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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Poli Martínez Kaplun, ganadora del Premio del Público en Miami: «Tener conciencia del diferente nos hace más humanos»

La casa de Wannsee, segunda película de Poli Martinez Kaplun, recibió recientemente el Audience Award to the Best documentary film (premio de la audiencia como Mejor Documental) en el Miami Jewish Film Festival (MJFF). Se trata de uno de los tres festivales más importantes de cine judío del mundo, en el que el reconocimiento del público tiene una especial significación.

La decisión del hijo de Martínez Kaplun de hacer su Bar Mitzvah es el punto de partida del proyecto. La directora nunca tuvo que ver con la religión judía. Su familia nunca se definió como judía y no hay rastros de judaísmo en su educación. Sin embargo, la situación la hace preguntarse sobre sus orígenes. Entonces se adentra así en la historia familiar y descubre que la identidad judía atravesó profundamente sus vidas. Revisa los álbumes de fotos y las películas de 8mm donde aparecen las imágenes de principios del siglo XX de su bisabuelo Otto, un filósofo alemán judío laico, perseguido por el nazismo.
Ochenta años más tarde, después de varias migraciones y exilios de la familia a Egipto, Argentina, Venezuela y Suiza, Poli decide volver a Alemania para conocer la casa de su abuela en la calle Wannsee, a pocos metros donde se decretó la Solución Final para todos los judíos de Europa.

Poli Martínez Kaplun dialogó con GPS audiovisual con relación a la resignificación de La casa de Wannsee a partir del premio obtenido en Estados Unidos.

-¿Qué buscabas en la película? ¿Es una película sobre la memoria? ¿Sobre la identidad? ¿Sobre las raíces judías? ¿Sobre el armado y la supervivencia de la estructura familiar a partir de secretos y ocultamientos?

Me parece que toca todos esos temas. No es que me lo haya propuesto desde el inicio: no dije “voy a hacer una película sobre las raíces judías” o “sobre la identidad o “sobre los secretos”. Sabía que quería hacer una historia de mi familia, porque me daba cuenta de lo poco que sabía de ella y la cantidad de aristas que tenía su derrotero por el mundo en tan solo una generación. Mis abuelos emigraron cinco veces y tengo mi familia diseminada en muchos países. Mi madre nació en Alejandría y mi abuela vivió en Berlín hasta que llegó Hitler. Tenía una casa a la que no pudo volver por 50 años porque luego quedó del lado de Alemania comunista, y esa misma casa se custodiaba el Muro porque pasaba a pocos metros… Había muchos temas que me parecían increíbles y que conocía por encima, pero no llegaba a unir.

Hasta que un día mi hijo me dijo que quería hacer su Bar Mitzvah. Y ahí volví al tema de mi familia: ¿somos o no judíos? ¿Qué es ser judío? Fui a buscar esas preguntas naturalmente en forma de un documental (filmo y trabajo en el audiovisual desde hace muchos años). Empecé a filmar y a preguntar. Incluso viajé a Berlín para filmar la casa que mi madre y mis tías habían logrado que se les restituyera. Filmando y filmando fui aprendiendo.

Luego hice con unos amigos el documental Lea y Mira, sobre dos mujeres de 90 años que habían sobrevivido a Auschwitz. En ese momento no sabía que mi familia era también sobreviviente del genocidio judío. Cuando lo supe entendí por qué empecé con ese documental.

Empecé a trabajar con el guionista Esteban Student. El me dijo que lo que yo tenía para contar era una historia sobre qué es ser judío, sobre cómo los traumas se digieren de generación en generación, sobre cómo se hace para llevar adelante el trauma y las distintas visiones tan disímiles en una misma familia….Esos temas son los distintos puntos de inflexión que tiene la película, las distintas capas que va desentrañando la historia.

-¿Cómo y cuándo apareció vívidamente la necesidad de hacer la película?

Después de terminar Lea y Mira quise  meterme de lleno con la historia de mi familia. Había pasado tres años trabajando con estas dos mujeres, conociendo sobre su vida, su historia, la Segunda Guerra y el genocidio. Quería saber qué había pasado en ese tiempo con mi familia, mis abuelos maternos, que habían vivido en Europa durante la guerra y que se habían mantenido en vida. Sabía que eran judíos, pero en mi familia no había tradiciones. Quería saber cómo habían podido sobrevivir cuando supe en detalle lo que fue ese genocidio que además empezó en Alemania, de donde era mi abuela. Al avanzar en la investigación y viajar a Berlin, medio de casualidad, me enteré algo fundamental, que aparece y le da el título a la película: la casa de mi abuela estaba en la calle Wannsee, sobre el lago Wannsee, a pocos metros de donde quince jerarcas nazis se reunieron y firmaron la Solución Final para todos los judíos de Europa.

¿Cuándo supiste de la casa de Wannsee y cuándo empezaste a interesarte por esa historia?

Desde 1989, cuando se derribó el Muro, mi abuela quiso ir a ver su casa. No había vuelto desde que salió de Berlin, en 36. La había construido mi bisabuelo, un filósofo y psicólogo que además tenía allí un instituto de Psicología Aplicada. Ella había vivido hasta sus 27 años. Tenía mucha significación. Le había sido confiscada por un nazi, y luego de la guerra quedó del lado de Berlín Oriental, a pocos metros del Muro: era un lugar de vigilancia de los policías de Alemania Oriental.

Cuando Alemania se reunificó convocaron a los judíos que tenían propiedades en la ex DDR a presentar documentación para acreditar que su casa les pertenecía. Mi abuela envió sus fotos de familia que aun conservaba. Fotos que había sacado mi bisabuelo, que era aficionado a la fotografía y que tenía una de las primeras cámaras que se comercializaban en Alemania a principio de siglo. ¡Tengo fotos que se remontan a 1895! No son fotos de estudio, sino de la vida cotidiana. Esos documentos me permitieron reconstruir la vida de ellos en Berlín antes de la guerra y también le permitieron a mi familia demostrar legalmente que esa casa les había pertenecido.

Ahí descubrí un linaje en mi familia: “Un linaje de imágenes”, como me señaló alguna vez Sergio Wolf. Esas fotografías tienen un lugar central en su historia y en sus vidas. Podría decir que mi familia, como familia judía en la diáspora, sin territorio, tardó muchos años en encontrar un lugar donde vivir en paz. Entonces tuvieron la imagen como lugar, como territorio. Entre Alemania y Buenos Aires hay tres migraciones. Muchos álbumes van registrando y supliendo las distancias entre los distintos miembros de la familia, que se van diseminando por el mundo… Las imágenes los conectan.

-¿El guion se modificó en tanto fueron apareciendo nuevos documentos y testimonios? ¿O armaste la estructura y acomodaste los elementos en función de la misma?

Todo el tiempo iba descubriendo cosas y las acomodaba a la estructura. Fui haciendo el guion e investigando a la vez. Recién en la etapa final, en el montaje, llegué a tener la estructura final, cuando pude acomodar las piezas junto con Esteban y los montajistas Ernesto Felder y Miguel Colombo en función del material que terminé obteniendo.

-Es notable cómo las fotos y las películas cuentan la historia por sí solas. Como si alguien supiera, más de cien años atrás, que un día contarían la saga familiar. ¿Cómo aparecieron esas fotos en tu vida, y en qué momento entendiste que formaban parte de un relato con estructura de película?

Mi bisabuelo alemán filósofo tenía una cámara de fotos. En la casa de mi abuela había varios álbumes: de cuando él era estudiante y vivía en Breslau -luego en Berlín-, del nacimiento de mi abuela, de mi tío abuelo y de cómo fueron creciendo. Inclusive así conocí a mi tío abuelo Hans, de quien sabía que había muerto joven –en 1931-, en un accidente de moto (hasta hoy no me subo a las motos y les enseño a mis hijos que son demasiado peligrosas). Mirando fotos supe cómo fue su crecimiento, dónde jugaba, dónde vivía, lo compinche que debía ser con su hermanita chiquita, mi abuela. Veo su mirada, su expresión. Es el poder increíble que tienen las fotos: devuelven vida.

Cuando me decidí a hacer la historia de la familia, fui a mirar las fotos. Esos álbumes estuvieron 50 años en Suiza, donde vivían mis abuelos. Cuando mi tía (que vivía con ellos) se jubiló y vino a vivir a Buenos Aires, trajo los objetos de mis abuelos: las pinturas al óleo de los ancestros (burgueses judíos adinerados de la Alemania del siglo XIX) y todos los álbumes. Es decir, todo el testimonio de la historia de mis antepasados, esa historia que había sobrevivido también a la persecución, a las distintas migraciones.

Eso me permitió acercarme a cada uno de ellos, a conocerlos más. Ya no tenía solo el relato: podía presentarlos, mostrarlos en su vida cotidiana. La película de algún modo también es un homenaje a la fotografía y al cine, ya que luego de mi bisabuelo apareció mi abuelo, que también era aficionado a la filmación y en los años 30 tenía su cámara 8 mm. Es así como entre las cajas de mis abuelos, encontré decenas de películas de Alejandría, de Suiza, de la infancia de mi madre y mis tías al llegar a la Argentina. Todo ese material aparece en la película y ayuda por supuesto a la narración de su derrotero.

Confieso que cuando vi la escena inicial me dije “otra película más en la que se cuenta la historia familiar a partir del álbum fotográfico”. Especialmente, cuando tu tía dice “nunca vi esos álbumes”, cerrando la posibilidad de que pueda ser ella misma quien guíe el relato. Inmediatamente después, aporta información valiosísima, se convierte en la narradora de la saga, el documental se convierte en un apasionante relato de suspenso. ¿Fue así en la vida real, hubo una transición que fue de la negación al reconocimiento? ¿O forma parte del relato cinematográfico?

Esa primera escena viendo los álbumes esta puesta ahí porque indica uno de los temas fundamentales de la película: el silencio. El silencio es una   forma de transitar el dolor, el trauma y seguir viviendo. Muchas familias que vivieron terribles tragedias como el genocidio -hace solo 75 años-, quedaron enmudecidas. De eso no se podía hablar, era demasiado doloroso.

Cuando empecé a mirar las fotos con mi tía mayor, ella espontáneamente me dijo eso: que el pasado no le importaba. Por suerte, el camarógrafo estaba filmando. Me dijo “no me interesa mirar estas fotos viejas…a mí no me interesa el pasado… si me mostrás cosas del presente, me encanta… el pasado no me interesa”. Luego la película desarrolla este tema en cada personaje. Mi madre y mis tías nacieron en el medio de la guerra, en Egipto. Mis abuelos tuvieron que mudarse de país en país buscando cómo escapar de la muerte, pues eran considerados judíos y en esa época ser judío era un estigma de muerte.

De todo eso protegieron a sus hijas y esa trasmisión de lo que tuvieron que vivir se ve de forma particular en cada una de ellas. Cada una lo procesó como pudo. Esa primera escena da pie a lo que se desarrollará luego: la relación con el pasado.

Por otro lado -como decís-, mi tía Kath por un lado aparentemente no quiere saber nada con el pasado. Sin embargo es quien lo lega: conservó todos los objetos y las fotos, es quien más sabe de la historia e incluso, puede contarla muy bien en la película. Es decir que ella “no quiere hablar” del pasado, pero el pasado lo lleva a cuestas y se suelta en cuanto se pone a hablar…

La película tiene un cambio abrupto en los últimos minutos, cuando pasa del relato fluido y dinámico a una conversación familiar. ¿Cómo decidiste incorporarla, y especialmente, incorporarla en la secuencia final?

Esa escena es muy valiosa: ahí se ve claramente cómo cada una tuvo su manera particular de procesar su historia y su pasado, que es el mismo. Ese es un tema muy interesante que se toca en la película: los modos que tiene cada persona de sobrellevar un dolor, un trauma. Cada uno hace lo que puede con eso. Y en mi familia hay tres hermanas que son muy unidas, se quieren mucho y sin embargo son muy distintas entre sí.

La secuencia es el clímax de la película: ahí hay una vuelta inesperada. Es cómo se vive hoy en la familia la historia que tienen. Fue muy complejo editarla. Fueron tres horas de conversación que quedaron en trece minutos. Me gusta igual cómo a la gente la perturba. Cada uno se identifica con uno u otro personaje.

¿Qué es lo que más te impactó de las distintas versiones que encontraste en tu propia familia sobre tus raíces?

A partir de estas conversaciones con mi tía y mi madre, y con mi amigo alemán que compro la casa, Norbert, fui viendo los modos que tiene cada uno de convivir con una historia tan dramática. Me sorprendió el caso de Norbert, por ejemplo. Es tercera generación como yo y él procesó su búsqueda de una manera muy distinta a mí. Sin embargo, me sentí muy unida a él, muy identificada en el interés que ambos tenemos por la historia, por saber; y así, de algún modo, por reparar algo que está en los dos con una generación de abuelos que prefirió o que necesitó callar, que no pudo o no quiso hablar y que dejó sin palabras a sus hijos; es decir, a nuestros padres… Lo que se vivió en Alemania también estas generaciones están tratando de procesarlo. Cómo es posible que sus familias hayan sido testigos o incluso cómplices de semejante horror… cada uno busca la forma de reparar eso en su conciencia.

También me impactó pensar en mi abuela. Mi tía dice que era una persona muy feliz. Yo pienso en la fuerza que tuvo para no dejar pasar ni un atisbo de sufrimiento hacia sus hijas. Sin embargo, conociendo su historia, lo que tuvo que vivir fue muy triste y necesitó una gran fuerza para hacer que sus hijas no la vieran sufrir, y por ende, no trasmitirles sufrimiento. De hecho lo logró, porque mi madre y mis tías son personas muy sanas y alegres

-¿La película te sirvió como apoyo (o como coartada) para fortalecer la recuperación de tu identidad judía?

Sí, sin duda. Con la película recupero un pasado que estaba oculto, silenciado. Y ese pasado es muy rico. Entre los papeles de mis abuelos encontré también un árbol genealógico hecho por mi bisabuelo Otto. Son hojas y hojas llenas de nombres. El árbol llega a 1470 y los primeros siete  fueron grandes rabinos en Padua y Venecia. Luego, en el 1700, migran a Alemania. Sin duda sus migraciones tenían que ver con la persecución a los judíos. El árbol termina con mi abuela y yo ahora lo estoy completando. En 1936 la familia migra y se dispersa por Venezuela, Argentina, Suiza… otra vez la persecución. Me impresiona cómo a lo largo de la humanidad los judíos han sufrido estigmatización y persecuciones. Ese es el pasado de mi familia y yo me identifico además mucho con los valores humanistas del judaísmo. También esto me hace ponerme muy alerta contra cualquier forma de discriminación.

¿Qué te devolvió el público que no habías advertido o no habías interpretado?

Presentar la película ante distintas audiencias es lo que más me gusta. Mucha gente se acerca a hablar, a contarme su historia y a preguntarme sobre la mía. De esos encuentros voy sumando amigos, gente con la que sigo contactada. La aproximación es muy cercana, tanto para ellos que vieron mi historia -que tiene quizás una manera muy íntima de ser contada- como para mí, que pude abrir algo hacia los demás, no importa quién sea… Esa proximidad me da mucha gratificación.

Una vez se me acercó un hombre de apellido como el mío, Kaplun, y me dijo que él es muy católico y toda su familia también, que su padre vino de Europa del Este cuando era muy chico, que nunca habló ni contó nada de su familia y su pasado. Solo una vez le contó que había estado en un armario con su familia escondido y que a su hermana que era bebé cuando llegaron unos soldados la tuvieron que ahogar porque lloraba. Si no la asfixiaban, morían todos. Es una historia terrible y me imagino este hombre que directamente enmudeció después de haber vivido eso de chico. Su familia logró emigrar. Luego este hombre se casó en Argentina con una mujer católica y sus hijos son católicos. Nadie sabe que hace apenas una generación, fueron atacados y perseguidos así, por ser diferentes, por ser judíos. Esa historia del armario y de la beba -su tía-, es una historia que él con el tiempo comprendió que les sucedía a los judíos en Europa durante el genocidio.

Tener esa conciencia del diferente, del vulnerable, quizás ayude a la gente a hacerla más humana. Con mi película, se despierta en algunos esa conciencia…Nunca imaginé que podría ocurrir eso. El Premio de la Audiencia que me dieron en Estados Unidos fue una gran confirmación de que a la gente le sucede esto. Un tema familiar, íntimo, personal, se convierte en una historia que puede llegar a cualquier persona. Todos tenemos historias de familia, diferentes modos de aproximarnos a ella; todos llevamos dolores a cuestas que muchas veces no conocemos. Una crítica de cine, Paula Vázquez Prieto, me devolvió algo que yo no había advertido. Algo que no supe hasta que vi la reacción de la audiencia: que quizás la película habilita a pensar si podemos comprender quiénes somos sin saber de dónde venimos…

Norberto Chab

Norberto Chab

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