spot_img
spot_img

Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Mercedes Morán presenta su libro «Madre mía»: «Aprendí que esa vocación de perfección que tenemos con la maternidad es una misión imposible»

Mercedes Morán se revela como escritora: publicó Madre mía, definido como una mezcla de ficción y crónica de una época, viaje hacia su interior con la figura de su madre como faro. El libro, editado por Planeta, tendrá su presentación oficial en la Feria del Libro el sábado 9 a las 16 hs en la Feria del Libro, con la participación de Claudia Piñeiro.

-¿Este lanzamiento como escritora es una decisión reciente o tiene que ver con un proceso evolutivo?

Desde que hice aquel unipersonal Ay, amor divino (NR: 2016), donde hablaba un poco de las diferentes maneras que me atravesó el amor -el amor a la infancia, a mi madre, a la Patria, al pueblo, en fin-, la gente de la editorial Planeta se acercó para proponerme que escribiera con ese material como disparador. Y en verdad, no me sentí capaz. Tampoco tenía el tiempo para hacerlo. Al no ser escritora, sentía que tenía que dedicarme de una manera muy específica. Hace un tiempo, por temas personales detuve un poco mi trabajo y sobre todo el trabajo que me hacía viajar. Y consideré que era un buen momento para echarme a escribir.

En aquel espectáculo mi madre no era la protagonista, aunque hubiera merecido serlo. Así que con la ayuda de mi hija Manuela -que me editorializó mientras escribía-, recorrí un proceso muy interesante. Porque la tuve a ella corrigiéndome mientras yo escribía como solía hacerlo habitualmente como una actriz; es decir, escribía textos para ser dichos, no para ser leídos. Fue muy nutritivo tenerla como maestra, como editora. El proceso fue muy enriquecedor: no solo aprendí un montón, sino que además terminé o sigo intentando resolver ese vínculo con la madre que a todos nos lleva la vida.

-¿Quién era tu mamá y qué representó para vos?

Mi madre fue una mujer… Yo hablo básicamente de la educación sentimental y sexual que recibí de ella, que tenía serios problemas con ese tema. Con lo cual fue bastante violenta por momentos, bastante castigadora. La verdad es que la padecí un poco. Cuando hice el espectáculo, ella vivía todavía. Falleció en pandemia y después de ese hecho -del cual también hablo- empiezo hablando como niña, contando un montón de situaciones que revelan un poco este comportamiento de mi madre, hasta que soy adulta.

Pero después de eso se me reveló algo que había ocurrido en su infancia, donde era muy evidente que había sufrido algún tipo de abuso. Así que eso terminó de echar un manto de piedad muy grande sobre ella y terminé de perdonar. Y después empecé a intentar perdonarme a mí. Siempre digo esto porque me considero una mujer bastante perspicaz para captar ese tipo de situaciones y paradójicamente con mi madre no lo supe. No me di cuenta. Ella nunca lo habló, por supuesto. Entonces, me resultaba difícil también disculparme a mí misma por no haberme dado cuenta antes mientras estaba viva, haber sacado el tema y más allá de que imagino que hubiese mantenido ese secreto como claramente lo mantuvo toda su vida, hubiera podido yo mirarla a los ojos, abrazarla. Pero esto sucedió mientras estaba escribiendo el libro. Y se convirtió en otro de los capítulos del libro, al que llamo «La revelación».

Por supuesto que el libro está escrito desde un lugar con mucho amor y con humor también, porque el tiempo y la distancia ayudan y el humor ayuda a mirar las cosas desde otro punto de vista. Y se lo dedico a todas aquellas personas -sobre todo las mujeres-, que están tratando o han podido perdonar a sus madres, porque yo también soy madre y también hablo en el libro de estas promesas incumplidas que nos hacemos cuando somos hijas. «Esto yo no lo voy a hacer con mis hijos», decimos. Y solo conseguimos mejorar un poco la repetición.

Pero en este aprendizaje como madre también he observado -teniendo la cabeza en este tema todo este rato-, que se habla poco de la maternidad de hijos adultos. Creo que siempre que se encara el tema de la maternidad es con niños chicos o el tópico del hijo adolescente. Pero cuando los hijos son adultos, una ya está grande y tiene que aprender un nuevo rol. Un rol donde uno tiene que seguir estando presente, incondicional, pero ya no puede opinar, no puede interferir. Es un rol difícil de aprender, pero es la que nos toca cuando tenemos hijos adultos. No desarrollo el tema en sí de ninguno de estos tópicos porque no es un ensayo, pero al menos cuento pequeñas historias que de alguna manera revelan este tema.

-¿Es una autobiografía o estos recuerdos están ficcionalizados?

Es bastante autorreferencial. No es una autobiografía porque si bien el cuerpo del libro está ordenado de manera cronológica, los relatos empiezan cuando soy una niña y el punto de vista va creciendo, en el sentido de que termino a esta edad. Hay muy poca ficción. Diría que nada. Y si hay es porque hay algo de la memoria que a veces cambia algo sin intención. Cada vez que se cuenta una historia se cuenta de una manera distinta. Pero Manuela fue testigo de muchos de esos relatos. Y además de ser mi editora me ayudó a recordar estas historias. Pasaban cosas graciosas como: «Eso que estás contando no pasó con tal, sino con tal otra persona, mamá”. Y bueno, en mi memoria era una de mis hijas y en su recuerdo era otra, por ejemplo. Entonces decía: «Bueno, no importa, esto no es un documental, no es una biografía». En ese sentido, hay ficción… a pesar mío.

-Todos hacemos un recorte, ¿no? Cuando recordamos hechos de nuestras vidas de alguna manera estamos haciendo un recorte y a veces algunas pequeñas transgresiones a esa realidad que estamos evocando.

Sí. El recuerdo a veces te agrega cosas, así como otras te quita, te oculta. Por eso creo que escribir este libro fue un ejercicio fantástico. Me entusiasma pensar que va a lograr identificación de las mujeres, sobre todo por una cuestión generacional. Nosotras -digamos mi generación, y algunas anteriores- hemos sido hijas de unas madres que tenían unos criterios de crianza que se han abandonado. Nosotras hemos sido una generación muy bisagra en ese sentido. Y en la crianza de nuestros hijos hemos sido muy opuestas a lo que ha sido la nuestra. Creo que eso puede ayudar y echar luz. Porque me parece que hasta que no entendemos y hasta que no perdonamos los errores de nuestras madres, no podemos mejorar. Hay una herida abierta que sigue jorobando.

-En ese sentido, ¿el libro fue para vos un bálsamo?

Fue un bálsamo y un camino que me hizo ver esa revelación que para mí fue completamente sorprendente.

-Una vez que tenés el libro ya escrito, ¿qué aprendiste sobre vos misma? Más allá de la experiencia de escribir un libro que no es lo mismo que hacerlo para teatro.

Aprendí que esa vocación de perfección que tenemos con la maternidad es una misión imposible. Es una misión que solo nos frustra porque creo que tenemos que aceptarnos al mismo tiempo que aceptamos que cada una como madre es lo mejor que puede, que no hay una receta. Cuando las perdonamos a ellas y somos al mismo tiempo madres, creo que también de alguna manera nos empezamos a perdonar a nosotras mismas. Aprendí más sobre lo malo de la sobreprotección. Aprendí más sobre en qué cosas es mejor callar que decir. Y aprendí algo que de alguna manera ya sabía, pero volví a pensarlo y a reflexionar sobre eso, que la maternidad es un compromiso de amor que una adquiere para toda la vida.

Lo importante es lo que tenés para ofrecer y que no hay que esperar nada a cambio. Que si algo vuelve a cambio es una yapa, pero que el verdadero compromiso es adoptar esa decisión, aceptar esa decisión, esa responsabilidad de hacerse cargo para siempre de los hijos sin esperar nada a cambio. O sea, es loquísimo porque creo que es el vínculo donde una más entrega y al mismo tiempo tenés que prepararlos para que puedan vivir sin vos. Esa paradoja es difícil de aceptar. Pero eso es lo mejor que me hizo volver a pensar esta escritura.

-Tu mamá influyó en decisiones tuyas, digo, más allá de esta rigidez que tenía con respecto al sexo, a la educación sexual, ¿influyó en algunas decisiones tuyas, por ejemplo, formar una pareja, tener hijos, una profesión?

Para una madre tan reprimida como lo era la mía, obviamente fui el emergente de esa casa. Fui la adolescente rebelde, la joven rebelde que desobedecía todos los mandatos. Pero hubo algo que a pesar de todo eso mi madre imprimió en mí de una manera muy notable que tenía que ver con la independencia. Con la independencia personal. Quizá ella fue movilizada por una especie de fobia que tenía con los hombres y con la dependencia, pero lo que más me llegó fue eso: esa necesidad y ese poder llevar a cabo una vida que te tornara completamente independiente para que fueras dueña de tus responsabilidades, de tus decisiones.

En todo el resto te digo que fui para ella como un motivo de preocupación, de dolor de cabeza. Y cuando ya conquisté una vida, me instauré como madre, mis hijas crecieron sanas, pude con todo eso y obtuve un lugar en mi profesión y demás, ella ya estaba con su cabecita bastante en otro lugar. Así que ese deseo que tenemos siempre como hijos de que si alguna vez obtenemos aquellos logros que tanto ansiamos y por los que trabajamos y que de alguna manera sentimos que nos dijeron que no íbamos a poder, cuando podemos, está bueno celebrarlo con ellos. Aunque no fue mi caso.

Julia Montesoro

Related Articles

GPS Audiovisual Radio

NOVEDADES