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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

«Las cercanas», de María Alvarez, Mejor Película Argentina en Mar del Plata: «Me atrae la gente que vivió muchas cosas»

Las cercanas, de María Alvarez, ganó el Astor Piazzolla a la Mejor Película Argentina del 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

El jurado justificó el premio con este argumento: “Con delicadeza y respeto nos sumergimos en un lugar minúsculo y que paradójicamente se despliega como un vasto paisaje de la imaginación y de la memoria. El arte de las hermanas Cavallini encapsula en el tiempo a la Argentina marcada por los tumultos sociales a la vez que ambas encarnan su música con cercanía explosiva.”

Con producción de Tirso Diaz-Jares Rueda y María Alvarez, Las cercanas retrata a dos hermanas gemelas de 91 años que, en su juventud, conformaron un dúo de piano profesional. Es un retrato de dos mujeres artistas, dos hermanas músicas: Isabel y Amelia Cavallini. Un enorme piano Steinway & Sons domina un apartamento estrecho y desordenado en Buenos Aires, que pertenece a las hermanas gemelas. Una vez formaron un célebre dúo de pianos con una floreciente carrera en los Estados Unidos. Así como el instrumento es demasiado grande para su modesta residencia, las personalidades de las hermanas ya no parecen encajar en sus ahora frágiles cuerpos. María Alvarez sigue a estas ancianas mientras se arrastran por el camino de sus recuerdos, que las rodean en todos los rincones de su casa.

¿Cómo surgió la idea de hacer un documental sobre las gemelas Cavallini?
Vi a Isabel y a Amelia Cavallini por primera vez a través de la vidriera de un McDonald’s, ellas estaban comiendo. Les tomé una fotografía porque en ese momento yo estaba escribiendo un guion de ficción acerca de dos hermanas ancianas. En ese guion quería plasmar ciertas particularidades de la relación con mi propia hermana. Las gemelas Cavallini me parecieron una buena referencia visual para mi historia. Pasaron meses hasta que volví a cruzarme con Isabel y Amelia en la calle. Iban las dos tomadas del brazo, muy juntas, como una pareja. No pude evitar acercarme a conversar con ellas. Me contaron que antiguamente habían conformado un dúo de piano. Nunca se casaron ni tuvieron hijos para no interferir con la carrera de pianistas, para no separarse. Desde ese momento supe que, una vez más, la realidad había superado a la ficción.
Ya es la tercera película que realizás en la que los ancianos tienen un gran protagonismo. ¿Qué te interesa especialmente sobre esta relación entre la vejez y el arte?
Pienso que quizás es la búsqueda de referentes, como una especie de pregunta acerca de cuál sería la mejor manera de envejecer, que es lo mismo que preguntarme cuál es la mejor manera de vivir. Y creo que lo único que vislumbro es que la mejor manera de envejecer es en contacto con el arte, con ese mundo superior que les quita peso a las dolencias terrenales que surgen y se van potenciando y acumulando con los años. Envejecer (vivir) con el arte como religión.
¿Es diferente, desde lo ético, hacer una película con y sobre ancianos? ¿Qué particularidades presenta?
No pienso en la edad de la gente que participa en mis películas. Las y los veo como personas en una instancia de la vida que me interesa e interpela. Pero no son cualquier persona mayor. Son personas especiales. Lo que me atrae de ellas y ellos son sus vivencias, sus expresiones, su sensibilidad y sus memorias. Me atrae la gente que ha vivido muchas cosas, pero sobre todo que tiene una manera particular de ver el mundo y su propia vida. Las personas que son capaces de reírse de sí mismas, que tienen mucho sentido del humor y creatividad al recordar y transmitir sus vivencias. Y por lógica proporcional: a mayor tiempo, más vivencias. Me atrae esa experiencia que dan los años reflejada en ciertas personalidades. En cualquier documental con personas –sean niños, adultos o gente mayor–, lo que tiene que existir es un vínculo, un pacto entre la gente retratada y la realizadora. No importa cuál sea la edad de ambas partes, ese vínculo siempre debe ser muy honesto y cuidadoso. Diría que lo mismo debe ocurrir al retratar un perro o una planta. Se hace con los ojos, una cámara, un micrófono… Pero siempre pasando antes por el corazón, aunque suene cursi.

(Entrevista: sitio oficial del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)

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