Ana Poliak realizó solamente tres largometrajes (Que vivan los crotos, de 1991; La fe del volcán, de 2001 y Parapalos, de 2004) y le alcanzaron para constituirse en una de las directoras fundamentales del cine argentino. Reivindicada periódicamente en festivales de distintos lugares del mundo -como el Punto de Vista de España o el de Valdivia en Chile-, llegó el momento de ser profeta en su tierra: el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente – BAFICI, cuya 27ª edición finalizó el domingo 26, le otorgó el Premio a la Trayectoria.
-Tal vez sea la pregunta menos original para iniciar esta charla, pero ¿qué te generó recibir este Premio a la Trayectoria?
(Suspira). Primero, cuando me lo comunicaron, se me vino…No sé si el síndrome del impostor cae como un elefante (o un tractor) o sale de adentro como un monstruo. Pero sentí eso. Y me pareció que tenía que pensarlo. Entonces empecé a reflexionar sobre lo que implica una trayectoria y me acordé de un querido profesor que tuve junto con (José) Martínez Suárez en la ENERC, que me llamaba «la hormiguita», porque yo hacía todo el camino de ir a buscar, en épocas en que las cosas no estaban a la mano como ahora. Recorría las productoras para ver si conseguía un meritorio. Y cuando finalmente pude entrar, hice un meritorio de montaje durante nueve meses. Después de eso, vi que el montaje no era mi camino por cómo se planteaba en ese momento. Entonces hice otro meritorio, pero de dirección. Allí empecé la carrera de dirección como ayudante y como asistente en largometrajes de otros. Allí aprendí muchísimo.
-¿En qué consistió ese período de aprendizaje, quién fue tu referente?
Cuando me propusieron este reconocimiento me puse a hacer la cuenta: yo entré a la escuela de cine en el 81 y en el 90 terminaba mi primer largometraje. Había hecho todo el camino que te contaba.
La última película que hice como asistente de dirección fue Cuerpos perdidos, de Eduardo de Gregorio, que además terminó siendo un gran amigo. Esa experiencia fue extraordinaria porque hicimos una relación muy especial. El asistente de dirección en lo formal era Daniel Pires Mateus. Yo era primera ayudante de dirección. Hacía la continuidad y citaba a los actores. Pero además, como se creó una relación especial, tuve una participación muy creativa. Y Pires Mateus fue muy generoso porque me cedió su espacio: «Él te precisa a vos en ese rol y yo me ocupo de todo lo otro», me dijo. Y justamente todo eso otro, aunque es una tarea importantísima (había que prever la secuencia que sigue, resolver si un actor se enferma, organiza la llegada a la locación), no me interesaba.
-A vos te interesaba dirigir, ¿no?
Yo empecé a estudiar en el 81, todavía en dictadura. El director del instituto era el capitán López. La mayoría de los profesores habían trabajado mucho en la industria, pero daban clases porque no tenían trabajo. En la escuela se filmaba en Super 8. Acceder al 16 mm. era un disparate. Los profesores prácticamente daban clases de imposibilidad (Risas). Nos decían: “¿Para qué estudian esto si no van a poder hacer nada? Esto es muy caro». Se aprendían cosas absurdas: daban clases de cómo se arma un travelling, algo complicadísimo, o qué es un carro o una cuña. Después, cuando empecé como meritorio, un día vi un traveling. Y me pregunté: ¿Eso era? ¿Para eso tuvimos como tres clases?
Filmar, tener la posibilidad de hacer una película, no entraba en mi cabeza. Y ni siquiera sé si estaba en algún compañero mío.
-Hasta que pudiste hacer tu primera película, Que vivan los crotos, en 1991.
Sí. Después pasaron nada más que 10 años hasta la segunda, La fe del volcán. Fui bastante prolífica (Risas). Y después fui más prolífica porque pasaron cuatro años hasta que hice Parapalos. O sea, que venía acelerando mi carrera (Risas).
-Parapalos es tu última película y se estrenó en 2004. ¿Después no aparecieron proyectos?
Sí, aparecieron. Lo que pasó es que (piensa) primero que para las relaciones públicas no he sido buena, ni lo seré: fui un verdadero desastre. Nunca tuve productores. Mis películas siempre fueron hechas de una manera muy extraña, haciéndome cargo de cosas que terminaron también agotándome. Por ejemplo, nunca conseguí que tuvieran una distribución o una buena exhibición, como para saltar a otra cosa que me ayudara más a encarar un nuevo proyecto. Y aunque tuve muchos proyectos, por ahí solo me apoyó el Fondo Nacional de las Artes para hacer una investigación o la Hubert Bals para escribir un guion y nunca llegué a concretar ninguno. Por otro lado, obviamente ninguna de mis películas me dejó dinero como directora. Entonces tenía que tener un trabajo estable. Elegí el montaje. Porque realmente me interesa muchísimo. Entonces estuve todos estos años trabajando como montajista o asesora de montaje para otros directores. Y fue como filmar, porque para mí una película tiene un porcentaje inmenso que se escribe en rodaje y otro igual o más importante en montaje, nunca en los papeles. Los guiones, según mi modo de trabajar, no funcionan. O al menos no funciono yo. Así que me dediqué todo este tiempo al montaje.
-¿El deseo de dirigir sigue presente?
Hay varios proyectos que vienen dando vueltas en mi cabeza desde el 2004. Y en realidad no solo no conseguí la plata, sino que no le encontré la vuelta a qué película es la que quiero. Pero ahora hay una que sí me interesa. Y después de 20 años envié el proyecto a una fundación del extranjero. Sería para trabajar sola en una investigación, que es mi forma de trabajar o de escribir un guion.
-Imaginate estar recibiendo el premio y tener que dirigirle un mensaje a alguien que recién comienza o está por comenzar en el cine, en el campo del audiovisual, en esta profesión, en este oficio que vos venís desarrollando desde hace tanto tiempo. ¿Qué le dirías?
Diría que se sienta afortunado de haber nacido o haber elegido este trabajo en este momento, porque hoy podés hacer una película con un teléfono, editarla en tu casa o incluso en el mismo teléfono, y hasta podés distribuirla. Estaba escuchando que ahora YouTube es mucho más importante que Netflix, por ejemplo, en la distribución, que el mundial se va a pasar por YouTube. Bueno, le diría eso: que experimente y que no deje de experimentar con lo que tenga en la mano. Que haga lo que no hice yo o lo que no estoy haciendo.
Julia Montesoro


