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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Lucio Castro estrena «Fin de siglo»: «No creo en la etiqueta de película gay»

El jueves 6 de febrero se estrena Fin de siglo, la ópera prima de Lucio Castro, rodada íntegramente en Barcelona por argentinos y españoles que viven en Buenos Aires y Nueva York. Sus protagonistas son Juan Barberini, Mía Maestro y Ramón Pujol.

Se trata de una historia de amor entre dos hombres que encubre otra preocupación latente en el realizador, que además es el guionista: el tiempo. O el deseo de detener el tiempo. Son protagonistas de un día, pero alteran las leyes cronológicas y se ven a sí mismos, idénticos y hasta con la misma ropa (el fetiche de la remera de Kiss aparece una y otra vez) en otros momentos de sus vidas. Veinte años atrás, por ejemplo. Cuando se celebraba el fin de siglo.

Los diálogos no precisan ser sentenciosos ni sonar forzados para meterse en honduras tales como los vínculos amorosos, la paternidad, la vida nómade (todos estamos de paso, al cabo), con un registro que omite deliberadamente los tonos altisonantes o las frustraciones explícitas.

Lucio Castro dialogó con GPS audiovisual para hablar de Fin de siglo, que entre otros reconocimientos, obtuvo el premio a la mejor película argentina en el último BAFICI.

-Una crítica sobre la película cita a Borges como fuente de inspiración. ¿Cuánto tiene de Borges la película? ¿De qué otros escritores te nutriste? ¿Y de qué cineastas?

Me encanta Borges. Pero soy mucho más fanático de César Aira. Realmente fanático. En mi biblioteca tengo un estante solo de él: creo que soy el principal coleccionista de su obra. Trato de tomar de él su libertad, que me encanta y siempre me inspira. Igualmente, la película no tiene mucho de Aira: él es mucho más gracioso.

Hay otros escritores que me influyen, como la inglesa Muriel Spark, aunque no sé si puedo tomarla como una inspiración directa. Y vi mucho tres películas antes de filmar: El eclipse, de (Michelangelo) Antonioni; Un cuento de verano, de (Eric) Röhmer -es bastante directa la referencia del principio de la película- y El camino soñado, de Angela Schanelec, que en general exige mucho más al espectador que yo. Hace muchos saltos con el tiempo difíciles de definir, tiene escenas donde la cámara toma al personaje y no sabés con quién habla, por ahí pasan años entre una toma y la siguiente.

-¿Qué te costó más, escribir la historia o filmarla?

No me costó nada escribirla. La hice de un tirón y no la reescribí nunca. No hice varias versiones. La escribí linealmente, básicamente como está editada. Empieza de una forma muy arquetípica: un personaje llega en tren a una ciudad que no conoce. En un comienzo muy típico de una novela. Después fui siguiendo al personaje: cómo estaba en la ciudad, cuando ocupa su departamento alquilado a airbnb, cuando abre la heladera, cuando mira los libros. A partir de allí empieza el foco de tensión con el otro personaje: se conocen, tienen sexo, toman un vino. Ahí pensé: “ah, parece que se conocen desde hace 20 años”. Y volví a inventar ese primer comienzo.

Escribo de una forma parecida a como leo: no sé dónde voy y me sorprende bastante lo que va apareciendo en la página. Cuando trato de planear algo siento que queda demasiado forzado. Prefiero dejar que la escritura sea más libre.

Acabo de escribir una historia y ocurrió lo mismo: aunque hice la misma historia parecida muchas veces, nunca agarré un borrador para reescribirla.

-Parece una historia escrita especialmente para los dos protagonistas. ¿Los conocías o emprendiste la búsqueda después del guion?

No conocía a ninguno, ni a Juan (Barberini) ni a Ramón (Pujol): aparecieron después del guion. Si a Mía: somos amigos desde hace muchos años somos amigos. Cuando terminé el guion hablé con María La Greca (encargada del casting), que había hecho una obra con Juan. Hable con varios, pero me pareció el más apropiado. Luego llegué a Ramón también por María. Resultó que ambos se conocían. Juan es extremadamente inteligente -además de ser muy buen actor-. Fue muy fácil trabajar con alguien que está en una misma línea, poder dialogar con una persona muy informada, que (por ejemplo) sabe quién es Hong Sang-Soo, un director coreano que me encanta. Ramón también, pero son muy distintos: así como Juan es muy intuitivo, Ramón venía a la escena con el guion leído mil veces, subrayado. Venía muy preparado.

-Sos un realizador argentino viviendo en Nueva York. ¿Cómo surgió la idea de elegir Barcelona como locación?

La decisión de filmar en Barcelona fue por muchas cosas y también por un capricho. Por un lado porque es una ciudad de verano, que genera su movimiento turístico y también tiene un elenco estable que vive ahí. Tiene cosas muy viejas -como el Barrio Gótico- y también otras muy nuevas. Tiene la playa, el mar, la ciudad. Es una escala linda, por ahí da para que los personajes se encuentren de casualidad varias veces. También porque era un equipo muy chiquitito y estaban cerca, en Cannes, una semana atrás. Me pareció muy linda.

No la conocía: me tomé la libertad de imaginarla. Si hubiera escrito sobre Buenos Aires o sobre Nueva York, que conozco mucho, me hubiera costado imaginarlas como si llegara por primera vez. Pero a Barcelona la inventé escribiéndola. Es como si me dijeran “hacé una película sobre Bucarest”. Como no la conozco me la imagino medio oscura, gris, tosca. Si viviera allí me hubiera sentido más limitado.

-Como cada espectador hace su propia referencia sobre citas o inspiraciones (algunas muy improbables), yo arriesgo la mía: hay una forma de narrar las relaciones de los personajes y la historia de amor a Barcelona a la manera de Woody Allen. ¿Hay algo de él en tu forma de contar y de estrechar el vínculo con el lado no glamoroso de la ciudad?

Nunca hasta ahora me habían dicho nada sobre Woody Allen y ¡me encanta! ¡Realmente me encanta! Así que ¡gracias! Estoy seguro de que lo filtré de manera inconciente. Me encantan sus películas. Además, aunque por supuesto que no siempre es exitoso, tiene una necesidad de hacer que me encanta. Me gusta mucho como método de trabajo: tiene ese famoso dicho de que el 99 por ciento del trabajo es aparecer, estar. Y me encanta también de él cómo trata a sus personajes, los diálogos, los chistes malos, los encuentros y desencuentros, el amor. Esa referencia la reconozco.

En cuanto a estrechar el vínculo por el lado no glamoroso de la ciudad, puede ser. Igualmente, fui por el Laberinto de Orta, la Barceloneta, el Barrio Gótico, lugares muy lindos. Y traté de alejarme de las cosas muy típicas, como las ramblas, por una cuestión practica: poner una cámara allí con tanta gente mirando a cámara iba a a ser muy distrayente.

-Hay una transición entre lo urbano (los primeros 12 minutos transcurre sin una sola palabra; solo calles, autos, ruido ambiente) a lo intimista y melancólico (atardeceres, el río discurriendo, el fondo de una ciudad de poca altura y de cielo claro). ¿Esa era tu intención desde la primera versión del guion, o la ciudad te fue cambiando la percepción?

Creo que la película empieza de una forma muy como una mirada desde afuera de la ciudad, con una especie de distancia casi turística. Y termina como un viaje al interior, con una situación mucho más ambigua. Me gustó ver la ciudad en esta transición entre la noche y la mañana, con gente que no se sabe si está despierta a esa hora porque estuvo así toda la noche o porque se levanta temprano. La película tiene esa transición, desde lo muy concreto al principio hasta lo más subjetivo, personal, íntimo del final.

-¿Cómo te cae la etiqueta de “la película gay del año”?

La etiqueta de “película gay” es lo mismo que decir que hay películas heterosexuales, de negros o de lo que fuera. No creo en esa etiqueta sino en las películas universales. Con una película te conectás a partir de un tema universal. Y esta justamente no tiene la homosexualidad como tema. Hay películas gays en la que -por ejemplo- un personaje tiene que elegir entre su amante homosexual y que la familia lo acepte. En Fin de siglo, ser gay no es un conflicto: los conflictos y los temas son otros. Sí creo que hay gente que se conecta con historias que la puedan representar. Así que ese rótulo quizás ayude a gente gay -o no- a acercarse a la película por curiosidad, para saber cómo es verse representado en una pantalla.

-¿Qué hacías de tu vida el fin de siglo, el 31 de diciembre de 1999?      

Buena pregunta… (piensa)… Estaba con Mía en Buenos Aires, de fiesta en fiesta, buscando siempre la mejor. Todas eran muy malas. Llegábamos a una y acababa de ser buena. Entonces íbamos a otra. Y la siguiente a la que llegábamos ya no estaba tan bien porque se habían pasado a otra. La idea era participar de “la fiesta del año”, pero ninguna era tan buena como esperábamos. Terminamos en una fiesta bastante normal, así que tomamos la decisión de pasarla bien como sea.

Norberto Chab

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