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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Natalia Smirnoff estrena «La afinadora de árboles»: «Hay que romper con las cárceles interiores»

El jueves 22 de agosto se estrena La afinadora de árboles, tercera película de Natalia Smirnoff, después de Rompecabezas (2009) y El cerrajero (2014). Los roles centrales están a cargo de Paola Barrientos (Clara) y Marcelo Subiotto (Francisco), quienes encarnan un matrimonio que tiene dos hijos Violeta Postolski (Violeta) y Oliverio Acosta (Lisandro).

La necesidad de alejarse del ruido de la ciudad los lleva a mudarse a una localidad semiurbana, donde la protagonista -una reconocida ilustradora infantil- pasara su adolescencia, tres décadas atrás. El cambio precipita las crisis internas de ella: por un lado se manifiesta a través de un bloqueo creativo en su actividad; por otro, aflora el distanciamiento de su pareja, aparentemente insalvable.

Paola Barrientos lleva a cabo un admirable tour de force, componiendo a esa mujer que se desdobla en diversos roles: es esposa y madre; mundana y básica; independiente y sometida. La cámara la acompaña en esas sucesivas metamorfosis, y también en la búsqueda de ella misma; a partir de las fantasías juveniles de una familia ajena que la resguarda (novio incluido), o del descubrimiento de un grupo de adolescentes (como ella misma 30 años atrás), que la conmueve y la encauza a un camino más espiritual y menos urgente.

Completan el elenco Diego Cremonesi, Matías Scarvaci y Cristina Maresca.

Entrevistamos a Natalia Smirnoff, realizadora de La afinadora de árboles.

-¿En qué momento decidiste filmar una propuesta enmarcada por la naturaleza, con inserción en lo comunitario?¿Cuándo decidiste convertirte en una afinadora de árboles?

Surgió a partir de la idea de desarrollar un proyecto colectivo. Mi mudanza a Ingeniero Maschwitz me cambió todo: viví siempre en la capital, y estar más en contacto con la naturaleza fue como revolucionario. Cuando era chica, hasta los 8 o 9 años íbamos en familia a una quinta. Pasaba de vivir en un departamento en San Cristóbal a dormir como catorce juntos. Siempre me pareció una zona de libertad. El que vive en la ciudad no tiene esa noción.

 Por otro lado, tengo 47 años, pasé por algunas crisis y llegué a un momento de mi vida en que cumplí el sueño de ser directora y quería ver cómo seguir. Y descubrí que quería expandirme. Porque cuando una queda anclada a un proyecto individual, el sueño se vuelve pequeño.

-Algo así como lo que le pasa a la protagonista: al final del camino canaliza sus sueños a través de un proyecto grupal.

Tiene que ver con los roles que nos vamos poniendo. Cuando te reencontrás con alguien ves todo lo que dejaste en el camino, lo que fuiste perdiendo. Me ocurrió en unas vacaciones en las que me reencontré con un montón de amigos de Uruguay que hacía veinte años no veía. En ese círculo era “Natalia, la directora de cine”: había dejado de ser quien era.

-La protagonista, además, precisa recuperar el vínculo con el pasado. Necesita volver a ser quien era, aunque más no fuese a través de una familia con la que creció tres décadas atrás.

La vida nos va llevando y vamos perdiendo cosas esenciales. Ella recupera algo que tiene que ver con sus afectos, como si pudiera volver a conectarse con algo esencial. Muchas veces pasa que uno se apoya en un éxito externo. Pero después eso se va, tiene poco sustento, y uno sigue en el mismo lugar. Entonces aparecen las crisis, que son grandes posibilidades de cambiar y de sumar cosas nuevas.

-También de redefinir las relaciones. La película pivotea sobre escenas de pareja ganadas por los silencios, con cierta melancolía de algo que está roto y no se sabe bien qué es, porque no se puede expresar. ¿Cómo fue trabajar poniendo el eje en la introspección?

Me hacen gracia las películas en las que se expresa textualmente lo que no se puede decir. Trabajamos mucho improvisando una escena con Marcelo y con Pao, en la que querían decir algo pero no podían. Particularmente en el rol del hombre, que tiene determinados mandatos y una carga de lo que debería cumplir. Eso mismo impide conectarlo con sus sentimientos o expresar lo que quiere o necesita. Fue emocionante trabajar esa parte con Marcelo, mostrar que ni siquiera podía pensar que le pasa porque está acostumbrado a proveer.

Tal vez ella tuvo la oportunidad de reencontrar algo en este viaje, y está en un mejor momento. Este reencuentro la conectó con más cosas. En cambio, él está acompañando el viaje de ella. Nos gustaba que no fueran “el bueno” y “el malo”, sino cómo nos ubicamos en lugares sociales, y a partir de eso, actuamos.

-¿Qué te decidió a trabajar con chicos no actores, provenientes de lugares carenciados?

Muchas veces lo que nos potencia es lo más obvio y lo más cercano. Durante seis meses fui a la iglesia a conocer a estos chicos. Primero hubo que entender estos lugares de entrega, que va desde el cura a mujeres que están en una situación difícil, con chicos con problemas. Es ridículo creer que uno va a dar: en realidad, va a recibir otras cosas. Fueron días muy cansadores, pero muy potentes.

-¿Cómo llegaste a la selección final? ¿Qué parte de la película es real?

Los chicos pertenecen a ese comedor. Aunque fui haciendo una especie de castings, aparecen todos. El día que fui a mostrarles la película, me llamó la atención que uno de ellos no resistió verse: estaba muy tenso, se rió nerviosamente y se fue. El mural del lugar en Dique Luján, fue pintado por ellos: hasta donde sé, lo dejaron. El libro está, existe, y los dibujos también son de ellos.

-¿Qué relación tenías con el dibujo hasta la película?

Muy mala (risas). Siempre creí que el que dibujaba bien es mi hermano y que yo no podía agarrar un lápiz. Pero ocurrió algo que cambió mi manera de ver mis dificultades. En los días del rodaje, escribí un guión con Pablo Solarz, y me mandó a hacer una especie de cartas de tarot con dibujos de las escenas. A partir de ahí empecé a recomendar mucho el dibujo. Descubrí que tenemos dones sin saberlo. No pienso en que salga bien: simplemente dibujo.

-¿Es una película femenina? La historia gira en torno de una protagonista mujer, una heroína cotidiana que se banca desde tener que aceptar el mandato social hasta la impotencia de no realizarse ella, de no encontrar el canal donde expresarse. Una mujer sufriente, que se escapa a vivir la adolescencia perdida, que va desde la fantasía del novio hasta el atracón de chizitos.

Es alguien a quien le va bien, que hace lo que le gusta. Pero está presa de las cárceles interiores. Allí queda atrapada, más allá de lo masculino o femenino. No es una sometida ni nada, pero hay algo de la repartición de roles que muchas veces no es tan equitativa.

-¿Cómo decidiste que Paola Barrientos tenía que ser esa mujer?

Hubo una primera versión del guión que trabajamos con Erica Rivas. Ella encaró otros trabajos, y entonces apareció el nombre de Paola. Fue un desafío magnífico, porque debe aparecer en todas las escenas. Hubo un entendimiento total y absoluto desde el vamos. Llegaba temprano, hacía los mejores chistes de entrada, tuvo una potencia y una energía increíbles. Y estaba siempre en la casa, con lo cual estaba más familiarizada con los movimientos. Como si fuera parte del mobiliario (risas).

-¿Cómo resolviste los desafíos no previstos, como filmar con niños (que además no son actores), o frente a la naturaleza? ¡Hasta el giro de un trompo es un imprevisto!

Me gusta lo que se produce vivo, lo inatrapable. El cine tiene esa característica genial: cuando una toma está, la captás y listo. Hay algo único en ese instante que a diferencia del teatro, no se vuelve a reproducir.

-¿Qué conociste de vos cuando viste la película terminada?

La disfruté muchísimo. Y me dio mucha alegría verla como la planteé, como una experiencia de crecimiento y de aprendizaje, más espiritual que exterior. También me gustaron los actores y la estética. Pero esa parte no la voy a decir yo (risas).

Julia Montesoro – Norberto Chab

Julia Montesoro

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