Luz Ruciello estrena «Un cine en concreto»: «La película ayuda a reflexionar sobre las fuerzas internas que tenemos»

El jueves 31 de enero se estrena en el cine Gaumont –en funciones diarias a las 19.30-  el documental Un cine en concreto, ópera prima de Luz Ruciello protagonizada por Omar José Borcard y con la participación de María Teresa Castro, Evangelina Borcard y Nicole Benitez Borcard.

La realizadora (que vive en Barcelona, aunque en el curso del año regresará para poner en marcha un proyecto), registra durante varios años la vida de Omar José Borcard –un albañil nacido en una pequeña población de la provincia de Entre Ríos- y su relación idílica con el mundo del cine, como una puerta abierta a un universo que desconoce pero que lo mantiene fascinado. Su voluntad inclaudicable lo lleva a construir un cine prácticamente solo: a cada objeto de descarte (tablones, butacas, paneles y hasta un viejo proyector oxidado) él les concede una segunda vida.

Más allá del amor por el cine, el documental permite conocer a un hombre que tuerce su destino derrotando dolores físicos, imprevistos y dificultades económicas, para poder –finalmente-, arribar a su propósito final: su propio templo sagrado.

Luz Ruciello dialogó con GPS audiovisual acerca de Un cine en concreto.

-¿Cómo descubriste a Omar Borcard y en qué momento decidiste filmar una película sobre él?

Todo nació a partir de querer combatir el aburrimiento. Era 2008. Habíamos viajado con mi novio, Lluís (N.R.: Lluís Mirás Vega, director de fotografía), a visitar a mi mamá, que vive en Colón, provincia de Entre Ríos, donde nací. Una tarde muy aburrida dije “por favor, hagamos algo para combatir el aburrimiento”. Entonces salimos a pasear por los pueblos aledaños. Mientras hablaba por teléfono con un amigo, pasamos por una calle en la que encontramos un cartelito que en vez de “kiosco” decía “cine”. Nos dijimos “¿cine, acá?”. Paramos el auto, llamamos (la casita no tenia timbre) y apareció Omarcito, con una chaqueta enorme. “Hola, señor, ¿acá hay un cine?”, pregunté. “Sí, sí”, respondió. “Ahh. ¿Y lo podemos conocer?”, volví a preguntarle, intrigada. “Sí, claro”, nos dijo. Entonces nos mostró el cine. Así conocí a Omar: siempre con los brazos abiertos, dispuesto para cualquier persona que vaya. Lo recorrimos mientras nos iba contando: cada detalle tenía una historia detrás. Yo tenía el corazón estrujado. Nos fuimos de allí callados, llenos de silencio. Habíamos estado frente a una persona muy particular, que había hecho un cine con muchísimo esfuerzo, de una profundidad tal que me hizo darle valor a dónde estaba, de qué me quejaba, qué hacía de mí. Me fui con una daga clavada en el corazón.

-¿Qué tenías que ver con el cine?

Estaba haciendo un curso de montaje con Miguel Pérez. Cuando conté la historia, me instó a que hiciera un documental. A partir de allí, cada viaje que hacía a Entre Ríos volvía a ver a Omar, con una mini DV chiquitina. Celina Eslava, con quien hacía el curso, me acompañaba para grabar. ¡Hacíamos todo mal! Así pasaron nueve años, corrigiendo y volviendo a empezar. Hasta que empecé a entender cómo hacerlo, corrigiendo.

-¡Nueve años! ¿Decías seriamente que querías hacer una película?

Parecía que no, pero era un desafío: quería terminarla. El eje era contar la historia del cine con Omar. Pero no sabíamos cuándo estaba maduro el proyecto. Cada vez que creía que teníamos un final, ocurría algo que le daba un punto de giro. Y le agregaba una nueva etapa al proyecto.

-¿Cuándo estuvo más cerca de naufragar?

En 2014 hicimos un crowfunding (que terminamos en 2017) para conseguir financiación y un proyector para Omar. Fueron meses mandando mails al Universo, contando que era directora. ¡Yo no me sentía directora! Terminé hospitalizada con parálisis facial por la presión que sentía. Se había juntado todo: decir que era directora, pedir plata y salir con mi carita, yo que le tengo fobia a las fotos. Era un nivel de presión muy fuerte. Pensar que después me sugirieron poner esto en la película…

-Pero un día cambió el destino …

Sí. Fue cuando vi en internet un concurso en el Doculab de México. Llené el formulario, escribí la sinopsis y armé media hora de rodaje. Decidieron seleccionarla y me invitaron a un taller de documentales. Tuve que exponer frente a 30 documentalistas de Latinoamérica. Uno de mis tutores era el editor de Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Baraka. El me dio la metáfora exacta del proyecto: dijo que “este personaje es un sacerdote que construyó su templo de luz para proyectar películas”, y que el proyecto trataba sobre la textura del cine y el romanticismo. A partir de ahí decidí contar eso que tiene que ver con el haz que viene desde la iglesia como templo -que se convierte en cine-, y la luz, que se vuelve una textura. Encontré un camino para recorrer la película con ese haz de luz.

-¿Qué representaba el cine para vos hasta llegar a Un cine en concreto?

Mi relación siempre fue de anhelo, de admiración. Me parecía un esfuerzo muy grande y un logro importante plasmar un proyecto. A la vez, me costaba mucho focalizarme allí, en eso que implica “hacer cine”. Yendo más atrás, desde chica tuvo que ver siempre con la fantasía, con un lugar de reflexión. Y también como un refugio, un poco a la manera de Omar. El cine me tranquiliza: yo pienso en imágenes.

-¿En qué momentos del rodaje sentiste que no llegabas al objetivo?

La mayor parte del tiempo. Al demorar tantos años, muchas veces pensé que no lo iba a lograr. De hecho, quería abandonar. La realidad es que siempre había excusas. Omar no tiene recursos, pero nunca tiene excusas. “No se puede”, le decís. “Bueno, pero quizás el mes que viene sí”, te contesta. “No, no creo, Omar”, insistís. “Bueno, será el año que viene”, te dice.

-¿Qué cambió en la vida de Omar cuando se le propuso filmar su propia historia?

Creo que estaba esperando esta posibilidad. Siempre sufrió mucho que le hicieran muy poco caso en Villa Elisa, su pueblo. Sintió el dolor de no ser profeta en su tierra. Solamente lo hacían sentir bien cuando venía un forastero y le decía lo hermoso que es su tarea. El hizo el cine para la gente de su pueblo y no le dieron ese reconocimiento. La película le dio la posibilidad de que se conozca la historia.

-Un mensaje subliminal posible, de alto valor simbólico, es que el cine no va a morir nunca.

En momentos en que yo pensaba que había que terminar el documental, no me dejó claudicar con el ejemplo. Sobre todo porque él sigue luchando para mantener ese cine y comprar películas originales. Su lucha económica sigue, porque no le alcanza para comer y mantener el cine y necesita ayuda.

-¿Te preguntaste por qué lo hace?

Sí. Durante años. Fue la pregunta que no me dejaba terminar el guión. Quería saber por qué, por qué y por qué. Hasta que en nuestra última conversación, me explicó que desde el momento en que le dijo a la gente que iba a hacer un cine, su palabra no lo dejó claudicar. Es como decir “voy a hacer una película”. Las posibilidades de que la hagas es el 1 por ciento. Pero es lo que necesitás para ponerte en marcha. Ese es su ejemplo.

-Hasta llegar al momento mágico de estrenar la película en su propio cine. ¿Cómo fue esa experiencia?

La exhibimos durante dos meses. Duró hasta que terminó de ir toda la gente de Villa Elisa. Fue muy lindo ver a los que están en la película yendo a verla. Como un metalenguaje.

-¿Cuál fue la devolución de la gente que no esperabas?

Me sorprende que el público se emocione. Hay personas a las que les toca una fibra que tiene que ver con los proyectos que uno empieza y no termina. Da ánimos para terminar, reflexionar sobre las fuerzas internas que tenemos.

-¿Qué entendiste de vos a partir de la película?

Me descubrí como una persona exigente: no sabía que lo era. Con un nivel de autoexigencia muy alto que hasta repercute en mi salud, y un nivel de perseverancia que no sabía que tenía. Y también me encontré con un modo de trabajo en el que siempre se necesita del otro, y que ese intercambio enriquece tus fuerzas.

-Terminaste la película. ¿Dijiste lo que querías decir o aparecen nuevas ideas?

Con Un cine en concreto dije lo que teníamos que decir. Pero terminar algo es aliviador. Y hace que se abran nuevas puertas. Conmigo misma. Me decían: “cuando termines esto vas a poder hacer el resto de lo que querías hacer”. Y en eso estoy.

Norberto Chab

Julia Montesoro

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