Mercedes Morán estrena «Sueño Florianópolis»: «Es una mirada muy piadosa sobre la separación»

El jueves 17 se estrena Sueño Florianópolis, la comedia dramática de Ana Katz, con Mercedes Morán y Gustavo Garzón en los roles principales. Por su papel de Lucrecia, una psicóloga que viaja a Brasil con su marido “técnicamente separados” y sus dos hijos adolescentes, Morán obtuvo el premio a la mejor actriz en el Festival International Karlovy Vary 2018.

Sueño Florianópolis es la única película estrenada este año de las cuatro protagonizadas por la actriz y presentadas en 2018 (las otras tres fueron El ángel, Familia sumergida y El amor menos pensado, llamativamente todas ellas exhibidas en el Festival de San Sebastián). En todas ellas, Morán hace el rol de una madre; en este caso, encarna a la madre de su propia hija, Manuela Martínez

Mercedes Morán dialogó con GPS audiovisual acerca del estreno de Sueño Florianópolis y su gran momento como actriz.

– ¿Cómo fue trabajar con tu hija?

Al principio fue raro. Temí que esta tendencia sobre protectora mía, me distrajera de la concentración en la que me gusta meterme cuando filmo. Pero desde el primer día de rodaje, me di cuenta de que no tenía que ocuparme de nada. Ella es muy autónoma y tiene un vínculo tan aceitado con la gente, que todo fluyó naturalmente. Disfruté mucho hacer Sueño Florianópolis. La película tiene humor, ironía, situaciones por momentos desopilantes, a partir de un matrimonio con dos hijos adolescentes, recientemente separado, que tenía unas vacaciones pagas en esas playas de Brasil, y decide irse igual, pese a estar separados, y hacer cada uno la suya, como si algunos países pudieran ser portadores inmediatos de felicidad. Es también una historia de vínculos familiares, y desde ahí trabajamos muchas situaciones con Gustavo Garzón, que hace el personaje del padre, y que también trabajó con su propio hijo.

– ¿Tu personaje descubre sus verdaderos sentimientos y deseos a partir de ese viaje a Brasil, o solo se permite fantasear con todo eso por unos días?

Es una mujer que está atravesando un proceso de crisis con su separación. Después de haber construido esa familia, está deseando profundizar esa separación, que empezó cuando comienza la historia de la película. No sabemos de quién fue el acuerdo de vacacionar juntos, a pesar de su estado. Creo que su intención es mantener ese estado, aun dentro de sus vacaciones juntos. Y espera que el paisaje o la fantasía que propone Brasil la ayude a llevarla a cabo.

– ¿La película puede ser considerada una mirada irónica sobre ciertos usos y costumbres familiares de la clase media?

Puede ser eso y también lo que le pinte a cada uno. Eso es lo que tiene de bonito las películas. Y lo que tiene para nosotros como sorpresa. Cada espectador hace su lectura más allá de lo que nosotros hacemos. Puede ser que sea irónica: Ana (Katz) tiene algo de ironía. Pero me parece que en este caso hay una mirada muy piadosa con respecto a la situación de la separación: a esas contradicciones, esas idas y vueltas, esa necesidad que tenemos siempre de vernos en un espejo donde nos reflejamos mejores de lo que somos, que de alguna manera es lo que pasa con esa familia. Hay como una sensación de que al estar en el exterior, hablando en otro idioma, se puede adquirir la alegría y la libertad como si fueran remeras de algodón.

– Presentaste la película ante públicos de distintos lugares. ¿Qué aspectos de la historia o de los personajes destacó la gente luego de verla?

Yo dudaba de la universalidad de la historia. No por la historia de la familia en sí, sino por el contexto en que se desarrolla, por lo que nos pasa a nosotros con Brasil. Me maravilló sentir que los argentinos no somos los únicos que tenemos un país vecino en el que nos espejamos, al que amamos, al que odiamos, sino que casi todos los países en el mundo tienen otro vecino con una dinámica bastante similar. Me lo contaron en varios lugares, muy distintos a nuestra cultura, como República Checa. En El Cairo los comentarios que me hacían sobre todo los hombres (las mujeres se quedaban calladas o se retiraban) tenían que ver con lo moral.

– Sueño Florianópolis es la última de las cuatro películas que presentaste el año pasado. ¿Cómo es volver a ver  tu propio trabajo a la distancia?

Desde hace mucho tiempo estoy haciendo un trabajo conmigo misma para ser menos crítica. De todas maneras, me cuesta mucho verme. De hecho cuando filmo, no veo material. La primera vez que veo algo es cuando el director tiene un prearmado de la película y se anima a mostrarla. Y después, cuando pasa el tiempo, soy más benévola. De pronto estoy en casa haciendo zapping, encuentro que pasan en algún canal una película mía, y me permito verla desde un lugar más alejado y apreciarla más. Pero me cuesta mucho. De hecho, con esta proliferación de películas que tengo ahora, y que desde afuera se ve como el gran momento, yo pienso ‘ay, se van a aburrir de verme tanto’ (sonríe). Pero estoy aprendiendo a ser más piadosa conmigo. Además el hecho de filmar más, en películas tan distintas y en las que se juegan cosas tan diferentes, fue un aprendizaje interesante. Y de verdad, me siento una privilegiada.

-¿Por la diversidad de las propuestas?

Y por los directores con los que pude trabajar y hacer todo tipo de cine: el de la gran industria, o el de muy bajo presupuesto. También muchas óperas primas. De verdad, soy consciente de que es un privilegio. Y además, sirve para terminar un poco con este miedo o mito -como lo querramos llamar-, de que a determinada edad empiezan a menguar los lindos personajes. Yo empecé en el cine no muy joven, después de haber hecho una larga carrera en teatro y televisión. Y tocaron personajes muy lindos, a partir de una edad ya bastante madura. Lo primero importante que hice, creo que fue lo de Lucrecia Martel. Empezar con las dos primeras películas de Lucrecia, fue un antes y un después en mi conexión con el cine. Yo aprendí mucho del cine, haciéndolo. Y al lado de artistas importantes. Ese comienzo con Lucrecia, para mí fue una beca.

Julia Montesoro

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