Ingrid Pokropek, premiada en San Sebastián por su proyecto «Las ilusiones»: «La literatura fantástica influyó en la película»

Ingrid Pokropek llegó al 74° Festival de San Sebastián con Las ilusiones, su segundo largometraje, un proyecto que profundiza una línea que ya estaba presente en Los tonos mayores”: la convivencia entre un universo cotidiano y la irrupción de lo fantástico. La película, ambientada nuevamente en Buenos Aires, imagina a tres personas que piden deseos a una estrella fugaz, pero un error hace que cada una reciba el deseo de la otra. Presentada en el Foro de Coproducción Europa-América Latina del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Las ilusiones recibió el Premio DALE, consistente en 10 mil euros y destinado al desarrollo de proyectos entre América Latina y Europa.

-Las ilusiones parte de una premisa muy concreta: que tres personas piden un deseo a una estrella fugaz y por un error, cada una de ellas recibe el deseo que había pedido la otra. ¿Cuál fue el punto de partida de esa idea y cuándo se convirtió en una película?

Hay un interés muy inicial en mi vida sobre lo fantástico. Estuve muy acompañada por la literatura fantástica durante toda la infancia y la adolescencia gracias a mis padres. Ya había hecho un corto en segundo año de la carrera, que trataba sobre cinco personas que se soñaban entre ellas. Uno de ellos se enamoraba de la chica con la que soñaba, preguntándose si ella alguna vez soñaría con él, sin saber que ella también estaba soñando con él.

Hay algo del intercambio de la magia que se equivoca que siempre me resultó muy interesante. En el 2021 vi una película en el Festival de Mar del Plata, What Do We See When We Look at the Sky?, de Alexandre Koberidze, que me había gustado mucho. Me dije: «Esta película resuena mucho con los cortos que hice, con mis intereses». Ni siquiera habia empezado a filmar Los tonos mayores. Pero allí había algo que me interesaba. Y ahí se me ocurrió pensar en la película y en la posibilidad del intercambio. Pero no de sueños sino de deseos. Como el cuento La pata de mono (del británico W.W. Jacobs), en que uno pide un deseo y después le regresa como una maldición. Yo no lo planteo como una historia de terror sino más divertida, a partir de que a cada uno le tocó algo que no le convenía a él sino a otro.

-¿Qué te interesa explorar de esos deseos cruzados?

Antes que nada, la idea del deseo: de la ilusión, de la proyección. El nombre de la película viene un poco, aunque no tenga nada que ver argumentalmente, de La gran ilusión, de (Jean) Renoir, que me gusta mucho. Es una película de guerra que no tiene nada que ver con ésta, pero siempre me gustó mucho el nombre de la película. Me interesa lo que dice François Truffaut sobre ese nombre: a qué se habrá referido Renoir, cuál es la gran ilusión. No importa tanto si es la ilusión del fin de la guerra, de la posibilidad del amor o de la amistad atravesando fronteras, dice Truffaut: lo que importa es que la ilusión es lo que empuja a los personajes a seguir viviendo. Eso como idea me parece muy lindo. Acá, aunque a cada uno no se le cumpla el deseo que buscaba, al final reciben el deseo que necesitaban.

-Esa relación entre lo fantástico y lo real, que ya estaba en tu primera película, ¿aquí cómo se manifiesta?

Lo fantástico es algo muy pequeñito porque es el disparador. La película empieza con lo que le sucede a cada personaje hasta que piden su deseo y uno entiende por qué lo piden. Y después se va a generar el equívoco. A partir de ahí va a ser una comedia dramática de enredos.

-¿Cuál es en este caso la relación entre lo fantástico y lo tangible?

Tiene que ver con el trabajo que me interesa hacer con la Ciudad de Buenos Aires, que por otra parte ya hice con Los tonos mayores. Me interesa la tradición de la literatura fantástica argentina y explorarla en el cine porque, a diferencia de un relato maravilloso donde todo es mágico (como Alicia en el país de las maravillas), me gusta que el fantástico trabaje con lo concreto, con una ciudad real, con un cruce entre dos calles enrarecida por un pequeño elemento extraño. Como también soy productora, pienso mucho en términos de producción. Y pensar una película que sea de un universo paralelo completamente extraño sería imposible de realizar. No me interesa, además. Lo fantástico tiene la posibilidad de hacer algo hermoso y viable, que es que lo mágico habite un espacio. Hay un dispositivo que no usé en mi película anterior, que es el de la voz en off, que va a ser un narrador que nos va a ayudar a colocarnos en este universo de fábula. También se relaciona en mi vínculo con la literarua con algunos de los cortos que hice. Pero sobre todo los personajes van a creer que están habitando la vida normalmente, sin entender por qué les ocurre lo que les está pasando. Sobre todo, un personaje que vuelve de la tumba, el más extraño. Pero más allá de eso, me interesa esto de que uno vea una Buenos Aires en la que uno sabe que hay algo que está flotando, que está atravesando el mundo y que los personajes no conocen. El espectador tiene esa información, pero ellos no.

-Y otra vez Buenos Aires como protagonista: un personaje más de la historia, me imagino.

Recontra. Buenos Aires es un personaje más. De hecho, es algo que en un foro de coproducción aparece todo el tiempo como pregunta: «¿Y se puede filmar en tal otra ciudad?». Bueno, más o menos. Uno puede producir y pensar variantes, pero Buenos Aires es el centro, el corazón de la película. Yo crecí en el conurbano y vivo en Capital desde hace muchos años. La Ciudad de Buenos Aires siempre para mí fue un lugar fabuloso, interesante, como una aventura en sí misma, y me gusta eso de utilizarla como la base para el extrañamiento.

–Desde Los tonos mayores hasta Las ilusiones, ¿qué cambió en tu manera de escribir, de pensar, de concebir una historia?

Está buena la pregunta. Los tonos mayores fue una película que escribí muy sueltamente durante la pandemia, donde el futuro era completamente incierto, como quien tira una botella al mar y dice: «A alguien le va a llegar». Algo de eso también daba la posibilidad de escribir mucho más libremente. Las ilusiones la escribí con mucha más conciencia de la filmación: tengo fe de que esta película se va a poder hacer. Eso cambia mucho la manera de escribir. En mi primera película tuve dos tutores de guion: Agustín Mendilaharzu y mi novio, Nicolás Schujman. En esta, colabora Walter Jakob. No es coguionista, pero su presencia se volvió muy importante porque es una película con una complejidad muy grande, con tres personajes que tienen puntos de vista iguales y donde los enredos hacen que se complejice mucho. Su capacidad de ver globalmente la estructura de la película y de entender hacia adentro me sirvió un montón.

-Incluso como productora también debe haber cambiado tu mirada.

¡Sí, total! Si bien en Los tonos mayores también pensaba la producción y escribía pensando en las locaciones, hay algo de haber estrenado una película que es muy importante. En la segunda ya entendés qué funcionó y qué no, qué podés investigar, qué podés probar.

-¿Qué elementos de Los tonos mayores buscaste cambiar en Las ilusiones?

Aunque tienen muchos puntos en común, una gran diferencia es que Los tonos mayores, al ser también el punto de vista de una niña de 14 años un poco inmadura, que está entrando en el mundo de la adultez, tiene una mirada algo más ingenua. Sin abandonar el interés por hacer una película luminosa, que crea en la Humanidad, que sea amable, me interesa que Las ilusiones tenga una mirada un poco más adulta y menos ingenua con la realidad.

-¿Cómo fue la experiencia aquí del Foro de Coproducción Europa-América Latina, donde además te vas con un premio para el desarrollo del proyecto?

Fue intensa y espectacular. Es la primera vez que vengo al Festival de San Sebastián y me gustó mucho darme cuenta de algo que ya sabía, pero que cuando uno está ahí y lo habita es distinto, que es ver el lugar que le da el festival al cine argentino. Que ya esté los ojos de (Ricardo) Darín todo el tiempo mirándonos es muy contundente, más allá de que Darín está muy presente siempre en nuestra vida porque está por todos lados. Algo de eso me conmovió un poco, me hizo sentir muy contenta de que, dentro de un panorama tan complicado, fuéramos tantos los argentinos que estamos acá y que sabemos que eventualmente nuestras películas se van a hacer. El foro estuvo buenísimo. Es un espacio en el que conocés un montón de gente y donde te das cuenta también de que lo que vos estás trayendo de un lugar tan lejano puede llegar a conectar e interesar a alguien que viene de un lugar redistinto. Conocimos mucha gente con la que posiblemente seguiremos trabajando. No solo con quienes nos reunimos dentro del foro, sino también por fuera como colegas, gente con la que competíamos. Al premio no lo esperaba: nos viene súper bien.

-¿En qué instancia está Las ilusiones?

En un desarrollo avanzado. Hay una versión de guion muy adelantada que no es la final, pero que por primera vez me hace decir: «Acá siento la película, estoy contenta». Falta seguir trabajando; es una película difícil. Y yo soy muy larguera. La película llegó a tener 200 páginas (ahora tiene 130) y mis productores me decían: «¡No, por favor! Nadie la va a querer leer ni la van a querer ver». Vamos a ver si hay que seguir reduciendo. Está avanzada en su financiación; no está cerrada y por eso estamos acá, pero ganamos increíblemente un fondo del INCAA para segundas películas el año pasado, que premiaba a solo dos películas de toda Argentina. Fue un milagro. El año pasado estuvimos en el Foro de Berlín y nos decían: «¿Y qué tienen, en qué andan?», y era como: «Ni idea, no sé qué hago acá porque no tengo nada para ofrecerte, solo que algún día espero filmarla». Ahora nos confirmaron que ganamos el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) y acordamos nuestra coproducción con Jaibo Films (España), que fueron coproductores también de Los tonos mayores y que son muy amigos nuestros, como familia. Ya tenemos armada la coproducción entre Argentina y España: ahora buscamos sumar algún colaborador más y un agente de ventas y empezar a filmar el año que viene.

Julia Montesoro / Desde el Festival de San Sebastián

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