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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Alessia Chiesa estrena «El día que resistía»: «Me gusta que la película genere preguntas en el espectador»

El domingo 10 se estrena El día que resistía, ópera prima de Alessia Chiesa, singular mirada sobre la infancia a través de un relato no convencional. La película se exhibirá durante cuatro domingos consecutivos a las 19.30 en Malba Cine.

Protagonizada por Lara Rógora, Mateo Baldasso y Mila Marchisio, relata la relación de tres hermanos pequeños que se encuentran solos en una casa aislada en medio del bosque, esperando el regreso de sus padres. Las transiciones van desde la mirada bucólica de fábula infantil hasta la angustia de la soledad y la incertidumbre sobre el futuro; la elección de la locación comienza con un espacio verde y luminoso hasta derivar en una tiniebla opresiva y asfixiante.

El día que resistía tuvo su première mundial en el 68 Festival Internacional de Cine de Berlin.

Alessia Chiesa dialogó con GPS audiovisual acerca de su primera experiencia como realizadora.

-¿En qué referencias y experiencias te basaste para construir este cuento?

En los cuentos de los hermanos Grimm y en recuerdos, vivencias y lecturas de mi propia infancia.

-¿La película atraviesa momentos de diferentes géneros: es “infantil”, “drama” y de “suspenso”. ¿En qué registro la ubicás? ¿Ese era el propósito inicial o se fue reconstruyendo sobre la marcha?

No la ubico en ningún registro específico. Como decís, el propósito era abordar varios registros. Sobre todo, se trataba de oscilar entre el realismo y lo fantástico. Me gusta partir desde la inocencia de la mirada del que no sabe lo que está viendo, a quien la película le va sugiriendo caminos. Y es uno el que finalmente, decide por dónde va. El relato está teñido de ambigüedades en muchas cosas, pero en otras no. El propósito de la película era poder acceder a esta historia desde diferentes lecturas y tener la posibilidad de pasar de un registro a otro. Pero sin forzarlo: como una opción, no como una necesidad.

-¿Cuánto tardaste en completar el guión, y cuánto tiempo pasó entre la escritura y la realización?

Lo escribí en seis meses, aproximadamente, yendo y viniendo entre algunas versiones. Fue un año antes de filmar. Pero de todas formas no era un guión cerrado, porque la apuesta era que los niños pudieran aportar y contribuir desde su mirada. Por eso tenía que ser maleable y admitir cambios. Aunque las grandes líneas estuvieran, hubo modificaciones incluso durante el rodaje.

-¿Cómo fue la búsqueda de los tres chicos? ¿Cuánto tiempo llevó, cómo fue el criterio de selección final?

Se hizo a través de un casting que armamos en forma de taller de expresión creativa con Cora Elía, coach de los chicos en la película. Al principio, busqué a los niños a través de talleres mensuales que armamos con ella. Hice una convocatoria, pero el proceso era muy lento y poco directo. Entonces, para acelerarlo, pasamos de hacer ese único taller -una vez por semana- a cuatro, en un encuentro de un solo día, con veinticinco chicos. Convocamos niños de entre 3 y 9 años y les propusimos diferentes actividades lúdicas grupales, y también individuales, a partir del cuento de la película. Hicimos una primera selección; luego repetimos, con un llamado más acotado. El criterio de selección fue pensando en la dinámica que se generaba entre los chicos, en los roles que naturalmente adoptaban en un grupo y en que tuvieran ganas de jugar a estos juegos y entre ellos. El grupo que se armó naturalmente entre Mila, Mateo y Lara me llamó la atención, y a partir de allí no evaluamos otras posibilidades.

-¿Qué instrucciones o indicaciones recibieron los chicos para “hacer de chicos”?

Las instrucciones siempre tuvieron que ver con acciones y motivaciones. No se trataba de cómo tenían que hacer lo que le decíamos, sino que conversábamos sobre los personajes. Entre ellos, Cora y yo llegamos a una idea de cómo eran esos personajes en determinadas situaciones; después ellos, al llegar a las escenas, lo ponían en práctica. Ser chicos es su realidad, y eso les dio libertad para expresarse siendo ellos mismos y a la vez jugando a interpretar un personaje.

¿Cuánto de lo que aportaron ellos modificó el guión original?

Durante el rodaje, todo. Adaptamos mucho según lo que se daba con ellos en el momento. Después, al editarla, busqué mucho la película sin encontrarla, pensando justamente en que el guión original había desaparecido. Fui crítica en esa etapa del montaje. Sin embargo, finalmente la terminamos armando como estaba originalmente y como por arte de magia, la reencontré. Fue como un milagro, como si en realidad el guión siempre fuera el mismo, solo que los chicos le habían aportado una capa que yo no podía ver. Fue un proceso a ciegas y a tientas, y finalmente se dio.

-¿Cuál fue el principal aporte que hicieron los chicos en la estructura de la película? ¿Qué observaciones hicieron respecto de situaciones con las que no se sentían identificados o no pertenecen al universo infantil?

Fundamentalmente aportaron la compenetración con el juego de la película y con la historia. Tuvieron un compromiso excepcional. No hubo escenas que no pertenecieran al mundo infantil. Y no porque ellos vivan esas situaciones en concreto, sino porque se proyectan al entrar a una ficción. Como cuando leen los cuentos de Hansel y Gretel: en esta historia que cuenta la vivencia de tres niños, ellos se identifican como tales. Piensan en qué harían si eso les pasara a ellos. Y parte del placer del ejercicio de los niños es poner a prueba el relato, con el juego y con la acción. Juegan con eso. De hecho, todas las escenas fueron conversadas y acordadas con ellos. Por eso necesitábamos y queríamos su aporte: para no tener que pedirles cosas que estuvieran fuera del mundo infantil. Aun estando dentro del mundo ficcional, nuestra búsqueda de la autenticidad del comportamiento infantil hacía a la autenticidad de la película.

-La ausencia de los padres tiene una simbología muy potente en la historia reciente argentina. ¿Hay alguna interpretación o alguna dirección concreta hacia donde dirigiste la película, o cada espectador completa la información ausente?

El foco no está puesto en la información deliberadamente. Por eso está ausente. Como los padres. Desde ahí parte la premisa para llevarlo a otros registros. Estamos acostumbrados a saber, o a querer saber, y a buscar entender. ¡Soy especialista en querer eso! (rie). Por eso quise hacer una película que viajara por otro lado. De todas maneras, eso está: la película no niega que uno quiera saber o que busque entender. Sin embargo, nos propone preguntas. Y eso es lo que la sostiene hasta el final. Me interesa generar eso en el espectador.

-¿Se puede interpretar como una historia de desaparecidos desde la mirada infantil?

Una de las miles de explicaciones acerca de dónde podrían estar los padres es que están desaparecidos. Es tan válida como cualquier otra. Es común que pensemos en eso: surge mucho cuando lo ven argentinos. La experiencia de la película es otra: la de atravesar un proceso (más allá de la interpretación) en que no hay respuestas dadas. Ese es el desafío. Nos pasa a todos en la vida, a  niños como a adultos. En los procesos y en no tener respuestas y buscarlas. Me interesa que experimentemos las sensaciones del acompañar a estos niños, en la comunión que tienen ellos como hermanos y también en la soledad que tienen respecto de los padres. Ellos también cuentan con poca información concreta.

-La película fue exhibida en Alemania. ¿Qué devolución –o qué interpretación- tuviste del público que no esperabas?

Muy buenas. No esperaba nada en particular: no sabía qué esperar. Mi película estuvo conmigo en una sala de edición durante tres años, en soledad. Yo estaba feliz de verla en pantalla grande, en cine, como la había imaginado, con salas repletas de gente. Y encima gente que no se iba, que estaba muerta de miedo y a la vez tenía mucha emoción y excitación.

No esperaba que la programaran en Generation (N.R. Festival de Cine de Berlín), sección para películas de temática infantil pero inclusiva, no tan dirigida a los niños. Me dijeron que pensaron que era el mejor lugar. La mitad del público eran niños que estaban emocionadísimos, muy interpelados por la película. Me terminó mostrando la coherencia que había creado el mundo de la película.

-¿Qué aprendiste del mundo infantil con la película terminada?

Que hay un gran poder en el juego. Y eso ocurre en todas las edades. Relacionándose tanto con los pares como estando uno solo. También creo que si nos tomamos el tiempo de entrar en el mundo infantil podemos descubrir muchas cosas. Tienen una gran claridad y sensibilidad, que muchas veces es pasada por alto por nuestra necesidad adulta de controlar y estructurar.

Norberto Chab

Julia Montesoro

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