Gabriela Uassouf es codirectora junto a Martina Matzkin del documental Tristán y los días por venir, una producción de Groncho (Rocío Pichirili) y Lumen Cine (Aníbal Garisto), en coproducción con Monarca Films de Uruguay, que se exhibe en el Cine Gaumont y en el Cine Eco Select de La Plata. Se trata de un relato que acompaña a lo largo de siete años a su protagonista, Tristán Miranda, en su transición de género.

-Tristán y los días por venir es un documental, una historia que se filmó a lo largo de siete años, pero hay una investigación previa. ¿Cuál fue el punto de partida para ustedes?
El punto de partida fue un casting de ficción para un cortometraje que dirigió Martu -Martina Matzkin, codirectora-, donde yo hice la asistencia de dirección. Nosotras ya veníamos desarrollando Cuidadoras, el primer largo documental que dirigimos juntas. El cortometraje participó en Historias Breves. Se estrenó en 2019 en Mar del Plata y tenía como protagonista a un varón trans. El casting y la producción de ese corto era de Lucía Vela, pero en ese momento que nosotras ya veníamos trabajando con Groncho, como pata de producción audiovisual, a su vez muy cercana a la Mocha Celis —un espacio de militancia por la diversidad con el que nos identificamos mucho, al que siempre intentamos acompañar—. Entre Groncho y la Mocha colaboraron mucho con la difusión de ese casting entre agrupaciones de familias diversas. No era tan común en ese momento. Y mucho menos era hablar de masculinidades trans. Tristán vino al casting. Había recibio la convocatoria a través de Munay, que es una de las tantas agrupaciones de familias diversas que se reúnen para hablar de sus particularidades, defender sus derechos, armar comunidad.
La mayoría de las familias de Munay vive en el conurbano. Tristán es de Moreno -la zona Oeste del conurbano-, y vino al casting. Pasó las sucesivas etapas hasta quedar seleccionado. Así lo conocimos. A él y a su mamá, que es unos pocos años más grande que nosotras. Con Martu teníamos ganas de filmar algo sobre infancias, adolescencias y diversidad y apareció como esta forja de vínculo, como de un tiazgo que fuimos forjando con él a lo largo del tiempo y compartiendo la vida. Producto de eso es la película.
-¿El punto de inicio de Tristán fue a partir de su historia o había otras líneas narrativas antes?
Tanto Cuidadoras como Tristán empezaron su desarrollo en Incubadora, un laboratorio de desarrollo. Con Cuidadoras formamos la dupla de ese desarrollo con Rocio Pichirili. Martu (Martina) se sumó más tarde y la terminamos codirigiendo. En el Incubadora del año siguiente, Martu quedó como directora junto con Francisco Quiñones como productor. Aunque esa carpeta no tenía nada que ver con lo que después fue la película: la idea inicial era sobre infancias y adolescencias con entrevistas, animaciones y múltiples líneas. Se simplificó cuando se afianzó el vínculo con Tristán: allí entendimos que el camino era con él. También tuvimos un montón de etapas: como Tristán es dibujante, parte de la película es su devenir como ilustrador. Hasta pensamos que la peli podía tener animaciones: llegamos a maquetar una escena de animación. Pero nos corrió el tiempo y la peli demostró que no necesitaba ese recurso.
-Hubiera sido otra película.
Sí. Hubo un momento en el cual habiendo filmado un montón de observación -la peli es eminentemente observacional, con algunas consignas-, en alguna etapa de la edición hicimos el armado con unas placas en negro donde pensábamos que podían ir animaciones. Ya en la etapa final de montaje, que es cuando se sumó Jero Pérez Rioja, dijimos: «Saquemos las placas y veamos qué pasa si no pensamos en la animación». Y descubrimos que funcionaba muy bien.
-¿Qué cuenta Tristán y los días por venir? ¿Con qué se va a encontrar el público cuando vaya a verla?
Quien vaya a verla se va a encontrar con una película que, dependiendo de cuánto uno tenga cariño, afecto o afición por los documentales, pueda parecerle más o menos documental. Eso nos pasó con Cuidadoras también: «Ay, no parece un documental…», fue un comentario que se repitió bastante. Quienes somos afines a este género o a la no ficción sabemos que hay un repertorio enorme de recursos. Pero quien vaya se va a encontrar con una peli que de a ratos te hace olvidar que es un documental; que está muy cerca de Tristán, este protagonista que crece 7 años a lo largo de la película, que toma unas decisiones muy importantes acerca de su identidad de género y que las lleva a cabo con red, con compañía, con ayuda, con su mamá, con sus amigues, con instituciones que al principio acompañaban y que después con el cambio de signo político empiezan a no acompañar. Entonces, la peli se vuelve un retrato del crecer y del transicionar, mostrando el vínculo cercano que tiene ese proceso con el tomar conciencia acerca de los propios derechos, con el tomar del mundo lo que uno es y sobre todo con el crecer en red, en comunidad. Estas no son palabras mías pero nos las han dicho muchas veces, entonces creo que vale la pena resaltarlas: es ante todo una historia luminosa, de una transición que va bien y puede ir mucho mejor cuando el contexto acompaña.
-Generalmente el tema de la transición y de la identidad sexual se suele abordar desde un tono dramático o desde algo más convencional, como si fuese objeto de estudio. Ustedes eligieron hacer una película muy luminosa. ¿Fue una elección estética, ética, artística?
Por un lado nosotras somos una dupla de directoras cisgénero; es decir, no somos personas trans. Y lo que nos pasó tanto con esta película como con Cuidadoras -diría que nos pasa cada vez que abordamos algo que filmar-, es que nos preguntamos mucho qué nos pasa, tratamos de imaginar qué nos pasaría a nosotras si fuéramos las personas filmadas o narradas. Porque hay mucha generosidad en el poner el cuerpo (sobre todo en un documental) con gente que no es actriz o que está encarnando su propia vida.
Entonces, creo que hay cierto pudor en lo que buscamos contar o lo que no. Aparte, ¿qué podemos contribuir hoy a la enorme cantidad de narrativas sobre diversidad? Hay historias que salen bien: salen bien cuando el contexto acompaña, aunque el contexto nunca es suficiente y hay que pelear por ese contexto que puede acompañar. Tristán lo dijo (está dando entrevistas con nosotras bastante seguido, es hermosa la experiencia, no nos había pasado antes) y lo repitió varias veces y a mí me conmueve mucho: «Me habría gustado ver una película así cuando yo tenía 12 ó 13 años, me habría abierto los ojos». Entonces la elección va por ese camino: en qué se puede contribuir a lo existente en dirección al mundo en el que queremos vivir y en el que creemos.
-Martina Matzkin nos contaba que Tristán les dice «tías». Eso habla también de un vínculo afectivo que se generó. Ahora bien, ¿cómo toman distancia de ese vínculo para lograr el objetivo de retratar a Tristán tal como ustedes quieren?
Nos llamamos tías en este momento, pero siempre hubo un reconocimiento del vínculo y el cariño que nos tenemos. Hoy, con la película terminada, puedo disfrutar más de ese vínculo. Eso no siempre fue sencillo en rodaje. Hubo momentos en los que nosotras queríamos filmar y Tristán se empacaba. Y hubo momentos en los cuales Tristán nos fue guiando en lo que quería mostrar y nosotras fuimos respondiendo a eso, siempre desde el detrás de cámara. No es la misma la conciencia de un lado y del otro. Sí hubo momentos de desacuerdos a lo largo de los 7 años. No sé si la distancia tampoco garantiza… me parece que hay que problematizar un poco este concepto de la distancia óptima. No existe. Es muy difícil no involucrarse emocionalmente a lo largo de tantos años. Una sí puede todo el tiempo abstraerse. Pero -sobre todo al mirar el material- también se plantea: ¿Por qué no seguimos un poco más? ¿Por qué en esta situación no pregunté tal o indiqué tal cosa». En líneas generales creo que el cariño no tiene por qué ir en dirección opuesta a facilitar la intimidad del rodaje.
-¿Buscaron no perder de vista lo que querían contar o dejaban que el relato fluyera espontáneamente?
A lo largo del proceso lo perdimos de vista muchas veces. Muchas veces una va con una idea de lo que quiere filmar y después pasa cualquier otra cosa. Tal vez en el momento a una le parece que es inútil o que no entiende por qué está ahí 20 minutos con la cámara prendida sin que nada suceda. Y cuando lo volvés a ver con la distancia, con el tiempo, te das cuenta que ¡guau! había algo. Me acuerdo que en el proceso de Cuidadoras nosotras insistíamos mucho con mirar material durante el rodaje y Ro Pichirili, la productora, nos decía: «No lo miren ahora, de ninguna manera». Y eso fue un acierto. Porque cuando estás en la vorágine de filmar, creés que sabés lo que estás contando y que encontraste lo que fuiste a buscar. Y entonces la vez siguiente vas a buscar otra cosa y te perdés lo imprevisible. Y creo que eso fue lo más rico, lo que nos salvó la película: lo imprevisible.
¿Cómo se dividieron las decisiones estéticas y artísticas entre vos y Martina?
No sé si las dividimos. En líneas muy generales, Martu está más cerca por ahí del encuadre y yo de los personajes. Pero no siempre fue totalmente así. Porque a veces nos tocó hacer sonido en una jornada o agarrar la cámara y hacer alguna cosita cada una de nosotras, más allá del equipo que se mantuvo a lo largo de la peli. Fue un proceso muy largo y a veces el equipo también tenía sus laburos y sus compromisos que no podían frenar por ir un día a filmar a Moreno. Después en montaje y en posproducción estuvimos las dos: son muchos años de trabajo conjunto y hay algunos acuerdos medio telepáticos, medio tácitos.
-Estrenar en este momento tan particular de la economía es un salto valiente y riesgoso. ¿Cómo llegan al estreno ustedes?
Cansadas (Risas). A mí me da particular ilusión qué va a pasar con Tristán con su familia, con sus amiges, con la gente que venga por su lado. En La Plata organizamos funciones conversadas con agrupaciones de familias diversas que vieron el cortometraje de ficción que Tristán protagonizó en su momento y que nos dijeron: «Nos vimos reflejados un montón ahí, en esas dudas, en esas preguntas, en esas angustias». Yo espero que con el docu pase lo mismo, que se converse más entre el público que lo necesita y también el público que por ahí no es tan afín a la temática pero que encuentra en esta peli la universalidad de una relación madre-hijo, de un crecer, de las dudas cuando uno se asoma a la adultez. Todo eso es el corazón de la peli y tengo expectativa de que resuene. Fundamentalmente igual me dan muchas ganas de ver que Tristán se encuentre con un público y con la película.
-¿Cuáles son las expectativas que tienen ustedes respecto de la temática que aborda el documental en relación a esta coyuntura?
Es un momento muy duro, efectivamente. Yo nombré al principio a la Mocha Celis, una asociación civil y un bachillerato popular que forma parte de la película. De hecho, la primera feria en la que Tristán vende sus dibujos fue en el contexto de la Mocha Fest, que es un festival que organizan para recaudar fondos. Y el discurso que se escucha en ese momento es el discurso de Virginia Silveira, que es la primera mujer trans presidenta de una asociación civil en Argentina, la primera dirigente trans de la Mocha en los 15 años de existencia, que fue estudiante de la Mocha y que ahora es dirigente. Es muy importante el crecimiento de esa generación. Actualmente, desde la Mocha hay recortes presupuestarios muy pesados que obstaculizan mucho el funcionamiento diario. Además del programa educativo, tiene programas de acceso a derechos de los que Tristán también formó parte: cómo armar un currículum aplicado a búsquedas laborales, cómo acceder a un asesoramiento jurídico para poder dar los pasos en su transición. Muchos de ellos están narrados en la película. Pero hay una estructura civil detrás de lo que la película cuenta que se le hace muy difícil el sostén diario. No solamente por los ataques institucionales, las mermas, los recortes, sino también porque es una organización que se sostiene por donaciones y la gente está muy apretada económicamente para donar un mango. Todo el contexto es muy adverso. Lo que la película plantea también es que es muy obtuso negar que la diversidad siempre existió, que va a seguir existiendo y que los derechos adquiridos no van a ser defendidos por toda una comunidad.
La expectativa es que la peli como mínimo ponga una pausa en el cotidiano y nos recuerde todo eso que logramos. Y todo lo que falta lograr, más allá de esta circunstancia.
Julia Montesoro


