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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Eduardo Montes-Bradley estrena «Buscando a Tabernero»: «Tengo una recurrente fascinación por los procesos políticos del siglo 20»

Con el documental Buscando a Tabernero –que se estrena el jueves 26 en Cine.ar-, Eduardo Montes-Bradley rescata la figura de Pablo Tabernero, uno de los más notables directores de fotografía del cine, a través de su periplo (y sus renacimientos) previos al desembarcar en la Argentina.

Nacido en Berlín como Peter Paul Weinschenk, Tabernero se formó en la República de Weimar, huyó del ascenso nazi, pasó por la Guerra Civil Española y arribó al país a fines de la década del 30. Entonces adoptó un nuevo nombre y desarrolló una nueva vida. Montes-Bradley descorre el enigma de su pasado y pone el eje de ese extraordinario periplo que lo llevaría a convertirse en maestro de una generación de iluminadores.

-¿Cómo llegaste a Tabernero?

Fue una coincidencia. Su hijo mayor, Henry, vive en el mismo pueblo que vivo (Se refiere a Monticello, estado de Virginia, Estados Unidos). Un pueblo donde había solo cuatro argentinos y donde eventualmente nos juntábamos a comer en la universidad local. Siempre hablaba de que su padre había sido director de fotografía en la Argentina. Era una escena tomada de la mesa del café de aquel programa cómico de la televisión, Polémica en el bar: cuando él decía que su padre era famoso, nadie le creía y nos levantábamos de la mesa. Un día quise saber y me respondió que su papá se llamaba Tabernero. Y que les había contado que se había cambiado el nombre porque los argentinos no lo podían pronunciar bien. Sentí un escalofrío. Le respondí: “me parece que tu papá te engañó, debe haber otra razón por la cual se cambió el nombre”. Quise saber más. Y surgieron nuevas intrigas. Entonces me encargó que llevara adelante la investigación sobre el pasado de su padre en Europa. De a poco empezamos a conocer más cosas. Esa generación no contaba mucho, como pasa con los veteranos de la Segunda Guerra: no es que llevan sus historias trágicas y bélicas colgadas de la solapa.

-Tabernero llegó a la Argentina, exiliado, hacia 1937. Seguramente pocos sabían de su pasado europeo.

…Y de sus exilios. El primero fue a los 8 años. Alemania estaba azotada por dos tragedias públicas: la revolución del 18 y la fiebre española, una pandemia como la que nos acosa ahora. La madre lo fleta a Suiza para que vaya a vivir con su padre, que entonces estaba enfermo de tuberculosis. El viaja solo desde Berlín hasta Arosa. Allí se produce el primer contacto con el blanco y negro. Con los años se convertirá en un gran xilógrafo, un excelente artista, siguiendo el estilo de William Morris y acompañando el resurgimiento de la xilografía en el mundo. Nace viendo estas imágenes en blanco y negro en el grabado: empieza transformando un cuadro y termina transformando el cine.

-¿Qué aspectos te interesaron de su vida para poder plasmarlo en una película?

Si uno toma distancia de mi trabajo verá que tengo una recurrente fascinación por los procesos políticos del siglo 20. Los sujetos son una excusa para un viaje. Tabernero era una excusa ideal: me fascinó el hecho de que pueda esconder su condición de judío durante tantos años, que tiene que ver con el julepe que se llevó. Si no hubiera actuado a tiempo, hubiera terminado en un campo de concentración como su suegro o sus parientes más cercanos. El alcanzo a rajar pocas semanas antes de la quema de los libros en la Plaza de la Opera de Berlín, en mayo de 1933.

Lo otro que me fascinó –y que me llevó a tratar de entender-  es que en la Argentina decían que la primera película de Tabernero había sido Nace un amor o Prisioneros de la tierra. Cuando ya tenía 28, 29 años. Y la gente no nace de un ajo, como decía mi abuela. Por eso quise saber cuál era su formación, quiénes fueron sus influencias, a quiénes influenció después.

-Te convertiste en su biógrafo aun sin proponértelo.

Lo importante fue descubrir eso: de dónde venía, qué importancia tuvo después. El fue alumno de Werner Gräf, el fotógrafo moderno por excelencia, precursor de la cinematografía moderna. Se formó con él como ayudante de cátedra en una de las escuelas más importantes de Berlín, más importante que el Bauhaus. Tenía una formación sólida. Ya en la Argentina, forma una nueva generación de directores de fotografía: Ricardo Aronovich, Juan Carlos Desanzo, el Chango Monti. Ellos, como tantos otros, vienen de ahí. Alguna vez, compartiendo una cerveza con Ricardo en Normandía, me confesó que cierto día se encontró con Truffaut y le hizo una pregunta técnica, y él le dio una respuesta “tabernera”. Fue como una revelación: en esa secuencia Werner-Tabernero-Truffaut-Aronovich entendí que la enseñanza no termina nunca. Me siento muy satisfecho de poder ser un eslabón en la cadena, de ayudar a transferir los conocimientos. Y también ser útil para que la gente entienda cuál es el rol autoral en la dirección de fotografía.

Tabernero y Soffici

-Un rol fundamental, aunque no siempre reconocido.

-Tengo una hipótesis arriesgada, montesbradleyiana, sobre Prisioneros de la tierra. Mario Soffici, florentino, tenía una acabada cultura, sin ninguna duda. Pero los movimientos de cámara de Prisioneros no los pudo haber imaginado ni en sus más febriles atardeceres. Esos son movimientos de cine documental, forjados en la Guerra Civil Española, en las trincheras de las columnas de la CNT (Comisión Nacional del Trabajo) y de Buenaventura Durruti (líder anarquista) en la Defensa de Aragón. Hay documentales que muestran la cámara de Tabernero saltando de trinchera en trinchera, moviéndose con los heridos, avanzando y retrocediendo con la cámara en mano. Y esos son los movimientos de Prisioneros. Nada que pueda probar que Soffici haya tenido una experiencia similar antes.

-Buscando a Tabernero se puede ver como un documental de aventuras. Las que transitó el personaje y las que emprendiste vos mismo. ¿Cómo fuiste llegando a esa información?

-Gracias a que el alemán era de una alemanidad previsible: guardaba todo. En el momento en que se raja de Berlín, en mayo de 1933, pasa por la tintorería a buscar un saco para el viaje. ¡Guardó hasta el recibo! Uno de sus hijos es el más parecido él con respecto a esa neurosis y conserva todo lo que tenía el padre. Gracias a eso nos dimos cuenta que había trabajado en el cine comercial de la Segunda República Española sin figurar en los créditos. Por suerte está el contrato y las fotos. Con estos hallazgos hicimos muy felices a la Cinemateca Alemana, que pudo recuperar fotos de la escuela del instituto donde estudio en Berlín, de las que no quedan rastros por el bombardeo de los aliados. Y también a las filmotecas de Madrid y de Cataluña, que recuperaron documentos que no existen por la Guerra Civil.

-¿Hay documentación desconocida relacionada con la Argentina?

Sí, hay un documento interesantísimo: el acta de fundación de la primera asociación de directores de fotografía, firmada por él a pedido de Eva Perón.

-Con Buscando a Tabernero terminada, ¿la ves incompleta? ¿Te quedó algo por decir, una ciudad o un testimonio que aun no apareció?

Sí. Pero no a mí. Yo quería saber quién era Tabernero antes de ser Tabernero. Y la película termina básicamennte con su desembarco en Buenos Aires. A partir de ahora, confío en que haya directores de fotografía que quieran hacer su primera película como directores de cine y quieran encarar un estudio antropomórfico de Tabernero en el cine argentino de los 40. Quien quiera hacerla, tiene mi documentación al alcance de sus manos.

-Con el documental terminado, ¿qué comprendiste de Tabernero?

Todo lo que hizo fue para sobrevivir y para cuidar a su familia. De alguna manera fue un huérfano: perdió a sus padres muy temprano e hizo un gran esfuerzo por formar y proteger una familia. El primero fue en la noche del estreno de Prisioneros: exactamente nueve meses después nació su primer hijo. La descendencia estaba asegurada.

Julia Montesoro

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