spot_img
spot_img

Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Javier Porta Fouz, director del BAFICI, que comienza el miércoles 15: «El cine argentino sigue siendo la columna vertebral del festival»

Javier Porta Fouz presentó ayer la programación de la 27ª edición del BAFICI, el festival de cine independiente que se va a celebrar entre el 15 y el 26 de abril en la Ciudad de Buenos Aires y que va a contar, entre otras novedades, con 327 títulos, varios focos y premios a la trayectoria a Raúl Perrone y a Ana Poliak. Estamos con él. Bienvenido, Javier. Gracias por acompañarnos.

Para esta edición del BAFICI se evaluaron cerca de cinco mil títulos, de los cuales solo quedaron 327 en la programación final. ¿Cómo evalúan la participación del cine argentino? Al mismo tiempo, ¿cómo evalúan el contenido de esta programación en particular después de una selección tan prolífica?

Al BAFICI lo vamos armando durante muchos meses. Hay películas que vemos en junio o julio del año anterior y a veces empezamos a invitar en ese momento. También se va armando en función también de cómo es la convocatoria. En los últimos años teníamos la duda de qué iba a aparecer con respecto al cine argentino. Y aparecieron más de mil títulos, entre largos y cortos. Al saber que vamos a tener material argentino para mantener más o menos la misma cantidad que en los últimos años -este año inclusive un poco más-, resolvemos que ésa sea la columna vertebral. Sabiendo que hay cine argentino, el BAFICI se va a parecer al de los últimos años: al de las tres competencias, al de buena presencia argentina. Eso define mucho: si no hubiera cine argentino, otro gallo cantaría.

Con respecto a los criterios, es un festival de cine independiente: siempre digo que el primer criterio es que el cine que está en el BAFICI es un cine firmado, un cine personal. Tratamos de que sea lo más variado posible también, porque tener un festival muy homogéneo no tiene demasiado sentido. Es un festival de 300 y pico de películas, tiene que mostrar un cine muy diverso.

-La presencia argentina sigue siendo un motivo de asombro, en este contexto por el que estamos atravesando… Lo mencionaste en la presentación, lo que da cuenta de que los cineastas siguen produciendo a pesar de todo.

Sí, hay casi una reacción. Hay gente que me dice: «Bueno, empecé esto de manera completamente autogestionada, con un sistema de cooperativa», y, además, agregan: «Y esta es la primera parte de una trilogía porque vamos a seguir haciendo». Es un cambio muy energético. La gente sigue haciendo películas. Obviamente, no es lo mismo esto que a principios de los 90, cuando los formatos y los costos eran otros. Recordemos las luchas de principios de los 90 por los cambios en la Ley de Cine. Lo que había era un tipo que hacía cine en video que estaba empezando, que es Raúl Perrone, y después la gente hacía películas en fílmico y ahí cambiaba todo. No era el mismo contexto. Hoy se pueden hacer películas de distintas formas. Igualmente, no señalar que hay una crisis en el cine argentino es ridículo. Hay mil y pico de títulos entre cortos, largos y medios que se presentaron, y a la vez hay una crisis. Porque hay una crisis de representatividad, hay una crisis discursiva, hay una crisis en cómo se devaluó la discusión. Y hay una crisis del mercado argentino que es bestial, te diría, porque no se parece ni siquiera a otros países de Latinoamérica en esa crisis. En Argentina se venden 0.7 entradas por habitante por año y viene en declive en los últimos dos años. Es un escenario complicado.

-Aun en este escenario, también es cierto que el BAFICI crece año a año: en cantidad de películas argentinas y también de espectadores. Demuestra cómo se puede generar audiencias, en esta ebullición de películas concentradas en un festival.

Sí. También dijiste una palabra clave ahí que es «concentradas». El BAFICI funciona como evento, como punto de encuentro, como punto de discusión y de intercambio de ideas más o menos amables. Es un lugar en el que se puede hablar de cine, en el que las entradas son muy baratas, a diferencia de lo que pasa con el cine comercial, que tenés una entrada muy cara en términos históricos e incluso en términos comparativos con otros países latinoamericanos. La entrada en México es muchísimo más barata que en Argentina y va mucha más gente al cine; creo que está en 1.5 entradas por habitante por año.

Y también hay otro asunto: el país que nos toca es un país pendular, como bien lo definió Alain Rouquié. Este país no tenía tradición de películas dobladas en el cine y actualmente mucha gente dice: «Yo no voy al cine porque me cuesta encontrar una función subtitulada». Hay localidades completas del Gran Buenos Aires en las que no hay funciones subtituladas. Entonces, el BAFICI te garantiza una experiencia cinematográfica que se parece más a lo que era antes el cine que veía cierto público, y que después es muy difícil de encontrar. En Recoleta las funciones son casi siempre subtituladas, pero hacés unas cuadras hacia el sur de la ciudad y empieza a haber cada vez más funciones dobladas. Es un cambio muy fuerte el que pasó en Argentina. Entonces, el BAFICI funciona como un reducto un poco salvado de esas circunstancias del mercado y del declive de lo que pasó en los cines. Cada vez hay más funciones dobladas y también hay mucha gente que dice: «No voy al cine porque no quiero escuchar a gente hablando por teléfono durante la película».

Hemos pasado de ser un mercado con un público educado en cierto tipo de cine y diversificado a uno que en este momento los distribuidores extranjeros saben que vale menos que otros mercados latinoamericanos que antes no eran ni comparables con Argentina.

-En un escenario además polarizado por las plataformas, donde se induce a ver nuevos formatos narrativos, pero también de una manera muy distinta la experiencia del cine, ¿cómo se logra intentar atraer espectadores?

Días atrás coordiné la charla con John Malkovich en el Alvear y me sorprendió mucho que había muy poca gente menor que yo en la platea. Y yo soy un señor de 52 años. Me dije: «Si John Malkovich no convoca a mucha gente menor de 50 años, es que estamos en un problema». No hay una renovación muy fuerte del público cinematográfico. Igualmente, no es una idea descabellada mía: está estudiado. El envejecimiento del público cinematográfico ocurre en un montón de países. En todo caso, los más jóvenes van a ver el género que sigue siendo un éxito, que es el terror, y pocas cosas más.

Nosotros intentamos aumentar la cantidad de cortometrajes que se presentan y jerarquizamos los cortos donde hacen sus primeras armas los estudiantes de cine. Porque sigue habiendo muchos estudiantes de cine, así como cortometrajes. Hay que tratar de traer al público más joven al BAFICI -y a los festivales en general- y que vean la diversidad del cine. Incluso, en los últimos años traemos películas que las nuevas generaciones quieren ver y no vieron. Como After Hours, de (Martin Scorsese): la programamos y se llenó. A ellos les hablan de los gloriosos años 90 (o los 80, o los 70) y buscan sentirse parte de una historia muy rica. También tiene que ver con que las cadenas de cine están programando reestrenos. Quizás sean formas de atraer a los jóvenes. Ojalá que se reconstituya un público más joven que el promedio de edad que va a los cines.

-Este año el BAFICI cuenta con un número importante de jurados internacionales. ¿Hay una línea sutil o no tanto que una esta elección?

Tratamos de que las miradas sean variadas en términos de la estética de la que participa o que tiene un director. También en cuanto al origen de los jurados: por ejemplo, no ponemos dos miembros en un mismo jurado del mismo país. Pero es cierto que tratamos de que tengan -creemos nosotros-, una sensibilidad afín al cine que presentamos. En el jurado internacional hay dos actrices de películas que se programan este año u otras que se han programado históricamente en el BAFICI: una actriz alemana y una chilena. Después tenemos tres directores: uno húngaro, uno estadounidense y uno español, que han sido programados o están siendo programados con un foco. Parece que tiene que ver con esa idea de sensibilidad de los directores hacia el cine que hacen o han hecho y de los que dirige festivales hacia la lógica del BAFICI. Hay algo ahí de una mirada compartida. Después siempre puede haber sorpresas en los jurados. Tengo muchos años trabajando en el festival: puede haber peleas y desavenencias, así como jurados que se lleven bárbaro. Es parte del juego, ¿no? Pero tratamos siempre de que sea variado y a la vez que responda a una idea del cine compartida.

El BAFICI parece una isla en este contexto de lo que pasa con el cine en Argentina, con el cine argentino en particular y con los estrenos. Bate récords de público y de estrenos año a año. Pero en el caso del cine argentino, el cuello de botella ocurre cuando llega el momento del estreno comercial.

Puede que lleguen de forma muy limitada en algunas funciones, con estrenos alternativos que cada vez son más la norma para cierto tipo de películas, ¿no? Una nueva forma de pensar la distribución en un país que no tiene esas cadenas de cine alternativo que existen en otros países. Sí, estrenamos un montón de películas. Siento que este año la mayor parte del cine argentino de cierto tipo de escala quiso estar en el BAFICI. Eso nos enorgullece. A la vez, hemos dejado muchas películas afuera porque se presentaron más. Y nosotros no podemos subir la cantidad de títulos a niveles exagerados porque si diéramos más de la mitad de la programación argentina dejaría de ser un festival internacional. Pero es verdad que tenemos muchos estrenos. Y no solo de películas argentinas. Hay estrenos de la India; en la competencia internacional hay un cortometraje iraní que se va a exhibir por primera vez en el mundo. No sabemos en qué situación está el director y productor de la película y ni qué copia tendremos para proyectar. Pero es una película de Irán, más otra de la India, más una española y una francesa que deciden que van a empezar su carrera de los festivales en el BAFICI. Eso nos encanta.

-El BAFICI permite ver justamente ese cine extranjero e internacional al que casi no tenemos acceso. Ya ni siquiera a nivel comercial; cada vez vemos menos cine extranjero de cierta calidad. En ese sentido ahí también hay un desafío de mantener la vara alta para ustedes.

Sí. Antes un distribuidor que te daba los derechos para pasarla dos o tres veces en el festival también estaba interesado en que la película la vieran distribuidores locales, para que pudieran hacer una oferta y comprarla. Recuerdo que una vez programamos Victoria (2015, de Sebastian Schipper), la película alemana que era un plano secuencia, y la distribuidora The Match Factory siempre estuvo muy agradecida con el festival porque la película se había vendido acá en el BAFICI y después le fue bien como estreno. Esas historias, que antes pasaban con cierta frecuencia, cada vez están más difíciles. Los distribuidores independientes nos dicen que es muy complicado recuperar en este mercado. Ahora son pocas las películas que sabemos que están compradas, y sobre todo sabemos que muy pocas se van a comprar porque el mercado se achicó muchísimo. Por eso ésta es una buena oportunidad para tomarle el pulso al cine internacional que después es más difícil de ver. Incluso la gente te dice: «Bueno, no, después lo veo en la plataforma». Y tampoco la oferta de las plataformas es muy amplia en Argentina. Trabajo bastante con la comparación de disponibilidad en países y la verdad es que estamos un poco varados.

-De ese cine que tal vez no llegue a las salas y de las 327 películas que hay por descubrir, ¿cuáles son aquellas que más te impactaron?

Mientras armaba la grilla de programación, como todos los años, pensaba que esta será una edición muy sólida para entrarle por cualquier lado y sorprenderse o confirmar lo que uno ya pensaba sobre ciertos directores. Hay una película que me conmovió profundamente cuando la vi en Berlín, que es My Wife Cries, de Angela Schanelec, que me parece que ha logrado como la cumbre de su carrera en el sentido de mantener su estilo y a la vez dotar a la película de una emoción muy difícil de conseguir con ese tipo de radicalidad estética. Es una de mis favoritas. Y hay una película favorita mía desde hace un cuarto de siglo: es El desencanto, la película de 1976 de Jaime Chávarri. Es una de esas tocadas por el contexto, por las circunstancias, que uno las ve y dice: «Esto es una especie de milagro, de alquimia absoluta” que se dio en ese momento sobre la familia Panero, sobre esta madre y sus tres hijos con el padre muerto. Muestra muy bien el fin de una época y el principio de otra cosa en España. De hecho, la película es la última censurada por el franquismo. Tuvo un mínimo corte, pero fue una película que le habló a la gente en su época. Creo que es una de las grandes películas de la historia del cine y este año cumple 50 años y estará ahí en el BAFICI.

Hay otra película de un director llamade Franco Maresco, que antes formaba una dupla creativa con Daniele Ciprì (compitieron creo que en el primer BAFICI en la competencia internacional con Totò que vivió dos veces, después hicieron una carrera juntos y después se separaron). Y Maresco ahora hizo Un film fatto per bene, que es una comedia metacinematográfica, digamos. Cuando yo la veía decía: «Qué bien pensada que está esta especie de ficción sobre un rodaje», y después me enteré de que Maresco está realmente en ese estado asocial e intenso, y es una comedia sobre un director que está realmente caminando por la rama. Es una película absolutamente genial sobre un director del que, cuando pregunté si podíamos invitarlo, la distribuidora me dijo: «No, no viaja a ningún lado, no fue a presentar la película a Venecia y eso que viste en la película es bastante parecido a la realidad». Bueno… Ya comenté tres. ¡Me quedan por recomendar 324!

Julia Montesoro

Related Articles

GPS Audiovisual Radio

NOVEDADES