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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

El regreso de Juan José Campanella: «Todo el tiempo me digo que ya hice lo suficiente, pero mi corazón no compra»

El jueves 16 de mayo se estrena El cuento de las comadrejas, la comedia negra que marca el retorno de Juan José Campanella al cine.

Protagonizada por Graciela Borges, Oscar Martínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock -juntos por primera vez en la pantalla grande-, a quienes acompañan la española Clara Lago y Nicolás Francella, la película coescrita por el propio Campanella y Darren Klomook, está inspirada en Los muchachos de antes no usaban arsénico, el film de 1976 dirigido por José Martínez Suárez.

El cuento de las comadrejas narra la historia de una bella diva de la época dorada del cine, un actor en el ocaso de su vida, un guionista frustrado y un viejo director que conviven en una mansión antigua y hacen lo imposible por conservar el mundo que se han inventado allí, al que sienten peligrar ante la llegada de dos jóvenes interesados por la propiedad.

La película, una producción conjunta de 100 Bares, Telefé, una compañía de Viacom International Media Networks (VIMN) y Viacom International Studios, en asociación con Tornasol (España) y Jempsa, luego del estreno argentino será distribuida en Latinoamerica y España.

Campanella, director y guionista de prestigio internacional, en cuya filmografía figuran El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar como mejor película en lengua no inglesa en 2010, y el largo animado Metegol, habló con GPS audiovisual sobre su regreso al cine con El cuento de las comadrejas.

-¿Qué elementos encontraste en Los muchachos de antes no usaban arsénico para introducirte en esa historia y no en otras tantas del cine argentino?

En 1997 estaba en Los Angeles compaginando mi segunda película, Ni el tiro del final. Era la primera vez que pasaba tanto tiempo en esa ciudad, y estaba muy imbuido del espíritu del cine clásico. A tal punto que todos los días pasaba por la casa donde había vivido Billy Wilder e iba a cines donde daban películas clásicas. Tenía muchas ganas de hacer una película que fuera un homenaje a ese cine. No solamente por esos personajes sino por ese cine, en donde uno hinchaba por el protagonista y odiaba al antagonista. No el cine que nos mostraba la vida como era, sino como tenía que ser. Y como siempre fui fanático de Los muchachos de antes… me pareció que era el vehículo ideal para trasformarlo, hecho y derecho, en el homenaje. Entonces escribí el primer boceto. Pero además había otro elemento -puestos a jugar con la original-, que era la historia de amor. Me interesa mucho mucho la historia de amor de muchos años. Cómo se llevan y cómo se sobreviven los avatares del amor, cómo se viven los momentos áridos. Y me interesaba mucho la historia de amor de Mara y Pedro.

-Pasaron diez años de El secreto de sus ojos, tu última experiencia con actores. ¿Con qué tiene que ver que no hayas hecho una película antes?

Los factores son la vida misma: te va pasando el tiempo y no te das cuenta. Apenas terminó la ceremonia del Oscar de El secreto de sus ojos (en febrero de 2010) empecé Metegol. Fueron tres años y medio para hacer una película, hasta mediados de 2013. Terminé muy saturado de cine y de tecnologías. Ahí mismo empecé Parque Lezama y el teatro. Me llevó una buena parte de 2013 y 14: fue como tomarme un descanso. El primer año hice nada más que un piloto de Halt and catch fire para televisión. Y el segundo, solamente el piloto de Colony. Ya en 2015, Tomás Yankelevich me ofreció hacer Entre caníbales, y de paso trabajé un poquito en Colony. Así fue pasando el tiempo. En 2016 quise tomarme un tiempo afuera, también porque habían sido años muy intensos en la Argentina. Agarré el trabajo de seis meses de la segunda temporada de Colony. Ya en el 17, empezamos a trabajar en El cuento de las comadrejas.

-¿Cómo imaginás tu relación con el cine de acá a los próximos diez años?

Permanentemente me pregunto si ya está, si ya hice lo suficiente. Y siempre me acuerdo de una frase de la canción That’s life, de Frank Sinatra, que dice “muchas veces pensé en renunciar pero mi corazón no compra”. ¿La verdad? Todos los días me lo pregunto. Tengo ganas de cortarla, cobrar las fichas y retirarme del casino. Y todos los días mi corazón no compra.

-Los premios y el éxito de público de tus últimas películas, ¿te agregaron presión para hacer este proyecto? ¿Hay miedo al error, al fracaso, a no repetir el suceso?

Te tengo que confesar que sí, que ese miedo existe. No el miedo a no repetir el suceso, sino a que digan que me tiré a chanta. Hay como una exigencia extra, que también pasa en teatro y en televisión, que bordea lo insalubre. Y no quiero darle la chance a nadie a que diga que no se trabajó lo suficiente. Si sale bien o mal no depende tanto de uno. Pero mi exigencia está puesta en trabajar muchísimo, prestar más atención, vivirlo todo con mucha más angustia y muchas más dudas. Igualmente, estar en el set me sigue divirtiendo mucho. Te juro que todos los días me iba a dormir con felicidad por la calidad de actores que hay: eran superprofesionales y me sorprendían para bien permanentemente. Además, me hacían reír a carcajadas.

-Como en El hijo de la novia, ponés el foco en una historia de adultos mayores: ¿qué elementos autorreferenciales hay en el abordaje del tema, teniendo en cuenta que hay 18 años de diferencia entre ambas?

Supongo que esos elementos no son específicos y concretos, como lo fueron en el caso de El hijo de la novia, en el que para describir a dos personajes viejos, prácticamente tenía que sacarles la frase de la boca a mi madre y a mi padre, y tomarlos como referencia. Ahora me salen solos, porque los personajes soy yo. Las cosas que dicen son las que pienso, las que siento; ya no tengo que usar a nadie como referencia. Siempre me gustó escuchar a los viejos, prestarles atención, y siempre parto de la base de que saben muchísimo más que nosotros, de que son sobrevivientes. Y sobre todo, jamás los tomo como gente más débil sino como gente muchísimo más fuerte, que por lo pronto tuvieron la fuerza para vivir muchos más años que yo.

-Ahora que estás consolidado como director de teatro, ¿qué diferencias encontrás entre la dirección de actores de tus primeras películas y El cuento de las comadrejas?

En la dirección de actores no cambié nada. Ni por el tiempo que pasó entre una película y la otra, ni entre teatro y cine. Cambia el tipo de puesta: en cine uno está permanentemente actuando y poniendo la escena para un solo espectador que es la cámara; en teatro (en el caso de Qué hacemos con Walter) hacemos una puesta para 449 espectadores que la ven cada uno desde un lugar distinto.

-En Argentina no se puede vivir con un solo trabajo…¿Cómo compatibilizás tus actividades como director de cine, de teatro e inminente empresario teatral? ¿Algo de estas actividades te desborda, te descontrola, te lleva a la enfermedad?

En Argentina uno vive desbordado, pero no creo que sea por la variedad de los trabajos. Soy bueno en organizarme: los trabajos son sucesivos, aunque alguna vez haya hecho dos o tres cosas a la vez. Pero –por ejemplo- no hago dos películas al mismo tiempo. La única vez que trabajé en dos cosas que merecían estar full time cada una fue con El hombre de tu vida y Metegol al mismo tiempo, en 2011. Casi me muero.

Lo que desborda, lo que angustia, lo que te llena, lo que te pudre, lo que te hastía y lo que te cansa es todo lo que pasa en la Argentina aparte del trabajo. Creo que estamos todos pasados de revoluciones. No estaría nada mal bajar un par de cambios. Pero parece que nos estamos acostumbrando a vivir de esa manera.

-¿Cuál fue el primer comentario de José Martínez Suárez al ver la película?

José vio la película tres veces. Eso es un signo de que le gusta. ¡Si no, cómo se la iba a bancar tres veces! La primera vez me dijo una frase muy linda: “No estaba seguro si quería que me gustara más o menos que la mía. Pero muy pronto me di cuenta de que era otra película”. Hablamos mucho de ella, le gustó. Por supuesto que es un gran maestro, y todos los grandes maestros siempre tienen algunos comentarios para hacer: es un maestro que no da un 10 nunca.

-Corrías el riesgo de que al gran maestro no le hubiera gustado…

Creo que hubiera tenido el buen tino de decirme alguna cosa elegante para salir del paso, sin ser cruel conmigo. Porque la verdad es que me hubiera hecho muy mal.

-¿Qué diferencia hay entre tu primera versión de la película y el resultado final?

En la primera versión, en el año 97, la época de gloria de los personajes había sido en los 50. Con el correr del tiempo estos personajes pasan a ser tipos que fueron jóvenes en los 60, una década con muchísimo más rocanrol y noche que la anterior. Son tipos que vivieron de todo, tipos de la noche, muchísimo más cool que la primera versión, en la que escuchaban música clásica. Por otro lado, hay ciertas cosas de actitudes de género que cambiaron, en los veintipico de años que pasaron desde el primer boceto y desde la película de José, que igual ya estaban muy cambiadas en el original, pero que luego siguieron su proceso. Por ejemplo, los personajes en mi versión original seguían jugando a las bochas (como en la de José), y eso cambió por el pool. No tiene nada que ver con los exteriores: es gente que le escapa al sol.

-¿Qué advertiste o qué entendiste al verla terminada que no habías descubierto antes?

Mientras estaba filmando, no me di cuenta de la grandeza de algunas de las actuaciones. Especialmente de Graciela, que tiene un manejo de la cámara, una sutileza, un humor extraordinario. Sabe exactamente lo que es un primer plano en ella, y cómo dosificar todos y cada uno de los músculos de la cara. Todos están geniales, pero Graciela es un animal de cine. Es increíble cómo en todo momento está diciendo una letra que estudió y parece que la estuviera improvisando.

-Un director dice algo de sí mismo a través de su obra. ¿Qué quisiste decir con El cuento de la comadreja?

¡Que siempre hay que hacerle caso al director! (risas).

Julia Montesoro

Julia Montesoro

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