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Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Marcelo Piñeyro despide a su amigo Luis Puenzo: «Fue un batallador que no entendía el concepto de darse por vencido»

Director, productor, guionista, Luis Puenzo falleció el martes 21 a los 80 años. La película que más lo refleja y que pervivirá en la memoria es La historia oficial: estrenada en 1985, debió atravesar presiones y amenazas durante el rodaje y tuvo su gran reivindicación y resignificación cuando ganó el primer Oscar al Mejor Film Extranjero para el cine argentino.

La historia oficial tuvo como director de producción a Marcelo Piñeyro, en una etapa previa a su trayectoria como director. Ambos, Puenzo y Piñeyro, eran socios desde 1980 en una productora que se dedicaba esencialmente a la publicidad. Allí cultivaron una amistad que se mantuvo a lo largo de más de cuatro décadas.

-¿Quién era Luis Puenzo y qué representaba?

Luis no solo es uno de los grandes directores del cine argentino: es también una figura que no tiene reemplazo. La historia oficial sigue siendo una de las grandes películas del cine argentino, más allá de sus premios. Hace muy poquitos días, a propósito del 24 de marzo, en la ENERC hicieron una proyección ante chicos de 20 años. Muchos de ellos no la habían visto nunca. Uno notaba cómo la película sigue interpelando del mismo modo que lo hizo en la oportunidad de su estreno. En ese momento no podía evitar pensar -y coincide también con la muerte de Luis Brandoni, que también fue protagonista de grandes películas argentinas- que sin películas como La tregua, La Patagonia rebelde, Juan Moreira, Sur o El exilio de Gardel no seríamos la misma sociedad. Y estos directores, como Luis Puenzo, eran tipos que uno podría definir como intelectuales. En el sentido de que no eran solo directores de cine, hacedores de películas, sino que tenían un alto compromiso con su época, con el tiempo que les tocó vivir.

Después de ganar el Oscar, de ser un exitosísimo director publicitario, Luis podía dedicarse a su carrera y a nada más. Sin embargo, en 1993 y 1994 puso toda su energía para sacar una ley del cine que pusiera a la Argentina a la vanguardia en lo que era legislación cinematográfica. Y claramente no lo hacía pensando en él sino en el cine argentino, en la Argentina, en la sociedad y en los futuros cineastas.

-La Ley de Cine marcó un antes y un después en la producción y en la promoción de nuevos realizadores.

Cambió por completo el panorama de cómo hacer cine en Argentina. Años después, Puenzo fue elegido como presidente del INCAA. Y él tenía su diagnóstico sobre lo que había logrado el cine argentino a partir de la ley, pero entendía que también había caído en problemas. Y sabía cómo resolverlos. Lamentablemente, a los pocos días de asumir vino la pandemia y paralizó toda la actividad. Esto puso a la gente de cine en una situación de mucha desesperación. La gente de cine vive de su trabajo, y de pronto se cortó toda posibilidad de hacer. Hubo una situación muy tensa entre el cine y el Instituto, al que le pedían cosas que no tenía manera de resolver. Lamentablemente, Luis no pudo hacer lo que hubiera querido. Si hubiera podido, hoy en el cine no estaríamos con los problemas que estamos. Hubiera dejado un Instituto y un cine más sólido en su relación con el Instituto, que no hubiera sido tan fácil de romper y de paralizar como lo es ahora.

-¿Cómo evaluás su obra en términos de compromiso?

Era un tipo profundamente comprometido con su tiempo. No solo por La historia oficial: también hizo Gringo viejo, una película que reflexionaba sobre los procesos de liberación en Latinoamérica y particularmente en México. O La peste, una reflexión honda sobre los totalitarismos. Es un director con una enorme ambición, pero con una profunda sintonía con su tiempo y muy preocupado por establecer un diálogo con la sociedad para reflexionar sobre lo que nos pasa.

La historia oficial en cierto sentido fue muy de avanzada… En el momento que la película se estrena, la mayor parte de la gente no creía que era cierto el tema de los chicos apropiados por la dictadura. Él lo puso en el tapete. Las mismas Abuelas de Plaza de Mayo reconocen que la película fue clave para que pudiera aumentar la gente que se acercaba a ellas queriendo saber cuál era su verdadero origen. Lo puso en el tapete y en la discusión, a su vez con una obra de un enorme contenido artístico, que hace que 40 años después siga estando absolutamente vigente.

-Vos participaste en la producción de la película, que atravesó presiones y amenazas durante el rodaje.

Eran momentos difíciles: dictadura, amenazas, etcétera. Pero a esta altura son anécdotas. Lo importante es que no pudieron parar que se haga la obra. Y la obra conectó fuertemente con la sociedad argentina. Y generó polémicas, porque fue una película muy discutida.

Es hermoso cuando una película genera polémica porque importa, tanto para estar a favor como en contra. Pero yo lo que siento esta semana, lamentablemente con la muerte de Luis, a quien yo conocía y quería mucho, y fue muy importante en mi vida… es que es mucho más que eso. Lo mismo pienso de Brandoni, a quien no conocía personalmente pero admiraba mucho como actor. Eran tipos preocupados por su época, queriendo dar testimonio de su época. Después, si uno está de acuerdo más o menos con su mirada, es otro tema que no importa.

Lo importante es su actitud como artistas. No eran tipos que tenían una relación frívola o superficial con su hacer. Por el contrario, estaban fuertemente comprometidos. Y esa generación que fue muy fuertemente así, uno siente que tiene muy pocos reemplazos.

-Luis Puenzo y Luis Brandoni eran fuertemente demócratas.

Claro, fuertemente demócratas y con un gran respeto con las ideas del otro. No compartir las ideas del otro no quiere decir no respetarlas. Creo que es maravilloso tener ideas diferentes y poder polemizar sobre esas ideas, inclusive desde las obras. Que las obras polemicen entre ellas. Eso es una sociedad democrática. Eso es la libertad de verdad. Poder disentir, poder intercambiar ideas. Uno siempre aprende del otro inevitablemente. Si uno escucha y no lo niega, siempre aprende del otro.

-¿Qué aprendiste de Luis que después aplicaste en tu carrera como cineasta?

Todo. Yo ya había estudiado cine y quería ser director de cine. Cuando llegué a vivir a Buenos Aires estaba medio perdido y tuve la suerte de empezar como ayudante de producción en la productora de publicidad de Puenzo. Empecé a trabajar en agosto o septiembre del 78: dos años después había liquidado esa productora, armó otra y nos asociamos. Siempre el deseo fue hacer películas. La publicidad nos divertía, nos gustaba, nos permitía probar cosas. Pero básicamente el deseo de todo el equipo de la productora, obviamente liderado por Puenzo, era hacer películas. Puenzo era un líder. Todo ese equipo de chicos muy jóvenes, que en ese momento tendríamos 24 ó 25 años, queríamos hacer largometrajes. Y yo con Puenzo aprendí todo. Si bien había estudiado cine y veía cine como un enfermo, en realidad aprendí todo de él: cómo encarar la profesión, cómo entenderse como cineasta y como realizador.

La vida nos puso a cada cual en su camino, pero siempre mantuvimos el vínculo. Hemos discutido y polemizado muchísimo, nos hemos criticado el uno al otro muchísimo también, pero siempre encontré en Luis una reflexión nueva, una manera diferente de mirar para cualquier cosa que estuviéramos hablando. Y un tipo que no se vencía nunca, jamás se daba por vencido. Tenía un espíritu muy batallador. Hablaba con uno de sus hijos y decíamos que si se hiciera una película sobre la vida de Luis, debería llamarse “Una batalla tras otra”. Era un tipo batallador que iba siempre al frente, que no entendía el concepto de darse por vencido y que tenía una energía inagotable.

-En la última entrevista que hizo, donde él decide hablar conmigo en este espacio después de mucho tiempo de no conceder entrevistas, dijo que tenía dos películas más para filmar, sin desconocer la gravedad de su cuadro de salud. Tiene mucho que ver con este concepto tuyo de dar batalla hasta el último minuto.

Era un batallador. Y tenía de verdad el proyecto de una peli. Quería hacerla. Lo único que le podría criticar hoy a Luis es que no hizo muchas más películas. Me hubiera encantado que hubiera muchísimas más películas de Puenzo. Dos, tres, cinco, diez. Pero él priorizó la Ley del Cine, priorizó cosas que justamente hablan también de su generosidad. O sea, generosidad es una palabra que por ahí no es la que aplica, pero sí la responsabilidad que él sentía hacia el cine argentino. Él sentía que el cine argentino con La historia oficial le había dado todo. Y que necesitaba devolverlo. Nunca pensó en «todo para mí y lo demás que reviente». Y eso también te habla de la altura moral del tipo. Luis fue un personaje enorme. Enorme.

Julia Montesoro

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