El director y productor Julián Tagle estrenó su ópera prima Machado, un documental que reconstruye la historia de su familia materna, conocida por su participación fundamentalmente en la televisión argentina de los años 80 y 90. Ganadora en la Competencia Argentina del último BAFICI -donde tuvo su estreno mundial-, actualmente se exhibe en MALBA Cine.
Tagle reconstruyó algunos de los capítulos más complejos de la historia de sus abuelos, Rodolfo Machado y Martha Susana y de los cuatro hijos de la pareja: Martha Isabel (su madre), Pato, Juan Ignacio y Rodolfo. A las imágenes que registró durante casi dos décadas le sumó varias escenas de las telenovelas en las que trabajaron los Machado, desdibujando el límite entre la ficción y la realidad.
-¿En qué momento empezaste a registrar a tu familia y cuándo te diste cuenta que esas imágenes podían llegar a ser una película?
Empecé a filmar hace alrededor de 20 años, registrando situaciones de la vida cotidiana, familiares. La sensación es que llevo toda la vida haciendo esta película. Siempre fue un proceso interrumpido: tenía que frenar por laburo, porque estaba con otros proyectos, por la pandemia, por diferentes motivos. Seguí juntando material: además de lo filmado recopilaba conversaciones telefónicas, audios de WhatsApp, mensajes de contestador. Pero la película se armó a partir de la aparición de una caja con unos VHS en los que mi abuela grababa las escenas de la tele cuando aparecía algún Machado. Habíamos dado por perdida esa caja. Y fue el archivo desde donde se armó la película, con escenas de los Machado actuadas en programas de televisión.
-¿Quiénes son los Machado?
Es una familia con una larga carrera artística. Son actores de toda la vida: hicieron cine, teatro, televisión, de todo. Tuvieron su momento de más reconocimiento en los 80 y los 90: en esas dos décadas mi abuelo, sobre todo, fue el que más televisión hizo. Hubo una época en que estaba en cuatro telenovelas en un mismo día. Hacía personajes secundarios, pero laburó mucho. El otro Machado conocido fue Juan Ignacio, que hacía un personaje bastante importante en Ricos y famosos: era el malo de la novela. Ellos dos también trabajaron mucho juntos. Mi mamá, por su parte, estuvo en Rosa de lejos, en Montaña rusa, en Muñeca brava. Y mi tío abuelo Ricardo Lavié, que usaba ese apellido como actor y Machado como artista plástico, empezó a hacer cine en 1947.
-¿Qué te interesaba mostrar y qué dejar oculto en esta saga familiar?
En los momentos en que registraba situaciones familiares nunca pensé mucho en eso. Empecé a entender qué me interesaba mostrar y qué dejar afuera en el proceso de montaje, que es la instancia de escritura de la película, donde más se genera el sentido que finalmente tiene. El montaje duró 10 años. Trabajé con cinco montajistas distintos: Dante Perini, Constanza Curia, Alejandra Almirón, Hernán Roselli y Martín Farina. Todos personajes importantes; no solo en el ámbito de la edición sino también como directores y directoras. Ese proceso fue muy enriquecedor. Hace relativamente poco alguien me preguntó cómo se tomaban ellos que yo agarrara el trabajo que habían hecho y me pusiera a armar un corte diferente con un montajista nuevo. No lo había pensado nunca así porque todo se dio de una forma muy natural, muy amorosa. Hubo mucho amor de la gente que estuvo cerca del proyecto, desde el principio hasta el final.
-La película parte de una pregunta personal sobre la historia de tu madre. ¿Cómo fue transformar esa inquietud íntima en una investigación documental?
Yo estudié en la UBA primero y después en la ENERC. La última carrera que hice fue realización cinematográfica. Estudiando una materia con Vanessa Ragone hice un cortometraje sobre un retrato documental. Ahí entendí que se podía armar una historia con lo que venía registrando. Después seguí filmando y haciendo entrevistas. Y empecé el proyecto con algunas ideas, aunque todo se inició con una pregunta: ¿qué le pasó a mi mamá que está internada en distintas instituciones psiquiátricas desde mis 11 años, ahora que tengo 40?».
Empecé a indagar a partir del material que yo mismo iba filmando. Así tomé contacto con la infancia y el pasado de los Machado, creyendo que la responsabilidad sobre los problemas del presente de los cuatro hermanos se generaron en gran parte por la ludopatía de mi abuelo Rodolfo. Recorriendo esta historia con esa idea me di cuenta de que la realidad es mucho más compleja; que la gente no es mala o buena, que ellos tuvieron una infancia feliz, que disfrutaron mucho, más allá del caos que se ve en la película.
-¿Buscabas respuestas para aquel interrogante inicial sobre la salud de tu mamá?
Cuando empecé, tuve la fantasía de poder encontrar respuestas. Pero terminé la película con más preguntas que las que tenía al comienzo. Sucedieron cosas lateralmente a la realización de la película que modificaron mi vínculo con mi madre. Mucho más que encontrar respuestas a los problemas de mi mamá o en el pasado de su historia y la de los Machado, me pasó que me cambiaron cosas del presente. En el vínculo con ella, con todos los Machado, en la relación entre ellos. En situaciones que se dieron que no pasaban hacía mucho tiempo, como encontrarnos todos en un mismo lugar y compartir algo, que en este caso es la película. El día del estreno estuvimos todos juntos. Aunque al día siguiente estaban de nuevo todos con los mismos problemas de siempre.
-La salud mental ocupa un lugar central en la película, que también habla de los vínculos, las adicciones, el trabajo y las condiciones de vida. ¿Cómo decidiste abordar estos temas sin convertir el documental en un diagnóstico ni en una búsqueda de culpables?
Fue indispensable la distancia con la que la película está contada. Creo que suceden dos cosas: por un lado, siento que se agradece la distancia del punto de vista. Al mismo tiempo hay una cercanía muy fuerte y una imagen muy íntima en lo que la película cuenta. No sé cuál es la respuesta de por qué funciona así, con las dos cosas a la vez: hay una distancia suficiente para que el público pueda disfrutar y una cercanía suficiente como para poder ver una historia tan íntima de una manera genuina. Eso sí: siempre tuve claro que la película no la hice con el objetivo de procesar un trauma o elaborar la relación con mi madre. Si uno encara un producto artístico -una película o lo que sea- con una intención como esa, el resultado no puede ser bueno. Por ahí puede ser bueno para vos, pero no va a ser disfrutable para el público.
-Un trabajo artístico no es una sesión de terapia.
Muchas veces pasa que en los documentales familiares uno tiene que preguntarse: «¿Qué le va a importar al público esto que estoy contando que es mío, que es mi historia, que es con mi familia, que es algo personal?». En este caso, la distancia con la que está contada es una distancia sana para la película, para mí y para los Machado.
-Decís que tenés la sensación de que llevás toda tu vida haciendo esta película. ¿Esto significa el fin de tu carrera?
No. Mi próxima película será una ficción.
Julia Montesoro


