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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Camila Menéndez codirigió «Hermanas de los árboles»: «Soñamos con volver a la India para mostrar la película en los pueblos»

En 2018, Camila Menéndez hizo un viaje iniciático al norte de la India, junto con Lucas Peñafort, para documentar de qué manera un proyecto surgido en 2005 fue modificando una costumbre atávica que condenaba a la muerte a las mujeres recién nacidas. Ese fue el origen de Hermanas de los árboles, estrenada el jueves 5 de noviembre en Cine.ar.

La historia es la siguiente: entre las tierras áridas de Rajastán, rodeado de minas de mármol, hay un pequeño pueblo llamado Piplantri, donde las mujeres ya no tienen miedo de dar a luz a una niña. Desde 2005, cada vez que nace una niña allí, se plantan 111 árboles en su nombre para celebrar la ocasión. La iniciativa surgió de Shyam Sunder Paliwal, un hombre que perdió a una hija de 16 años y decidió plantar un árbol en su memoria. En su dolor, no podía creer que a veces las personas pudieran poner fin a la vida de su propia hija, sólo por razones económicas. Entonces se dio cuenta de que los árboles deberían plantarse no para conmemorar la muerte, sino para celebrar la vida de todas las niñas. Y así nació la idea: convenció a los aldeanos, uno a la vez, de que la base de un futuro brillante era cultivar árboles, cuidar el agua y educar a las niñas. Plantar árboles para celebrar el nacimiento de cada niña es la forma de generar conciencia contra el infanticidio femenino.

-Cuando te preguntás qué tiene de especial un lugar tan lejano en sus rituales, sus costumbres y su cultura, ¿qué te contestás?

Siempre quisimos viajar a la India porque nos atraía conocer una cultura tan diferente. Pero fue como haber viajado a Plutón. Todo es absolutamente diferente. Y hay que aprender todo de nuevo: cruzar la calle, comer, hablar. Si uno tiene un poco de curiosidad, una actitud permeable para acercarse y tratar de entender, ese choque resulta atractivo. Así lo tomamos nosotros, que tuvimos la decisión firme de trascender este exotismo para llegar a tener cierto grado de intimidad con las protagonistas.

-¿Qué querían contar antes de emprender este viaje?

Shyam Sunder Paliwal tenía que estar, porque fue el ideólogo de este proyecto. Pero las protagonistas del documental eran las mujeres del pueblo. Queríamos que hablaran ellas.

-¿Cómo fue el proceso de convencer a los protagonistas para aparecer en una película hecha (como si fuera poco) por dos argentinos?

Ese fue el gran desafío. Cuando llegamos, nos dedicamos a conocer a muchas mujeres: queríamos saber cómo eran sus vidas, si habían tenido hijas y plantado árboles, cuál era su trabajo. Fue realmente arduo, porque estas mujeres -que viven en una población rural- están muy sujetas a costumbres milenarias, que muchas veces las tienen en un lugar denigrante. Fue muy difícil que se abrieran a nosotros, cuando toda una vida les dijeron “tu opinión no cuenta”, “vos no tenés que hablar”, “nadie te preguntó qué pensabas”. Muchas de ellas no hablaban si el marido estaba presente en la habitación. Hasta que pudimos encontrar a esas cuatro mujeres que estaban dispuestas a hablar. Recién allí sentimos que podíamos llegar a un entendimiento, a una cercanía.

-¿Quiénes eran esas mujeres y qué aportaron a la película?

Queríamos tener una mujer mayor de 50 años para que nos contara cómo había sido el pueblo antes de la iniciativa. Para saber cómo era la vida cuando no había agua, cuando no había arboles, cuando las niñas mujeres morían. También buscamos una mujer joven, que tuviera una hija pequeña y estuviera dispuesta a plantar los arboles. Encontramos a Leela, que era muy tímida y nos costó bastante. También fueron muy importantes Kala y Bhavari, quienes trabajan en la fábrica de aloe vera y trabajan por el proyecto participando de asambleas y convenciendo a mujeres,

-¿Cuáles fueron las limitaciones y los obstáculos para filmar allí?

El obstáculo principal es el idioma. En el pueblo hablan meguari, que es un dialecto del maruguari, que a su vez no es el idioma oficial del país, que es el hindi. No había en el pueblo personas que hablaran meguari e inglés. Y muchas de esas mujeres no hablaban hindi, porque se aprende en la escuela y ellas no habían llegado ni a segundo grado. Muchas veces filmamos sin traducción. Nos ayudaron mucho una maestra que vivía en otro pueblo y le robábamos horas de clase y un traductor que vivía a dos horas de distancia. El resto del tiempo estábamos aislados: no podíamos comunicarnos ni con la gente con quien convivíamos. Teníamos una libreta donde anotamos palabras clave para filmar: “no mires a la cámara”, “esperame”, “decilo de nuevo”, “hacelo de nuevo”. Con eso filmamos bastante.

Otra limitación es que es un pueblo rural, con sus propios tiempos. Ellos no tenían apuro y nosotros queríamos llevar un rodaje en los términos en que estamos acostumbrados. Quedábamos a las 7 en una esquina y obviamente aparecían dos horas después, si es que aparecían. Nos costaba muchísimo acordar las cosas. Y cuando se lo decíamos se reían muchísimo.

-Es una historia contada desde la mirada de mujeres. ¿Cuáles fueron las reacciones de los hombres, tanto con vos como con ellas?

En general fueron muy respetuosos. Tuvo mucho que ver la intervención de Shyam, que es muy respetado en el pueblo. El nos abrió las puertas. Hubo mujeres que tenían vergüenza. Y a veces el marido no quería que participaran. No lo decían directamente pero nos dábamos cuenta.

Cuando empezó el proyecto, Shyam empezó a recibir amenazas. Logró demostrar y convencer que lo que hacía era por el bien del pueblo. Y logró apoyo a nivel nacional. Sin su aval, hubiera sido imposible.

-¿Con qué sociedad te encontraste en la comunidad de Piplantri con respecto a la igualdad de género?

Se está generando otra conciencia. Pero hay costumbres que trascienden el proyecto y que tienen raíces profundísimas. Como la de la dote: cuando se casa una mujer, la familia tiene que pagar una dote y ella se va a vivir a la casa de los suegros. Por cosas como ésas, tener una hija mujer está visto como una desgracia. Todavía sigue existiendo: Piplantri está mucho mejor que un pueblo que está a 15 kilómetros. Nosotros tuvimos que entender es que estábamos en un universo con otras reglas. Lo que conocemos como igualdad de género está ocurriendo, pero de una manera distinta y en otros tiempos. Lo que están haciendo es profundamente feminista y de empoderamiento, pero ellos no lo consideran.

-¿Cuándo advertiste que tenías el final del documental: en el guion, rodando o en el montaje?

En agosto se realiza la ceremonia del rakhi, en la que una persona le pone un hilo (un cordón sagrado) en la muñeca a quien considera su hermano. Con esa pulsera va el compromiso de cuidarla para siempre. En Piplantri, esa ceremonia la llevan a cabo las niñas con esos árboles que fueron plantados por sus padres para su nacimiento. Por eso la película se llama “hermanas de los árboles”. Desde que supimos esa historia soñamos con filmarla y que fuera el final. Lo logramos.

-¿Qué ocurrió con las mujeres de la región al ver la película terminada?

No la vieron. Nosotros soñamos con ir a Piplantri para mostrarla. Allí no hay cines, y aunque podemos pasarles el link para mostrarla en el teléfono, pensamos que merece otro tipo de recibimiento. Nuestro proyecto es volver para mostrarla en Piplantri y recorrer con un cinemóvil los pueblos del norte de la India.

-¿Qué redescubriste de vos a partir de ver tu película terminada?

Fue un enorme aprendizaje. El rodaje fue muy estresante: me enfermé apenas llegué. Había estado muchísimas horas al sol y tuve que quedarme varios días en la cama. Desde el principio sentí una responsabilidad muy grande, porque ellos habían confiado en nosotros. Cuando Shyan vio la película, le gustó muchísimo. Y esa aprobación justificó el esfuerzo.

Norberto Chab

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