Federico Luis hizo historia en el Festival de Cannes, que finalizó el sábado 23. Es el primer argentino en alzar la Palma de Oro al mejor cortometraje con su película Para los contrincantes, que paradojalmente no tiene participación argentina: se trata de una coproducción entre México, Francia y Chile que aborda una conmocionante historia sobre el boxeo infantil en México. El periplo europeo del cineasta argentino prosigue en Madrid, donde el viernes 29 se presenta una retrospectiva con cinco de sus cortometrajes.
-¿Cómo son estos días desde el momento en que alzaste la Palma de Oro en Cannes hasta hoy?
Un poco intensos (Risas). No estoy acostumbrado a recibir tantos mensajes como sucedió en estos días. Y encima, arrastrando el cansancio de haber estado muchos días seguidos en Cannes, que es un lugar en donde uno se cansa cinco veces más de lo que se cansa en cualquier otro lado. Así que llego con la última energía. Pero muy contento sabiendo que esta Palma de Oro es un premio que va a significar un camino más allanado hacia las siguientes películas, que tengo muchas ganas de hacer y que vengo preparando hace mucho con mucha dedicación. Y también para lo que tiene como impacto una noticia así en el contexto de nuestro país, con las cosas que ya sabemos, como la casualidad (o no) de que haya llegado por primera vez en este momento. También me parece importante para tener la ilusión de que no hay posibilidad de que ninguna institución política pueda deshacer del todo algo tan poderoso y libre como es el cine, si bien uno siempre desearía que lo pueda apoyar, porque es algo que nos ayuda a pensarnos, a entendernos y a ser mejores seres humanos.
-En este contexto difícil y con una producción no argentina, ¿te sentiste representante de la cultura y del cine argentino, particularmente en una vidriera tan prestigiosa como la del Festival de Cannes?
Sí. En realidad, si bien eso lo siento y lo llevo conmigo todo el tiempo, también es cierto que uno al final no es otra cosa que un solo cuerpito con su película, que es muy chiquita, y que trata todo el tiempo de mantenerse lo más cercano a la Tierra. En ningún momento sentirse más de lo que uno es o creer que puede representar más de lo que uno es. Sí, siempre cuando recibo mensajes lindos de gente que se siente inspirada por las películas que hacemos es muy lindo Y de esas inspiraciones que me han dado otros cineastas es de lo que también estoy hecho yo y de lo que están hechas mis películas.
-¿Qué es Para los contrincantes y qué planes de rodaje tenías hasta que encontraste esta historia?
Estoy con otro proyecto desde hace dos años, desde que nació Simón de la montaña, que fue también en Cannes. Venía diciéndome que tenía que poner en marcha alguna otra cosa, sobre todo asustado con el vacío enorme que uno puede llegar a sentir después de terminar un proceso que lo llenó tanto durante tanto tiempo. Simón de la montaña me llevó casi unos ocho años. Y cuando me estaba a punto de quedar sin esa cosa que organiza la vida y que hace que todos los días uno sepa por qué se va a despertar, empecé a pensar sobre la siguiente película. Hay un escritor mexicano que se llama Mario Bellatin, que siempre fue un escritor muy interesante, a quien admiro mucho su universo. Me había despertado interés un libro que se llama Perros héroes, para intentar escribir algo a partir de eso. Lo estoy transformando en un guion escribiendo con Agustín Toscano -con quien también hicimos Simón de la montaña y con Matías Fernández Burzaco, que es también un escritor argentino y amigo. Esta película se va a llamar El entrenador de perros. Con mucho, mucho, mucho trabajo durante estos dos años fuimos pasando por distintas instancias, como laboratorios con tutores por momentos geniales -como Albert Serra o Kleber Mendonça en la residencia de la Academia de Cine de España- o en la residencia del Festival de Cannes.
Trabajamos mucho en eso y también fuimos a la Ciudad de México a visitarlo a Mario, para contarle las ideas que veníamos teniendo y qué nos imaginábamos, porque el proyecto lentamente se fue despegando un poco de su novela, aunque guardando los personajes y su concepto fundacional. Mario es una persona bastante inquieta y no le gusta sentarse a conversar. Entonces todos los días me decía: «Bueno, vamos que te llevo a dar alguna vuelta por tal lado». Y cada día por un lado distinto. Y uno de esos me dijo que me iba a mostrar el boxeo de Tepito. La sorpresa que tenía es que los boxeadores eran de entre 5 y 15 años. Eso me dejó bastante impactado.
-¿De qué forma esa sorpresa modificó tus planes?
En México el boxeo podría tener un paralelismo con el fútbol en Argentina, porque es el deporte más popular. En las capas más bajas de la sociedad tiene muchísima pregnancia, porque tiene esta idea de que uno puede dar un salto económico a través de crear un boxeador profesional. Entonces es muy común que muchas familias lleven a sus hijos varones desde muy chicos a practicar boxeo. Y cuando estuve frente a esa situación me pregunté cómo no había una fila de cineastas que quisiera hacer una película sobre eso. Empecé a conocer un poco más ese mundo. Conocí a Damián en particular -el chico que protagoniza el corto-, que como los demás chicos, tenía el deber de performar, ser un adulto profesional, boxeador, y de esa manera borrar un poco su identidad de niño. Y ese trabajo de hacer eso me conmovió mucho. Y particularmente con él, que sentí que no solo era un gran boxeador, sino un gran actor, porque no se le filtraba tanto como a otros nenes esa cosa más infantil. Cuando se convertía en boxeador parecía realmente un profesional de 30 años que había boxeado toda su vida, pero tenía solo 11. Inmediatamente me pareció muy cinematográfico y me dieron muchos deseos de poder filmar.
-El eje de la historia es un chico boxeador, así como en Simón de la montaña y en el corto Cómo ser Pehuén Pedre, las personas son el punto de partida para los proyectos.
Sí, totalmente. Reales o imaginarias, pero siempre personas. En el caso de esta película que venimos trabajando, El entrenador de perros, que vendría a ser la segunda película de ficción que voy a intentar hacer, sobre el libro de Mario, empezamos por una persona que en realidad es parte de un mundo imaginario. Pero que luego fuimos llenando y completando mucho junto a Agustín y a Matías. Tiene un cuerpo parecido al que tiene el personaje, que es un hombre inmóvil que entrena perros de raza pastor belga malinois, que son los perros que suelen usarse en los ejércitos, en la policía. Son perros de muy alto entrenamiento, de seguridad y de ataque, increíbles, pero tienen un poco de mala fama por las tareas que les toca hacer o las que pueden aprender. Es muy curioso que por su capacidad de aprendizaje tienen mucha mala fama. Porque también son los más dulces. Una vez que aprenden, pueden aprender cosas muy buenas o muy malas.
-Al retratar personas en su mundo, ¿cómo trazás la frontera entre la ficción y la no ficción?
Siempre de formas distintas. Es algo que voy descubriendo a medida que vamos avanzando en el proceso de hacer la película. Suelo trabajar bastante en muchas instancias distintas, como si fueran formas que intento capturar o traducir de lo real o de la persona con la que estoy trabajando o el personaje. Y procuro encontrar a través de pruebas filmadas o de escritura de un guion, o de conversaciones, o de ver películas y conversar sobre ellas, o de vivir cosas que no tengan nada que ver con la película. Son todas diferentes formas en las que se juega esa posibilidad de vivir o de pasar tiempo con la persona que voy a tratar de filmar, para poder encontrar de qué manera se va a poder registrar o capturar a través de una cámara las características más hermosas o más especiales que yo pueda ver en esa persona.
-Es un mix de muchas cosas, de muchas experiencias y muchas sensaciones, más allá del guion.
Al principio siento que ponemos en marcha muchas cosas y después vamos viendo cuál va creciendo más en el camino. Por ahí en un momento cobra más importancia el guion, por ahí termina desapareciendo del todo. Es como si fuera una carrera autitos: a medida que van avanzando algunos se van quedando, se rompen, quedan al costado. Y hay uno que llega adelante y es el que va terminando de definir la identidad de esa película. Todos los cortos que fui haciendo tienen pruebas bastante distintas entre sí (algunas salieron mejor, otras no tanto), pero todas trataron de encontrar algo especial en cómo se ve a los personajes y qué forma cobra esa película a partir de ese personaje.
-En Para los contrincantes hay una tensión muy fuerte entre la belleza y la brutalidad; la inocencia y la violencia; la niñez y la adultez. ¿Cómo trabajaste frente a esas contradicciones?
En realidad son contradicciones que están en el mundo y que uno va viendo. En este mundo en particular del box mexicano, yo llegaba como un extranjero total. Extranjero en el sentido de que no llevo una vida viéndolo o conociéndolo como otros temas u otros personajes que traté. Eso me ponía en un lugar más novedoso y por ahí incómodo, pero también muy interesante, porque me daba una frescura de no cargar con muchísima información o ideas previas y estar muy disponible a entender de qué manera iba a reaccionar mirando eso. Sí supe que así como estaba en una situación de extrañeza, también era de mucha cercanía, porque apenas entré en ese lugar me impactó y me conmovió tanto que lo sentí muy fuerte en mi cuerpo y supe que había algo adentro de esa situación que estaba viendo que podía reconocer. No terminaba de entender bien qué era ni cómo, pero después de empezar a profundizar… en particular, lo que ahí pasa es que uno como niño tiene sobre sí mismo el peso de las expectativas de muchos adultos que quisieran que uno sea de una manera. Y por ahí uno es un niño y al mismo tiempo quiere cumplir con lo que le piden su padre, su entrenador de box, su madre, sus amigos. Uno mismo empieza a creer que realmente tiene que hacer eso. Y a la vez hay una facilidad para que todo eso se desvanezca en un segundo, una velocidad para pasar de un estado al otro que después ya no es tan común en las personas. Siento que después cuesta más ese dinamismo entre las formas de ubicarse dentro de un espacio social, de un rol que uno tiene que cumplir en determinada situación.
Eso me pareció muy interesante. Y ese estado en el que estaban esos niños -y particularmente este niño-, me dio muchas ganas de intentar capturar. Particularmente, en un momento quise decirle algo apenas terminó una de las peleas y su papá me dijo: «Mirá, tenés que esperar como cinco minutos porque cuando termina de pelear está en un estado lisérgico. Te va a decir que sí, pero no te está escuchando porque está ido. Hizo un gasto de energía tan extremo y tan grande que no es él, es como otra persona. Entonces tenés que esperar, le lleva más o menos cinco minutos volver a su cuerpo». Y una vez que él me dijo eso, que me resultó muy impresionante, me puse a mirar ese momento en particular. Efectivamente, estaba él tratando de ser adulto como un personaje, después él como niño -otro personaje- y luego él en ese estado final, después del esfuerzo de una pelea; como un tercer personaje, que es de un nivel de indeterminación. Ese estado me dio un nivel de curiosidad más grande que los otros dos. Me parecía que uno no puede entender a la velocidad con que las cosas suceden en la vida real, pero sí a través del cine. Porque uno puede volver a ver, tratar de entrar con una cámara y capturar algo de ese estado que es tan misterioso y tan complejo.
-En la conferencia de prensa posterior a recibir la Palma de Oro, hablaste de las complejidades que encuentra hoy la actividad cultural en la Argentina y de la necesidad de abrir fronteras para interactuar y coproducir con otros países. ¿Cuál es tu situación hoy frente a este escenario?
Antes que nada, todo lo que dije en la conferencia de prensa lo pensé muy rápido. Primero porque no sabía que iba a recibir el premio y tampoco sabía que había una conferencia de prensa. Todo lo que dije lo fui pensando mientras me lo preguntaban. Pero después lo leí y siento que, si bien es realmente lo que pienso y es lo que sucede, la idea con la que más me quedo es con el concepto de pensar que el territorio de la cultura no es el mismo territorio que el de la economía o el de la política. En mi caso, me siento muy local en muchos de los países que fui conociendo de Latinoamérica. No me pasa lo mismo tanto cuando viajo fuera de ese territorio. Uno va teniendo amigos y sintiéndose más cómodo en distintos lugares, pero en Latinoamérica pasa algo donde uno dice: «Ah, claro, hay algo que tiene que ver con las características culturales de la gente que me hace sentir cierta hermandad o cierta proximidad instantánea».
También me ocurrió en México. Este corto fue filmado con una mezcla de equipo técnico mexicano y argentino. Muchos de los que filmaron conmigo Simón de la montaña también estuvieron en esta película. Me ha pasado con muchos amigos que se quedaron sin trabajo en Argentina y que México los recibió con los brazos abiertos. Entonces, hacer ese movimiento a México me resultó muy natural porque no fue llegar a un lugar donde desconocía todo y me sentía un extraño, sino que era una mezcla entre sentir esa extrañeza y a la vez de familiaridad. Creo que de eso está hecho este corto.
Me preguntaron sobre esto un par de veces en Cannes. Creo que uno puede pasarse todo el tiempo quejándose o también puede pasarse el tiempo pensando cómo va a poder hacer las cosas igual. A mí, por ejemplo, me pone muy contento ver el caso de El tren fluvial, la película que hizo Toto Ferro con Lucas Vignale, que son amigos míos. Toto fue también el protagonista de Simón de la montaña. La película estrenó una sección importante de la Berlinale y está hecha de una forma inexplicable. Es impresionante cómo nació y se pudo hacer a pesar de cualquier complicación que pueda tener una persona de la edad de los chicos, entre 25 y 28 años, en Argentina. Está bien que Toto tiene toda su carrera de actor, pero hacer una película y que el resultado sea el que fue, habla de algo que está entre los realizadores y realizadoras argentinas: una fuerza para hacer cine que trasciende las complicaciones que pueda tener un contexto en particular. Ni hablar éste, que probablemente sea de los más complejos. Por lo menos desde que yo nací, seguro.
Después, uno siempre sueña con que las cosas puedan mejorar, y que el cine es una actividad que nos da tanta oportunidad de pensarnos y de vernos como humanos, que uno siempre sueña que pueda contar con un Instituto de Cine ordenado, que funcione bien y que pueda apoyar el cine argentino, sobre todo en su diversidad. Películas que quizás no van tan necesariamente de la mano con el mercado y que necesitan un apoyo institucional y estatal para poder existir, y que muchas de ellas después tienen reconocimiento en festivales de cine de arte de todo el mundo, y que hacen tanto bien a la hora de poder pensar nuestro territorio argentino por fuera de los mecanismos con los que estamos acostumbrados.
-El viernes 29 vas a estar en Madrid entonces presentando una retrospectiva de cinco de tus cortometrajes. A partir de allí, ¿cómo sigue el camino?
Me quedo en Madrid. Vamos a participar en el Cannes Forum con el proyecto de un documental en el que vengo trabajando, pero que lo tengo un poco más guardado porque quisiera hablar de él cuando ya esté terminado y encuentre dónde estrenarlo. Después vuelvo para Buenos Aires. Para empezar a preparar las películas del futuro.
Julia Montesoro


