábamos, es importante defender todos los géneros desde Latinoamérica. ¿Por qué no vamos a poder meternos también a contar historias de ciencia ficción? Aunque otros salgan a criticar, «para qué, si los norteamericanos lo hacen mejor y con más recursos» ¿Por qué vamos a entregar ciertos géneros y no poder meternos y contarlos nosotros también a nuestra manera? Entonces, creo que defender qué géneros podemos contar o no, es un acto político. A mí me costó mucho en su momento hacer XXY y me preguntaban por qué me iba a meter con una historia de intersexualidad. Siempre hay situaciones en las que va a haber del otro lado miedo de invertir en algo así, y hay que salir y pelearle y poder contar estas historias.
-¿Cuánta independencia se pone en juego cuando trabajás con una plataforma?
Nosotros en este caso trabajamos con mucha libertad. Los primeros en comprarnos este proyecto fue el estudio Gaumont, que compró el desarrollo. Casi hasta que entramos en producción no entró la plataforma. Trabajamos como lo hago con los productores de mis películas. Por supuesto que hay un ida y vuelta al que vamos los creadores para conversar con los productores, pero siempre muy respetuoso y entendiendo que hay alguien que está comandando, que son los autores, guionistas, directores. Yo no estuve nunca en una serie ni en una película de estudio en la cual no pudiera tomar decisiones del elenco o del equipo. Hay diálogo, por supuesto que sí, pero al menos yo nunca estuve en proyectos en los que me hicieran una bajada de línea donde no pudiera contar con libertad la historia que quería contar.
-No es tu primera experiencia en México. ¿Cómo es tu rutina de trabajo allí?
Tenemos un equipo constituido que ya es como nuestro equipo de acá. Muy constituido: es un equipo de muchas series y películas que hemos hecho juntos. Los conocemos mucho y eso con el tiempo permite que trabajemos con más libertad porque saben y confían en lo que hacemos.
-En el año 2000 egresaste de la ENERC especializándote en el área de guion. ¿Cómo ves ahora el escenario de la ENERC, del audiovisual y de la cultura un cuarto de siglo después?
El panorama es más que preocupante y no solo nos atañe a nosotros sino al país entero. Lo venimos diciendo de todas las formas posibles. Hoy es mucho más lo que se está filmando en las plataformas de películas y series de lo que se está haciendo con cine subsidiado, que lo necesitamos para las óperas primas, los proyectos experimentales, las voces nuevas, las películas que no llevan millones de espectadores al cine pero son supervaliosas. Y lo vemos en cómo van menguando en los festivales del cine argentino y desde todo lugar.
Desde ya lo veo con mucha preocupación, la misma con la que miramos lo que está pasando en todas las áreas del país, como vimos lo que pasó en las calles y en la marcha por la educación y la salud pública. Pero no hay que parar de salir a la calle, aunque estemos muy cansados de pelear por eso, y esperar que se termine este ciclo y empiece un ciclo para rearmar.
-¿Te planteás la posibilidad de irte a vivir en el exterior para seguir tu carrera?
Nunca, jamás. Mi hija va a una escuela pública a la vuelta de mi casa. Me gusta que se eduque ahí, la defendemos mucho y mi prioridad es que ella haga la primaria en esa escuela más que filmar más. Quiero decir, yo filmaría un poco menos estos años de primaria para que ella pueda conservar su vacante en su escuela pública. Y me gusta mucho vivir en Buenos Aires. Vivo muchos meses afuera cuando me voy a filmar y extraño muchísimo vivir la vida en Buenos Aires: los amigos, la familia, la red. Por eso quiero defender vivir y filmar acá cada uno de mis proyectos. Por suerte ahora tengo proyectos para hacer acá este año y el próximo. Tengo la sensación de que hay algo que está activándose. No con la ayuda del INCAA, obviamente, porque eso está desguazadísimo: ya sabemos todo lo que está pasando ahí y por eso somos pocos los que estamos pudiendo salir a filmar series o películas. Los que estamos filmando tenemos que seguir defendiendo que no seamos pocos, que podamos volver a hacer más. Pero nunca me planteé vivir fuera de Buenos Aires ni me lo plantearía: me gusta estar acá.
-¿Y esos proyectos tienen que ver con series o con películas?
Es una película. Estoy en la etapa de preproducción. En agosto filmamos en Montevideo y en el campo uruguayo y después vamos a Boston, Estados Unidos. Es una película en inglés con actores que vienen desde Estados Unidos, de México. Hay una mezcla de elenco y de equipo. Y cabezas de equipo que viajan conmigo desde Uruguay. Casi todo mi equipo con el que hicimos Pepita la pistolera (que estrenamos el 7 de septiembre), se cruza a Montevideo a filmar conmigo con Cimarrón. Después, muchos viajamos a Boston a seguir filmando y terminando la película allá. Son técnicos argentinos dando vueltas, viajando a otros países. Hasta que podamos volver a filmar acá, que es lo que querríamos.
Julia Montesoro


