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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Mercedes Morán, protagonista y coguionista de «Norma», de Santiago Giralt: «Tenemos derecho a perseguir la felicidad y el deseo hasta el último día»

Mercedes Morán protagoniza la comedia dramática Norma, escrita a cuatro manos con el director Santiago Giralt estrenada en salas, que retrata a una mujer de alguna improbable pequeña burguesía lugareña, que decide romper con los moldes y las convenciones después de los 60 años.

Completan el elenco Alejandro Awada, Lorena Vega, Mercedes Scápola, Marco Antonio Caponi, Mirella Pascual, Claudia Cantero, Elvira Onetto y Elizabeth Vernaci.

-¿Por qué Norma, este libro y en este momento de tu carrera?

Este libro comenzó hace mucho tiempo, sin ninguna pretensión, a partir de que con Santiago (Giralt) nos reuníamos eventualmente. Nos gusta compartir charlas sobre cine y literatura. En una ocasión él me había pasado una novela suya para que leyera, que no fue publicada, y le estaba haciendo la devolución sobre lo que me había parecido. Uno de los personajes me había llamado la atención y me parecía que podría merecer una historia en sí misma. Se lo comenté e inmediatamente se entusiasmó: me dijo “empecemos a escribir”. ¡Me proponía hacerlo juntos! En general esas conversaciones no llegan nunca a ningún punto, pero empezamos a escribirla. Durante muchos años buscamos alguna producción. Cuando aparecía alguien interesado, volvíamos al material. Y para nuestra sorpresa, ese material seguía vivo. Hasta que se armó una producción dispuesta a hacerla. Y la terminamos. Entonces pasó otra cosa: yo tenía una agenda bastante complicada. Pero hice un espacio y la terminamos de rodar en noviembre del año pasado.

-Hay muchas Norma en la película: una que vive atada a los mandatos del esposo y de la madre; una encerrada que no sabe cómo escapar de ese encierro; una presa de su soledad –que hasta le llega proponer a una psicoanalista que sea su amiga- y hay al fin una Norma que se reinventa después de los 60 años. ¿Cuál de todas ellas te atrajo para emprender el camino de rescribirla y protagonizarla?

Lo que me atraía era ponerme a curiosear sobre una posible vida de una mujer que hubiera seguido todos los mandatos, no solo los de su familia sino también los de la cultura en general, a esa edad, y que de pronto no se encontraba con esa felicidad que le habían prometido. Que no encontraba el premio a la obediencia. Creo que no es ella la que se propone iniciar ese nuevo camino, sino que le ocurre a su pesar, empujada por las circunstancias. Para ello debe vencer prejuicios y modificar su comportamiento. Lo que dispara esta situación está en el comienzo de la historia: la deja su empleada doméstica. Para esa ama de casa perfecta, de peluquería todas las semanas, del césped cortado, del delantal coqueto para hacer la limpieza -¡las cargas de esa mujer tan obediente!- estalla. Toda esa insatisfacción que venía acumulando, esa infelicidad (ni siquiera le dan resultado las pastillas para su insomnio), la deja en un estado muy alterado. Y a los tropiezos, un poco a pesar de ella, va cometiendo algunas transgresiones a esos mandatos. Todo esto en tono de comedia.

-¿Por qué ese puñado de conflictos de una mujer mayor de 60 mueve a risa al espectador?

Con Santiago teníamos muy claro que no queríamos bajar ninguna línea al respecto y mucho menos correr el riesgo de ponernos solemnes. Elegimos algunas de estas transgresiones para que sean funcionales a la comedia y no a una mujer tan estructurada y controlada, que tenía pánico perder el control. Buscamos meterla en situaciones que le hicieran perder el control pensando que podía ser graciosa construirla desde ahí.

Pero lo que me gusta transmitir con esta película, es que el último gran mandato que recibimos todos -y hablo de las mujeres y con una historia de una mujer porque soy una de ellas- es que a partir de una determinada edad ya nos quedemos quietas sin perseguir la felicidad. Nos abandonamos y nos dedicamos a contemplar lo que hemos construido sin tener ningún permiso para revisar, escuchar nuestro sentir y no abrirnos más. Eso que se dice de no querer nuevos amigos, no aprender nada nuevo, ni empezar algo de cero. ¡La idea es derrotar esas tendencias!

-Que se trate de una comedia, sin cargar las tintas sobre lo dramático, no significa evadirse de las situaciones de conflicto.

¡No, para nada! Ese es nuestro propósito. No buscamos hacer una película de autor, de nicho, sino que teníamos ganas de experimentar un tipo de película pequeña, pero que pueda ser leída por un público más amplio.

Es muy bonito apreciar que en un momento tan extraño y tenso, la gente sale muy divertida de las funciones: ¡se ríe mucho! Para mí era muy importante que funcionara como una comedia.

-En este libro, escrito a cuatro manos, donde el rol protagónico está pensado para vos, ¿también pensaste en tu hija Mercedes para hacer justamente el papel de tu hija? ¿Que similitudes hay entre la realidad y la ficción?

¡Ninguna! Este fue el único caso en el que nos han encontrado juntas, porque las propuestas que nos llegaron siempre fueron de afuera. Mientras trabajábamos con Santiago íbamos pensando quiénes podían interpretar los personajes. Soñábamos con actores y actrices para cada rol. Cuando apareció el personaje de la hija, pensamos en Mey (Mercedes Scápola). ¡Fue un logro conseguirla! (Risas)

-¿No quería Mercedes?

¡Siempre quiere! Lo aceptó enseguida y se puso muy contenta. Lo disfrutamos mucho haciéndolo. Creo que tenemos una de las escenas juntas más bonitas. Pero la película no es autorreferencial. ¡Para nada! Mey y yo conformamos una dinastía de mujeres en mi familia: la abuela, la madre y la hija. Es generación mejorada, una evolución que se va haciendo de a poco. De eso sí sabemos y podíamos compartir un poco el espíritu de lo que queríamos contar. Así fue con todas las actrices. Uno de los sueños más bonitos que cumplimos es que está la gran mayoría de las personas que imaginamos que iban a participar.

-Entre ellos, Marco Antonio Caponi, quien juega un rol que desmitifica el concepto de que a determinada edad no se tienen fantasías.

¡Sí! Es otro de los mitos que quisimos plantear: que las mujeres llegamos a esta edad y nos desaparece el deseo en todos sus aspectos. Norma deja las pastillas y empieza a sentir. Y le va a pedir a la psicóloga que sea su amiga aunque por supuesto no cree en el psicoanálisis. Siente que está grande para empezar con eso.

También era interesante para mí hablar de las amistades entre mujeres. ¡Es bien distinta al código de amistad entre hombres! Son dos mujeres que pueden dormir juntas mirando una película, que se pueden abrazar y dar un beso. ¡Quería que esto sucediera! Que el espectador se enfrentara con su propio prejuicio. Era importante que ninguno de esos caminos se cerrase, ni el del jardinero ni el de la amiga. Norma descubre que hay otra vida, pero es con otra gente. Ingresa en este camino de deconstrucción casi como un tropiezo, a pesar de ella. Esto, paradójicamente, la lleva a mejorar sus vínculos. Incluido el que tiene con su marido, porque ambos se liberan de un mandato. ¡De la forma que pueden, se quedan más livianos!

-¿Con cuál de estas Normas te identificás más o te sentís más cercana?

Me siento como en la antítesis de Norma: siempre he sido una desobediente por naturaleza (Risas). Seguramente mi madre hubiera estado más feliz con una Norma (Risas). Pero no fue mi caso.

Me da mucha ternura, además, que la historia se desarrolle en una ciudad pequeña. Tiene que ver básicamente con que la paranoia que tiene Norma de sentirse mirada, observada y juzgada todo el tiempo, en una ciudad con una escala más pequeña es más profundo. En una ciudad más grande una se puede perder más, escabullirse de la mirada.

-Santiago es de Venado Tuerto y vos de San Luis. Hay algo en la historia que les resuena de sus propias vidas…

Nos generó mucha ilusión pensar en esa escala porque ambos nos criamos en ciudades pequeñas del interior y recreamos esas mujeres de nuestras infancias. De alguna manera quedaron instaladas ahí. Los dos pensamos en nuestras tías: ¡todos tenemos alguna Norma en nuestra familia!

-Y también hemos pasado por situaciones como las de Norma…

¡Sí, exactamente! Todo el tiempo. ¿Me hago alguna pregunta nueva o es hasta acá? ¡No nos jubilen a determinada edad! Todavía tenemos muchas ganas, mucho deseo y mucho derecho a seguir persiguiendo la felicidad. ¡Hasta el último día!

Julia Montesoro

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