El director y guionista Francisco Marise estrenará mundialmente su segundo largometraje, Camionero, en la competencia Próxima del Festival de Karlovy Vary, que se llevará a cabo del 3 al 11 de julio. La película es un viaje melancólico por un mundo que está a punto de desaparecer. Cuando apagan sus motores, los camioneros y las camioneras pescan, charlan, hacen el amor, buscan, bailan, rezan… Pero sobre todo esperan, detenidos al costado de las rutas argentinas, suspendidos en una extraña dimensión del tiempo, mientras todo alrededor sigue moviéndose. Conversaciones fugaces, interferencias radiofónicas, paisajes dislocados, estaciones de servicio, paradores, gomerías y moteles se acumulan en Camionero como en un sueño crepuscular.
-Dice la reseña informativa que Camionero es un viaje melancólico por un mundo que está a punto de desaparecer. ¿Qué te llevó a emprender ese viaje?
La peli empieza quizás hace muchos años. Cuando yo era chico mi abuelo era camionero. Después dejó de serlo, pero siguió trabajando con ellos. Con mi familia -mis padres, que estaban con mis abuelos- andábamos siempre viajando. Con el tiempo, empecé a viajar yo también por trabajo. Y en los últimos 10 años me la pasé con una valija de acá para allá. Me dije: «Bueno, parezco un camionero». Y me interesé mucho por tratar de entender cómo hacía esta gente que tiene este oficio tan bonito y tan difícil también: cómo transitaban estos viajes, cómo hacían para estar lejos de sus casas, de sus familias y cómo transcurrían sus momentos de espera. Viajé por las rutas argentinas para encontrar historias que me sirviesen de inspiración para escribir y una vez escrito lo que quería contar, empezar a buscar personajes reales -quiero decir camioneros, camioneras, personas que trabajan en paradores o en gomerías-, para hacer como una especie de casting y con ellos terminar de reescribir el guion y ponernos a jugar al cine.
-Siguiendo con lo que expresa la reseña, ¿cuál es el mundo que considerás que está a punto de desaparecer?
Por un lado el mundo del diésel, de la nafta, algo que en países más desarrollados está dejando de existir. De hecho, los camiones en Argentina suenan diferente, se rompen y se arreglan de manera diferente. Todavía son máquinas que traccionan mecánicamente. Pero también hay algo del oficio que se va perdiendo: en China empezaron a circular camiones que van sin chofer, sin conductor, y se manejan solos. Y también hay algo de más del folclore y de la épica camionera que se empieza a perder, porque los sistemas de control y de monitorización empiezan a hacer que la gente tenga que estar como zombis arriba de los camiones, yendo cierto tiempo sin poder parar o durmiendo muy poco, tratando de hacer el dinero que necesitan para llegar a fin de mes. Todo se vuelve una especie de carrera absurda contra el tiempo. A eso me refiero.
-¿Cuánto tiene de road movie la película?
Antes de terminarla, decía que la película era como una road movie sin ruta. Una road movie donde se encuentran camioneros, camioneras o gente que está en esos paradores al costado de la ruta, pero en los momentos de paso y pausa. En esos momentos donde no se desplazan ni manejan, sino que apagan el camión y esperan. Pescan, hacen el amor, charlan, comen o hablan con sus familias. La propuesta fue poner el foco en otro lado, no ir a lo seguro. Un camionero que maneja es algo que sabemos todos. Pero, ¿qué hace cuando no maneja?
La road movie se fue construyendo mirando de la ruta hacia afuera: al parador, a la gomería, al motel, a la banquina. Y se empieza a formar este rompecabezas que es la película y que sí compone un viaje. Pero es un viaje en espiral, no hay un inicio y un final, como toda road movie debería tener, donde un personaje parte de un lugar y llega a otro. En esta película también hay muchos protagonistas que aparecen fugazmente, casi como destellos de existencia y ya no vuelven.
-Y no es un documental tampoco, en tanto hay allí elementos ficcionales.
Claro. Me interesa mucho el cine que parte de lo real, pero que se juega en una frontera difusa entre lo que es el documental y la ficción. Un cineasta catalán que me gusta mucho, José Luis Guerin, habla del espacio transitorio que hay entre la puesta en escena -que sería lo que es hacer ficción- y la toma directa documental. En ese espacio difuso encontramos lo que se llama la puesta en situación. Eso es lo que hice.
-¿En qué consistió esa situación?
La situación era la siguiente: me gustó una gomería de la Ruta 9 en el kilómetro 348. La elegimos como decorado, como si fuese un set de cine. Y en ese decorado, ¿quién estaba? El gomero, claro, que tenía que actuar y un camionero que casteamos (nos entrevistamos con un montón de camioneros y camioneras por videollamada, la única forma de poder conectar con gente que está todo el tiempo moviéndose). Veíamos quién me interesaba -porque tenía una buena historia para contar o tenía algo especial- y lo citábamos a esa gomería. A veces no se conocía con el gomero. Obervaba que a este camionero le pasaba tal cosa y al gomero tal otra. Entonces escribía una escena y la proponía. Entre los personajes que iban a actuar en esa escena y yo, reescribíamos oralmente la escena y empezábamos a jugar al cine. En eso consiste la puesta en situación. Porque a partir de ahí empezaban a aparecer cosas nuevas. Ellos siempre eran ellos mismos; haciendo de ellos, hablando como hablan ellos, pero a la vez se estaban interpretando. Y en esa interpretación me permitían dirigir las acciones, retomar algunas palabras que sentía que a ellos les resonaban de alguna forma especial y dar vueltas sobre esas palabras. Ahí empezábamos a jugar al cine.
El resultado es que se mueve de lo que es el documental clásico para explorar esa frontera difusa que a veces se llama «cine de lo real» y me gusta bastante. Algunos llaman «no ficción», pero esa expresión me parece rara porque es como negar un género. Aunque en verdad, no hay un término exacto para definirlo.
-Usar la frontera difusa para crear una nueva forma. ¿Llegaste a lo que buscabas?
Sí. Hay una secuencia en particular con una camionera, Gabriela. Ella me contó una historia que tenía con un amante, con quien no se podía encontrar porque prefería estar en la ruta. Le dije «él no va a actuar». Y entonces llamamos a un actor. Un actor hizo de su amante y frente a él, ella contó su vida, su historia, interpretándose a sí misma y rebotando contra un actor que era una persona que no estaba ahí, que era otro.
Es muy interesante cómo esas situaciones se van armando y se va descubriendo cierta verdad a partir de esa especie de ficcionalización. Y cómo se va abriendo la gente jugando este juego de decir: «Me estoy interpretando pero también estoy jugando a repetir algo que ya dije que me resuena». Y es muy loco también cómo se llegaban a abrir muchas veces y me terminaban diciendo: «Guau, nunca llegué hasta acá, nunca había hablado con la pareja de un camionero, con una camionera, nunca habíamos hablado de este tema». Y aunque nosotros estábamos allí con la cámara podíamos acceder a ese estadío de intimidad. Esa generosidad de parte de ellos me permitió llegar a lo que buscaba.
Julia Montesoro


