Daniele Incalcaterra estrena «Chaco»: «La película habla de burocracias que defienden a los grandes intereses»

El jueves 4 se estrena Chaco, documental de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini. Planteado como una especie de thriller político rodado entre 2013 y el inicio de 2016, acompaña el deseo del realizador de restituirle 5.000 hectáreas de tierra virgen del Chaco paraguayo (heredadas de su padre) a los guaraníes ñandevas, los dueños originarios del bosque. Basándose en un decreto del presidente Fernando Lugo, Incalcaterra ambiciona crear una reserva natural llamada Arcadia y un observatorio científico para estudiar los efectos devastadores de la deforestación. Pero el trámite se pierde entre la maraña burocrática, los intereses financieros de los grandes propietarios (interesados en un proyecto de deforestación para la producción industrial de soja transgénica y carne) y la aparición de un presunto propietario del lugar, de origen uruguayo, que ocupa el territorio por la fuerza de las armas. Arcadia se convierte en el símbolo de una lucha asimétrica, en una geografía donde diariamente se destruyen 2.000 hectáreas de bosque.

Daniele Incalcaterra dialogó con GPS audiovisual acerca de Chaco y de las connotaciones políticas subrayadas en la película.

-¿En qué momento te diste cuenta de que la película estaba terminada?

Cuando vi que no tendría las respuestas que estaba buscando. Cuando se hace un documental se tiran pistas, y luego se trata de cerrar alguna de esas pistas. Las que yo quería cerrar tenían que ver con una ley definitiva que permitiera proteger definitivamente una reserva. Pero esa ley no llegó nunca. Porque evidentemente se juegan otros intereses. Entonces dejé un final suspendido. No como una forma de derrota, sino para que cada uno haga su propio final. Era fundamental que estuviera relacionado con lo que está pasando, que fuese un final abierto.

-Y en ese final abierto, ¿qué cosas cambiaron después de la película?

La situación en Paraguay se puso más pesada. El abogado de la contraparte (del uruguayo) me está haciendo un juicio. Quiere que se dicte la nulidad de mi título de propiedad, basándose en que obré de mala fe porque hice una reserva sobre un título anterior al mío. Y la película muestra claramente cuál es el problema de los títulos. En Paraguay hay casi 9 millones de hectáreas de tierras mal habidas. Nosotros queremos hacer una reserva para los ñandevas, pero nos damos cuenta de que si el juez fallara a favor nuestro, estaríamos afectando a los grandes propietarios. Si entregaran 9 millones de hectáreas generaría una revolución. Evidentemente estoy tocando el tabú del país.

-Sería el caso testigo que dispararía otros juicios.

-Sí. Y nadie quiere que pase. En Paraguay, el 90 por ciento de las tierras está en manos de doce mil propietarios. El 10 por ciento restante es para los campesinos y los sin tierra, que son por lo menos unas 300 mil personas. Lo que les queda es nada.

-¿Cómo te percibe la comunidad indígena?

-Como se ve en la película: hace diez años estoy con ellos, y en el último período me plantearon que si no les devuelvo el título no nos dejaban filmar. Eso pasó durante en el rodaje. Yo también los entiendo. El riesgo de devolverles la tierra es la violencia: no te olvides que los grandes propietarios están armados. Y para ellos, encontrarse una reserva con un pueblo originario ahí adentro no es lo mejor. Ya está el antecedente de la masacre de Caraguaty*.

-¿Cuál es el sentido de que te pongas en el eje del conflicto?

La gente –pongamos, la gente de izquierda- me dice: “¿quién sos vos que decidís sobre tierras que corresponden a un pueblo originario, y que no querés dejársela?”. Cuando yo le contesto que el riesgo de dejárselas sin que exista una ley es que haya muertos, me dicen que es al contrario: que el problema se va a focalizar sobre lo que está pasando en los pueblos originarios en Paraguay, así como en el norte de Argentina y en Latinoamérica. Y que en ese proceso tenemos que pasar por enfrentamientos con muertos. No estoy de acuerdo. Y sobre todo, porque es un país que no los reconoce. Es gente invisible: hay 115 mil indígenas, portadores de culturas milenarias, ancestrales, que se van perdiendo.

Cuando lo digo, al mismo me tiempo del otro lado me dicen “no vas a mudarnos, porque los intereses económicos son mucho más poderosos”. Me volví persona no grata para los gobiernos de turno. Estoy en un lugar no muy cómodo, pero sigo manteniendo mi posición. Aunque ahora me hagan un juicio porque hice una reserva para devolver la tierra. Estoy tocando intereses poderosos, que son los que deciden.

-¿La película puede ayudar a dar soluciones?

Lo único que puede hacer una película es que se abran debates. Debates sobre el futuro de los pueblos originarios.

-¿Elegiste el cine como herramienta para visibilizar problemáticas sociales?

Las películas que hago siempre están ligadas con mis inquietudes. Eso que los franceses llaman documentaires d’auteur. Viví once años en la Argentina. Pasé ese período pesado de la dictadura, y para hablar de ese pasado, que conocí perfectamente, hice Tierra de Avellaneda. Lo mismo cuando hice una película sobre los cocaleros, que habla de la producción de coca en Bolivia y la relación norte-sur sobre la problemática de la planta de la coca. No soy ambientalista, pero me volví un poco más informado sobre la situación ambiental.

-En Chaco, junto con tus inquietudes sociales, aparecen temas personales: se trata de una herencia paterna.

Es una historia personal, pero se vuelve universal porque se habla de deforestación, de pueblos originarios, de burocracias que están ligadas a intereses. Y se ve cómo los grandes propietarios se están amparando en la tierra, tomando posesión y haciendo desastres.

-El rodaje demandó tres años. ¿Qué hiciste en Paraguay durante ese tiempo?

En esos años hubo cambios de gobierno, y para entender lo que estaba pasando me quedé largos períodos sin filmar. Me di cuenta de que cuando llegó (Fernando) Lugo al poder, el país atravesó como una primavera. Después de 65 años del Partido Colorado al poder, algo fuerte estaba pasando. Después llegó el desastre. Cambiaron el panorama de una forma muy violenta.

-¿Cómo se generó el vínculo con Lugo?

Cuando llegamos al Paraguay con Fausta teníamos la idea de volver a esa tierra. Todavía no habíamos empezado el rodaje, y supimos que Lugo estaba interesado en el proyecto. Nos encontramos. Y como buen cristiano, hizo una reflexión interesante: si yo devolvía esas tierras, alguien más podía hacer lo mismo. Pero llegar a ese final fue tan tortuoso que el camino que emprendió la película fue otra cosa. Hubo que resolver una herencia, saber lo que pasa en esa tierra, entender la burocracia kafkiana que hay en el país. Y al fin descubrir que en esa tierra hay intereses que van más allá de una simple devolución. Es una forma un poco naif de ver cómo funciona un país como Paraguay, que en cierta forma representa lo que tuvo siempre la conquista de América: pueblos originarios a quienes le sacaron las tierras, pequeños productores que se apropiaron de las mismas y finalmente, grandes que ocupan las tierras de los pequeños.

-¿Cuál era la historia que querías contar al principio y que se fue modificando?

La idea original era devolver la tierra a los pueblos originarios. Es una idea de Fausta. Durante los cinco años que estuvimos allá, dirigió La nación mapuce. Con los mapuches, no sobre ellos. Y nos dimos cuenta de la problemática de la posesión de tierras: un pueblo originario (como los mapuches, los guaraníes ñandevas, o cualquier pueblo originario de América) sin las tierras no existen. La vida de ellos está siempre ligada al territorio. No es casualidad que son los únicos que tienen una relación fuerte, directa con la tierra. Nosotros ya la perdimos.

-¿Cuáles fueron los imprevistos o los insabidos que te cambiaron la mirada?

Modifiqué mi mirada hacia el Chaco. Al comienzo pensaba era un bosque impenetrable, duro, imposible. Con el tiempo, aprecié enormemente el bosque. Pasé de ver una cosa repulsiva a una necesidad casi física de volver a ese lugar para ver esa naturaleza particular, fuerte. Al mismo tiempo, aprendí a entender la dedicación de los pueblos originarios, que al final son los únicos que tienen ese punto de vista. Para nosotros -esa cuestión cristiano-judía- es el centro de la vida es el hombre, no la tierra.

-La película muestra escenas de diálogos tensos, de guardias armados. ¿Sentías que corrías riesgos?

No: en ningún momento. En ningún momento. Como me dijeron los paraguayos: si hubieras sido un director paraguayo la hubieras pasado peor.

-¿Te trataban con otro respeto por ser extranjero?

-La derecha paraguaya me dice: “vos sos el extranjero que viene al Paraguay y filma, y te das el lujo de hablar de esa forma”. Yo les contesto que el problema que tenemos en el planeta ya no es el paraguayo, el italiano o el francés. No soy un extranjero sino uno más que está preocupado.

-La masacre de Curuguaty fue previa al inicio de la filmación: ¿estaba prevista como eje temático?

Sí. Justamente, lo digo en la película: ¿cómo piensan que voy a acceder al proceso de devolución cuando veo que a un presidente le hicieron un golpe de estado? ¿Cuando veo que a la gente que ocupa la tierra la masacran? ¿Cómo pueden imaginar que yo esté tranquilo, si no respetan a los pueblos originarios ni a la naturaleza?

Básicamente, Paraguay está basado sobre tres productos: la soja (es el cuarto productor del mundo), la carne (el sexto productor) y la electricidad. Ya conocemos el costo que tiene la producción de carne y el cultivo de soja trasgénica en la naturaleza.

-La reserva Arcadia, ¿existe o es una recreación en función del relato?

Arcadia fue el famoso bosque mítico de Grecia, aquel en donde el hombre -el campesino, el agricultor y los pastores- estaban en total equilibrio con la naturaleza. Actualmente hay un movimiento en Europa con ese nombre. Me pareció interesante rescatar ese nombre, en un momento en que estaba hablando de un bosque y de la presencia del hombre. Mi idea era hacer un centro de investigaciones entre científicos y ñandevas. Donde el mundo occidental y el ancestral den respuestas a la problemática social de la deforestación. Una utopía.

Chaco es –entre otras lecturas posibles- una alegoría sobre la búsqueda de la utopía.

Es que la utopía es necesaria para poder vivir.

Norberto Chab

*: Masacre de Curuguaty: El 15 de junio de 2012 se produjo una represión de las fuerzas de choque durante el desalojo en una comunidad en el departamento de Canindeyú, Paraguay, en la que murieron 17 personas. El caso es conocido como la Masacre de Curuguaty o de Marina Kue.

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