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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Esteban Bigliardi protagoniza «Las corrientes», de Milagros Mumenthaler: «La búsqueda más importante para un actor es que su personaje destile verdad»

Esteban Bigliardi es el protagonista masculino de Las corrientes, película de Milagros Mumenthaler estrenada el jueves 13 en salas, que regresa sobre los tópicos característicos en la filmografía de la realizadora: la memoria, el desarraigo, la fragilidad de los vínculos y las huellas del pasado.

Las corrientes impresiona como un drama introspectivo desde sus primeras imágenes: Lina (o Cata), rol consagratorio de Isabel Aimé González-Sola, es una profesional que afronta una crisis existencial después de recibir un premio en alguna fría ciudad europea. Al regresar al país se reencuentra con su esposo -Bigliardi-, su hija, su actividad como diseñadora y su hábitat. Pero ella ya no es la misma.

-¿Cuál fue tu primera impresión al encontrarte frente a la película terminada?

Vi la película por primera vez en pantalla grande y con público en San Sebastián, un festival amoroso con nuestro cine. No quería perderme esa primera impresión de verla allí. Y me sorprendió muchísimo gratamente. Es una película con un clima y una atmósfera lograda, que retrata de una forma muy sutil y con mucha poesía el mundo interno de una persona con cierto desequilibrio. O más que un desequilibrio, un momento de crisis. Es una película de grandes climas también. Me sorprendió mucho la crítica anglosajona o de medios de Estados Unidos: hubo algo que transmitió esta película que cruzó fronteras. Cuando la vi en el festival lo pude comprobar.

-¿Cómo definis Las corrientes?

Es una película de atmósferas. Es el momento de un quiebre emocional -o una transición, un paréntesis psicológico o emocional de la protagonista-, pero no está contado de manera tradicional o explícita sino a través de atmósferas. Con climas, miradas, pequeños gestos. La puesta escénica está en función de ese relato, con un arte muy cuidado y una delicadeza y elegancia enorme para contar procesos internos, que a veces no se pueden expresar con palabras. También es un retrato de cierta cárcel que a veces uno se autoimpone. Sobre todo en este caso, en el que una esposa, madre profesional exitosa, en un momento de encrucijada de su vida pareciera que eligió o tomó decisiones que tampoco le correspondían tanto. Y a partir de allí, esa cárcel puede hacer explotar algo interno.

-Milagros Mumenthaler ahonda en temas femeninos de la mediana edad como el replanteo de una vida en apariencia ideal. ¿Qué te entusiasmó a vos de esta propuesta, teniendo a cargo el rol masculino principal?

Me gusta mucho lo que hace Milagros y su forma de ver el cine. La propuesta me llegó a través de María Laura Berch, alguien en quien confío mucho cuando me acerca un proyecto. Hace muchos años que trabajamos juntos y sé que lo que me ofrece tiene un piso de calidad estético y también humano alto. Eso es un sí por adelantado. Después me interesó muchísimo el guion, tanto por el derrotero de esta mujer como mi papel, como un marido que acompaña, es comprensivo, cariñoso con su hija.

Me atraía remarcar que el ideal -o lo que nuestra sociedad o uno mismo se plantea como ideal o como objetivo de éxito, de consumación, de logro, de realización-, a veces responde a parámetros que no tienen que ver con la identidad más profunda de uno. Y uno para complacer a los demás (o a la sociedad, o a los padres, o a una estructura mental propia que tiene que ver con la crianza de uno), termina alejándose de los deseos más profundos, de quien quiere ser, dónde quiere estar, con quién quiere estar. Esto genera una tensión y una crisis: ¿cómo puede ser que lo que todo el mundo quiere lograr, una vez que lo tengo, me sienta tan infeliz? Es un mal muy moderno, relacionado a los valores que propone la sociedad como símbolo de éxito.

Valores que una vez que uno los tiene dura unas semanitas. Hace poco leí que un estudio que acompaña a ganadores de lotería, bastante exhaustivo y grande en cantidad de casos analizados, comprueba que al ganar el pico de felicidad es altísimo, y a los 6 meses vuelven a donde estaban antes, en el mejor de los casos, o peor.

Hay algo de eso que transmite la película de una forma mucho más muy elegante, y que no sé, me parece una película llena de buen gusto, de decisiones estéticas hermosas.

-¿En qué consistió el trabajo con Milagros Mumenthaler?

Ella venía trabajando con este guion desde hacía años. Por eso llegó a la etapa de ensayos con algo muy elaborado, pensado, con mucho trabajo previo y un guion muy cerrado. Ensayamos mucho buscando el tono. En mi caso -en el de Isa (Isabel Aimé González-Solá) más todavía-, apuntaba a cómo se para, cómo mira, cómo habla, qué presencia tiene. Por cierta información sobre el personaje que no apareció en la película se generó una historia por detrás para saber que es una persona poderosa, que socialmente tiene aceptación, que afirma todo el tiempo porque sabe de lo que habla. Acostumbrado a dar órdenes sin ser autoritario.

-A partir de estas referencias, ¿cómo construiste tu personaje?

Lo más atractivo y la mayor aventura cuando hacés una película y estás en la búsqueda es la construcción colectiva. No solo a través de lo que proponía Milagros sino también con Isa; viendo cómo habla, cómo se para, si está más encorvada o cambia la forma de mirar. Son pequeños detalles que van construyendo nuevas formas. Cuando arranca el rodaje uno de alguna manera los olvida pero quedan incorporados. Como el vestuario. El que usaba Pedro eran trajes de un corte muy bueno, estaba muy cuidado con sus camisas, sus corbatas, su reloj. Esos objetos te van condicionando a moverte de cierta forma. La construcción de un personaje también tiene que ver con el vestuario, el corte de pelo, cómo habla, cómo mira, cómo acaricia, si es atolondrado, si es alguien que domina su cuerpo y se maneja con parsimonia.

La búsqueda más importante que tenemos como actores -en cine, en teatro-, es que destile verdad. Y la verdad no siempre tiene que ver con el verosímil de las convenciones sociales. A veces hay verdades o interpretaciones que tienen una poética o una forma más extraviada, pero la verdad siempre tiene que estar. Los que somos apasionados de hacer películas o de la actuación en el teatro nos quemamos los sesos cuando estamos construyendo un proyecto: ¿dónde está esa verdad? ¿En qué gesto? ¿Qué gesto está de más? ¿Qué movimiento? Todo lo que ayude a que sea creíble es nuestro gran desafío. Es lo que a mí me apasiona de este trabajo.

Las Corrientes se estrena en un momento complejo del cine argentino. ¿Qué evaluación hacés de esta coyuntura?

Da mucha pena que no vean las posibilidades que tiene. Lo que está sucediendo con el INCAA es de público conocimiento y se viene arrastrando hace bastante tiempo desde que se unió esta administración. Pero no solo hablo del INCAA, sino de que no vean la posibilidad de ver el cine como una fuente de ingresos importantes para el país. Yo ahora mismo estoy en el sur de Brasil filmando una película argentina que sucede en Chivilcoy. Es la próxima película de Benjamín Naishtat, Glaxo. Y estamos filmando en un pueblo del sur de Brasil porque las condiciones para hacer esta producción -que es muy grande- son distintas. Y esta producción podría haberse rodado Chivilcoy o en un pueblo similar de la provincia de Buenos Aires. Y hubiera sido importantísimo para la economía de ese pueblo o de esa ciudad, y para la economía argentina. Pero no ocurrió. Es lo que está haciendo Uruguay también, a través de políticas de fomento del cine. Uruguay hace una devolución de impuestos para las producciones que se hacen allí altísimo, lo cual favorece el acceso de todo el mundo. Temporadas enteras de series argentinas como Coppola y Porno y Helado y muchísimas más se están filmando allí. Ese es un potencial de entrada de divisas al país que se lo está perdiendo. A veces me asusta que la saña, el odio, nublen la mirada y perdamos estas posibilidades. Es muy triste la falta de creatividad económica y financiera. Encima de un gobierno que presume de eso.

Julia Montesoro

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