María Victoria Menis dirige la obra teatral Matria, una mirada íntima sobre las voces silenciadas de las madres de conscriptos a 44 años de la guerra de Malvinas. La conmocionante obra se presenta los domingos a las 17 hs en la sala El Excéntrico. Está basada en cuatro historias reales y en el documental homónimo de Jimena Chaves, aun no estrenado comercialmente.
Protagonizada por Elvira Onetto, Noemí Frenkel, Isabel Quinteros y María Espinosa, Matria se aleja de la narrativa épica o heroica convencional y prioriza el sentir profundo y personal de mujeres que quedaron silenciadas en un segundo plano. No reconstruye una guerra, sino sus ausencias. Y en ese gesto desplaza el eje del relato histórico hacia quienes quedaron fuera de él: las madres.

-¿Qué te impulsó a retomar el teatro y además, tomando una temática tan sensible como la guerra de Malvinas?
Me inspiré, como buena directora de cine, en una película. Había hecho algunas obras como autora y como directora, pero hace mucho que no me acercaba al teatro. Pero hace unos dos años, en un festival de cine de Tandil, vi un documental de Jimena Chávez -una ópera prima que todavía no tuvo estreno oficial-, llamado Matria. Me gustó mucho porque encaraba un tema difícil para los argentinos: la guerra de Malvinas. Muchos millones de argentinos no tienen idea de que en el siglo pasado hubo una sola guerra que Argentina tuvo: Malvinas. Porque no llegaron a vivirla, simplemente por la edad. O porque prefieren olvidarla. Quizás a algunos porque les cause dolor, a otros porque les da mucha bronca que Argentina no ganó. Cuando empezó la película, me vi reflejada en el público al que le causa dolor la guerra, porque tenía quizás unos pocos años más que los chicos de 18 años que fueron. Y para mí son los chicos de Malvinas; los chicos que murieron, a quienes mandaron al muere.
Siempre había visto películas, leído libros, visto programas…hasta documentales ingleses, siempre en el campo de la guerra, del lugar de los excombatientes, periodistas, soldados ingleses, testimonios. Pero en teatro nunca. Y me sorprendió esta película enormemente (la recomiendo cuando la estrenen), porque me encontré con los testimonios de cuatro madres de soldados de cuatro puntos del interior de la Argentina. Primero hablaban de ellas; de sus infancias (casi todas del campo o de ciudades pequeñas), de cómo se criaron y fueron creciendo. Y cómo conocieron a un hombre, fueron madres, entablaron lazos con sus hijos. Y de repente empiezan a hablar de que a sus hijos se los llevó el servicio militar y de a poquito se va introduciendo el tema de que se enteran de que están los ingleses cerca.
Y empiezan a contar que se enteran que hay una guerra con los ingleses y no saben dónde están sus hijos. Ahí empieza una odisea que todavía me pone la piel de gallina, porque es todo lo que estas madres desde sus casas vivieron durante y después de la guerra, inmediatamente y muchos años después. Hay otro punto de vista. Nadie les vino a preguntar un corno sobre ellas.
-¿Qué te llevó a adaptarla a una obra teatral?
Cuando la vi quedé muy impactada. Conmovida. Porque aparte estamos pasando un siglo de guerras. Es impresionante la cantidad de guerras que hay. Y dije: «A mí nadie me contó la guerra de Malvinas». La dictadura la quiso contar de una manera que obviamente no la creyó nadie, salvo entre militares que participaron y creyeron eso.
-Se tapó bastante. Inclusive muchos años después.
Estas madres contaron mucho por qué se tapó, por qué se sigue tapando. Es como si nos hubieran dicho: «¡Shhhh! No hables de Malvinas». Y yo sentí que esta película debía contarse también en vivo: tenía que expandirse y llegar a un escenario para que lo cuenten las actrices. Es un relato que permite tener enfrente a un espectador, que viva la experiencia en vivo. En principio, porque no muestra ni una imagen de la guerra de Malvinas. La película se planteaba contar una historia desde otro lugar.
Cuando decidí adaptarlo, mucha gente me dijo: «Poné atrás una pantalla y ponele la guerra, los soldados, los chicos, la sangre». Dije que no, no y no. Al contrario: busqué seguir la postura de la directora que no puso una sola imagen de la guerra de Malvinas. Aposté por muchas herramientas teatrales, pero no busqué «ver» la guerra: la vemos todo el día en televisión. No era esa mi intención.
–¿Qué estuvo antes en tu mirada: que fuera una obra sobre Malvinas o que estuviera contada por mujeres?
Que la contaran mujeres. Desde Helena de Troya siempre las mujeres tuvieron participaciones. Pero fueron corridas, silenciadas. Fueron espías, enfermeras o tuvieron otros roles. Recién en los últimos años empezaron a hablar sobre la participación de las mujeres soldados en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial.
Aquí las mujeres estuvieron muy calladas con respecto a su participación en las guerras. Y ni siquiera estuvieron en el frente: son las que se quedaron en territorio, familiares de los soldados. Me pareció muy interesante escuchar esas voces, qué les ocurre a la gente que se queda y a la madre que establece un vínculo particular con su hijo.
-Matria está en escena desde abril con gran suceso de público. ¿Hay alguna reflexión en común que te devuelva el público?
Todo el mundo me comenta que la obra no tiene golpes bajos. Era fácil caer en eso. «Gracias por respetar», me dicen. Por no irnos al infierno, por no destruir emocionalmente. Eso también es válido porque te deja pensar durante la obra. Pensar y sentir.
Y también mucha gente me dice «me enteré de cosas que no sabía que pasaron durante el transcurso de esos dos meses de la guerra». No sabían que les habían pedido cosas a los sobrevivientes, que estas madres contaron que se enteraron durante su búsqueda de los hijos. Novedades que la gente no sabía y que deben estar en muchas guerras.
También me sorprendió las reacciones de gente muy joven que fue a ver la obra, que no vivió la guerra de Malvinas y que se puso a llorar de una manera desconsolada. Hay una identificación con la gente muy joven, como tomando conciencia de que a su edad los mandaron a una guerra y le pusieron un arma. Y eso que la obra no cuenta cosas que por mi edad sé que pasaron. No hablamos de la ropa, del hambre, el castigo, las torturas. No se habla de las estafas que hubo, que no les mandaban la plata ni la comida que juntaban para ellos. Eso lo sabemos nosotras que vivimos esa etapa.
-Las madres no mencionan esos detalles dolorosos.
No lo mencionaron especialmente, sino que lo relacionaron con otras cosas. Con la espera. Con la incertidumbre. ¿Dónde está su hijo? «Yo lo despedí y de repente no sé dónde está, ni en qué condiciones, ni si vuelve o no. ¿Por qué no me contestan?». Ese es el pensamiento que atraviesa la obra. Una madre (no me gusta spoilear, pero cuento solo un detalle) se enteró que su hijo estaba en Malvinas porque una vecina vino corriendo a decirle que lo vio por televisión desembarcando. ¡Se enteró por la televisión!
-¿Por qué Malvinas hoy?
Nunca terminamos de tener conciencia de que nosotros tuvimos una guerra en el siglo pasado. Y de repente me doy cuenta que en este momento que hay muchas guerras. Y que pasaron muchas otras tragedias desde que empezó el Siglo XXI. Sentí que la guerra de Malvinas se hermanaba con todas las guerras del pasado y del presente también.
De repente estamos sentados mirando guerras por televisión y nosotros pasamos por una guerra durísima, donde murieron chicos, murieron argentinos y ni la recordamos. Por eso en algún momento de la obra se dice «una guerra es todas las guerras». Como de alguna manera decía Borges: «un hombre, todos los hombres».
-Más allá de tus puestas teatrales como directora y dramaturga, tu nombre está identificado con el cine. Desde Miranda, de viernes a lunes, tu última película, ¿cómo siguió tu camino?
Lo primero que me pasó fue descansar del temporal Miranda. Temporal digo porque estrenar es algo muy difícil. En todo el mundo: no es que digo, «ay, nosotros los argentinos» ni me quiero victimizar. El cine está pasando por una época difícil en el mundo porque está compitiendo con lo que nos pasa a todos: nos sentamos en casa y vemos series y cine. Se estrenan muchas películas y uno elige una sola para ver en el cine y supone que a las demás la verá en alguna plataforma. La realidad es que las plataformas no compran un montón de películas, de esas que antes nosotros veíamos en el cine y ahora pasan sin verlas.
Hasta ahora no me planteé otro proyecto. En todo caso, hay uno, pero de una película muy cara. Obtuve un plan audiovisual de desarrollo del Gobierno de la Ciudad que me sirvió para desarrollarlo, pagar unos flyers, un dossier bastante interesante. Pero para conseguir dinero (aquí y en el exterior) te tenés que trepar una montaña.
-¿Qué vislumbrás en el futuro?
No tiro la toalla con el cine, pero me doy cuenta que para ser viable tiene que ser un proyecto bastante pequeño. Y la concurrencia al cine argentino es muy reducida, salvo tres o cuatro películas por año. Entonces, si no tenés desde el vamos la ayuda de una plataforma que después la va a exhibir, no la ves. Al decir ayuda no me refiero a la producción, porque por ahí se generan coproducciones con el extranjero y apoyos en la Argentina. Pero si no tenés ese acompañamiento, ¿dónde la das después? ¿Dónde la ve el público si no te la compra una plataforma? Que tampoco te la compra por una cifra millonaria: no te vas a salvar con eso. Miranda está en algunas plataformas del exterior y en Flow: por lo menos tiene un público que la ve. Pero no estuvo producida por una plataforma ni la exhibieron en una de las más famosas.
-La pregunta del millón: cómo convocar público y no morir en el intento.
Muchas veces ocurre que le mandás el guion a una plataforma (y después a otra y a otra). Y allí aparecen las exigencias de que trabaje algún actor, alguna actriz, que sea de algún escritor conocido, un bestseller. Y no podés siempre tener a una escritora como Samantha Schweblin, a Ricardo Darín o a Francella. No ganaste la Palma de Oro en Cannes ni metiste un millón de personas con tu película anterior, que es el caso del 90% o 91% de los directores.
Pero los demás seguimos remando. A veces también suceden milagros. Hay películas a las que les va muy bien y que tienen su público constante. Y permanecen cuatro meses, cinco o seis meses en el Malba. Películas más pequeñas, que no costaron tanto. Que han estado en festivales y que han sido premiadas. Y que no necesitan ir a plataformas para que el público las reconozca.
Julia Montesoro


