Mariana Genesio Peña es la protagonista de Las flores de Julia, el largometraje dirigido por Cris Tapia Marchiori que tendrá su estreno mundial en la competencia internacional del Festival de Huelva de Cine Iberoamericano, que comienza el 13 de noviembre.
En esta coproducción entre Dukkah Producciones (Pablo Udenio) de Argentina y Las Minas Smart Media de Chile, en asociación con Río Films (Sofía Toro Pollicino), Perspectiva Producciones y la propia Mariana Genesio Peña, su personaje es Julia, una mujer transgénero que regresa a su pueblo natal después de 20 años de ausencia y que debe afrontar cuestiones vinculadas con la identidad, la memoria y la relación con su madre.
-¿Cómo construiste emocionalmente a esta mujer que vuelve a un lugar del que se fue después de atravesar una experiencia familiar conflictiva?
En verdad, no tuve que construir demasiado. Me pude agarrar de muchas experiencias y tránsitos emocionales de mi vida personal. Sumado al plus de que antes de empezar a filmar acababa de perder a mi perrito, que era el amor de mi vida, así que estaba medio devastada. Esto me dio una nota de color un poco triste. Y esta película fue placentera en el sentido de que pude entregarme a todas las emociones y la vulnerabilidad que requería este personaje. Haciendo las comparaciones con mi personaje Julia, soy una persona trans que también se fue de su casa en su momento. Si bien nunca me desvinculé de mi familia de una manera absoluta, como lo hace Julia con su madre en esta historia, sé de qué se trata; no solamente por mi historia personal, sino por historias de amigas y amigos que han pasado por lo mismo.
-¿Qué te atrajo de este personaje cuando Julia llegó a tus manos?
Me citaron Pablo Udenio, el productor y Cristian Tapia, el director. Nos juntamos a tomar un café al lado del río, un lugar muy bonito, y me empezaron a contar la historia. Mientras me la contaban me fui emocionando. Pero lo que más me atrapó fue que no era la historia de una chica trans que se enfrenta a situaciones de discriminación, de no aceptación por parte de la familia y de situaciones que tienen que ver con la identidad. Lo que me motivó y me desafió como actriz fue que hablaba de un vínculo entre una hija y una madre. Es algo universal, que va más allá de si es una persona transgénero o no. Cualquier persona que vea esta historia se va a sentir en algún punto identificada.
-Esa relación madre e hija está atravesada por los desencuentros, los enfrentamientos, pero también por la posibilidad de volver a recomponer un vínculo.
Exactamente. Sin spoilear, mi personaje vuelve a su pueblo y se reencuentra con una madre un poco senil, enferma, que no la reconoce. Entonces a Julia no le queda otra que quedarse a cuidarla un tiempo. Ahí nace un nuevo vínculo y hay como una reparación. También vuelven a aparecer viejos fantasmas y situaciones muy dolorosas, tanto para una como para la otra. Pero básicamente ése es el eje de la historia. Después se abren otras ventanas maravillosas, que involucran a personajes como Betiana Blum, que es un personaje maravilloso que acompaña y que está ahí dando vida. También con Francisco Nápoli. Y hay una historia con Luciano Castro; una vieja relación de cuando Julia vivía en su pueblo. Con cada uno de estos personajes se transitan distintos tipos de vínculos que tienen que ver no solamente con la identidad, sino con el estar lejos de tu casa, volver siendo otra persona, encontrar esas personas que formaron parte de tu vida iguales o cambiadas. Además en un contexto tan lindo como es la provincia de Mendoza.
-El personaje de tu madre en esta ficción lo interpreta nada menos que Paulina García. ¿Qué enseñanza te dejó la experiencia de compartir el protagonismo con ella?
Paulina García no solamente es una actriz extraordinaria, maravillosa; también lo es como ser humano. Para mí fue muy importante poder haber generado un vínculo enseguida apenas nos vimos. Ya habíamos empezado a hacer entrevistas y ensayos por Zoom o por Meet, porque ella estaba con compromisos en Chile. Y a pesar de la frialdad que puede proveer una cámara, hubo como una química en las miradas, nos entendíamos. Cuando nos conocimos personalmente en Mendoza ya para empezar a filmar, fuimos a comer una noche las dos solas y empezamos a conversar de nuestras vidas. Dijimos: «Esto va a ser hermoso», porque estábamos las dos a punto caramelo; ella para encarnar esa madre dura, cruel en algún punto, que le toca también entregarse a un estado de vulnerabilidad no solamente emocional, sino físico por su enfermedad. Y yo también. Fue hermoso conocerla y trabajar con ella.
-Ese encuentro, esa cena que tuvieron las dos solas, fue de alguna manera el punto de partida para trabajar este vínculo como madre e hija.
Sí, porque nos hicimos preguntas… Las dos nos preguntamos en quién pensábamos cuando pensábamos en nuestros personajes, de dónde tomábamos, en quién nos inspirábamos y cómo veía una a la otra. Yo le conté que la veía a ella como la mamá de una persona muy querida. Curiosamente, antes de contarle que la veía como ella, le había hablado sobre esta persona amiga y sobre su madre y ella se sorprendió. Me dijo: «Ah, ¿así la ves?». Fue muy rico para las dos porque nos sirvió a ambas tener esa información para poder después interpretarlo.
-Julia reconstruye su vida y regresa al pueblo con otra identidad. ¿Cómo repercute en tu propia identidad ese contraste entre la persona que fue y la que es en el presente?
Tengo una vida tan particular por un montón de aspectos que a veces me olvido de que soy una persona trans y que atravesé de alguna manera el camino de transición. Ahora se habla mucho de la transición en las personas trans. Nunca viví esta cosa de pasar de ser una cosa a otra. Pero también me vino bien para recordar que en realidad sí, he pasado, no te digo de un cuerpo a otro, pero sí de una familia a otra, de una ciudad a otra, de un grupo de contención de amigos a otros, enfrentándome a situaciones laborales afectadas por mi propia condición. Me repercutió bastante bien en ese sentido el hecho de interpretar a Julia, una persona trans que se va a la ciudad y que en un punto está triunfando. La película arranca así: a ella se la ve trabajando de lo que le gusta, en un lugar exitoso, se ve que le va bien. Algo que lamentablemente es bastante atípico para una persona trans.
-¿Qué fue lo que te resultó más desafiante desde el punto de vista emocional al encarar este personaje?
Curiosamente, si bien soy una persona muy sensible, que cualquier cosa me atraviesa y me emociona, hay una parte en la película en la que tengo que recurrir a esa emocionalidad por una situación que ya tenía bastante sanada. No sé si la palabra es sanada, pero era un lugar que ya no me generaba tanto la necesidad que los actores tenemos de ir a lugares que nos conecten con la emoción que necesitamos para la escena. Entonces me dije: esta situación a mí, Mariana, ya no me destruye, no me quiebra y no es que por la memoria emotiva voy y lo recuerdo. Pero necesitaba que ese personaje se quiebre, el texto obligaba a un quiebre emocional. Y allí me ayudó Paulina; ver a esa madre fue salir de mí, olvidarme de qué es lo que me emociona y qué es lo que no. Eso es lo bueno de trabajar con una actriz tan buena.
-Doble desafío: trabajar con ella y hacer tu primer protagónico.
Todo el equipo propició un clima muy cálido, de mucha confianza. Cris (Tapia Marchiori) es excepcional: me quedé enamorada de él como director. Es la primera vez que hago un protagónico en cine y estaba con muchas inseguridades y muchos nervios. Y Cris, así como es un capitán que manda a todos los soldaditos en un equipo, también es muy sensible. Esta es una historia que también nace de él, entonces estaba muy conectado con lo que teníamos que contar. Gracias a eso me pude sentir libre.
Julia Montesoro


