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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Martina Matzkin, codirectora de «Tristán y los días por venir»: «Es una historia de crecimiento y de decidirse a ser lo que uno quiere»

Martina Matzkin es junto con Gabriela Uassouf la codirectora del documental Tristán y los días por venir, una producción de Groncho (Rocío Pichirili) y Lumen Cine (Aníbal Garisto), en coproducción con Monarca Films de Uruguay, que se estrena en salas el jueves 18.

El documental sigue el desarrollo de Tristán Miranda a través de los años: de qué manera atraviesa su adolescencia de forma excepcional y cómo vive su transición de género acompañado por su mamá Virginia Viera, sus amigos, su escuela y el estado, mientras intenta descubrir su vocación por el dibujo. Cuando las presiones de la adultez aparecen y un cambio de signo político amenaza sus derechos, se enfrenta con una pregunta: ¿es posible ser trans sin sufrir tanto? La película propone descubrir que tanto crecer como transicionar son procesos sin fin ni comienzo, solo posibles en comunidad.

-Tristán y los días por venir demandó siete años de realización. ¿En qué momento decidieron que ahí había una película, que ese era el protagonista y la manera en que abordarían el tema?

Es cierto que la estuvimos filmando a lo largo de siete años, pero la empezamos a cranear antes. El tiempo del rodaje se puede ver reflejado en la película, porque se ve cómo Tristán va creciendo de sus 14 ó 15 años hasta los 22, la edad que tiene ahora.

Nosotras lo conocíamos desde antes de empezar a filmar, durante el casting del cortometraje de ficción El nombre del hijo, en el que fue uno de los protagonistas. Allí generamos un vínculo muy fuerte con él y con su mamá por la química que teníamos, pero también por esa experiencia tan fuerte que vivió. Seguimos encontrándonos en cumpleaños, meriendas, festejos. Las ganas fueron surgiendo a partir de ese vínculo. Nos interesaba trabajar esta mirada hacia la adolescencia y la juventud en clave documental. Cuando le contamos a Tristán, se entusiasmó y tuvo muchas ganas de participar. Y su mamá también. Porque una cosa son las ganas que tiene Tristán, que es el protagonista, pero también teniamos que interesar a su mamá para participar en un proyecto que requería tiempo y mucha disposición.

-Desde la mirada del cineasta, ¿qué aspecto de su personalidad buscaron destacar?

Nos parecían interesantes muchas cosas. Cuando conocimos a Tristán nos encontramos con alguien extremadamente sensible, inteligente, muy creativo. También por eso lo elegimos como protagonista. Había algo en él que nos interesaba mucho acompañar, en un proceso de crecimiento de un período largo. También nos parecía importante retratar la transición de género sobre todo en un contexto donde su familia y su entorno lo apoyaban mucho. Durante estos siete años pasaron un montón de cosas, no solo a él en su vida personal sino también en su familia. Para dar dos grandecitas: la pandemia y este cambio tan fuerte de signo de gobierno.

Si bien la película tiene que ver con esa transición, también quisimos acompañar su crecimiento. Tristán pasó por la escuela, empezó a estudiar, empezó a indagar cómo poder transformar aquello que le gusta tanto, que tiene que ver con la ilustración, tuvo un trabajo, tuvo su primera pareja. Distintas cosas de ese crecer y de la adolescencia.

-Tristán y los días por venir se estrena el jueves 18. ¿Con qué se va a encontrar el público?

Con la historia de un crecimiento. Muy particular, desde ya: tiene esta condensación de siete años en una hora, en la que vamos a ver lo que implica esa búsqueda de ir hacia lo que uno quiere ser. Muy en relación con un contexto y con cómo el contexto influye en esa posibilidad de ir hacia lo que uno quiere. Ese crecimiento es bastante conmovedor.

Hay algo que se va vislumbrando mucho también a lo largo de los años: por un lado, el contexto social que rodea a Tristán -en las instituciones, en ciertos hitos de la transición como el cambio registral en el documento o la armonización que él en un momento decidió hacer-, y por otro, el acompañamiento de su familia, de sus amigues, que influye a través de los años. También se refleja, a partir de un cambio muy repentino en el signo de gobierno, qué papel toma un joven como Tristán, que quizás tuvo una niñez y una adolescencia distinta a la de otras generaciones de personas trans. Cómo él asume esa carga y cómo piensa los derechos que tiene, cómo se mantienen y cómo se pelea por mantenerlos y por seguir buscando los derechos que obviamente merece cualquier humano.

-Después de un proceso tan largo, de acompañar el crecimiento de Tristán y su transformación, ¿en qué momento deciden e corte final?

Creo que es una película que -como ocurre en los documentales de tan larga data-, está constantemente mirándose y repensándose. Un poco fue por el contexto, porque ya había que terminarlo. También nos parecía un lugar interesante donde podíamos ver un punto de partida y un punto de terminación de Tristán en donde… no quiero hablar del final para no spoilear, pero nos da a entender qué va a pasar con Tristán, en donde no hace falta acompañarlo unos años más, pero a la vez quizás unos años menos hubiese sido distinto. Nos interesaba que aparezca este nuevo contexto y cómo se formaba la vida de Tristán. Nos habla de un cambio, de un crecimiento que termina de contarse. Obviamente siempre está la tentación de filmar diez años más, pero con este final se logra aquello que quisimos contar.

-Me imagino que el cambio de signo político y de época -más que de época, de punto de vista respecto de estos temas- fue otro detonante para ustedes para decir «es acá».

Sí, también es un momento en donde nos parece importante e interesante que se muestre esta película en salas. Ya nos había pasado con nuestro documental anterior, Cuidadoras, en donde también se hablaba de políticas, de cupo laboral trans, de las instituciones públicas, de la vejez. Distintas cosas que desde que se filmó hasta el momento en el que se estrenó había tenido muchos cambios y también fue un punto interesante para las conversaciones que se dan después de las proyecciones, en los debates. En este caso nos parece lo mismo.

-A partir de la experiencia de Cuidadoras, ¿cuál imaginan que es el camino de esta película en este contexto?

En documentales de estas características hay que ponerle mucho el cuerpo. Siempre intentamos generar muchos espacios de encuentro, participando en salas o en centros culturales, porque el encuentro siempre es muy enriquecedor para una proyección así. Primero por el compromiso de estar ahí realmente, no como encerrado sin el celular en ese silencio y eso que genera. Después por lo colectivo de poder salir y conversar y charlar todo eso que te queda en la cabeza.

-¿Qué pasó con Tristán cuando se vio en pantalla grande como protagonista?

Se conmovió y nos dijo que le dio ternura verse de chiquito. A nosotras nos emociona verlo así, grande, porque después de tanto tiempo, nos dice «tías» y nos dan ganas de abrazarlo. Nos confesó que durante el rodaje se veía con dudas, pero que después de ver la película se sintió muy bien. Además, está pensando en qué le pasará a otros chicos de la edad que tenía él cuando empezó a filmar cuando vean el documental.

-Y a vos, ¿qué te pasó cuando después de un proceso viste por fin la película terminada, qué descubriste que no habías percibido antes?

¡Qué buena pregunta! Porque aparte una ve la película 800 mil veces. Creo que te volvés a encontrar con la emoción cuando la ves. En montaje la ves muchas veces, mirás como piecitas. Pero cuando te sentás y la ves entera y te volvés a encontrar con esos momentos en que la filmabas te volvés a conmover. Y también aflora esto de poder encontrar el contraste, el cambio de época. No solo con respecto a Tristán y las personas que lo rodean, sino con respecto a lo que lo rodea. Todavía falta este gran momento del encuentro con las personas que la vean. Y esa conversación que tenemos muchas ganas de tener.

-Ahí está el punto. Las películas cuando se estrenan realmente empiezan un nuevo camino, ¿no?

Sí, porque la repensás. Hace unos días nos preguntaban cómo había sido el proceso de escribir el guion de la película. Y lo concreto es que el guion se estuvo escribiendo todo el tiempo. Y así y todo hay algo que todavía no se termina de escribir, porque terminás de entender la película -incluso aunque la hayas filmado- cuando la conversás con las personas que la están mirando. Siempre te vuelve algo, un punto de vista, una pregunta que no te hiciste.

-Después de un corto de ficción y un largometraje documental con Tristán, ¿cómo sigue el vínculo?

A Tristán le interesa mucho contar historias delante de cámara y también detrás de cámara: está estudiando animación. Además de que ilustra, dice que allí confluyen sus dos pasiones, que son el cine y el dibujo. Estoy segura de que van a surgir más historias a partir de Tristán. Aunque creo que vamos a asumir más ese rol de tías que estamos teniendo ahora, sin cámaras de por medio (Risas).

-¿Te preguntás qué te lleva a involucrarte emocionalmente con los protagonistas de tus películas?

Hay distintas maneras de asumir una producción y hay elecciones. Que se dan naturalmente. A nosotras nos pasó en nuestra película anterior: generás un vínculo afectivo muy grande con las personas que estás filmando a lo largo de tanto tiempo. Yo prefiero trabajar de esa manera. Además una película es un hecho colectivo: ahí es donde entra también la mirada de otras personas. Por ejemplo en el montaje, que es el espacio donde aparecen todas esas cosas que una conoce muchísimo o se imagina que se notan. Pero de pronto viene alguien que quizás no estuvo en el lugar y te cambia la mirada. Hay quienes estamos más cercanas a Tristán y otros que no, y está buenísimo que así sea. En nuestro caso, preferimos trabajar así. Sobre todo con Tristán, que empezó filmando siendo muy chico. Siempre es importante respetar sus ganas. De hecho Tristán, cuando empezamos la peli, tenía muchísimas ganas de participar y a veces le daba un poquito de vergüenza. Hubño un día que -tenía 16 años- estaba de mal humor y no tenía ganas de hacer algo y estuvo muy bien. Y hacia al final de la película ya nos llamaba y nos decía «che, filmamos esto, me parece importante que aparezca tal otro». El siempre tuvo ganas de que esta película salga. Y pasó a ser cada vez más propositivo y nos encanta que así sea.

-En este contexto de tanta dificultad para la cultura en general, pero para la industria audiovisual en particular, ¿vale la pena seguir haciendo cine en Argentina?

Claro que sí. En Argentina y en todo el mundo sí, obviamente sí. Necesitamos tener y construir nuestro discurso, lo más diverso posible. Y en particular tener un lenguaje que represente un lugar de encuentro.

Julia Montesoro

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