María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, Yiya, fue una de las mayores mujeres asesinas de la historia del país. Aunque su nombre tuvo resonancias tenebrosas en la Argentina de los tardíos años 70, su figura tomó otras derivas y se transformó en un ícono bizarro.
Con esos elementos, Alejandro Hartmann creó el documental Yiya Murano, muerte a la hora del té, con producción de Vanessa Ragone (Haddock Films), que tuvo un lanzamiento en formato cine en el Bafici y que desde ese momento está disponible en streaming.
-¿Por qué Yiya Murano?
Surgió buscando nuevos proyectos con Vanessa Ragone. Fue la productora de Carmel: ¿Quién mató a María Marta? y de El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas y de alguna cosa más chiquita que hicimos juntos. Y aunque en el medio estuve con otras propuestas, siempre buscamos otro proyecto porque trabajamos muy bien juntos, nos llevamos muy bien desde lo creativo y lo productivo.
Vanessa venía investigando una temática bastante particular, una estafa que hubo hace pocos años que se llamaba «El telar de la abundancia». Una especie de estafa piramidal donde algunas mujeres invitaban a sus amigas a meterse con una idea de empoderarse y ganar dinero y mejorar en distintos aspectos. Un poco inspirada en eso se acordó de Yiya como una estafadora que había engañado a sus amigas. Nos dimos cuenta de que en realidad no se sabía mucho de Yiya, que aunque es un personaje muy popular, en realidad se sabía menos de lo que uno piensa. Y entramos a ella desde este lugar de estafadora, más que el de asesina. Nos pareció muy interesante ese abordaje, en particular por cierta relación que le encontramos con el presente, por la idea de las estafas y cierta cosa que está muy en boga hoy.
-Por el contrario, ¿qué aspectos decidieron no visibilizar en el documental o no profundizar?
Aunque no fue una decisión, me hubiese gustado poder entrar más en la historia y el pasado de Yiya. Pero fue muy difícil de indagar. La única versión que teníamos era la de Martín, que es el hijo. Y él tiene una posición muy tomada respecto de su madre. Es una historia que él conoce un poco de oídas porque era muy chico: el pasado de Yiya, su familia, su origen. No pudimos entrar con la profundidad que nos hubiese gustado para poder hacer un trabajo más serio y llegar a una hipótesis. Porque también en el caso de un criminal hablar de su infancia, de su pasado y de cómo era su casa puede ser muy importante. Pero para eso hay que ser serio, porque es fácil hacer ilaciones o unir cosas como si fuesen la consecuencia directa. Ningún miembro de la familia de Yiya quiso hablar. Hubo una puerta muy cerrada ahí. Entonces decidimos no meternos con ese aspecto, aunque me hubiese interesado mucho.
-¿Quién era y qué significaba Yiya para vos antes de decidirte a encarar este documental?
Era una señora que había visto alguna vez en lo de Mirtha Legrand. Yo era espectador de Mirtha Legrand, especialmente en esa época, los 90. La vi varias veces y además había oído hablar de «la envenenadora de Monserrat». Pero no sabía nada de lo de las estafas. Por eso me interesó cuando me lo acercó Vanessa. Me pareció muy interesante explorar ese costado, sobre todo porque hasta ese momento no era más que una viejita que iba a lo de Mirtha Legrand y que era conocida como la envenenadora de Monserrat. Ahí me metí dentro de la historia: leí el libro de Martín (NR.: Mi madre, Yiya Murano, de Martín Murano), tuve la oportunidad de acercarme al expediente judicial -que es alucinante- y empecé a descubrir un personaje súper complejo e interesante.
-Esos años de la timba financiera quizás sea un buen punto de contacto con este momento de estafas piramidales y virtuales.
Absolutamente. Eso es lo que nos interesó. Cuando Vanessa se puso a investigar el caso del «Telar de la abundancia», en paralelo -o un poco antes- apareció la estafa de Generación Zoe. Se empezó a poner en boga esta idea de la criptomoneda, de la billetera cripto y de los jóvenes metiéndose en eso. Hay algo en relación a las inversiones y a la educación financiera que está muy en boga actualmente. Y no es casualidad que política y económicamente estemos donde estamos en la Argentina. Hay una idea muy extendida en la Argentina de que siempre te estás quedando afuera de algo. De que hay otros que están haciendo unos negocios que vos no, de que estás haciendo algo mal. Eso fue exactamente lo que pasaba en la época de la «plata dulce», y es con lo cual operaba Yiya en relación a sus amigas y que después devino en estos crímenes. Obviamente de ninguna manera quiero decir que de las estafas se llega a matar gente, son dos cosas completamente distintas; es el extremo de eso. Pero nos pareció que había unos procesos similares, interesantes. Y que era una manera de que el público hablara de algo que también pasa actualmente.
-Desde 2020 venís haciendo un true crime cada dos años. Ahí se encuadran estos documentales: primero fue Carmel: ¿Quién mató a María Marta?, luego El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas, más tarde Nahir: El secreto de un crimen y ahora Yiya. ¿Qué te atrae del género?
Faltó uno: en el medio también hice Los hermanos Menéndez. Descubrí algo mientras trabajábamos en Carmel, que tiene que ver con esto que hablaba antes, acerca de que hay que encontrar una manera interesante y atractiva para hablar de otras cosas que van más allá del drama humano. Cuando hay un crimen, en general, hay un momento límite: algo explotó, pasó algo muy violento y muy complicado. Allí se entrecruzan muchas líneas, que van desde las cuestiones más íntimas y familiares a las sociales o económicas, además de que intervienen la justicia y los medios. Entonces me resulta un terreno fértil e interesante explorar los distintos aspectos. Me intriga entender por qué alguien mata a otra persona, para mí es algo inimaginable. Haber entrevistado a muchas personas me ayuda a para entender qué pasa en ese momento límite. Y en ese cruce de cosas, no lo veo tan distinto a otras películas mías, como AU3 (Autopista Central), que no es sobre un crimen sino sobre una situación social y política en la Ciudad. Siento como una continuidad: a pesar de que estos sean crímenes, mi interés pasa por otro lado.
-¿Qué te interpela o qué te interesa más cuando estás frente a sucesos o personajes que son de una fuerte raigambre en la sociedad en la Argentina? ¿De qué te cuidás particularmente en el relato?
Es buenísima la pregunta y es sin duda lo más complicado: cómo encararlos, cómo acercarte. Nos pasó desde Carmel, donde había una posición muy tomada por parte de la sociedad y de los medios, una idea muy fuerte de la culpabilidad de Carlos Carrascosa. Con Yiya obviamente lo que está instalado es que se trata de un personaje que ella misma ayudó mucho a construir y que de alguna manera la exculpa, al convertirse en esta especie de viejita un poco simpática y provocadora, que juega con la idea de que es una asesina, pero a la vez lo niega. Yo tengo mis ideas y mi ideología, pero trato de alejarme de allí, de salir de esos lugares e intentar no tomar demasiado partido, por lo menos en un principio del proceso de trabajo. Trato un poco de odiarlos y quererlos en partes iguales, lo cual a veces es muy difícil. Y además depende del caso. En el caso concreto de Yiya, el proceso consistió en luchar contra ella, porque éramos súper concientes de que no podíamos escaparle a lo que Yiya propone y que está instalado en el imaginario. Es un personaje mítico de la Argentina; tristemente, pero lo es. Teníamos que tomar ese guante: no podíamos hacer como si eso no existiera. Como ella es una criminal, tiene toda una historia que construyó y la gente la ve de esa manera. Tratamos de tomar eso y en algún momento poder romperlo. Y la mejor manera de romperlo tenía que ver con traer a las víctimas, que era lo que no estaba en el discurso. En el discurso de Yiya, las víctimas parecían no existir. Yiya se había encargado de que las víctimas no existan en el sentido más literal, pero también en el más simbólico.
-Ahora que Netflix no nos escucha, ¿hay un próximo true crime en puerta?
Hay algo que está dando vuelta, pero siempre escucha, parece (Risas). Hay algo que (una vez más) tiene que ver con otras cuestiones que exceden al mero crimen. No quiero poner en primer plano solamente el morbo, que obviamente existe y sé que al público le interesa, pero intento encontrarle un nuevo sentido al contar estas historias. Es lo que más me interesa. Estoy con un proyecto concreto que me propusieron, todavía en la etapa de encontrarle de qué habla. A diferencia del caso de Yiya, donde es muy evidente.
-¿De qué nos habla Yiya?
Habla de por qué nos apasionan los monstruos, por qué podemos convertir a un monstruo criminal que mató a sus amigas por dinero en una estrella de televisión. Pero no en todas las historias uno lo tiene tan claro.
Julia Montesoro


