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Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Ana Poliak será homenajeada en el Festival de Navarra: «Nada me hizo tan absolutamente feliz como dirigir»

La obra de la realizadora, guionista y productora Ana Poliak será revisitada por el Festival Internacional de Cine Documental de Navarra – Punto de Vista, que se llevará a cabo del 27 de marzo al 1 de abril en Pamplona, a través de un Foco integrado por sus tres largometrajes. El Foco se llama La libertad, ¿es posible? El cine de Ana Poliak.

“Ana Poliak (Buenos Aires, 1962) pertenece a una generación que cumplió la mayoría de edad en plena dictadura, entre crisis económicas y políticas. Las décadas en las que hizo sus tres largometrajes fueron años de debacle económica absoluta. Aunque comenzó a hacer películas después de la generación de los ochenta, no perteneció oficialmente al Nuevo Cine Argentino. ¡Que vivan los crotos! (1995) es una película que existe en el lugar en el que se cruzan la ficción y el documental, los cuerpos y los espacios. La segunda, La fe del volcán (2000), busca en la calle, con sus ritmos y sus estridencias, los hilos que hacen que la angustia esté directamente atada a la historia. Su último largometraje hasta ahora, Parapalos (2004), teje algo entre las dos, construyendo historias nuevas, inventadas, actuadas, con relatos de vidas reales y unas condiciones de trabajo también reales, malas e inusuales”, expresa el programa oficial de la muestra.

Junto con sus tres largometrajes también se presentarán los cortos Caracol (1982), El eco (1984) y Suco de sábado (1987).

La retrospectiva también será proyectada en Casa de América, en Madrid y en la Filmoteca de Cataluña.

-El Foco se llama La libertad, ¿es posible? El cine de Ana Poliak. ¿Qué relación encontrás entre la libertad y tu filmografía?

Te cuento una infidencia: les costó mucho encontrar el título (Risas). Surgieron muchas propuestas, pero ninguna nos cerraba mucho. Yo hubiera querido poner una frase de (Jean-Paul) Sartre que dice “los dioses compartimos un terrible secreto: los hombres pueden ser libres y no lo saben”. Pero obviamente es muy largo como título (Risas). En algún flyer de Que vivan los crotos yo escribí como síntesis que la libertad es posible. Y quedó esa frase como idea disparadora.

Me cuesta mucho encontrar algo que aúne con mucha claridad las tres películas que dirigí. Leí unas críticas muy lindas que hizo Ramiro Sonzini sobre mis películas (Siempre una descubre algo de lo que hizo en las críticas). Decía que lo que veía y lo que encontraba en todas era que siempre había una transmisión de algo amado a otra persona, normalmente, de una generación posterior.

También puedo ver como un tema recurrente aquellos oficios y aquellas cosas que están a punto de extinguirse.

-¿Qué ves de vos misma cuando un festival internacional te dedica un foco?

Lo primero que pienso es que estoy vieja (Risas). Que no se sabe cómo me descubrieron. Quizás porque en 2019 salió una publicación en el Cahiers du Cinéma dedicada enteramente a las mujeres cineastas desde el comienzo del cine hasta la década del 90. Y en la década del 90 misteriosamente aparecí yo entre otras… ocho, nueve, no sé cuántas directoras importantes del mundo.

Supongo que así como me sorprendió a mí, muchos habrán visto mi nombre y habrán dicho ¿quién es esta? ¿qué hace acá? Se pusieron a averiguar y comenzaron a hacer estos focos. De algún modo me alegra porque podrían ser póstumos, ¿no? Llegué a tiempo.

-En el Festival de Valdivia también hubo un tributo en octubre último. Allí volviste a ver las tres películas.

Volví a verlas después de muchísimos años. Voy a ser justa: el BAFICI hizo también una retrospectiva. Pero cada vez que se hacía alguna proyección yo no entraba a la sala. Me ponía muy nerviosa mirando las películas. En Valdivia no sé qué pasó. Me sentí tan bien al llegar, justo después de la pandemia, que me propuse mirarlas: sentarme, sentirme espectadora, olvidar todo lo que recordaba. Fue una experiencia conmovedora. Además, se proyectaban en 35 milímetros, con muy buen sonido, muy buena imagen.

-No solo recordaste tus películas como directora sino tu trayectoria previa, como ayudante de Pino Solanas, ¿no?

Trabajé con él como ayudante de dirección en el rodaje argentino de El exilio de Gardel y también en Sur. Aprendí mucho de todos los directores con quienes trabajé. Pero Solanas era diferente. Trabajaba mucho los guiones. Pero después, en rodaje, no teníamos un guion: apenas una guía. El siempre estaba atento a lo que pasaba alrededor y de pronto salía corriendo (y todos nosotros atrás, los cameraman, los sonidistas), porque encontraba cosas que no estaban previstas. Eso me fascinaba. Y después traté de aplicarlo.

-Al volver a ver tus películas en esa, en aquella retrospectiva, ¿encontraste lo que te impulsaba a filmar?

No sé. Nunca hice muchísimas cosas en mi vida y nada, nada, nada me hizo tan absolutamente feliz como dirigir. A pesar de que trabajé en cosas que me encantaban: fui ayudante de dirección y montajista muchos años, trabajé en gráfica. Pero la felicidad absoluta la encontré dirigiendo. Sobre todo, en el encuentro con las personas . No solo quienes están frente a la cámara, sino las personas del equipo.

-De las actividades que tenés actualmente, ¿algo te motiva a volver al set?

Desde que hice Parapalos, mi última película de 2004, mi actividad fue el montaje del cual vivía como oficio. Nunca viví de la dirección, te imaginarás. Pero antes de ir a Valdivia decidí dejar el montaje. Es una etapa terminada. Ahora estoy trabajando en artesanía: estoy haciendo autómatas y también juguetes para gatos. Creo que le dediqué demasiado tiempo de mi vida a las personas, a los seres humanos. Y los gatitos me parece que lo merecen más que muchas, muchas personas. Aunque suene mal esto, pero también he tenido experiencias malas. Y hace tiempo que el montaje no lo estaba disfrutando, justamente por experiencias malas. O experiencias que eran maravillosas humanamente y con el material y de pronto -no se sabe por qué- se malograban, incluso antes de empezar a compaginar.

Así que dije basta. Además, no quiero gastar lo que me quede de vista frente a una computadora 24 horas. Prefiero hacer algo con las manos, que es lo que hice desde un chiquitita en el patio de mi casa. Espero que me sirva para sobrevivir. Y también para intentar volver a filmar algo mío: no sé por qué también recuperé el deseo de filmar, que hacía muchísimos años que no lo tenía.

Julia Montesoro

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