spot_img
spot_img

Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Adiós a un actor extraordinario: Pepe Soriano (1929-2023)

José Carlos Soriano, más conocido como Pepe Soriano, falleció el miércoles 13 de septiembre, doce días antes de cumplir 94 años. Había nacido el 25 de septiembre de 1929 en el barrio porteño de Colegiales. Extraordinario actor argentino, deja un legado ético como sello de su origen y de su trayectoria.

La noticia fue confirmada por el productor teatral Carlos Rottemberg en sus redes oficiales. “Se fue un grande. La muerte de Pepe Soriano cala hondo en nuestros sentimientos. Con él se va un amigo. Luego el gran actor, uno de los mejores de este país. Beso enorme para Diana, Victoria y familia”, escribió en la cuenta del Multiteatro Comafi.

“Entre las representaciones más recordadas se encuentran, en cine, el alemán Schultz en La Patagonia Rebelde (1974), el abuelo en No toquen a la nena (1976), Lisandro de la Torre en Asesinato en el Senado de la Nación (1984), en teatro su unipersonal en Lisandro, y en la televisión su personaje de abuelo italiano de Don Berto, personaje a su vez remodelado como la terrible abuela de La Nona, tanto en el cine como en el teatro.

En España es recordado por la película Espérame en el cielo (1988), en la que interpreta a un doble del dictador Francisco Franco, y por la exitosa serie de televisión Farmacia de guardia en su primera temporada (1991-1992). Poco después de terminar su participación en la misma, en 1992, vuelve a radicarse en la Argentina, donde continúa su carrera hasta hoy. En 1980 en teatro realiza «Homenaje» de Bernard Slade junto a Fernanda Mistral y Julio Chávez.

Obtuvo el Premio Konex en 1981 como uno de los actores más importantes del Cine Argentino, y la Mención Especial Konex a la Trayectoria en 2021. Ganador del Cóndor de Plata al mejor actor en 1971 por Juan Lamaglia y Sra. y del Cóndor de Plata al mejor actor de reparto en 1995 por Una sombra ya pronto serás, en 1998 la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina le entregó el Premio Cóndor de Plata a la trayectoria. En 2010 fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires”

(Biografía extraída de Wikipedia).

De una entrevista realizada en 2016 por Norberto Chab hay varias reflexiones que dan cuenta de sus raíces proletarias y de su ética inquebrantable.

«Hay compañeros que hacen piruetas sobre un escenario y esas piruetas conmueven. Yo no sé si soy capaz de hacerlas. Tampoco era capaz Alfredo Alcón, que llevaba a escena propuestas difíciles, complejas, de resultado incierto. Y, sin embargo, recibía una respuesta extraordinaria. Él tuvo un lugar maravilloso, único, y todos tratamos de emularlo. Yo lo hice desde mi lugar, con el compromiso de componer siempre diferentes personajes. Elegí ese camino con alegría. Y no me arrepiento.»

Monólogo de un hombre solo frente a su nuevo desafío. Pepe Soriano, 86 años, la memoria y el cuerpo bien plantados, el deseo latente.

El desafío es El padre, la farsa trágica de Florian Zeller (ganadora de tres premios Molière en Francia), que presenta en el Multiteatro junto a Carola Reyna, Fabián Arenillas, Magela Zanotta, Marina Bellatti y Gabo Correa, dirigidos por Daniel Veronese.

Pero la obra tiene un eje que desvela a Soriano. Se trata del paso del tiempo. De cómo un anciano se pierde paulatinamente en el laberinto de sus propios recuerdos. De una enfermedad que pone a prueba sus relaciones más cercanas.

Y Soriano -tan luego él, el taumaturgo de las tablas que desde hace casi medio siglo compone viejos gloriosos, como aquel Don Berto de la televisión de fines de los 60, Lisandro (su monumental biografía teatral de Lisandro De la Torre), el testarudo Señor Green, el entrañable Loro calabrés (un unipersonal de su autoría con el que recorrió el mundo) y el más cercano e igualmente familiar protagonista de La Nona-duda.

-¿Qué conflictos interiores enfrenta al abordar este texto?

-Por primera vez en mi vida encuentro una obra que habla del deterioro humano, del final, en forma bastante oscura. Tengo muchos años y estoy en el tercer acto de la vida. Mi problema no es de memoria ni físico. Pero siento que es posible la cercanía de la pérdida de parte de la memoria, o de la modificación del vínculo familiar y afectivo con los demás.

-¿Qué motivación encontró, entonces, para componerlo?

-La misma de siempre: elijo textos que expresen parte de la realidad en la que vivo. Un poco a la manera de El loro calabrés, al que le sigo encontrando vigencia. Lo estrené en un momento muy duro ( 1975), pero yo necesitaba contar quién era de mi propia boca. No vivía ni vivo en una torre de cristal ni en una estrella especial, y cuando termino de trabajar me convierto en un hombre común, que ando por esta maravillosa Buenos Aires, para retomar la tarea al día siguiente. Ese texto expresaba lo que yo elegí. Y eso significa también estar preparado para los fracasos.

-A lo mejor, ésa es «la pirueta que le gusta a la gente» que usted eligió.

-Es cierto. Tiene que ver con una manera de vivir. Estoy más que nunca en el último tramo de mi tercer acto de mi trabajo de actor, y quiero defender mi coherencia. Mi coherencia viene desde mi origen, que es el de la gente de trabajo. Y no de clase media, sino muy, muy humilde. Gracias a mi coherencia reivindico a esos inmigrantes que eran mis abuelos, que llegaron a esta tierra con la misión de comer todos los días. Yo no voy a transar con eso: seguiré pensando como siempre.

-¿Y cómo piensa?

-Días atrás, realizaron una encuesta en la que el público elegía a qué actor querían preguntarle cosas. Me tocó a mí y me hicieron esa pregunta. Les dije: piénsenme donde quieran. ¿Quieren pensarme como comunista, socialista, demócrata, radical, peronista? Tal vez me encuentren en cualquiera de esos lugares. Eso sí: siempre voy a estar del lado de los que no tienen. Después, como no tengo militancia ni defiendo una camiseta determinada, pónganme la ideología que quieran.

-Cuando le propusieron hacer El padre, ¿quién decidió hacerla?

-Yo. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer. Siempre me reservé la dignidad de aceptar lo que quiero. Cuando me la trajeron lo pensé mucho, porque es una obra muy difícil. Pero después recordé dos frases muy hermosas, complementarias, que fui encontrando en la vida. Una es de un amigo filósofo que tenía. Una vez me regaló un libro con una dedicatoria: «Caro Pepe; uno es lo que hace y hace lo que es». Y después, con los años, cultivé una hermosa amistad con Roberto Fontanarrosa, que me dijo: «Caro Pepe; uno es lo que hace y hace?lo que le dejan».

-¿Cómo era usted como hijo? ¿Qué representaba el padre como figura?

-No fue una vida fácil. Viví con mis abuelos, analfabetos llegados de Italia, buena gente de trabajo. Pero para ellos la lectura no existía. Fue difícil desarrollarse en ese medio, adquirir una mínima noción de la realidad. De mi casa recibí afecto y el valor de la palabra y la amistad. Mi madre murió cuando yo tenía 12 años. Mi padre hizo un gran esfuerzo para pagar las deudas ocasionadas por la muerte de ella y para que yo estudiara. Fui un buen estudiante del Colegio Nacional 31 y un regular estudiante de la Facultad de Derecho: allí había lecturas que no me atraían. Hasta que descubrí que había un teatro universitario, con un elenco integrado por alumnos de varias facultades, dirigido por Antonio Cunill Cabanillas. Me tocó ser su alumno y debutar como actor profesional en el Teatro Colón, con Sueño de una noche de verano, con música de Mendelssohn. Así fui aprendiendo este oficio.

-¿Qué cree que aquel estudiante que hizo Shakespeare pensaría del lugar que ocupa hoy?

-Aquel chico tenía muchos méritos como principiante, pero no dejaba de ser eso. Los primeros días le preguntaba a Cunill por qué no me alcanzaba el escenario cuando decía la letra. Él me enseñó a caminar y a llegar hasta el final. Me hizo amar este oficio, donde desarrollé mi supuesta creatividad y mi placer personal. La gente más linda y los mejores amigos los tuve a través del teatro. ¡La gente que más detesto en el mundo también! Fue mi manera de vivir. Y no estoy disconforme. La gente me dio mucho. Y devolví lo que pude con la mayor honestidad. Hace cuarenta años, cuando hacía el monólogo final de El loro calabrés, decía algo que sigue teniendo vigencia: «Ojalá que como el trigo, sepamos ser pan un día».

Related Articles

GPS Audiovisual Radio

NOVEDADES